Domingo 31 de agosto – XXII del ordinario

Lecturas:
Jr 20, 7-9.
Sal 62, 2. 3-4. 5-6. 8-9.
Rom 12, 1-2.
Mt 16, 21-27
 

IDEAS SUELTAS 

 ‘Cuando la vida se torna sombría’, podría servir de título a la 1ª lec y el Ev de hoy. Todo, malos presagios, profetas de calamidades, que tanto temía Juan XXIII. Cuando leíamos los ‘signos de los tiempos’, nadie nos dijo que esa lectura pudiese predecir tiempos negativos y de derrota. El bueno de Jeremías, y en nombre de Dios, anunciaba derrotas. Jesús de Nazaret ve oscurecerse el horizonte y vislumbra para sí una muerte de profeta en Jerusalén, “que mata a los profetas”. La vida de todos encierra momentos duros y difíciles para los que habremos de estar preparados. Nadie piense que la felicidad es como una especie de derecho natural, y quede indefenso o arruinado cuando llegan las dificultades. Parece que hoy estemos menos preparados para las desgracias. Las eludimos tanto que terminamos por creer que no han de existir. Parece que antes las gentes fueran más duras, más enteras o más entrenadas. Sin embargo, lo negativo de la vida está siempre ahí, al acecho, y en un momento u otro aparecerá indefectiblemente. Algo que a los más jóvenes resulta difícil hasta de imaginar. Pero convendría tenerlo bien presente y hasta prepararlo de alguna manera. Como Jeremías o Jesús, que las tengamos previstas.

La 1ª lec forma parte de un conjunto de capítulos que aparecen como lamentaciones o casi diario íntimo del profeta. Con la distancia del tiempo, estos capítulos no han perdido nada de su frescura y honradez, de la tragedia personal que suponía para el profeta, con su estilo y carácter, el tener que ejercer de tal. No puede dejar de hacerlo, pues le resulta un fuego interior irreprimible.

El texto breve de la 2ª lec se cita siempre como uno de los fundamentales en eso de la vida entera y normal, como auténtica ofrenda litúrgica y espiritual (en el Espíritu). ‘Ni sacrificios ni ofrendas’, aquí mi vida, Señor. Es el más profundo, más verdadero y más cristiano de los cultos.

El Ev comienza con la frase “desde entonces…”. Parece que Jesús cambia de táctica “desde entonces”, y se dedica más a los discípulos -con escasa eficacia- y se empeña en hacerles ver el futuro que él mismo prevé para sí: pasión, muerte y resurrección, o mejor esperanza. Mt, para marcar la intensidad e importancia de la situación, reparte en tres bloques ese anuncio de sufrimiento y fracaso. En los tres, la falta de comprensión de los discípulos le lleva a explicar también en cada uno de ellos las consecuencias de su seguimiento, que habrán de aceptar como él acepta el suyo. Algo así como que aprendan que sin cruz y muerte no hay mesías que valga.                       

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA           

No le gustaba ser profeta a Jeremías y lo pasaba mal entre habladurías y calumnias de la gente. Siempre le tocaba anunciar calamidades. Pero le resultaba imposible dejar de hacerlo, pues un fuego interior le quemaba tanto que se sabía incapaz de apagarlo, salvo cumpliendo con su dura misión.

Tampoco a Jesús le gustaba que le reconocieran como Mesías, pues sabía lo confuso de su contenido para muchos contemporáneos suyos. Anuncia el futuro que cree ya que le espera. Un futuro de mucho sufrimiento, de pasión y muerte, y de esperanza de resurrección. Por eso, dirigiéndose al mismo Pedro a quien acaba de alabar por su confesión de fe, le llama de Satanás y le hace saber su papel actual de tentador. ¿Hasta dónde podremos eludir la tentación de alejarnos como sea del sufrimiento? Y Jesús, ya para todos, formula  un principio que aparece casi literalmente igual en los cuatro evangelios. “El que quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará.” Un principio muy hondo, pero exacto y de fácil comprobación por la propia experiencia en cualquier nivel de la vida humana. Por tratar de salvar la salud, nos vemos obligados a reducir y controlar excelentes oportunidades de la vida. Por hacer riquezas, renunciamos antes a muchos caprichos y comodidades. Por eso que llamamos amor, perdemos en ocasiones la salud y la moral y puede que nos quedemos también sin amor. Tanto cuidar la vida se la echa a perder y el cuidado de la vida termina por convertirse en enfermedad.

“¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo, si arruina su vida?” y, al escuchar esta frase, se convirtió Francisco de Javier. Nosotros hemos perdido ideales caballerescos, renunciamos de entrada a salvar el mundo, y ¿qué hacemos con la vida? Es pregunta medular y decisiva para todos esa de qué hacemos con la vida, en qué la invertimos de verdad. Si la invertimos en nosotros solitos o damos sitio a los demás y les dedicamos buena parte de la inversión. Si tenemos claro, como Jesús y Jeremías, que en el lote de la vida va el sufrimiento y la muerte y el fracaso. Si nos creemos controladores y sujetos que dominan su vida, o aceptamos bastante descontrol y escaso protagonismo verdadero en ella. Si la confiamos a Dios, sin pretender que el resultado sea el que tanto nos gustaría a nosotros. Tan pronto descubrimos la vida como algo consistente y pleno de sentido, como la vemos frágil y huidiza. La vida. ¿“Arruinar la vida”? ¿Quién arruina su vida? ¿Valdría aquí que ‘quien la arruina por mí la encontrará’?

Nuestros sistemas de seguridad, que pretendemos a veces extenderlos hasta nuestros hijos, no son la manera más cristiana de entender y valorar la vida. Lo sería más, jugársela y arriesgarla repetidamente y por muchas causas. Cualquier cosa antes que la seguridad. Bien que no nos atrevamos a hacerlo, pero como mínimo reconocer su profunda raíz cristiana. Nuestra necesidad de vivir seguros es irreprimible, nos surge de lo más hondo de nosotros mismos. Por eso la máxima paradójica del perder y encontrar debiera ser eslogan de toda vida entregada y convertida, de toda vida bautismal y cristiana.  

José Javier Lizaur