Domingo 24 de agosto – XXI del ordinario

Lecturas:
Is 22, 19-23.
Sal 137, 1-3. 6 y 8.
Rom 11, 33-36.
Mt 16, 13-20.
  

  

IDEAS SUELTAS

  

            Siempre han sido decisivos para los cristianos los temas de la llamada cristología, discurso y raciocinio sobre Jesucristo. Hoy lo siguen siendo y con especial actualidad. Se debe a publicaciones recientes que han llegado, no sólo a cristianos, sino también a muchas personas buscadoras o curiosas. ¿Habrá por fin un punto de llegada, una palabra clara y precisa sobre estos temas en torno a Jesús, el Cristo? ¿O habremos de aceptar como respuesta un equilibrio inestable, conseguido sólo en la tensión de los opuestos?

           Ya en los tiempos de Calcedonia (451) se intentó definir y perfilar ese equilibrio, fijándolo para siempre, con aquel “verdadero Dios y hombre verdadero”, unidos sin ‘confusión alguna entre ellos y también sin separación posible de ellos’. Pero las palabras son más complejas y vivas de lo que quisiera quien las pronuncia. Aunque por un imposible fueran claras en su momento, con el paso de los años se diluyen y el tiempo les cambia los perfiles y el contenido mismo. Desde el inicio de la fe cristiana, dos tendencias: una para subrayar lo divino y otra para subrayar lo humano. De esa doble tendencia nunca nos hemos desprendido, y cada uno de nosotros ha de conocer suficientemente su fe y hasta su carácter para saber cuál es la suya, si hacia un aspecto u otro.

En conjunto, hemos sido educados y mantenemos unas ideas que muestran un ‘monofisismo’ mal disimulado, es decir, un mantener pretendidas cualidades de Dios a costa de disminuir o anular las humanas. Siempre resulta sospechoso hacer de menos a Dios y nunca hacerlo al hombre. La acusación típica de un Cristo “demasiado humano” lleva en su interior el pensamiento de que lo humano de las personas es lo que calificamos de ‘malo’, y que lo elevado de las personas es, por lo visto y dicho, inhumano. Así es nuestro ‘monofisismo’, hecho doctrina común de los cristianos de por aquí: Jesús gozaba de una especie de conocimiento anticipado, sin los riesgos en la maduración personal y la elección, que todo lo sabía y conocía de sí y de los demás -de su condición divina, de su destino salvador-, que hizo un poquito de comedia en las angustias del Huerto, porque bien sabía con certeza su propia resurrección. Y demostraba su diferencia y singularidad por los milagros.

Y ¿qué decir del paso del tiempo y sus consecuencias en las palabras? Aquel Dios violento y vengativo, celoso de su honor y justiciero, inamovible impertérrito, cicatero y caprichoso, no tiene mucho que ver con la idea actual de Dios. El hombre y su peripecia, en el riesgo continuo de elección, libre sólo en la aceptación de sus condicionamientos, angustiado ante la muerte o la soledad, constructor de sí mismo como conciencia de serlo, tiene muy poco que ver con lo que se entendía por persona en el S. V o en el XIX.

Es muy antiguo el problema y su planteamiento, no así su solución, que quizá no la tiene como tal. Hoy hablar de persona, de naturaleza, de memoria y de voluntad no es lo mismo que en el S. V y, por tanto, aunque se mantengan las palabras, su contenido está trastocado y no dicen lo que nosotros nos empeñamos en que digan. Hoy nuestra experiencia de Dios y de hombre es absolutamente otra. El hombre de verdad, con todas sus consecuencias, es frágil, busca y se busca, condicionadísimo, en solidaridad con quienes le rodean y con todo el entorno. Por ahí va hoy nuestra experiencia de persona. Y Jesús de Nazaret, el judío del S. I, no disponía ni de la ciencia ni de la experiencia que nos han proporcionado XX siglos de historia.

La 1ª lec está en relación con el Evangelio en el tema de las llaves, como símbolo del poder asignado a la persona, que se concretará en el abrir y cerrar sin apelación. La 2ª lec es el final de los capítulos dedicados por Pablo al problema del pueblo elegido y rechazado. Los concluye en la afirmación y la adoración del Dios misterioso, fuente y medio de cuanto existe o sucede.

 

PARA LA HOMILÍA POSIBLE

De Jesús, ese que me amó hasta entregarse por mí, unos hablan bien, otros mal; la mayoría, bien de él y mal de sus seguidores -sobre todo de los más visibles-. Pero, ¿y nosotros, qué decimos, pensamos y sentimos de verdad de él, de ese que hemos de ‘recordar, hijo de David y resucitado’? Y, con toda la comunidad cristiana, decimos: ‘Eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo’. ¿Entendemos lo mismo, damos el mismo contenido a esas palabras clave una campesina china, un aborigen de la Amazonía, un ‘broker’ de la bolsa de Londres? Y ¿tú? Y ¿yo?

El nombre santo e impronunciable de Yhwh, encierra, según los expertos, un matiz de ‘soy y seré lo que irás descubriendo’. Al Hijo del Dios vivo también lo descubrimos y lo iremos descubriendo mejor a lo largo de la historia. “Hacían falta” (y resuena el ‘es preciso’ de las Escrituras) las atrocidades de Auschwitz, las matanzas de Rwanda, las tristes trincheras de la Gran Guerra, los sueños dorados del Renacimiento y de la Revolución, para saber algo más del Dios vivo y verdadero y de su Hijo Jesucristo. Más de Dios y más del hombre. Nadie dice nada concreto al hablar del Hijo de Dios vivo, si no lo vincula al gozar y sufrir de los días, a los avatares de la historia.

Mi Señor, ¿de qué eres Mesías ungido, liberador y rescatador, si no te coloco en relación con las guerras de Irak, de Afganistán, de Darfur y de Somalia, en relación con esta economía global que aumenta beneficios de unos en proporción al aumento del hambre y la injusticia de los más? ¿Eres para mí el Hijo de Dios vivo en la euforia o en la depresión, en el divorcio y las separaciones o en las pasiones, en la salud o en la agonía?

Tú, creyente fiel, ¿qué dices tú de mí, con tu experiencia y tus años, con tus amistades y odios, con tu cansancio y “esa noble tristeza que llaman alegría”?

Es Pedro quien se adelanta en nombre de todos y proclama ‘eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo’. Quien haya de hacer algo de lo que hizo Pedro -y no por sí solo- habrá de hundir y sembrar la confesión de fe, adelantándose a los hermanos, en lo más real y más actual para que tenga algo de sentido esa fe. Ese será quien tenga verdadera autoridad, no poder, en medio de los creyentes. Nuestra confesión de fe, nuestro confesar a Jesucristo, necesita raigambre en la realidad y la historia. Lo demás son palabras históricas, máscaras que encubren el terrible vacío de una fe que se ha quedado ya sin nada dentro.

Dichoso, bienaventurado, ‘suertudo’, tú, creyente fiel, que todavía afirmas con gusto y alegría que Jesús de Nazaret, el judío del S. I, es Dios auténtico, hombre cabal, que aporta salvación a esta tierra del S. XXI. Feliz, enhorabuena a ti, que tienes experiencia de lo que es Dios y su misterio y la persona y el suyo, y te sigue resultando válida esa experiencia para tus días y tus horas de siempre.

  José Javier Lizaur