Domingo 21 de septiembre – XXV del Ordinario

LECTURAS
Is 55,6-9
Flp 1,20c-24.27a
Mt 20,1-16

IDEAS SUELTAS

Creo que hoy estas líneas serán en torno a Dios. Es decir de aquello de lo que hablamos siempre, hablemos de lo que hablemos. Dios, el misterio último de cuanto existe, del vivir y del morir, del universo inconmensurable y sus partículas más elementales. Olvidamos con frecuencia, al tratar de Dios, que nuestra limitación o nuestro interés o nuestra torpeza son inseparables de cuanto sentimos o pensamos. Dios es otra cosa o es otro. Ni piensa como nosotros, ni actúa como nosotros (1ª lec y Ev)

 

Con cuánta temeridad hemos hecho de nuestros pensamientos y sueños, los de Dios. De ahí nuestra soltura para identificar la ‘voluntad de Dios’ sin perder el tipo. Qué barbaridades, atribuyendo a Dios los esquemas de nuestra justicia y nuestros anhelos de venganza. Usurpando su voluntad con la nuestra. Convirtiéndolo en objeto entre los demás objetos, muy superior eso sí, muy causa de causas, pero señalable, determinable, ahí fuera. Respuesta a todo lo que nuestro conocimiento imperfecto no vislumbraba. Sostén y apoyo último de raciocinios verdaderos y universales leyes naturales. Un Dios occidental y domesticado. Encajaba perfectamente bien en este tinglado general, amasado de injusticia, con el que pretendemos entender y desenvolvernos nosotros en el mundo. Pobre Dios, prácticamente siempre recubierto y presentado en filosofía barata, de tópicos casi refraneros, que lo hacían tan nuestro que se identificaba inevitablemente con los oficialmente buenos de nosotros.

No tenemos nada de qué hablar sino de él. Nada impone el silencio sino él. Nada tan lejano y diverso, ni nada tan nuestro e íntimo. Dios. Y cuando con temblor lo creemos más vivamente presente a nosotros, viene un ángel cuidadoso a advertirnos que no es más que un ídolo. Que nuestra actividad más consecuente de creyentes es la de “matar a nuestros dioses”, porque todo lo que atrapa nuestra inteligencia o nuestro emoción no es ni sombra de Dios y, a nada que lo mantengamos, será sólo nuestro ídolo. Es incómodo un Dios tan vivo y desconcertante. Por eso lo aclaramos tan perfectamente y sabemos tanto de él. Pero ese ya no es el Dios de la Escritura, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, el Dios de todo consuelo. “Es verdad: tú eres un Dios escondido, el Dios de Israel, el Salvador” (Is 45, 15) ¿Dónde queda el Dios que “hace salir el sol sobre buenos y malos y manda la lluvia sobre justos y pecadores” (Mt 5, 46)? Nunca lo tomamos en serio, ni literalmente, porque estorbaba a nuestros esquemas simplistas. Para concluir esta digresión, nada mejor que el texto sencillo y claro de Oseas (11, 9): “Que yo soy Dios y no un hombre, santo en medio de ti, y no enemigo a la puerta”. Pero, como hasta sabemos qué es ser santo -eso que identifica y exclusiviza a Dios- no es extraño que hablemos y afirmemos de él tan desinhibidamente. (No olvido el texto de Job 29, 2 “¡Aquellos días de mi otoño, cuando Dios era un íntimo en mi tienda…” Pero ese aspecto de Dios, para otra ocasión.)

La 1ª lec de Is, breve, encierra dos posibles temas: la búsqueda de Dios, y su distancia y diferencia con nosotros. Pertenece al segundo Isaías, seguramente tras la vuelta a Jerusalén.

La 2ª lec comienza con textos de la carta de Pablo a los Filipenses, que nos acompañarán hasta el domingo XXVIII inclusive. Es la carta más personal de Pablo, al dirigirse a su comunidad predilecta, y no polemiza en ella. Es la carta de la alegría. Sería de provecho leerla seguida, entera, y atentamente; o leer algún comentario. Hoy nos recuerda que el evangelio no sufre detrimento ni con los encarcelamientos de Pablo, y que él mismo no tiene muy claro en ese momento si su servicio al evangelio pasa por seguir vivo o por morir.

