Domingo 12 de abril – Pascua de Resurrección

Lecturas
Hch 10, 34ª. 37-43   
Sal 117, 1-2. 16-17. 22-23.  
Col 3, 1-4   Jn 20, 1-9
 

COMENTARIOS PRIMEROS

                En las novelas rusas -y en la vida real de ese país-, en este día, hasta en las cárceles u hospitales, todo el mundo se saluda con ‘Es verdad: ha resucitado el Señor’. ¿Cómo expresar hoy nuestra alegría? Hay testimonios de que en la baja edad media, en zonas del sur de Alemania, en la homilía pascual, contaban los sacerdotes y obispos chistes procaces y hacían gestos obscenos con el fin de provocar la llamada “risus paschalis” (la risa de pascua). ¿Somos capaces de poner humor o atrevimiento en nuestras homilías de Pascua? Lástima de nuestra rigidez e inexpresividad, de nuestras represiones, para expresar simplemente placer y gozo profundo. Bien, esto que hago es lo que no ha de hacerse en las homilías pascuales: por cualquier motivo, críticas, lamentaciones y enfado. Con un espíritu risueño y luminoso, tenemos que anunciar la pascua santa del Señor. Hemos de transmitir la más bonita y esperanzadora noticia, la del Cristo resucitado y nosotros con él. He leído últimamente comentarios serios (muy serios) y sesudos sobre que quien predica habla en nombre de Cristo o de la Iglesia y no debe mostrar lo suyo personal. Puedo  expresar mi opinión contraria, de alguien poco sesudo. Hablemos siempre de algo que nosotros vivimos, de algo tan nuestro y hondo que sólo precisemos ponerle unas palabras nuestras para decir algo que nadie más puede decir aunque en apariencia se parezca. Creo que si formulo cosas importantes para mí, ya hay uno al menos que se lo cree y se conmueve. Hoy nos toca hablar del motor de nuestra vida, de la emoción más intensa, de por qué estamos hablando ahí, expresando ante otros, sin poder callar, porque esta vez sí, no podemos reprimir más el decir lo más importante e indecible de la vida. Nos toca que tiemblen nuestras voces al rozar el misterio de la felicidad y de las tinieblas, de la vida y de la muerte. Nos toca transmitir gusto por la vida, ternura esperanzada por el sufrimiento, la enfermedad, el fracaso y el deshonor. Gozo, alegría y paz. “Dios en las criaturas. ¡Y eran todas buenas!” ¡A ello!

                Los ocho días de Pascua figuran como una fiesta única de ocho días dedicada a la resurrección del Señor. Son diferentes de todo el año las eucaristías, las horas todas del rezo diario. Otro reto: mantener el carácter festivo de los ocho días.

                Sería muy conveniente renovar las promesas bautismales (como en la vigilia) en la eucarisía del domingo de Pascua, con aspersión incluida.

                 La 1ª lec, discurso en boca de Pedro, que recoge lo que técnicamente se suele denominar ‘kerigma’ (el anuncio primigenio, breve y fundamental de la fe cristiana en conexión con las escrituras anteriores). El de hoy lleva el sello de Lucas y su 3er evangelio: la misericordia, el perdón, el Espíritu. Dios es quien resucita a Jesús, lo reafirma, lo exalta y justifica. Se subraya más todavía el protagonismo de ese Dios en el “nos lo hizo ver”, que orienta más allá de toda iniciativa humana.  Y lo hizo ver, no a todos, sino a sus testigos escogidos, a los que han comido y bebido con él. Coincidencia entre quienes se ven empujados a encontrarse con su Señor y quienes comen y beben con él. Fe-encuentro- eucaristía-testimonio.

                Hoy es muy importante el salmo 117, que se utiliza hoy y que se repetirá en muchas ocasiones a lo largo de la semana de Pascua. (Está también recomendado en la liturgia de difuntos.) Día en que actúa el Señor, día de la piedra que desecharon los constructores, día de continua acción de gracias. Es de esos salmos fundamentales para releer la historia de Jesús, descubrirla en el salmo, y creer.

