DÍA DE NAVIDAD, Jn. 1, 1 – 18, 25 de Diciembre

TEXTOS DEL PROFETA ISAÍAS (52:7-11)

 

¡Qué hermosos son sobre los montes
los pies del mensajero que anuncia la paz,
que trae la buena nueva, que pregona la victoria,
que dice a Sión: « Tu Dios es Rey »!
Escucha, tus vigías gritan, cantan a coro,
porque ven cara a cara al Señor, que vuelve a Sión.
Romped a cantar a coro, ruinas de Jerusalén,
que el Señor consuela a su pueblo, rescata a Jerusalén:
el Señor desnuda su santo brazo
a la vista de todas las naciones
y verán los confines de la tierra
la victoria de nuestro Dios.

DE LA CARTA A LOS HEBREOS (1:1-6)

En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los Profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo.

Él es el reflejo de su gloria, impronta de su ser. Él sostiene el universo con su palabra poderosa. Y, habiendo realizado la purificación de los pecados, está sentado a la derecha de Su Majestad en las alturas; tanto más encumbrado sobre los ángeles cuanto más sublime es el nombre que ha heredado. Pues ¿a qué ángel dijo jamás: «Hijo mío eres tú, hoy te he engendrado» o: «Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo»? Y en otro pasaje, al introducir en el mundo al primogénito dice: «adórenle todos los ángeles de Dios».

 

DEL EVANGELIO DE JUAN (1:1-18)

En el principio ya existía la Palabra
y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios.
La Palabra en el principio estaba junto a Dios.
Por medio de la palabra se hizo todo
y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho.

En la Palabra había vida y la vida era la luz de los hombres,
y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió.

Surgió un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan. Este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz.

La Palabra era la luz verdadera
que alumbra a todo hombre.
Al mundo vino y en el mundo estaba;
el mundo se hizo por medio de ella
y el mundo no la conoció.
Vino a su casa, y los suyos no la recibieron.
Pero a cuantos la recibieron
les da poder para hacerse hijos de Dios,
si creen en su nombre.
Estos no han nacido de sangre
ni de amor carnal ni de amor humano sino de Dios.
Y la Palabra se hizo carne,
y acampó entre nosotros,
y hemos contemplado su gloria,
gloria propia del Hijo Único del Padre,
lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de él y grita diciendo: « Este es de quien dije: El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo. »  Pues de su plenitud hemos recibido todos, gracia tras gracia.  Porque la Ley se dio por medio de Moisés; la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo.

A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

 

TEMAS Y CONTEXTOS

EL TEXTO DE ISAÍAS

Es un maravilloso fragmento del «Libro de la Consolación», la tercera parte de la profecía que atribuimos a Isaías aunque se escribe dos siglos después, por los discípulos de su escuela.

La situación histórica es precisa. Los judíos desterrados en babilonia ven cerca su salvación. Viene Ciro, rey de los persas, a terminar con el imperio de Babilonia, a libertar al pueblo desterrado. Se ve venir la salvación, se canta la liberación inminente.

El estilo es soberbio. Este discípulo de Isaías es un espléndido teólogo y un magnífico poeta. Merece la pena leer despacio todo este «segundo libro» de Isaías. Los centinelas rompen a cantar a coro, porque ven venir la Salvación, el poder de Dios Libertador. Un mensajero trae la Buena Noticia, la paz, la victoria. ¡Que canten a coro las ruinas de Jerusalén!

La Iglesia utiliza frecuentemente estos textos, trasladando su sentido a Jesús, pasando de la liberación material del pueblo desterrado a la liberación espiritual del pueblo, del libertador político a Jesús, Libertador del pecado, del reino restaurado y la Jerusalén reedificada al Reino de Dios y la humanidad liberada.

LA CARTA A LOS HEBREOS

Sabemos que se trata de un antiguo tratado – se puede fechar probablemente como anterior al año 70 – escrito por algún autor cercano al círculo de Pablo. Se esfuerza en presentar a Jesús como culminación y plenitud del Antiguo testamento.

En este texto se nos ofrece una poderosa síntesis teológica de la fe en Cristo de aquellas primeras comunidades cristianas.  Cristo culminación de los Profetas, eje y sentido de la creación, reflejo de la gloria del Padre, salvador de los pecados, que triunfa ya a la derecha del Padre, superior a los mismos ángeles. Es todo un admirable tratado sintético de alta Cristología.

Me gusta sin embargo recordar una de sus afirmaciones: “Él es el reflejo de su gloria, impronta de su ser”, y recordar que se está hablando de Jesús de Nazaret. Miremos por tanto al niño, que es el reflejo de la gloria de Dios, impronta de su ser. Miremos a Jesús predicando y curando al borde del lago y recordemos que es el reflejo de la gloria de Dios, impronta de su ser. Miremos sobre todo a Jesús en la cruz: es el reflejo de la gloria de Dios, impronta de su ser.

Que la altura de la teología no nos haga olvidar de quién estamos hablando.

