Urteko 33. igandea – C (Lukas 21,5-19)

PAZIENTZIA GALDU GABE

Jesusek pertsekuzioez eta etorkizuneko atsekabez jaulkitako hitzak jaso ditu Lukasek; modu berezian azpimarratu du Jesusek krisiari pazientziaz aurre egin beharra. Ebanjelariak erabili duen terminoak adorea esan nahi du, eroapena, iraunkortasuna, zailtasunei irmo eusteko gaitasuna, pazientzia eraginkorra.

Gure egunotan doi-doi aipatzen da pazientzia; halaz guztiz, gutxitan izango zen gaur bezain beharrezkoa: krisialdi larri eta orokor honetan, ziurgabetasun honetan, frustrazio honetan.

Asko dira gaur egun zerupean bizi direnak eta, ezin topatu izatean zentzurik, segurtasunik eta esperantzarik emango dien babesik, etsipenak, ziurtasun-ezak eta depresioak jotzen ditu.
Ebanjelioak aipatzen duen pazientzia jende indartsu eta zailduaren bertutea da. Hobeto esan, historia arnasten eta gidatzen duen Jainko pazientziadun eta indartsuagan, batzuetan guretzat hain ulertezina izanik ere, txeratsu eta maitasun gupidatsu den Jainkoagan, sinesten duenaren jarrera baretsua da.

Pazientzia honek arnastua den pertsonak ez die uzten atsekabeei eta krisialdiei bera nahastarazi dezaten. Bihotz barez eta konfiantzazkoaz eusten dio. Bere sekretua Jainkoaren pazientzia leiala du; Jainkoak, izan ere, hainbat zuzengabekeria zoro eta hainbeste kontraesan eta guzti, aurrera jarraitzen du bere lanean bere promesak bete arte.

Pazientzia gabeak, luze jotzen du itxaroa. Horregatik, sumindu egiten da eta tolerantziarik gabeko bilakatzen. Irmo eta indartsu dela ematen duen arren, ahul eta errorik gabeko da egiaz. Asko mugitzen eta urduritzen da, baina gutxi eraikitzen; etengabe dihardu kritikatzen, baina doi-doi du ereiten; gaitzetsi bai, baina liberatu ez. Pazientzia gabea aise eror daiteke etsipenean, nekean edo amore emate garratzean. Ez du jada ezer espero. Ez du sekula esperantzarik kutsatzen.

Pertsona pazientziaduna, aitzitik, ez da sumintzen, ez du tristuraz lur jotzen. Begirunez kontenplatzen du bizitza, eta, are, adeitasunez. Besteei izaten uzten die, ez du aurreratzen Jainkoaren auzia, ez dio buruak ematen bere zuzenbidea inori ezartzea.

Halaz guztiz, ez dute jotzen, ez apatiak, ez eszeptizismoak, ez utzikeriak. Pazientziadunak egunez egun egiten du borroka eta ahalegintzen da; hain justu, esperantzak arnastua delako. «Horregatik saiatzen gara lanean eta borrokan, gizon-emakume guztien eta batik bat sinestedunen salbatzailea den Jainko biziarengan itxaropen dugulako» (1 Tim 4,10).

Fededunaren pazientzia «biziaren adiskide» den Jainkoagan errotzen da. Geure bidean aurkitzen ditugun zuzengabekeriak, bizitzak ezartzen dizkigun kolpeak, hainbat eta hainbat sufrimendu zoro eta baliogabe eta guzti, Jainkoak aurrera jarraitzen du bere lanean. Beragan dugu fededunok geure esperantza.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

SIN PERDER LA PACIENCIA

Lucas recoge las palabras de Jesús sobre las persecuciones y la tribulación futuras subrayando de manera especial la necesidad de enfrentarnos a la crisis con paciencia. El término empleado por el evangelista significa entereza, aguante, perseverancia, capacidad de mantenerse firme ante las dificultades, paciencia activa.

Apenas se habla de la paciencia en nuestros días, y sin embargo pocas veces habrá sido tan necesaria como en estos momentos de grave crisis generalizada, incertidumbre y frustración.

Son muchos los que viven hoy a la intemperie y, al no poder encontrar cobijo en nada que les ofrezca sentido, seguridad y esperanza, caen en el desaliento, la crispación o la depresión.

