Domingo 28 de septiembre – XXVI del TO

Lecturas
Ez 18, 25-28.
Sal 24, 4-9.
Fil 2, 1-11. 
Mt 21, 28-32
 

IDEAS SUELTAS 

Esta parábola del evangelio suena a amenaza. Esta y otras de Mt. ¿Pueden encontrarse amenazas en el evangelio? ¿Pueden ser ‘evangélicas’ las amenazas? No sé si es posible pensar en las personas con tanto optimismo como para que sobren las amenazas. Desde el conductismo hasta la circulación en carretera, o cualquier género de modificación de conducta, la usan por eficacia y rapidez o quizá hasta por insustituible. ¿La comunidad cristiana puede o debe prescindir de ellas? Esta amenaza se dirige al pueblo de Israel que no acoge a Jesús. Lo aceptamos, aun sabiendo bien que se trata del pueblo elegido. ¿Llega con todo su realismo a nosotros, pueblo cristiano? Nos parece estar a salvo de esta especie de rechazo por mor de la llamada indefectibilidad de la Iglesia (ese no poder fallar, estar a salvo), porque nada podrá contra ella. ¿No lo sentiría igual Israel? Sabiendo y aceptando ahora que Israel sigue como pueblo escogido de Dios, ¿no puede nuestro caso ser igual al suyo, precisamente en esa difícil unión, que nuestra lógica no alcanza, de seguir como pueblo escogido y sabernos rechazados del Dios que nos ha llamado y que “no puede desdecirse a sí mismo”? 

Siglos diciendo ‘ya vamos’, y no está muy claro si hemos ido -como grupo- a alguna parte que sea tierra y sitio de Dios. O quizá sí. De todas formas, estamos jugando, no con palabras, sino con realidades muy serias, exigentes; dan mucho que pensar, pero dejan temor sólo si se banalizan. Y dice el refrán lo de “del dicho al hecho…”. Y recordamos en el evangelio lo referido a los fariseos “haced lo que os dicen, pero no lo que hacen”. Siempre entre el decir y el hacer. Ellos y nosotros. La coincidencia de los dos términos me temo que será sólo para el reino, para Dios. Y mientras, ese desplazamiento, esa grieta, permanente entre el decir y el actuar. O más al fondo todavía, entre el deseo y la realidad. Decimos nuestros deseos con ganas y profusión. La realidad no hace falta decirla, porque está ahí, y ya no depende de nosotros. Decimos y hasta nos estimulamos en el decir. Pero la realidad se impone, queda muy corta y no depende sólo de nuestra buena voluntad. Hemos dicho infinidad de cosas (v.g. de democracia, de la mujer, de derechos y diferencias), hemos hablado y opinado de todo, dando además lecciones. Y resulta que no hemos hecho gran cosa de todo lo que decimos. Es cierto que las palabras son más veloces y fáciles y que lo real humano no goza de velocidad. Aun admitido todo esto, nos hemos quedado muy cortos, tanto que poner ejemplos resulta demasiado fácil. Están a la vista de todos y sirve casi todo. Desde luego, sólo con no hablar tanto y con tanta facilidad disminuiría mucho la distancia vergonzosa entre el decir y el hacer.           

Nuevamente la 1ª lec es de Ez (lo era la del domingo XXIII) De nuevo nos plantea que la libertad y la responsabilidad son personales y no dependen de los dioses  o del destino.           

La 2ª continúa el texto de Fil y recoge el himno a Cristo, que ya leíamos el día 14. En esta ocasión presenta un texto más largo, que nos deja clara la unión de los detalles más sencillos de la vida (concordia, ostentación, humildad, cerrazón) con la más alta y profunda teología (discurso sobre Dios). Esa unión es imprescindible para toda la vida, en toda vida cristiana: se resume en la consigna final: “tened entre vosotros los sentimientos mismos de Cristo Jesús”.           

El Ev incluye una parábola sencilla de Jesús, dicha a “los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo”, a la que se le coloca un final que no era el suyo (v 32). Dirige ese verso el sentido de la parábola a la acogida de Juan el Bautista, con lo que orienta y restringe su contexto primero. Es porque la parábola, en este evangelio, forma parte del conjunto de respuesta de Jesús a quienes cuestionaban su autoridad. Les argumenta con el ejemplo del Bautista a quien tampoco creyeron, y por eso el final de la parábola (32) concluye en referencia a Juan. 

 

IDEAS POSIBLES PARA UNA HOMILÍA

Los publicanos y las prostitutas nos llevan la delantera en el camino del reino. Otro escándalo que añadir al del domingo pasado sobre la injusta justicia de Dios. Este es el Dios que anuncia Jesús y del que es enviado. Los que nos parecen malos e indignos nos preceden. La afirmación primera es consecuencia de una parábola, una de esas breves narraciones populares con las que Jesús intenta explicar su anunciado reino. Dos hermanos. El mayor dice que no al padre, pero va al trabajo de la viña. El segundo dice que sí, pero no va. Las formas externas, las apariencias, y la realidad de ir o no. Lo decía Jesús a los sumos sacerdotes y los ancianos, y le entendieron. Ellos eran el segundo caso, no cumplían lo pactado en la alianza. Los seguidores de Jesús habrán de ser el primer caso, y no tanto porque digan que no, sino porque van de verdad. Los primeros a los que se dirigió el padre con su llamada han sido los del pueblo elegido; han pasado siglos y no han ido, de satisfechos que se encontraban con su alianza siempre pendiente de cumplimiento. Los segundos a los que se dirige explícitamente es a sus seguidores, que hacen de hermano primero en la parábola. Estos sí que van, van siempre, aunque a veces se les note como mal humor. Son seguidores de Jesús. “El cual, siendo de condición divina…” (2ª lec)

Jesús es “el primogénito de muchos hermanos” (Rom 8, 30), y dijo Sí. Lo dijo, haciendo todas esas precisiones que aporta el himno de la 2ª lec. Es que Jesús, nuestro hermano mayor es el Sí, el amén, a todo lo de Dios (2Cor 1, 20). Y Hb, con el salmo 39, nos lo presenta (10, 9) añadiendo: ‘Aquí estoy yo para hacer tu voluntad’. Este nuestro hermano mayor sólo sabe decir Sí a las promesas de Dios, es el amén más absoluto a él. Nosotros, los muchos hermanos, dijimos Sí en el bautismo, hasta nos incorporamos a él, a su vida y su muerte. Pero los muchos hermanos no hemos hecho el reino, no lo hemos levantado y construido, porque no se puede decir bien de nosotros ni el himno (2ª lec), ni las bienaventuranzas, ni el evangelio entero, explanaciones o desarrollos del Jesús al que hemos dicho Sí. O sencillamente, que no somos la persona, el hombre o mujer concreto, hijo de Dios por origen y meta, que ha sacado adelante todo lo que, por hijo, Dios ha depositado en él. No somos la persona a medida de la de Cristo Jesús (Ef 3, 19b), que es nuestro hermano y referencia. No llegamos a ser -quizá ni nos lo creemos- el hombre o mujer perfecto, cumplido o completo que Dios ha depositado en nosotros y al que nos llama. ¿Y los “publicanos y prostitutas”? Se nos han vuelto a adelantar, entre tantas disquisiciones, pues continúan empeñados en sacar adelante como pueden su dura vida, convencidos de que es posible hacerlo, y confiados finalmente en el más allá de Dios. 

José Javier Lizaur