Domingo 5 de octubre – XXVII del ordinario

LECTURAS
Is 5, 1-7.
Sal 79, 9 y 12. 13-16. 19-20.
Fil 4, 6-9.
Mt 21, 33-43.
 

COMENTARIOS SUELTOS

            Dicen que S. Juan de la Cruz partía para sus composiciones de cancioncillas populares sobre el amor. Quizá sea el caso de las lecturas de hoy (salvo la 2ª, evidentemente). Una canción de amor que utiliza la metáfora de la viña da pie a Isaías para construir una profecía sobre el pueblo de Israel (1ª lec). Jesús retoma y desarrolla con elementos nuevos la misma profecía y la misma imagen, la viña, convirtiéndola en alegoría (Ev).

            Ahora hablamos más, mucho más, del amor de Dios a nosotros o de que Dios es amor. Tanto que de nuevo nos acecha el peligro de demasiada soltura en el tema; esa soltura que utilizamos al hablar de evidencias inapelables y poco contrastadas. También el discurso sobre el amor puede resultar vano, vacío de experiencia y realidad. Si hablamos de amor que sea o que parta de lo que el común de los mortales amorosos entiende por amor. No un abstracto, tan alejado de los problemas y tensiones, de las pasiones de todo amor que se acerca más a ‘causa incausada y motor inmóvil’ en su carencia de contenido real y claro, y en su sonido convencional placentero.

            Hablar de amor, desde la experiencia humana, nos ha de obligar a decir de él, teniendo bien presentes los matices y preguntas de fondo que el dicho amor encierra. No sea esta palabra, aplicada a Dios, tan manida y huera como lo es en el mundillo del estrellato, la moda y las canciones. Si de amor se trata, será difícil no contemplar el tema de los celos -tan presente en la Escritura- y cerca andarán las venganzas y castigos. El Dios amor es inevitablemente celoso, y así, proclive a la venganza. El Dios amor nos obliga a pensar despacio si el amor es cuantificable y parcelable. (La típica mala pregunta de si quieres más a papá o a mamá.) Si querer a una persona hace disminuir el amor que tienes a otras, si el amor concreto a alguien queda restado al amor a Dios, que requiere todo. (Por ahí se justifica a veces el celibato.) Si la experiencia del desamor -en principio negativa y dolorosa- lleva a profundizar y proporcionar realismo al amor. En otras palabras, si el amor con dolor es más amor. (Lo empleamos al hablar de pecado como amor no correspondido, y de la pasión de Jesús como resultado de amor y sufrimiento.) Si los humanos podemos hablar de amor sin basarnos en el cuerpo y sus reacciones hormonales; qué es ese amor que no modifica ni mínimamente el cuerpo. Si hablamos de amor sin más, o si partimos de una división implícita en amores buenos y malos, que invalida el amor sin matices que utilizamos para hablar de Dios.

            “La viña de mis amores” (Is), “el encanto de mis ojos” (Ez), “su aroma como el Líbano” (Os) “mi lote precioso” (Sal 15)…Habrá que cargar más de experiencia personal, de emoción, de  temblor, de cariño, de ternura, la palabra amor para que no se nos quede de nuevo seca y vacía, para no echar a perder una de las expresiones más exactas para un misterio indecible, Dios. La 1ª lec, de Is, parte de una breve canción (1-2) y con desarrollos ulteriores lleva a la conclusión de que la viña “es la casa de Israel”. El Ev de hoy utiliza este texto hasta en sus detalles concretos (la cerca, el lagar, la casa del guarda, pero no aparecen el arrendamiento a plazo, los siervos, el hijo y el resto de elementos más cristianos). También el salmo habla de la viña y sus cuidados.La 2ª lec continúa la carta a los de Fil. Son ya consejos y bendiciones finales muy en la línea positiva de toda la carta.El Ev, partiendo de la profecía de Is de la 1ª lec, reconstruye para la comunidad de Mt una narración, dicha a los jefes de Israel, que concluiría en el v 41 y que cuenta con todos los elementos para convertirse en alegoría: el “arrendamiento” tiene que ver con la tardanza de la vuelta del Señor, los siervos son los profetas, el hijo es Cristo que muere fuera de la viña. Y para que no quede todo en la muerte del hijo, este evangelio pone ya en boca de Jesús la afirmación de su resurrección, tomando versos del salmo 118. No ha habido frutos por parte de los labradores, se les retira la viña que pasa a “un pueblo”, que produzca frutos. Mt señala así a la comunidad lo que consideraba sus mayores peligros: que languidezca la vida de la comunidad, ante el retraso de la venida del Señor, y que el nuevo pueblo tampoco llegue a dar frutos (43). 

