Domingo 17 de mayo – VI de Pascua

Lecturas
Hch 10, 25-26. 34-35. 44-48  
Sal 97, 1-4  
1Jn 4, 7-10  
Jn 15, 9-17
 

PRIMERAS IDEAS

                 No olvidemos mantener el ambiente festivo y alegre de la Pascua en medio de todas las crisis.

                El Ev concluye que todo lo que pidamos al Padre en nombre de Jesús nos lo dará. Textos similares en rotundidad y sin la precisión de hacerlo en nombre de Jesús encontramos en los sinópticos. La experiencia cristiana nos da a todos que ésto no es así, salvo que añadamos tantas condiciones que invaliden la afirmación primera. En el texto de Lc ya encontramos una matización importante y definitiva. El Padre del cielo, ¿cómo no dará el Espíritu Santo a quien se lo pide? Pero el texto anterior cita sin más “pedid y se os dará”, “qué padre entre vosotros, si su hijo le pide un pez etc” (Lc 11, 9-13). Por tanto, la garantía en la oración cristiana es el Espíritu Santo, ese que sopla donde quiere y oyes su ruido, pero desconoces de dónde viene ni a dónde va. Sabemos todos las críticas, tan motivadas, al Dios tapa-agujeros. Que Dios no es algo a nuestro servicio y libre disposición. Que Jesús oró con gritos y lágrimas al que podía librarlo de la muerte, que fue escuchado (Hb 5, 7), y que tuvo que morir bajo Poncio Pilato. Que en la shoah, ¡cuantísimo se rezó!

                 Con estos y muchos datos más, hemos reflexionado y rezado mucho y muchos en torno a la oración. Alguien diría que con escasos resultados. Estamos más inclinados a aceptar sin excesivo problema la oración de bendición y acción de gracias. Parece más limpia y menos indigna de Dios. Aunque el asunto de fondo sigue siendo el mismo: el de la posibilidad de comunicación e intercambio real entre el cielo y la tierra, Dios y los humanos. La dificultad mayor parece encontrarse en la oración de petición, tan sucia ella de todas nuestras suciedades. No queda bien presentarse a Dios para pedirle ‘salud, dinero y amor’, o ni siquiera que nos arregle el paro, los ERE o las hipotecas. Jesús tenía también sus dudas sobre si iba a ser posible mantener en la tierra largo tiempo la fe en que Dios haría por fin justicia a los que le claman (Lc 18, 7-8). Hasta la oración a Dios que se formula como protesta o interrogante (Jer, Job) es más fácil de mantener. Y no hay fenómeno más continuo y presente en todas las religiones que la oración. Tanto como para servir de detector: donde hay oración, hay religión.

                Volvemos al principio, pedid y se os dará. Curiosamente la gente sencilla es la que pide cosas más domésticas e inmediatas, y sin problema. Otros no nos atrevemos. Sabemos, con enorme respeto, que pidiendo cosas dejamos de lado a Dios mismo. Él las da, y no nos vamos a contentar con “cosillas”, irrelevantes ante él, cuando quiere y puede dársenos él mismo. Los regalos no valen por ellos, sino por quien los regala. Es Dios siempre lo que importa. Es el regalo y el donante. Por pura gracia nos da lo mejor para nosotros, la salvación. Y ¿nuestras necesidades más triviales e inmediatas merecen atención y respuesta de quien lleva en cuenta hasta los cabellos de nuestra cabeza? ¿Tiene hoy validez la oración de petición? Tras experiencias tan dolorosas como la guerra, los exterminios y la muerte, donde tanto se rezó, el Dios que nos cuida como a las niñas de sus ojos y nos protege bajo sus alas, ¿qué tipo de respuesta da a nuestra oración? ¿Sólo el reforzamiento de nuestra propia fe y esperanza? ¿Nada menos que el Espíritu Santo, pero sin incluir una experiencia que sirva de contraste de ese Espíritu inaprensible e imprevisible? Podemos partir de una religión de la encarnación de Dios entre nosotros, y llevar a cabo unos trabajos sobre la oración, que la tornen tan pura y limpia que la encontremos completamente descarnada y quizá muerta de pureza en nuestras manos alzadas. El reto continúa: “Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo concederá” (Ev)

                 1ª lectura. Del libro de los Hechos. Una especie de Pentecostés de los gentiles. Tras esta narración, sencilla a primera vista, las enormes tensiones de los grupos primeros de seguidores de Jesús sobre si recibir y con qué condiciones a los gentiles. El discurso puesto en boca de Pedro es más largo de lo recogido en la lectura y la admiración final de los circuncisos parece sugerir que el problema se resuelve ya con la aceptación sincera de los gentiles, pero no es así. La continuación simple de esta lectura nos lo demuestra, y el problema -y Pedro con él- maduró entre la indecisión y el incumplimiento de los buenos propósitos de la reunión de Jerusalén (Hch 15). La vida entera de Pablo, y hasta su muerte, tuvieron mucho que ver con este problema. Y todas las tensiones de las comunidades primeras. Gracias a esa embrionaria aceptación de los gentiles estamos nosotros en la Iglesia.