La paciencia de la que se habla en el evangelio no es una virtud propia de hombres fuertes y aguerridos. Es más bien la actitud serena de quien cree en un Dios paciente y fuerte que alienta y conduce la historia, a veces tan incomprensible para nosotros, con ternura y amor compasivo.

La persona animada por esta paciencia no se deja perturbar por las tribulaciones y crisis de los tiempos. Mantiene el ánimo sereno y confiado. Su secreto es la paciencia fiel de Dios, que, a pesar de tanta injusticia absurda y tanta contradicción, sigue su obra hasta cumplir sus promesas.

Al impaciente, la espera se le hace larga. Por eso se crispa y se vuelve intolerante. Aunque parece firme y fuerte, en realidad es débil y sin raíces. Se agita mucho, pero construye poco; critica constantemente, pero apenas siembra; condena, pero no libera. El impaciente puede terminar en el desaliento, el cansancio o la resignación amarga. Ya no espera nada. Nunca infunde esperanza.

La persona paciente, por el contrario, no se irrita ni se deja deprimir por la tristeza. Contempla la vida con respeto y hasta con simpatía. Deja ser a los demás, no anticipa el juicio de Dios, no pretende imponer su propia justicia.

No por eso cae en la apatía, el escepticismo o la dejación. La persona paciente lucha y combate día a día, precisamente porque vive animada por la esperanza. «Si nos fatigamos y luchamos es porque tenemos puesta la esperanza en el Dios vivo» (1 Timoteo 4,10).

La paciencia del creyente se arraiga en el Dios «amigo de la vida». A pesar de las injusticias que encontramos en nuestro camino y de los golpes que da la vida, a pesar de tanto sufrimiento absurdo o inútil, Dios sigue su obra. En él ponemos los creyentes nuestra esperanza.

José Antonio Pagola

Semana del 13 al 19 de noviembre – Ciclo C
Domingo 33º de Tiempo Ordinario

Malaquías 3,19-20: Los iluminará un sol de justicia
Salmo 98: El Señor llega para regir la tierra con justicia
2 Tesalonicenses 3,7-12: Quien no trabaja, que no coma
Lucas 21,5-19: Con su perseverancia salvarán ustedes sus vidas

Malaquías 3, 19-20a

Os iluminará un sol de justicia

Mirad que llega el día, ardiente como un horno:

malvados y perversos serán la paja, y los quemaré el día que ha de venir

-dice el Señor de los ejércitos-, y no quedará de ellos ni rama ni raíz.

Pero a los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia que lleva la salud en las alas.

Salmo responsorial: 98

El Señor llega para regir los pueblos con rectitud.

Tañed la cítara para el Señor, suenen los instrumentos: con clarines y al son de trompetas, aclamad al Rey y Señor. R.

Retumbe el mar y cuanto contiene, la tierra y cuantos la habitan; aplaudan los ríos, aclamen los montes al Señor, que llega para regir la tierra. R.

Regirá el orbe con justicia y los pueblos con rectitud. R.

2Tesalonicenses 3, 7-12

El que no trabaja, que no coma

Hermanos: Ya sabéis cómo tenéis que imitar nuestro ejemplo: no vivimos entre vosotros sin trabajar, nadie nos dio de balde el pan que comimos, sino que trabajamos y nos cansamos día y noche, a fin de no ser carga para nadie.

No es que no tuviésemos derecho para hacerlo, pero quisimos daros un ejemplo que imitar.

Cuando vivimos con vosotros os lo mandarnos: el que no trabaja, que no coma.

Porque nos hemos enterado de que algunos viven sin trabajar, muy ocupados en no hacer nada.

Pues a esos les mandamos y recomendamos, por el Señor Jesucristo, que trabajen con tranquilidad para ganarse el pan.

Evangelio.- Lucas 21, 5-19

Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas

En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos. Jesús les dijo: «Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido.»

Ellos le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?»

Él contesto: «Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre, diciendo: «Yo soy», o bien: «El momento está cerca; no vayáis tras ellos.

Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico.

Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida.»

Luego les dijo: «Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre.

Habrá también espantos y grandes signos en el cielo.

Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Así tendréis ocasión de dar testimonio.

Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro.

Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa mía.

Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.»

