Domingo 19 de abril – Domingo de la octava de Pascua

SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA
Lecturas
Hch 4, 32-35  
Sal 117, 2-4. 16-18. 22-24  
1Jn 5, 1-6  
Jn 20, 19-31
 

PRIMERAS IDEAS

                Hasta hoy, desde el domingo pasado estamos en el “día en que actuó el Señor” -como hemos repetido en toda la semana- y hoy es la conclusión de ese gran día. Los textos, tanto de las eucaristías como de la Liturgia de las Horas, están dotados de una singularidad y unidad, que los hace excepcionales en todo el curso del año litúrgico. Ya esto nos pone en pista de la importancia de este día.

                Antes, este domingo llevaba el subtítulo de “in albis”, (en vestidos blancos) en referencia a la túnica blanca, que los bautizados recibían al salir de la piscina bautismal y que llevaban hasta este domingo. Ahora, por tradiciones polacas que han llegado al calendario universal con el anterior obispo de Roma, se llama de “la divina misericordia”. Como si el título fuera muy pascual o tuviera más que ver -por la fiesta o las lecturas- que cualquier otro día del año  con “la divina misericordia”.

                Importaría que a lo largo de todo el tiempo pascual se mantuviera como rito primero la bendición y aspersión del agua, según figura y recomienda el misal. Quedaría claro que es tiempo de atención al bautismo como inserción en la vida nueva del Resucitado. También pudiera adoptarse con la misma finalidad la forma bautismal de preguntas y respuestas para el credo.

                Otra propuesta que resultaría muy expresiva para este tiempo pascual, caso de no hacerlo todos los domingos, sería ofrecer la posibilidad de comulgar en el pan y en la copa. Sé que las dificultades prácticas son muchas y de pocas salidas. Pero siempre merece la pena intentarlo y fundamentar en signos ese banquete del Reino cuando bebamos en él el vino nuevo que añoraba Jesús en su cena de despedida.

                Hoy será fácil detenernos a comentar la fe. Actitud radicalmente básica de todo creyente. ¿Sigue siendo válido eso de que son pecado las “dudas” contra la fe? No parece legítimo mantenerlo sin más, cuando, en la experiencia de todos, las más ricas ‘fes’ (en uno mismo, en los demás, en el mundo, en la felicidad, la libertad, el amor, en el futuro, en Dios etc), las que resultan más decisivas para la persona, están construidas también de dudas. La fe es fe porque afronta las dudas. Si no conserva dudas en su propia entraña ya no es fe, sino lógica racional. Sigue siendo fundamental, para mí, tanto la explicación de qué es fe como su aclaración con ejemplos y reflexiones en el cap 11 de Hb: se entremezclan fe y esperanza, aclarándose una en otra, y concretándose en obras de liberación y de amor.

                En todos los ciclos, las 1as lecturas pertenecen al libro de los Hechos. En el ciclo B, las segundas son de la 1ª carta de Juan. Podemos pensar en algún tipo de catequesis sobre la misma, presentando su conjunto. Familiarizarnos con el lenguaje y con los puntos básicos de este texto, por otra parte tan citado para los temas de si Dios es amor y nosotros lo prolongamos. Desde luego, escrito esto, no veo por qué no proponer lo mismo para el texto de Lc y Hch, salvo que en apariencia parecen más conocidos y habituales.

                 La 1ª lec, como en todo tiempo pascual, del libro de los Hch. Esas visiones de Lc de la comunidad cristiana que más reflejan lo que quisiera ser que lo que es en verdad. La comunidad tiene proyecto, tiene anhelo y la fuerza del Espíritu necesaria para construirse según este texto. Resulta más realista seguir leyendo y encontrar dos ejemplos: en el v. 36, José Bernabé hace lo propuesto antes y en 5, 1-11, Ananías y Safira no lo hacen.

