Domingo 14 de septiembre – XXIV del Ordinario

FIESTA DE LA EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ

Lecturas
Num 21, 4-9.
Sal 77, 1-2. 34-35. 36-38.
Fil 2, 6-11.
Jn 3, 13-17. 

COMENTARIOS SUELTOS

            El ciclo pascual de los domingos, queda interrumpido a veces por fiestas importantes y de gran tradición en las liturgias. Así ocurre con la fiesta de hoy que arranca de tradiciones del tiempo de Constantino en torno a sus victorias, sus hallazgos en Jerusalén, y las basílicas que levantaba.


            La cruz. Demasiadas veces la religión cristiana es acusada de dolorismo o victimismo. Puede que surja de algunas formas de ‘exaltación’ de la cruz. Esas imágenes de Jesús, niño o joven, abrazado con emoción a una cruz no se corresponden con la verdad histórica, que presenta indicios de que Jesús la huyó cuando puedo y, en su inminencia, le causaba terror. Desde la tradición del evangelio de Juan hasta el románico, Cristo en la cruz está entronizado, sin sufrimiento, coronado como rey. En el gótico se impone, salvo excepciones, un realismo mucho más descarnado, a veces repulsivo. Con la tradición de Juan, nunca debiéramos haber separado pasión, muerte y resurrección. Hoy sería una buena ocasión para volverlas a unir y no separarlas más. También hay tradiciones de grupos y congregaciones cristianas en que la cruz se presenta desnuda y sin el crucificado.

            Con todo, la cruz sigue ahí enhiesta, alzada siempre, sobre la vida y la historia de los humanos. Muchas culturas, orientales sobre todo, valoran el dolor como tal y consideran el sufrimiento parte imprescindible de la maduración y el per-feccionamiento (llevar a plenitud completa) de cada persona. Nosotros pensamos en general que el sufrimiento y el dolor deben de ser combatidos y apartados de la vida humana. Pero, ya desde el punto de partida, tenemos la experiencia de que ese intento genera indefectiblemente nuevo y diverso dolor. Nos parece que nunca la cruz, por sí misma, aporta nada, que nunca puede ser un fin o finalidad de una vida, que buscarla como método y medio para algo la convierte en inhumana. Pero parece muy difícil, si no imposible, que alguna vida pueda escapar de ella. 

           ¿Aceptar resignadamente o ‘exaltar’ la cruz? Para poder exaltarla es necesario colocar en ella la luz de la nueva vida. Muerte y vida vinculadas de nuevo en la fuerza creadora y justificadora de Dios por su Espíritu. Ese cruce de vertical y horizontal en un único punto, ese límite puntual y preciso a todo límite hacia un ilimitado intuido como Dios. Hay extremosidad en el horror de esa cruz como indicio de la extremosidad de la vida y la alegría en Dios. ¿Sería igual el anuncio de Pascua, si la muerte de Jesús hubiera sido tranquila, colmada de años y sabiduría? Hay un misterio inabordable de fondo en que el mesías Jesús mostrara su entrega y alcanzara su perfección personal en la atrocidad y barbarie de una cruz (Hb 2, 10; 5, 8-9) para, a la vez, ser causa de salvación universal y absoluta.

            La 1ª lec, del libro de los Números, quizá recoge una legitimación del culto a la serpiente, tan frecuente en el entorno y dentro de Israel, convirtiéndolo en mandato del Señor. Juan, que escribirá “mirarán al que traspasaron”, hace del relato el anticipo de la salvación por Cristo, levantado -exaltado- en la cruz.

            La 2ª lec, del conocido himno, probablemente prepaulino, colocado en la carta a los Fil, es una de las mejores concreciones de ese misterio de la cruz, formulado aquí, como ‘no hacer alarde de categoría’, ‘despojarse’, ‘tomar condición de esclavo’, ‘pasar por uno de tantos’, ‘actuar como cualquiera’, ‘rebajarse’, ‘morir en la cruz’. 

           El Ev pertenece a esas controversias o discursos que el evangelio de Juan construye como desarrollo y profundización de los temas más importantes de la vida cristiana. Este de hoy toma por interlocutor a Nicodemo, representante del judaísmo más próximo al cristianismo, para hablar sobre la vida nueva del bautismo en agua y Espíritu. Contiene una referencia a la 1ª lec y concluye en una afirmación totalmente positiva y rotunda sobre la salvación del mundo. (Aquí el mundo es tanto el universo, como la totalidad de los humanos.) También parte de un esquema cósmico muy simple, hoy inservible, de arriba-abajo, cielo-tierra. Pero orienta a un largo recorrido, de los sueños a la realidad y de ésta a los sueños hechos ya realidad.            

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

            La exaltación de la santa cruz no necesita ceremonias de corte e incienso. Cada vez que alguien se abraza a ella, la agarra con fuerza, y se enfrenta a las mordeduras de la vida, la lucha, la enfermedad y la muerte, queda la cruz suficientemente exaltada. Es entonces cuando muestra su santidad al prestar a los hombres y mujeres de cada tiempo una fuerza, una luz, un espíritu que sólo de Dios, y no de un instrumento de tortura, pueden traer su origen.

             ¿Por qué gloriarnos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo? ¿Por qué cantarla como victoria, exaltarla como triunfo? Porque mantener viva y firme la esperanza ante el horror de toda clase de muerte, -siempre violenta e injusta, ya en las duras cruces de los días, ya en las vidas que se apagan de continuo en la naturalidad de lo acostumbrado,- es posible precisamente gracias a esa cruz en la que estuvo colgado y desnudo el que confesamos Señor, Jesús, el Cristo mesías. Todos los ajusticiados, masacrados y torturados, los aplastados en el deshonor y la injusticia, son la reserva de dignidad de la humanidad entera. En uno como ellos, en ellos por él, Dios ha volcado la vida, la dignidad, el honor y la gloria, y en ese instrumento de desesperación, en la cruz, ha sujetado para todos las más limpia esperanza, la del futuro que Dios abre en el punto cerrado de la cruz. Viene a la mente el texto de Hb (11, 38-39): fueron tundidos a golpes y rehusaron el rescate; pasaron por la flagelación, por la cárcel y las cadenas, los apedrearon, los serraron, murieron a espada, rodaron por el mundo vestidos de pieles, faltos de todo, oprimidos, maltratados; el mundo no era digno de ellos. Y seguimos sin ser dignos de ellos. Con Cristo Jesús, colocan en las cruces lo mejor de ellos y lo peor nuestro. Por eso Dios se derrama en la cruz como perdón y misericordia para unos, como vida y gloria para otros, como salvación y futuro ya para todos.

            La gloria de la cruz es nuestra gloria. Encontrar a Dios entero en lugar tan siniestro e inesperado es pura fe y esperanza. La nuestra. La que hoy celebramos, como unos tontos. Pablo tenía muy claro al escribir la primera carta a los de Corinto (1, 18. 21. 23. 25) que lo de la cruz a cualquiera le resulta una tontería, necedad y locura. Por eso la celebramos como unos tontos, confiados y contentos, fuertes en Dios y siempre esperanzados.

 

 

José Javier Lizaur