Domingo 7 de septiembre – XXIII del ordinario

Lecturas:
Ez 33, 7-9.
Sal 94, 1-2. 6-7. 8-9.
Rom 13, 8-10.
Mt 18 15-20.
 

 

 

IDEAS SUELTAS 

 

El Ev de hoy pertenece al capítulo 18, conocido como discurso a la comunidad. Ciertamente a la comunidad del evangelio de Mateo, y más en concreto a la vista de sus primeras pero importantes dificultades. De esa comunidad del S I se extiende a toda comunidad que pasará por parecidas circunstancias.

¿Cuál es la comunidad real y posible hoy entre nosotros? Quizá hablamos algo menos de lo de la comunidad y nos pesan muchas y diferentes experiencias. ¿Qué ha sido de aquellas primeras comunidades de en torno al concilio y aun anteriores? Son excepción las que han logrado continuidad y la experiencia mayoritaria enseña que ni los hijos de los más comprometidos con el proyecto no lo han seguido después. Tampoco se han incorporado nuevas remesas. Las comunidades de jóvenes casi nunca terminan adhiriéndose a otras ya existentes o de mayores; a lo más se prolongan a sí mismas. La comunicación y comunión de las diferentes comunidades ha sido poco personal y afectuosa y se ha dirigido más hacia lo operativo, con estructuras verticales y repetitivas, donde no contaban las personas y sus aventuras: ya más ‘comités’ que ‘comunidades’. Esa unión de las comunidades primaba la acción de todas ellas, quizá reconociendo que las diferencias eran grandes y resulta más fácil proponer acciones, que más comprometen por serlo que por su contenido. Cuando las divergencias son más ideológicas, el aislamiento de cada una de ellas era prácticamente total. Rarísimo encontrar reuniones de los diferentes movimientos, esos que llaman nuevos movimientos eclesiales, entre sí o con los de otro estilo,  y ni si quiera desear que puedan llegar a darse. Cada grupo demasiado pendiente de su identidad, de sus características o de su líder. Y ¿la comunidad parroquial? Era la única en acoger a todos, sobre todo a los ‘más pequeños’ (Ev). No hacían falta los compromisos particulares, salvo quizá la eucaristía dominical, y todos cabían en ella. En consecuencia, al caber todos, no había una identidad real que les aportara conciencia de pertenencia a un grupo limitado o numerable; no había comunidad. Incluso podían ser mirados como cristianos de segunda por otros grupos y comunidades.

¿Hay una propuesta o modelo de comunidad, integrador, atento a los más pequeños, factible y practicable entre nosotros sin excluir a nadie, salvo que quiera ser excluido? Una especie de comunidad normal, sin anonimato y sin personalización que avasalle, que preste identidad por el bautismo y la eucaristía. Una comunidad en la que el gozo de comer y beber juntos sea la identidad clara, igualitaria, y la conversación parta del recuerdo del Señor. Una comunidad libre y creativa de sus propios códigos -como la del Ev de hoy- con conciencia clara de vivir, crear y descubrir ayudada del Espíritu. Creo que es urgente que entre todos pergeñemos nuevas salidas y propuestas para una comunidad cristiana para todos, -católica-. Y no pongo adjetivos por no condicionar. Tarea de todos.

La 1ª lec pertenece al libro de Ezequiel, tan complejo y recargado. En este escrito ya se descubre con gran nitidez la responsabilidad personal frente a la colectiva, a la que se ha recurrido con frecuencia en tiempos anteriores. El profeta, en la lectura de hoy, toma un título usado y querido para él: “atalaya en la casa de Israel”. Desde la atalaya divisa, discierne y juzga a todo el pueblo en nombre del Señor.

La 2ª lec continúa con la carta a los Rom, esta vez en su parte más práctica y concreta. Unas normas sencillísimas que Pablo resume en el amor, que cumple la ley entera. Genial, lo de ‘no tengáis otras deudas que las del amor’. Y esas quedan siempre.

El Ev ya hemos quedado en que al ser del cap 18, se dirige a la comunidad. Y parece que todo esté dicho a unos dirigentes que comienzan a olvidar o despreciar a los más “pequeños”. Muchos ven en este capítulo un resumen como de ‘normas’ elementalísimas para la convivencia adecuada, cristiana, de la comunidad.

 

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

Ni es fácil, ni resulta actual algún tipo de corrección fraterna. Se han producido demasiadas intromisiones e invasiones en nombre de la ‘corrección fraterna’. La sinceridad la hemos ido descubriendo como arma dura y cruel en boca de muchos. Hoy nadie se atreve a corregir a nadie. Lo primero que escuchamos es eso de que cada uno es libre de pensar y actuar como quiera. Y en nombre de esa libertad individual, tan cercana al capricho, no nos atrevemos a corregir o a disentir. “Que no sea así entre vosotros”, dice Jesús a propósito de la autoridad. Podría repetir lo mismo respecto a la corrección o crítica. Corregirnos bien es amor e interés por el otro. Es contribución al bienestar de todos. Es, sobre todo, fe en el otro, pues confiamos que sabrá aceptar e intentará cambiar. De todo esto nos dice algo la primera parte del Ev de hoy. Cómo corregirnos con amor, sin intromisiones ni indiscreciones, sin renuncias ni miedos, sin humillaciones y con estímulos. Un verdadero arte, una habilidad cristiana. Una sabiduría. Que sus dificultades y peligros no nos lleven a preterirla. Que su necesidad y su enriquecimiento mutuo nos estimule a intentarla con verdad. Merece la pena, nos saca de un individualismo cada vez más estéril, nos abre a la riqueza de la comunicación, incluso en la divergencia, nos educa en otra más de las posibilidades abiertas por vivir la comunidad. Finalmente, nos abre al misterio de Dios que ratifica esas nuestras discusiones y correcciones, mediante el simple ejercicio sincero de las mismas.

Más todavía. El texto del Ev de Mt concluye con la afirmación de que “yo estoy  con vosotros todos los días” y comienza especificando que el nombre de Emmanuel que llevará el niño que nace de María, significa “Dios-con-nosotros”. Al final del texto del Ev de hoy, de nuevo la certeza de que Jesús, al que confesamos Señor, está con nosotros sencillamente por el hecho mismo de reunirnos en su nombre. Está con nosotros en la oración unánime. En la oración “por nuestro Señor Jesucristo…” en que en medio de nosotros, ejerce de mediador único. Reunidos en su nombre, por pocos que seamos, está con nosotros siempre. Somos comunidad y asamblea, convocatoria viva y actual de Dios en Jesús, y Jesús siempre con nosotros. De ahí y de él nace la exigencia mutua de construir día a día la necesaria convivencia comunitaria, con atención viva a los ‘más pequeños’ que hay siempre en toda comunidad.

 José Javier Lizaur