                La 2ª lec es un  texto bastante avanzado ya de la 1ª carta de Juan. Con el lenguaje y las ideas propias del autor de la carta, nos propone creer en Jesús como el Cristo de Dios. Creyendo en él nos vinculamos directamente a Dios, pasamos a ser sus hijos. Amar a Dios es cumplir sus mandamientos que en esta carta se reducen al amor a los hermanos, que también son hijos de Dios. El triunfo sobre todo lo malo, ‘el mundo’ en el texto, es ese amor a Dios por Cristo que revierte en amor a los hermanos. Pero el autor de la carta quiere conjurar el peligro de creer en un Cristo demasiado divino, sin encarnación real en lo humano. Por eso las alusiones al agua y la sangre, es decir al Espíritu y a la realidad carnal. En Jesús son inseparables y no vale quitarle ‘el agua’ ni quitarle ‘la sangre’.

                El Ev recoge el primer final del evangelio de Juan. Ofrece un buen criterio de discernimiento sobre la calidad de nuestra fe, pues todo lo escrito antes (20 capítulos) es sólo para que tengamos vida. Eso es: si el evangelio, el seguimiento de Jesús, nos da vida o nos la quita. Sólo nosotros podemos saberlo. También toma relieve, según este evangelio, unir tres elementos que son la misma realidad, aun cuando los presentemos por separado: resurrección, Espíritu y perdón de los pecados. De otra forma: Resurrección, Ascensión y Pentecostés son un único misterio de salvación. En este evangelio es fundamental el tema de los signos. Son imprescindibles para creer, pero por signos son referencia, y no lo que aparece. También el tema del ver y el creer. “Algo” hay que ver o descubrir para creer, al menos, la cadena del testimonio. Todo sucede en dos “domingos” (días del Señor), en una casa con las puertas cerradas y en una comunidad que está cierta de “haber visto al Señor”. 

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

                Han quedado estereotipadas en la cultura (refranes, dichos, frases hechas) las referencias a Tomás y al ver y creer. Hoy lo encontramos en su origen en el evangelio de Juan. Los discípulos, en domingo, con las puertas bien cerradas, como indicando que nada de lo que sucederá llega de fuera, sino de dentro, de ellos mismos. Se hace presente el Resucitado, sin entrar al estilo humano. Es Jesús de Nazaret, pues este que está bien vivo, que es Espíritu y sólo regala Espíritu, arrastra las llagas de su pasión en carne propia y las muestra como título de gloria, como condecoración. “Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor”. La alegría es un buen signo del Resucitado. El mal humor permanente y las broncas continuas no lo son en absoluto. Tras esta Pascua, ese sería el objetivo: todos llenos de alegría por haber visto al Resucitado. Más ‘signos’: con el resucitado, la paz, el Espíritu -aliento creador-, y el perdón de los pecados para partir de cero en la creación nueva. Unimos el perdón de los pecados a la cuaresma; no hay nada más característico de la vida nueva de la resurrección y del bautismo que ese perdón absoluto e incondicional que se ofrece y encuentra en la comunidad del Resucitado. El pecado perdonado de la experiencia pascual es aquel del pregón de la noche de pascua que merece la exclamación de “oh feliz pecado”.

                Tomás no estaba en tan importante reunión y con tantas ofertas del Resucitado. Le parece increíble que “estén llenos de alegría”, quiere comprobaciones o signos al menos. El Resucitado, de nuevo en medio de ellos, le ofrece la prueba de su dolor y sufrimiento, y logra de sus labios la confesión más expresa y resuelta de fe: Señor mío y Dios mío. Trae a su vocabulario palabras del testamento primero, las que designaban el misterio de Dios, para aplicarlas a quien el comienzo de este evangelio llama Palabra. Y pone el evangelista en boca de Jesús la bienaventuranza a todos nosotros, los que sin ver hemos creído. Si hemos percibido algún signo ha sido por la cadena de testimonios que desde Tomás y sus compañeros ha llegado a nosotros para saber descubrir, entonces y ahora, lo signos permanentes del resucitado, sus llagas, su paz, su perdón, se Espíritu, su alegría, su bienaventuranza que es sinónimo de salvación.

                Nos acaba de felicitar Jesús por nuestra fe. Es aquella fe de la que dice la 1Pe “no habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable” (1, 8) Enhorabuena a todo los creyentes. Que se cumpla en nosotros en este tiempo pascual que “nos llenamos de alegría al ver al Señor”. En sus signos. 

                 J. Javier Lizaur