DOMINGO TERCERO DEL TIEMPO ORDINARIO. Ciclo A. 23 de enero de 2011

Lecturas:
Is 8, 23b-9, 3  
Sal 26, 1.
4. 13-14  
1Cor 1, 10-13. 17  
Mt 4, 12-23

PRIMERAS REFLEXIONES

                Este domingo cae dentro de la semana de oración por la unidad de los cristianos. Un asunto antiguo en todos los sentidos. Hoy ha perdido la fuerza con que acompañó los tiempos aquellos del concilio. Formó parte del “imaginario” de esos años. Luego, con culpa de todos, ha perdido fuerza en interés de los de siempre. Nuestro país tampoco nunca lo vivió con fuerza y ahora mucho menos: sería campeón en la indolencia de este tema. Y ¿nosotros? Creo que suena a cosa muy europea y de poco compromiso. Me atrevo a presentar unas explicaciones de por qué ha perdido fuerza, caso de que la tuviera en algún otro momento. La unidad cobra tintes de totalitarismo y la diversidad ha sido descubierta como riqueza. Todo es verdad, pero no creo que la unidad soñada fuera la de la uniformidad, y pensar o rezar por ella era ya auspiciar otro estilo de unidad: la historia ha dejado ya suficientemente claros sus peligros. De eso se trata, de qué unidad. Y tengo para mí que quienes aspiramos y soñamos con la unidad no la encontramos, ni de refilón, en esas propuestas actuales para unir a los anglicanos que quieren dejar de serlo, como si la actual propuesta fuera referente para la unión sus iglesias. Otra explicación creo que nace de la claridad con que hemos descubierto que la concordia entre religiones urge tanto para la causa de la fe (cualquiera) como para la de la paz y el bienestar de toda la humanidad. Con esa urgencia, resulta algo menor hablar de la unidad de todos los cristianos. Incluso el reconocimiento de la enorme diversidad y las tensiones dentro de nuestra propia Iglesia relativiza la atención a la unidad de los divididos ante la experiencia de nuestras propias divisiones sin verbalizar y sin afrontar. ¿Con todo esto? Algunos seguimos pensando en la urgencia y la necesidad de unión en todas las confesiones cristianas; en que merece la pena rezar siempre por ella y tenerla bien presente; en que no es mucho dedicarle una semana -esta- con una atención preferente. El deseo de unidad por parte del Señor (y de su mejor expresión, el cuarto evangelio) no es en absoluto totalitario. La túnica era inconsútil, toda de una pieza, y se la rifaron y repartieron entre todos, Jn 19, 24. Nuestro deseo hondo de unidad, ese que sin quererlo nos habita, tampoco es totalitario y sí es según el Espíritu.

                Una cita del recientemente fallecido Raimon Panikkar: “Un cristianismo sin la corrección del Islam no sería nada. O del protestantismo, o de las otras religiones, y esto es el verdadero ecumenismo, lo que yo llamo ecumenismo ecuménico (…) Y eso es la universalidad del cristianismo."

                Si se desea centrar la atención de este domingo en el tema de la unidad, pueden emplearse las oraciones y prefacio de la misa “por la unidad de los cristianos”.

LOS TEXTOS Y SUS CONTEXTOS

                La 1ª lec es del profeta Isaías. La que citará luego el evangelio para probar que Jesús es luz y que ilumina desde sitios humildes y desconocidos (Galilea). La luz se descubre en las enseñanzas y prodigios de ese Jesús.

                La 2ª lec continúa la lectura de la 1ª carta a los Corintios. Ni escogida a propósito para el tema de la unidad. Las primeras comunidades, las de mitad del siglo I, ya tenían problemas de unidad, aun contando con una idea de la misma y de la comunión más abierta, puesto que estaba todavía en proceso.