EL PRÓLOGO DEL EVANGELIO DE JUAN

Juan (¿?) escribe su evangelio muy tarde, al final del siglo primero. La redacción de este evangelio es obra de sus discípulos, no del mismo Juan, pero la Iglesia ha visto siempre en él el mensaje del discípulo preferido de Jesús, sea éste quien fuere. El autor coloca al principio este formidable prólogo: es un himno de enorme contenido, toda una síntesis de la fe.

Se hace un paralelo entre la aparición de Jesús y la Creación. El Espíritu de Dios que planeaba sobre el Caos es el principio del Libro del Libro del Génesis. Ahora, el Espíritu de Dios es La Palabra, el Logos, Aquel Espíritu puso orden en el Caos sacando la luz de las tinieblas; la palabra viene a manifestar la luz, a sacar de la oscuridad a los hombres. En el principio, la palabra de Dios hizo la vida; ahora, La Palabra volverá a ser vida de los hombres.

Pero los hombres se cierran a la luz: es el drama fundamental que sirve de argumento al evangelio de Juan: La luz, por naturaleza, brilla en las tinieblas, pero – misteriosamente -las tinieblas son capaces de rechazar la luz. Éste será el argumento de la vida de Jesús rechazado por su pueblo, y el argumento tremendo de la vida humana, capaz de preferir el pecado a Dios.

Juan toma después imágenes del Libro del Éxodo. Como El Señor puso su Tienda en medio del campamento de Israel y se hacía visible en la Nube, así Jesús es la presencia de Dios que vuelve a poner su tienda, que acampa entre nosotros y es un peregrino más que avanza con su Pueblo.

Y termina con una frase tremenda: A Dios nadie le ha visto jamás. Ni Abraham ni Moisés ni los Profetas… nadie lo ha visto jamás. Pero en Jesús nuestros ojos pueden verlo y tocarlo, tan claramente se manifiesta en ese Hombre la plenitud del Espíritu de Dios.

R E F L E X I Ó N

El día de Navidad merece algo especial, y los textos de nuestra Eucaristía son especialmente brillantes, y especialmente peligrosos. El tema de fondo es el más profundo y trascendente de toda nuestra fe: Jesucristo, Dios y Hombre verdadero. Y nuestra mente puede tener la ilusión de comprender, dominar, captar enteramente. Jesús, «hombre por parte de madre y Dios por parte de Padre». Dos naturalezas, divina y humana, en una sola persona. Dios se ha hecho hombre… Pero estamos hablando de Dios, de una Realidad completamente superior a todo lo que nuestra mente puede concebir, imaginar o conocer. Cuando establecemos la afirmación: «Jesús es hombre» entendemos lo que decimos, porque sabemos lo que significan sus dos términos: Jesús – hombre. Cuando decimos «Jesús es Dios», el segundo término nos falla, porque Dios no es captable por nuestra mente, demasiado pequeña para una realidad tan grande.

Así que debemos ser muy humildes y muy cuidadosos en nuestras afirmaciones y ser conscientes de que siempre que hablamos de Dios lo hacemos con nuestros conceptos de tierra, con nuestras capacidades humanas, que solamente adivinan, se aproximan, intuyen por dónde va esa Realidad… sin poder entender

.Por esta razón, para hablar de Jesús hemos acuñado una serie de términos que son siempre metáforas. Hijo de Dios, resplandor de la gloria del Padre, impronta de su ser, sentado a la derecha de Su Majestad… preciosas metáforas, en las que expresamos tanto nuestra intuición como nuestro desconocimiento.

Juan es aún mejor: Jesús es «La Palabra», La Luz, La Tienda de Dios, el Hijo Único… y siguen siendo metáforas. Las metáforas son mucho mejores que los conceptos. Cuando hablamos de Jesús, o de la Santísima Trinidad, y utilizamos los conceptos de «naturaleza», «persona»… usamos conceptos que funcionan bastante bien para designar lo que nuestra razón elabora a partir de lo que vemos… Pero que se aplican a Dios con muchas dificultades. Es lo mismo decir «Jesús verdadero Dios y verdadero hombre» que decir «Jesús, el hombre lleno del Espíritu, en quien resplandece la divinidad». Es lo mismo. Nos estamos asomando al misterio de la presencia de Dios en el hombre, que es mucho más de lo que nuestra mente puede explicar y nuestras palabras nombrar. Esto expresaba el Libro del Éxodo, tan gráficamente, cuando prohibía hacer imágenes de Dios, cuando prohibía usar el nombre de Dios, cuando Yahvé decía a Moisés que no podía ver su rostro sin morir.

Los evangelistas reflejan esto cuando narran el descubrimiento de Jesús que hicieron los discípulos. Conocieron a un hombre apasionante, les convenció enteramente y les arrastró, creyeron en él… y se fueron preguntando: «¿quién es este…?» Y después de la resurrección descubrieron que allí había mucho más que un hombre normal. Le llamaron «el Hijo Único», «el Señor», «el hombre lleno del Espíritu». Para nosotros, en la eucaristía de hoy celebramos la llegada de Jesús, «Dios con nosotros Libertador». Y sin entenderlo bien, sabiendo que supera nuestra capacidad de comprensión, creemos en Él, creemos, con Juan, que es La Palabra hecha carne, y que aunque nadie ha visto jamás a Dios, en Él lo podemos conocer.