COMENTARIO LITÚRGICO

Nos vamos acercando ya al final del año litúrgico, y por una lógica probablemente mal aplicada al distribuir los textos bíblicos en el año litúrgico, el tema de las lecturas de este domingo es también sobre el del «final de los tiempos», el «final del mundo». De hecho, en el evangelio hay numerosos pasajes que aluden a este tema, los famosos textos «apocalípticos» (el género «apocalíptico» era muy del gusto de aquellos tiempos).

Durante la historia del cristianismo, también el final del mundo ha sido un tema siempre presente. Formaba parte de la identidad cristiana, diríamos. Ser cristiano implicaba creer que nuestra vida va a acabar con un juicio de Dios sobre nosotros, y también sobre la existencia del mundo como conjunto: Dios decidiría en algún momento -muy probablemente por sorpresa- el final del mundo, y toda humanidad sería convocada a juicio, en el Valle de Josafat por más señas, junto a la muralla oriental del Templo de Jerusalén (lo que convirtió a ese valle en un auténtico cementerio VIP, muy cotizado… y todavía hoy lo es).

Este concepto del «final del mundo» estaba enmarcado (hasta ayer mismo, cuando nosotros éramos niños) dentro del contexto de una cosmovisión que imaginaba a Dios como un «Señor todopoderoso», situado fuera del mundo, encima, en un segundo piso celestial, observando y con frecuencia interviniendo en el mundo, en el que se debatía la humanidad que Él había creado allí para superar una prueba y pasar a continuación a la vida definitiva, que ya no sería aquí en la tierra, sino en otro lugar, en «un cielo nuevo y una tierra nueva», porque la vieja tierra sería destruida con el final del período de prueba de la Humanidad. A continuación, ya todo sería distinto: una «vida eterna» en el cielo -o en el infierno tal vez para algunos-.

Ruboriza hoy –y casi parece caricatura– contar o describir aquella visión que durante siglos se identificó con la doctrina cristiana. Durante milenio y medio al menos la creyeron revelada por Dios mismo . Dudar de ella o de cualquiera de sus detalles era tenido como un pecado (grave) de «falta de fe» y -peor aún- como un desacato a la revelación. Sobre la visión global o el «gran relato» –porque además era realmente un relato– que el cristianismo ofrecía (pecado original, juicio particular, juicio universal, cielo, purgatorio o infierno…) no era permitido dudar.

Hoy nos podemos llevar las manos a la cabeza al caer en la cuenta de qué parte tan grande de toda esta visión estaba constituida por tradiciones mitológicas ancestrales, pensamiento platónico… ¡Genial Platón!, que logró crear una «imagen» del mundo que cautivaría la imaginación de la humanidad por generaciones y generaciones, durante varios milenios, por veinticinco siglos, hasta hoy.

La revolución científica comenzada en el siglo XVI empezó a cuestionar aquella cosmovisión platónico-aristotélica del cristianismo: las esferas celestiales, los siete cielos, la separación entre el mundo perfecto supra-lunar y el imperfecto o corruptible infra-lunar, la descripción tan viva de los «novísimos» (muerte, juicio, infierno y gloria)… Pero lo que en la visión científica iba desmoronándose, se refugiaba en la visión religiosa, como si el cielo aristotélico-platónico formara parte de la fe, aunque el cielo astronómico nos fuera apareciendo como totalmente otro.

Hoy día, con el avance que la ciencia ha realizado, la escatología (rama de la ciencia que trata del «eskhatos, lo último») no sabe dónde colocar eso último, ni cómo conectarlo con lo que hoy sabemos todos. Y por eso cuesta seguir hablando de lo que era «lo último» dentro de las coordenadas teológicas tradicionales: unas realidades últimas conectadas directamente con la «prueba» y el «juicio de Dios» sobre nosotros, y una «vida eterna» vista como el premio o castigo correspondiente… La vida, la muerte, y la posible continuidad o no de la vida… todo ello era planteado en las coordenadas de aquella visión mítica (Dios arriba, que decide crear una humanidad y la pone a prueba para llevar a quienes la superen a la vida eterna…).

Tan internalizada está esta convicción mítica del «Dios que crea a los humanos en una vida provisional para probar si pueden acceder a la vida eterna», que todavía hoy, muchos cristianos no sólo siguen pensando así, sino que no ven la posibilidad de que vida, muerte y más allá de la muerte sean dimensiones existenciales humanas que deban dejar de ser pensadas y «utilizadas» como premios y castigos de Dios a los humanos por su conducta. Muchos predicadores tendrán hoy dificultades para enfocar su homilía superando esa interpretación tradicional…

Pero, afortunadamente, «otro cristianismo es posible». Es posible… porque ya es real: ya lo viven muchos, y algunos incluso dan razón de esa su fe, y su nueva esperanza, desligada de premios y castigos.