                La 3ª lec recoge el comienzo de la actividad de Jesús de Nazaret. El desplazamiento a Cafarnaún y su actividad de enseñanza y curación en Galilea. Todo a la luz de la profecía de Is de la 1ª lectura. En medio, el llamamiento a los primeros discípulos, como algo inapelable a lo que ellos más bien se someten.

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

                El mensaje de Jesús se condensa en esa frase primera: convertíos, porque el reino está cerca. Jesús de Nazaret se ha trasladado a Cafarnaún con la conciencia clara de una misión que cumplir. Ha descubierto, y lo ve con claridad, que Dios está dispuesto a actuar, a concretar y revitalizar su plan de salvar a todos. Lo ha descubierto en las Escrituras, quizá en Isaías, en la misma primera lectura que hemos escuchado hoy. Está convencido de que, en sus tierras humildes de Galilea, va a brillar una luz extraordinaria que servirá para iluminar y guiar a todos los pueblos. Está tan convencido de que es así que lo quiere hacer saber a todos y, para eso, le parece mejor salir de su pueblo y centrar su actividad en Cafarnaún. Desde ahí grita lo que será central en toda su predicación: que Dios va a intervenir para bien de todos de manera terminante, y que creérselo es ya un cambio, una conversión. Convertiros, creéroslo. Nosotros, bautizados, seguidores de Jesús de Nazaret, reunidos ahora en grupo, escuchamos de nuevo su llamada a la conversión. ¿O no es para nosotros ya esa llamada? Que Dios interviene en nuestros días, que actúa en nuestra historia, exige mucho cambio, mucha conversión, para entenderlo y aceptarlo. No está tan claro que lo haga, no hay tanta luz en ningún sitio que lo demuestre. Hemos de rastrear dónde anda Dios, qué huellas va dejando. Para hacerlo hay que estar atentos y espabilados a todo. Y, de partida, hay que creer que es así y que por ahí anda Dios y que vale la pena descubrirlo.

                Conversión es algo contrario a cualquier inmovilismo. Si cerramos filas, si nos centramos en defender nuestras posiciones, jamás entenderemos nada de conversión. Conversión requiere mirar a otro sitio y comprobar que hay otro camino y que quizá debimos avanzar por él. No estar tan satisfechos de nuestras posiciones que no tengamos en cuenta las de los demás. No estar tan seguros de nuestras ideas que nos parezcan equivocadas las de los otros. Convertíos. Convertíos, hermanos católicos y protestantes y ortodoxos y anglicanos y el resto. Convertíos del inmovilismo, convertíos de vuestras medias verdades, convertíos a las verdades cristianas de los demás. Escuchad la invitación de los demás que os solicitan conversión. No seáis los primeros en exigirla y los últimos en cumplirla. Convertíos. Que el reino se acerca y el reino, para vuestro Señor y Maestro, y para vosotros y vuestras prédicas, es unidad y paz. Convertíos que llega el gozo pleno en el Espíritu Santo. Que nadie tenga miedo de ser el primero, que nuestra rivalidad se concrete en la conversión. Que alguien mueva ficha, que alguien se apunte a la conversión incondicional, que alguien se convierta sin pensar si lo harán los demás. Que alguien no tenga miedo de equivocarse, se convierta a aceptar errores propios actuales, y se convierta con alegría a los demás.

                Jesús recorría Galilea, proclamando el evangelio, curando dolencias y enfermedades. Todas las Iglesias, todos los hermanos, sanando y curando por las tierras de abundante mies y difíciles cosechas. Anunciando que algo grande y bueno va a pasar, que los curados y sanados son sólo el anticipo. Que ahí viene Dios lanzado en favor nuestro, de todos. Eso sí, convertidos a creérselo y a hacerlo comprender así a todos. Que Dios llega ya, que el reino se nos viene encima. Convertíos, hermanos, que lo que deseamos para las iglesias, lo necesitamos para los grupos que conviven en ellas, para las personas tranquilas, sin ánimo de conversión.

                 J. Javier Lizaur