Pero esto no empaña nada nuestra alegría. Nuestra curiosidad es explicarlo todo, saber cómo es por dentro el mismo Dios, explicar cómo una criatura humana puede ser Dios, entender cómo Dios puede no saber, crecer, sufrir, orar, tener angustia… Así es nuestra mente, llena de curiosidad. La Palabra no satisface esas curiosidades. Algún día veremos cara a cara y entenderemos. Ahora sabemos algo que nos basta: Dios está con nosotros, tenemos La Palabra, hay luz para vivir, podemos aspirar a ser hijos, somos hijos… y estamos en tinieblas y somos capaces – aunque inexplicablemente – de rechazar la luz y hacernos sordos a la Palabra.

Este es el mensaje que celebramos hoy con radiante alegría: que podemos vivir, que esto tiene sentido, que está pensado por un Padre, que tenemos la fuerza y la luz que necesitamos, que nos podemos fiar de Dios… Todo eso lo vemos en Jesús, en ese hombre nacido de María, natural de Nazaret, al que vemos comer y cansarse, orar, sufrir y morir. En Él conocemos a Dios.Es magnífico que las lecturas de hoy no nos limiten a la ternura del niñito recién nacido, sino que nos lleven hasta el fondo del mensaje: ¿quien ha nacido?. Ha nacido nuestra fe en Dios Libertador. Nos hemos librado del temor a la muerte, del temor al pecado, del temor a que la vida no tenga sentido, del temor a tirar nuestra vida y que no sirva para nada, del miedo a Dios. Ha nacido el que nos ha enseñado todo eso. Mirando a Jesús hemos conocido mucho mejor a Dios y nos hemos conocido mucho mejor, es como si en la oscuridad hubiesen encendido una luz y ahora ya podemos caminar.

PARA NUESTRA ORACIÓN

1.- CONTEMPLAR.

Recorrer el mundo entero, como en un reportaje de televisión, un barrido por la actualidad. Que aparezcan todas las caras del hambre, todos los niños explotados, todas las guerras y los genocidios… que pasen por la pantalla todas las mujeres obligadas a venderse, todos los ancianos miserables…

Que pase todo el lujo de los poderosos, las fastuosas salas de reunión de los políticos, los artistas, los famosos con sus brillos fugaces…Llorar, entristecerse, dejarse invadir por la angustia de tantos seres humanos perdidos en la noche del dolor o del lujo o del engaño.

Y sentir, simplemente sentir que necesitamos un Libertador.

2.- CONTEMPLAR.

Quedarse mirando al Niño. Verlo crecer, jugar, perderse en el Templo. Verlo empezar a predicar, ser rechazado en Nazaret, curar, enseñar, jugarse la vida por los leprosos, ser perseguido, morir… Pasar la película de su vida…

Sentir la enorme alegría de conocer a Jesús. Esto es lo mejor que nos ha pasado en la vida. Dar gracias, mirando el Niño, llorando de alegría ante este Regalo inimaginable.

Quedarse mirando. Que trabajen los ojos, la imaginación, los sentimientos. Sentir gratitud, sentir seguridad, sentir, que ya pensamos demasiado. Dejarse invadir por la seguridad de que hay un Dios Libertador.

MIS PALABRAS PARA TÍ

San Agustín de Hipona caminaba
por la orilla del mar, y meditaba.
Iba preocupado, su cerebro
trabajaba febril, las cejas juntas,
sin ver el ancho mar ni el cielo inmenso.
Pensaba en Dios, su mente se esforzaba
por entenderlo, en vano, y fracasaba….

Un niño pequeñito, con las manos
iba cavando un hoyo y derramaba
en él agua del mar, y el sabio obispo
le preguntó qué hacía: «quiero echar
todo este mar que ves en mi agujero».
¡No se puede, no cabe, es imposible!»
Y entonces, ¿cómo quieres?
meter a Dios entero en tu cabeza?

» Moisés no fue sólo un gran jefe
un legislador inspirado, un líder carismático.
Fue un místico apasionado,
apasionado de Dios. Y un día, en la penumbra
de la Tienda del Encuentro, en presencia del Señor
suplicó: ¡Déjame, por favor, ver tu rostro!.
Y dijo Dios: «Ponte ahí, en esa grieta de la peña:
Yo pasaré ante ti con todo mi esplendor, pero mi mano
te tapará la cara cuando pase y sólo podrás vermede espalda.
No puedes ver mi rostro sin morir».

Y Felipe el ingenuo, el compañero
sencillo, el que decía
todo lo que sentía, sin engaños,
oyéndole a Jesús que les hablaba
del Padre, ya no pudo contenerse:
«Muéstranos pues al Padre, y ya nos basta».
Y le dijo Jesús (y sonreía)
:»Felipe, tanto tiempo
que me ves y me tocas y me escuchas,
¿cómo dice
sque te muestre a mi Padre?
Felipe, ya me has visto,
y ya has visto bastante».