                2ª lectura de la 1ª carta de Juan. En este pasaje queda recogido el célebre aforismo, Dios es amor. Para esta carta, estar en comunión con Dios o tener la vida eterna es lo mismo. Cada creyente ha de descubrir si él vive así a través de dos criterios: reconocer a Jesús en su carne concreta como Hijo de Dios y amar a los hermanos. Que nos amemos no es aquí una decisión nuestra voluntarista y llena de empeño, sino una gracia, un regalo del Dios amor que extiende el suyo a través del nuestro. Es Dios quien nos ama primero y, amados por él, nos abrimos a la aventura de dar continuidad a ese amor. Amamos porque Dios nos ama. Amando, ayudamos a descubrir la hondura misma de Dios. Así, quien no ama no es de Dios, no está en él. Y Jesús, como ofrenda permanente y bien clara de nuestra falta de amor. No se nos olvide el texto de sinópticos de que Dios ama a buenos y malos y hace llover para justos y pecadores.

                Evangelio. Del de Juan y de nuevo los discursos de despedida. El texto es continuación del domingo pasado, el de la alegoría de la vid. El tema, el amor, como en la 2ª lec de hoy. Del “permanecer”, característico de este evangelio, al amor mutuo entre los hermanos. En medio, la alegría y la elección. No sería forzado traducir esta alegría por salvación, puesto que la acompaña, vive sus zozobras y alcanza  con ella plenitud. No somos siervos, somos amigos. Pero tampoco olvidamos que no somos amigos, somos hijos. Y que el amor mutuo es amor entre hijos del mismo Padre. Ese amor repetido hoy, y varias veces, en la 2ª lec y el Ev, ha de acercarse lo más posible al de Jesús: como él nos ha amado. Dando la vida en servicio de salvación al otro. Es evidente que este es el mayor amor. También, como en la 2ª lec, es el Padre quien nos ama primero o nos elige primero. Sentirnos siempre integrados en esa inmensa iniciativa de salvación y amor que acoge al mundo entero. También el fruto será el mundo entero, la humanidad entera, el universo entero. 

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

                ¡Hablamos tantas veces del amor mutuo! No hablemos de boca y de palabra, sino con obras de verdad, nos decía la 2ª lec del domingo pasado. No hablemos hoy de boca y palabra. No hagamos cantos elevados a la sublimidad del amor cristiano ni pretendamos afirmar el simplismo de que con él se solucionarían todos los problemas. Es difícil un amor mutuo sincero y realista, que admita todas las diversidades y no pretenda totalizar y unificar como si del otro mundo se tratase.

                Llaman ‘regla de oro’ de la ética a la de no hacer a nadie lo que no nos gustaría nos hicieran a nosotros. No será bueno despreciar esta norma por demasiado sencilla o poco exigente. Tenemos todos experiencia de que en muchas ocasiones es una excelente manera de demostrar el amor. Lo mismo, formulada en positivo que incluye como un paso más adelante. Hacer a los demás lo que nos gustaría nos hicieran a nosotros (Mt 7, 12). Son avances en lo cristiano y avances válidos y necesarios en cualquier camino ético. Nos recuerda el evangelio además que si amamos a los que nos aman, ¿qué mérito tenemos? Es fácil, demasiado fácil. Es convertir el amor en moneda de cambio. Es rebajar las exigencias hasta un sospechoso buen vivir que tiende a cerrarse entre los que se aman. No tiene riesgo, no tiene gracia. Pero, en ocasiones, tampoco sería una mala medida. El Padre ama a buenos y malos y manda la lluvia sobre justos y pecadores. Otra meta excelente a alcanzar y por gracia, pues a ninguno nos surge espontáneamente. Y recordamos que ni la ley ni la sabiduría nos preparan adecuadamente al amor (Lc 10, 25-37). Es la compasión, ese removérsenos las entrañas ante la desgracia ajena. Y un paso más todavía (Mt 25, 31-46): en cada necesitado nos espera Jesús mismo que vino para la vida sobrada de todos. El amor cristiano pide más (Ev): amar como Jesús mismo nos ha amado. Un amor desprendido, generoso, que mueve a la vida abundante, que se olvida de sí hasta aceptar la muerte en ese amor. Así, Pablo (1Cor 13) desgrana cualidades del amor cristiano, del amor como se ha de vivir en cualquier comunidad cristiana (no entre los esposos que de eso no habla en el himno).

                El mandamiento único cristiano es el del amor mutuo. Como sea y en los grados que sea. Seguramente en momentos más discreto y en otros más radical y entregado. En ocasiones más flojo y en otras más firme y abnegado. Quizá, altibajos frecuentes. Pero siempre sin la menor renuncia a avanzar y extender y autentificar nuestro amor a todos. ¿Es el amor una norma, una regla, una ley? ¿O es una experiencia, un hecho de vida, que sólo consiste en vivir abierto a un amor inmenso en el que “vivimos nos movemos y existimos” que no es otro que el Dios amor, hecho visible en todo cuanto existe? No se trata de conseguir amar a todos, de esforzarnos con los que nos resultan antipáticos o intratables, de ser condescendiente con los difíciles, de ser eficaces en la ayuda a los explotados y olvidados. Se trata de vivir la vida con plena conciencia de estar inmersos en una totalidad real de amor. De otra manera y con palabras del Ev de hoy: permaneced en mi amor. Permaneciendo, sin apartarnos, firmes en el permanecer, permanecemos en la totalidad universal, que es misteriosamente amor.

                  J. Javier Lizaur