El Ev recoge una parábola exclusiva de Mt. Recordemos que Jesús está subiendo a Jerusalén y en el camino instruye a los discípulos con propuestas inesperadas que acentúan la incomprensión de ellos. El verso 16 no pertenece a la parábola: en ella ser primero o último es irrelevante, lo que importa es que a todos se paga lo mismo, cosa que a ellos y a nosotros nos suena a injusticia. El dueño de la viña sabe bien que todo el mundo necesita del jornal para seguir viviendo. 

 

IDEAS PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

Con el paro de nuevo muy presente y amenazante, esta parábola nos habla de gente que busca ser contratada y que sigue sin ocupación al atardecer. Hasta a los últimos, que a penas tienen tiempo para el trabajo, se les paga todo, es decir, lo necesario para vivir. El amo no es generoso, es justo al reconocer que nadie puede vivir sin eso que reciben, y que a la vida y a sus imprescindibles todos tenemos ‘derecho’, aun sin trabajar. Esa idea de justicia, que reclama los imprescindibles vitales para todos, modificaría los presupuestos de todos los estados y sería la base para seguir hablando de ella con algo de contenido real. Los que escuchamos el evangelio de hoy hemos de tenerlo bien claro en nuestras ideas, conversaciones, contribuciones públicas, y decisiones respecto a las políticas.

Pero la idea de justicia que hemos recibido, y con la que nos apañamos, busca la proporción directa entre el trabajo y el salario. Y el dueño de la viña no la guarda. Suscita la protesta de los empleados y también la nuestra. ¡Mira que si tras la vida y sus esfuerzos, todos, justos y sinvergüenzas, terminamos con la misma paga de Dios, que es Dios mismo disfrutado! Tampoco nos enseñaron ésto en las iglesias y catequesis. Allí los méritos eran imprescindibles para llegar al cielo, a Dios, y quien, tras duro examen, no los tuviera quedaba para siempre, siempre, alejado de él. La relación entre nuestras acciones y la respuesta de Dios era directa. Muy humana, como la mejor de nuestras justicias. Pero ‘ni mis pensamientos, ni mis planes, ni mis caminos, son los vuestros’, dice el Señor (1ªlec). Él es bondad desmesurada, misericordia sin límites y, aunque nos fastidie mucho, no va a atenerse a nuestras miserias. Las sorpresas serán literalmente de escándalo. ‘¿O vas a tener envidia porque yo soy bueno?’ (Ev) Nunca entenderemos esa bondad absoluta del Señor Dios, que lo define como tal, inalcanzable por nosotros, aun con mucha imaginación. El Dios del evangelio resulta ajeno totalmente a esa falsedad acumulada de siglos de que él da más y mejor “cielo” a más y mejores obras y comportamientos en la tierra: ese sí que es hombre y no Dios, ese es producto rastrero de nuestra corta imaginación. Otra era la meta de toda la parábola: llamar la atención sobre la bondad de Dios, bondad tan inmensa que no cabe en nuestra razón y nuestros esquemas.

Jesús fue acusado de amigo de pecadores: Dios no podía ser así. Él cuenta este relato para dejar claro que Dios sí es así y él, su enviado, se acerca por eso a todos, publicanos y pecadores. Mt, en su evangelio, lo anuncia a su comunidad cristiana para recordarles, cuando ya comienzan en ella las clasificaciones de primeros y segundones y últimos, que ‘los primeros serán últimos’ en esas cosas del reino. Los dos casos, en parte inseparables, un escandalazo para todos, ellos y nosotros, judíos y cristianos. Mejor que nos siga escandalizando y extrañando este Dios que Jesús presenta y representa. Si no nos escandaliza, es casi seguro que lo nuestro es un ídolo y no el Dios vivo y verdadero, santo y no hombre, bondad ingente y no enemigo a la puerta. 

José Javier Lizaur