Domingo 3 de agosto – XVIII del ordinario

Lecturas:
Is 55, 1-3.
Sal 144, 8-9. 15-16. 17-18.
Rom 8, 35. 37-39.
Mt 14, 13-21.
 

IDEAS SUELTAS 

Tanto la 1ª lec como el Ev nos hablan de comida y bebida. Ambas cosas bien materiales y corporales. Hemos renovado la liturgia muy acertadamente. Pero su núcleo más central, más sagrado si vale la palabra, permanece intocable. Y será muy difícil pensar en hacerlo. Una comida o cena con bebidas, termina siendo lo que hoy recibimos en fuerza del respeto, la ritualización y hasta las cuestiones prácticas, tan odiosas siempre. Recuperar su visualización y actualización como comida y bebida es difícil, urge, y además resultaría decisivo. Por muy sagrada que la veamos, nadie descubre en ella, de primeras, una comida de fraternidad e igualdad. Hay que comenzar por explicar que aquello es pan, y que la copa está rebosante de vino para todos, ambos con su sabor, color, olor tan particulares.

 

El lenguaje de los sentidos es el primario, y por los sentidos, y sin mayor explicación, debiera percibirse el pan como pan y el vino como vino. Y se comen, o mastican, y beben. Es comida mesiánica por la cita hacia el futuro y por su expresividad del gesto definitivo y último de la entrega incondicional de Dios en Jesús. Por mesiánica, es generosa, sobreabundante, de dispendio: sobran tantos cestos como discípulos para que tengan siempre qué repartir. (Véanse nuestros cálices, con una pequeñísima porción allá en el fondo. O nuestros copones, confusos ya por ser materialmente iguales a las copas, y llenos  a rebosar de finas partículas de pan.) Comen hasta quedar satisfechos, recogen 12 cestos de sobras y han comido unos cinco mil, sin contar mujeres y niños; un número exorbitante para la admiración y el recuerdo fácil. Y según el relato del evangelio de hoy, el desencadenante de esta abundante comida es la compasión de Jesús (14, 14), que igual cura que alimenta. Si nuestras eucaristías dependieran de la compasión por el hambre y el sufrimiento de la gente, serían completamente diferentes: nada de homenajes, fiestas vacías, actos culturales y sociales, reuniones complacientes. Compasión y misericordia, y brota esta especialísima comida de entrega total, arrastrados en la entrega del que se entrega a la entrega de traición y muerte por y para todos. Sentir necesidad, sed, es el requisito para acercarse y saciarse, completamente gratis. Y alguien cae en la cuenta de nuestra necesidad o sed y siente profunda compasión. Es el clemente y misericordioso, cariñoso con todas sus criaturas (Sal 144). Hay hierba en el sitio que Jesús indica. La referencia al salmo 22, del pastor, es clara, pero también la llamada a que nuestros sitios de reunión cuiden la comodidad y la estética. Y, por resaltar más detalles, Jesús bendice, pero reparten los doce. Dicen los estudiosos que este relato está ya totalmente influido y como calcado del relato de la institución de la Eucaristía de este evangelio. Y que no falte el recuerdo de la frecuente costumbre de Jesús de Nazaret de comer en comidas abiertas a toda clase de gentes, incluidas las indeseables.           

La 2ª lec es la finalización del cap 8, centrado en el Espíritu y nuestra vida nueva en Dios. Una expresión de un arrebato emocionado y convencido, por eso también convincente, ya desde el v 31.  Y todos tenemos experiencia de que cualquier cosilla nos aparta del camino a Dios. Pero no es verdad, porque él sí que jamás se aparta de nosotros. Y con él, ¿quién podrá?   

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA 

Tras la muerte de Juan el Bautista, marcha (¿huye?) Jesús a un sitio tranquilo -sin peligros- y apartado -alejado-. Seguramente Jesús, muy relacionado con Juan, se siente en peligro y recurre a la distancia. Pero Jesús, que se entiende a sí mismo como profeta, cree ver en esa muerte un presagio de la suya propia. Con mucha probabilidad, este hecho determina un primer cambio o inflexión en la manera de anunciar el reino por parte de Jesús: se siente continuador de Juan, pero no insiste como él en la conversión, sino que hace presente el reino mismo con sus acciones y palabras, y la conversión que solicita consiste en creerlo de verdad. ¿Qué ocurre con el reino? ¿Hay que plegarse a los poderosos y renunciar al reino para evitar la muerte de Juan? ¿Corre peligro el reino, está amenazado de manera inminente? Está bien vivo y presente, aquí mismo: curaciones, gentío reunido y comida sobreabundante y gratis. Nuestras reuniones fraternas e igualitarias, de balde, son anuncio del reino. Nuestro sentirnos bien en la reunión, gozar del encuentro con los hermanos, aliviarnos o curarnos y cuidarnos un poquito el ánimo y la salud unos a otros, son presagio del reino inminente. Nuestra comida y bebida, pobre y abundante, bendiciendo a Dios, son reino puro en Jesucristo, en el pan y el vino de su entrega incondicional. Nuestra compasión sincera y efectiva por el hambre universal de los pobres es anticipo necesario para comenzar la eucaristía. Y el reino, Jesucristo, el pan y el vino, son la fuerza en nosotros, son urgencia, ante el interminable hambre del mundo, para que todos los humanos sin excepción terminen satisfechos su camino y su vida. “Dadles vosotros de comer” nos dice Jesús. No va a ser él quien lo haga. Él sólo bendice a Dios y, en esa bendición como de creación nueva, todo se multiplica, no sólo pan y vino, y salud y compañía. Todo para que queden satisfechos todos los hombres y mujeres tan difíciles de contentar. Será por fin el reino.  

José Javier Lizaur