CUARTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. Ciclo A
30 de enero de 2011
Sof 2, 3; 3, 12-13 Sal 145, 7-10 1Cor 1, 26-31 Mt 5, 1-12
PRIMERAS REFLEXIONES
Este año tenemos un período largo hasta la cuaresma. Desde este domingo hasta el comienzo de la misma, los textos del evangelio pertenecen todos al discurso del monte en los capítulos 5-7 de Mateo. Si siempre parece importante estudiar con detenimiento el texto de este evangelio, dado que lo usamos todo el año, ahora sería muy bueno hacerlo estos domingos con el discurso entero. Recordemos este evangelio, sus cinco discursos, su preocupación por la enseñanza, su presentación de Jesús como nuevo Moisés, maestro y legislador. En el discurso-sermón de la montaña, Jesús desde el monte -como Moisés-, rodeado de los discípulos y el gentío, enseña la nueva ley y la nueva justicia. Pudiéramos decir nuevo Deuteronomio, pues su llamada a la interiorización y personalización es constante. Clave para todo el discurso, el Padre del cielo, probablemente por eso la oración del Padre nuestro es la parte central del mismo. La nueva enseñanza con autoridad supera tanto a la ley que no queda claro si la realza o la dinamita. Con esta nueva justicia construimos sobre roca. Estas sugerencias y otras mejores que encontraremos en el texto nos ayudarán en el descubrimiento de su enorme riqueza para la vida cristiana.
Hoy proclamaremos las conocidas “bienaventuranzas”. La traducción utilizada en la liturgia habla de dichosos, antes decíamos bien-aventurados. Problemas siempre con la traducción, sus aciertos, su precisión. Muchos recordaremos al Jesús de Pasolini en el “Evangelio según S. Mateo”, caminando con celeridad y gritando sus bienaventuranzas como saetas envenenadas contra quienes encuentra de camino. Nuestras bienaventuranzas suelen convertirse en arma arrojadiza, suelen ser contra alguien, comenzando, muy sinceramente, por nosotros mismos. Y son, antes que crítica y cuestionamiento, bendición, pura bendición, estímulo y caricia. Mateo las ha modificado para su comunidad pobre. También Lucas (6, 20-23), aunque suenen más cercanas a lo que Jesús de Nazaret formulase, con su construcción antitética de bendición y maldición. Mateo quiere animar y estimular con ellas, bendecir a cuantos van a seguir a Jesús como esos primeros que ya lo hacen. Jesús, manso y humilde, se dirige a los cansados y agobiados (vid 11, 28-30). Sabe la exigencia de cuanto va a formular y antes bendice ante el agobio. Bendecidos por las bienaventuranzas todos, pues todos, en el grado que sea, somos también –y afortunadamente-, tanto en cuerpo como en espíritu, pobres, mansos, hambrientos, incomprendidos; y lloramos y algo fascinante se transparenta en nuestro corazón.
LOS TEXTOS Y SUS CONTEXTOS
La 1ª lec es de Sofonías, aquel profeta del S VII a d C, que muestra las preferencias de Dios por un “pequeño resto” de humildes y pobres, que se salvarán del día tremendo de Yhwh.
La 2ª lec continúa con el texto de la 1ª carta a Corinto. También gente humilde, poco presentable, nada deslumbrante. Encierran toda la sabiduría de Dios y en ellos reside, para ellos mismos y para los demás, toda la fuerza de la salvación que brota de un crucificado.
La 3ª lec, del “sermón de la montaña”. Es la introducción a todo el discurso. Necesita ser entendida con el precedente de “el reino de los cielos está cerca” (Mt 4, 17). Porque está cerca, dichosos los pobres, los mansos etc. Los dos polos principales son los pobres y los perseguidos. El resto pueden ser explicitaciones de esos dos. Las adiciones de este evangelio en pobres “de espíritu” y hambrientos “de justicia” son precisiones a los pobres reales de la comunidad para asumir personal, interiormente, las exigencias del evangelio.
PARA UNA POSIBLE HOMILÍA
Muchos dicen, o decimos, “otro mundo es posible”. En versión para cristianos, “otra Iglesia es posible”. Y hace falta una fe entera y robusta para atreverse con semejantes afirmaciones. Pero, en la sencilla luminosidad del evangelio de hoy, tenemos que decir “otro mundo existe ya”. De límites no muy definidos, pero bien real. Es ese en el que los pobres gozan de privilegios, los mansos triunfan, los que lloran se sienten felices, los hambrientos engordan, los misericordiosos son dueños de la situación, los pacíficos ganan guerras y los enteros y firmes lo son sin enterarse. ¿Dónde está esa realidad que no vemos? En los grupos de creyentes, seguidores de Jesús, embarcados con él en aliviar el mundo y traerle buenas noticias. Ni ellos se han enterado. Tienen unos rastros, unas referencias muy antiguas e intentan atenerse a ellas. Pero no terminan nunca de creerse que el mundo pasa por ellos y su estilo; no ven claro que ellos, tan pobre gente, son ya nuevos, propuestas valientes y originales de otra cosa muy distinta, elaborada con los duros materiales de siempre, de la vida. Son generosos y desprendidos, nada propensos a la fuerza y la imposición, y lloran con frecuencia sólo de mirar a los demás y de descubrir que el agua mansa de su mismo corazón no suena tan cantarina como debiera.
Hoy Jesús, a todos esos, los abraza y acaricia. Les dice que son suyos, que cuenta con todos ellos y que no le abandonen. Que lo que más importa al mundo entero es que se lo crean. Que no duden que todo lo que tienen de desprendidos y pobres, de afligidos y descontentos, de sanadores de corazones, de tranquilos y buenazos, es lo más real que existe y que, sin duda, salvan al mundo de cada día. Por eso, aunque lo han escuchado infinidad de veces, hoy se emocionan de oír de nuevo a Jesús la cantinela de que los pobres y los perseguidos y los sencillos y los insatisfechos y los mansotes encierran toda la dicha y la felicidad que el mundo puede contener. Que lo real son ellos, que rompen la dinámica de la fuerza y la injusticia del acaparar, ellos, que buscan un interior cristalino y aguantan los embates del falso mundo real. Que lo real son ellos, pues ni la dignidad, ni la libertad, ni la justicia, ni el amor son nada fuera de ellos. Es decir, que nos lo creamos nosotros que acogemos hoy estas palabras salvadoras del mundo que Jesús nos entrega. Hoy sabemos que lo real somos nosotros y nuestros trocitos de mansos, pobres, perseguidos, sinceros, hambrientos. La dicha y la paz a todos. El reino está aquí, en medio de todos. Dichosos.
J. Javier Lizaur