                La 2ª lec. Esta parte de la carta a los de Colosas quiere recoger propuestas de conducta para el hombre nuevo. La primera y principal es vivir el bautismo, la vida nueva con él inaugurada y en la que vivimos aun sin percibirlo. Mirar las cosas de arriba, ¿no sería hoy mantener las utopías? Nuestra vida en Cristo está escondida, muy escondida, tanto que pasa desapercibida y hasta resulta difícil de creer que sea así. Pero lo es realmente y se comprobará al aparecer Cristo en su gloria. Desde nuestro bautismo nuestro presente y nuestro futuro están unidos.

                El Ev, del cuarto evangelio, de Juan. La resurrección, que en los Hechos se traduce en discursos, en el evangelio son narraciones muy bellas. Leemos las de Mc, Mt y Lc en su año correspondiente, en la noche de Pascua. Este texto de Juan es para el día Pascua de todo los años. Al ser de las lecturas del día, quizá para los habituados a la noche pascual resulte más desconocida. Discuten los expertos cuál fue la fuente primera (la ‘aparición’) de la noticia del resucitado. Si María de Magdala, si Pedro, si Juan, si las mujeres. En este evangelio aparecen unidas y diferentes las dos primeras, con el matiz de Juan, el amado, que descubre el primero los signos. Pero él aguarda a la puerta la llegada de Pedro que entra el primero. Para los dos los signos del sepulcro vacío, las vendas recogidas y ordenadas con el sudario enrollado les recuerdan y hacen inteligibles las palabras de Jesús que hacían referencia a su resurrección. Creen y se van a casa. 

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

                Hoy día tan festivo y solemne, primer domingo del año en todos los órdenes, parecería que estamos llamados a la paz y la alegría. Y en este evangelio todos corren. Corren todo lo que pueden. Corre María, corre Pedro, corre Juan, y más que él, y llega antes y espera. Tanto correr para encontrar un vacío imponente, un silencio sobrecogedor, un sepulcro recién estrenado con un muerto y, al poco, ya vacío y limpio. Juan mira desde fuera con curiosidad. Pedro parece que entra con precipitación. María ni entra, al verlo abierto, y corre a donde los discípulos. Los tres ante un vacío, un silencio, unos detalles raros e inesperados de orden y premeditación y hasta belleza. Algo que indica, en su sencillez, lo absolutamente nuevo y positivo y bello. Algo que concierne radicalmente al crucificado. Algo que brota del misterio de Dios. Algo que desciende hasta los abismos y cuevas de la vida humana -a los infiernos-. Hoy es el día de la luz para la vida. Hoy es el día que consolida el arco iris, garantizando la paz de Dios para siempre. Hoy los truenos y relámpagos del Sinaí se resuelven en un dulce amanecer, en la frontera de la luz y las tinieblas. Hay que correr, todos a correr. Se nota que pasa Dios y nos apresuramos por verle la espalda al menos. Veremos más: el rostro del más bello de los hombres, resuelto en luz y hermosura. Y al paso de Dios todo renace. Renace el crucificado, muerto. Renace la creación, que parece envejecer. Renacemos tú y yo, ahora jóvenes y fuertes. Renacen los muertos más nuestros, y los olvidados. Es el Dios de la vida que todo lo invade. Es la resurrección santa del Mesías, del Hijo amado del Padre, del Siervo entregado y humilde. No lo ha abandonado a la muerte y la corrupción. Ha llenado de vida y esplendor lo más opaco, la muerte. Ha colmado de gozo y alegría la angustia mayor de los humanos, la muerte. Hoy es el día del Señor. Un día que abarca días, semanas, mese y años, y por siempre. Hoy es nuestro día. No abrirán la boca las tinieblas. Saltan los montes y colinas, huye el mar, se aparta el Jordán ante el Dios que llega a regir la tierra. Lo hace en el cuerpo destrozado de un muerto en la cruz. Desde ese cuerpo hace justicia. En ese cuerpo lo hace Señor. Corremos a él. Nos atrae su frescura, nos fascina.

                  J. Javier Lizaur