IDEAS PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

           “La viña del Señor de los ejércitos es la casa entera de Israel” (1ª lec). Somos nosotros, todos nosotros, el objeto de sus mimos y cariñadas. Nos cultiva a golpe de historia concreta de cada día, nos derriba la cerca levantada para que todo el mundo sea viña abierta, nos coloca lagares y atalayas  que estén más al tanto de nuestra producción. Y, en el colmo de atenciones, convierte a su hijo Jesús de Nazaret, en viña central (Jn 15) que distribuye savia y uva a todos. “¿Qué mas cabía hacer por mi viña?” (1ª lec) 

           En la responsabilidad directa de cada uno insiste más la 1ª lec, ‘espero de vosotros, justicia y derecho, y encuentro lamentos y asesinatos’. El Ev se centra en los guardianes y labradores que han de cuidarla -no en la viña-, y les exige responsabilidades del los frutos y del estado de la viña. Más aún: les acusa de trato inhumano a los enviados, y de la muerte de su propio hijo. Habla a los dirigentes de Israel y entienden muy bien la parábola como dirigida a ellos. Entre nosotros, ahora y aquí, el estado de la viña es, cuando menos, preocupante. Todos tendremos culpa. Pero, en fidelidad a la parábola, habremos de fijarnos hoy en los guardianes, quienes a instancias públicas y de mercado, dan la imagen de la viña, de la Iglesia. Son ellos con sus intervenciones, escritos, discursos, quienes acaparan la imagen de la viña-Iglesia. Y la exclusivizan. Pero pocas veces asumen solos su responsabilidad en la difícil situación. Es frecuente que riñan a la viña de la falta de trabajo en las llamadas vocaciones, cuando ellos tampoco han conseguido ninguna, o hablen maravillas de la familia quienes la tienen tan dividida y problematizada como todos, o acusen de materialismo, hedonismo y demás lindezas a quienes se permiten opinar diferente que ellos. Difícil lo ha de tener el Espíritu, a quien apelan, si ha de justificar él el estado de esta parcela de la viña. Los ancianos y sumos sacerdotes del evangelio tuvieron claro cuál sería la consecuencia: arrendará la viña a otros. “Se entregará el reino de Dios, la viña, a un pueblo que produzca sus frutos”, concluye Jesús (Ev). Nuevamente entramos nosotros, todos, en la responsabilidad por los frutos. Por una vez, podemos pensar como fruto de la viña el replantearnos esa dejación de no exigir más a labradores responsables que detentan imagen y poder. Resignarnos a que no fluya con naturalidad el cuestionamiento y la crítica mutua. No sería desde luego antievangélico. Menos ahora, que sabemos bastante de lo que supone el ‘miedo a la libertad’.

              “Voy a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor a su viña” (1ª lec). Y la emoción nos alcanza a todos, al sentirnos acunados en la canción de amor de nuestro Dios, tan deliciosamente entonada en Cristo. Y cómo nos gustará, cuando los labradores responsables sean quienes con más ilusión y empeño la canten para dicha y alegría de la viña entera, tan querida. Así, “cuando vuelva el dueño de la viña”, mantendrá viva y sostenida la canción de amor por tiempo inagotable.

        José Javier Lizaur