DOMINGO DE PENTECOSTÉS. Ciclo A. 12 de junio de 2011

Lecturas:
Hch 2, 1-11  
Sal 103, 1 y 24. 30-31. 34  
1Cor 12, 3-7. 12-13  
Jn 20, 19-23

PRIMERAS REFLEXIONES

                Concluye el tiempo pascual. El domingo que viene ha de notarse con facilidad que ya es otra cosa, por solemne o importante que sea. Igualmente, dejar pistas claras de que hoy sigue siendo tiempo pascual, con elementos celebrativos que coincidan con los de domingos anteriores. Puede que apagar hoy con cierta solemnidad el cirio pascual sirva para señalar esa ruptura de un tiempo a otro. Recordemos que la misa de la vigilia es diferente de la del día, y que cuenta con un desarrollo prolongado, en forma clásica de vigilia, con lecturas, oraciones y cánticos excelentes para la oración, meditación y contemplación más prolongada de esta fiesta. Es bueno fomentar estas vigilias en días tan señalados de la liturgia cristiana.

                El Espíritu Santo, tan imprescindible como poco amigo de precisiones. Lo es y lo llena todo, sin que nunca podamos determinar dónde actúa o qué hace: se confunde (se funde con) todos nuestros movimientos personales, sin que podamos, y ya nos gustaría, precisar ‘hasta aquí, lo mío, desde aquí, lo del Espíritu’: esto corresponde a la energía de la estrella sol, y esto a las propiedades de los seres vivos. El Espíritu no tiene rostro (con él no cabe colocarse frente a frente), ni tiene palabras: son las del Padre y el Hijo. Nunca llega a ser un ‘tú’, siempre un ‘él’, respecto a nosotros. Nos anima desde el interior y siempre nos sobrepasa. Lo simbolizamos en viento, fuego, agua, paloma, aliento, pero nada de eso le presta rostro o presencia inmediata. “No habla por su cuenta” (Jn 16, 13), habla lo que dice el Hijo, que, a su vez, lo recibe, y es, del Padre; sí se expresa en gemidos inefables (Rom 8, 26) de las personas en que habita, básicamente para pronunciar siempre “padre”. Cuando afirmamos que es “persona” queremos sustraerlo de esa evanescencia que lo reduce a objeto raro, a un algo, para afirmarlo como un alguien, como sujeto y referencia. Habita (o es) en el misterio mismo de Dios y en el del hombre. Las oraciones dirigidas al Espíritu Santo directamente (Veni, Sancte Spiritus; Veni, creator Spiritus) son tardías en la tradición litúrgica occidental. El Espíritu actualiza, hace realidad, la compañía prometida de Jesús a sus discípulos (Mt 28, 20) el domingo pasado. Su forma nueva de presencia, tras su vida entre nosotros. Es el Espíritu del Resucitado que vive con nosotros; por eso, el Espíritu estará siempre con nosotros (Jn 14, 16).

LOS TEXTOS Y SUS CONTEXTOS

                  La 1ª lec es la más característica y colorista de hoy. Es común a los tres ciclos: la narración de la venida del Espíritu sobre la comunidad recién reagrupada. Contiene elementos de las teofanías y del “día del Señor”, en el primer testamento. Referencias a Babel (Gen 11), y Joel (Jo 3). Los pueblos enumerados y su origen concretan la universalidad (catolicidad) de la comunidad primera. Unidos en el entendimiento de la revelación de Dios, mantienen su diversidad lingüística. El verso 12, que no leemos hoy, sugiere la facilidad de confundir el Espíritu y la embriaguez.

               La 2ª lec pertenece a la 1ª carta a los de Corinto. Habla de servicios y papeles diferentes en la comunidad para recalcar su unidad (y procedencia) en el Espíritu y su diversidad en la atención comunitaria. Desemboca de nuevo en la imagen del cuerpo para la Iglesia y del agua o líquido bebible para el Espíritu. Sin olvidar que algo tan sencillo como confesar que Jesús es el Señor, es obra del Espíritu en nosotros.

                El evangelio es de S. Juan, y forma parte de las narraciones agrupadas en “el primer día de la semana”. Jesús, en medio, trae y entrega su paz; exhala su aliento (Jn 19, 30) y su espíritu, y comienza una nueva creación (Gen 1, 2), tan nueva que elimina las huellas del mal y el pecado anteriores.

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

           El Espíritu del Señor llena la tierra. Y, frente a tantos aspectos negativos y demasiado evidentes, empuja vida, solidaridad, amor, ternura, abnegación, por todas partes. Con mucho silencio y discreción, pero no con menos fuerza y verdad que la opresión la crueldad y la mentira. Procede de Dios y llena el mundo, no se atiene a religiones, razas, culturas e ideologías. El mundo y la tierra rebosan de Dios por su Espíritu que todo lo llena.

                El Espíritu del Señor llena la Iglesia. Y, frente al aparato y la ostentación públicos, provoca búsquedas, inquietudes, sabidurías, que iluminan el rostro de la Iglesia. Mueve crisis y divisiones, incluso utiliza el pecado y la culpa, para ir rompiendo con los odres viejos, tan duros y resistentes, hasta tejer una única túnica nueva y bella, la permanentemente inquieta, siempre joven, novia Iglesia. El Espíritu lo llena y remueve todo en la comunidad cristiana, la crea y recrea en los sacramentos y señales, la provoca a la unidad, la mantiene en la tensión y la dificultad, la libera de las culpas y pecados para que nazca de nuevo siempre a la vida de Dios. El Espíritu del Señor Jesús llena la Iglesia. Es el amor del Dios amor. Es la emocionante ternura frente a la encallecida dureza de la condena y la represión.

                El Espíritu del Señor me llena. Nos llena a todos, hermanos. Nos hace hermanos. Nos rejuvenece, que falta nos hace. Nos perdona y nos ablanda para el perdón mutuo. Nos crea un corazón nuevo y un espíritu nuevo, nos mantiene en la esperanza de ver florecer nuestros huesos secos. Nos apaga la sed, nos aumenta la sed, nos proporciona la paz, y nos revela frente a vulgarización de la misma. Nos interpela en nuestras cómodas divisiones de progresistas e involucionistas. Nos convoca a una dulce, pero pública, intimidad. Es el Espíritu del Señor, el que siempre y sobre todo, nos hará recordar a Jesús, el que ahora mismo nos lo recuerda y ¡con qué gusto!

                  El Espíritu del Señor promueve nuevas espiritualidades, convoca más allá de mujeres u hombres, urge a una nueva verdadera justicia, abre espacios enormes de libertad. Y es inquietante. No sabemos en absoluto (es blasfemo pretender saberlo) de dónde viene ni a dónde nos dirige. Quedémonos aquí, confortados en su paz. Esperando siempre su acción imprevisible. Confiados y alegres, porque en su misteriosa actividad y presencia el Señor Jesús y el Dios grande y fuerte, el Santo, nos acompañan. Mucho ruido, demasiado alboroto, no suele acompañar al Espíritu. Silencio. Se rueda: el Espíritu del Señor actúa por todo. El Espíritu del Señor todo lo llena.

                   J. Javier Lizaur