Completamos con una referencia tradicional a las tres lecturas de hoy:

Malaquías, a través de un lenguaje apocalíptico, alienta al pueblo justo que sirve enteramente al Señor, indicándoles que ya llegará el día en que se hará sentir la justicia de Dios sobre los que no guardan su ley; que ellos no son los que realmente dirigen el caminar de la historia, sino que es el Dios amante de la vida quien la guía, conduciéndola por el camino de la paz y de la vida. Todos los que caminan por el camino del Señor serán iluminados por el “sol de la justicia” que irradia su luz en medio de la oscuridad, en medio del dolor y la muerte.

El salmo que leemos hoy es un himno al Rey y Señor de toda la Creación, quien dirige con justicia a todos los pueblos de la tierra, quien es amoroso y fiel con el pueblo de Israel. Dios es un Dios justo, que merece ser alabado por todos, pues ha derrotado la muerte y ha posibilitado la vida para todos; por ello toda la Creación lo alaba, celebra la presencia de ese Dios misericordioso y justo en medio del pueblo liberado. Es un salmo de agradecimiento por los beneficios que el pueblo ha recibido por tener su esperanza puesta en el Dios de la Vida.

Muchos de los creyentes de Tesalónica, concretamente las clases altas, pensaron que no debían preocuparse por las cosas de la vida cotidiana, como el trabajo, y que más bien debían esperar, de brazos cruzados, la inminente venida del Señor y dedicarse a la ociosidad. Pablo llama fuertemente la atención sobre esa actitud, pues son personas que viven del trabajo ajeno, son explotadores de los otros (esclavos) y, gracias a ello, acumulan riquezas sin esforzarse en absoluto. Es a ellos a quienes Pablo se dirige con vehemencia: «el que no trabaje que no coma» (v. 10), ya que esta actitud no es propia de la enseñanza de los apóstoles.

Puede ser que la presencia magnífica del Templo de Jerusalén alentara la fe de los judíos hasta el punto de ser más significativos la arquitectura y el poder de la religión que el mismo Dios de Israel; puede ser que fueran más importante los sacrificios, el ritual, la construcción majestuosa… que las actitudes exigidas por el mismo Dios para un verdadero culto a él: la misericordia y la justicia social. Por eso Jesús afirma que el Templo será destruido, pues no posibilita una relación legítima con Dios y con los hermanos, sino que crea grandes divisiones sociales e injusticias. Es importante ir descubriendo en nuestra vida que la experiencia de fe debe estar atravesada por el servicio incondicional a los demás; es así como vamos sintiendo el paso de Dios por nuestra existencia y es así como vamos construyendo el verdadero templo de Dios, el cual no se debe equiparar con edificaciones ostentosas, sino con la Iglesia-comunidad de creyentes que se inspira en la Palabra de Dios y se mantiene firme en la esperanza de Jesús resucitado.

DOMINGO 32 (C) Fray Marcos

(2 Mc 7,1-2.9-14) “Vale la pena morir. Tú en cambio no resucitarás para la vida”.
(2 Tes 2,15-3,5) «El Señor que es fiel, os dará fuerza y os librará del malo.»
(Lc 20,27-38) Dios no es un Dios de muertos, porque en Él todos estamos vivos.

El más allá no es continuación del más acá. La eternidad está en ti, aquí y ahora.

Estamos en Jerusalén. Lc ya ha narrado la entrada solemne y la purificación del Templo.
Sigue la polémica. Los saduceos, que tenían su bastión en torno al templo, entran en
escena. Era más un partido político que religioso. Estaba formado por la aristocracia laica y
sacerdotal. Preferían estar a bien con la Roma y no poner en peligro sus intereses. Solo
admitían el Pentateuco como libro sagrado. Tampoco admitían la tradición. No creían en la
resurrección. Jesús no responde a la pregunta sino a lo que debían haber preguntado.
El planteamiento responde a una visión mítica. Lo que encerraba una verdad desde esa
visión, se convierte en absurdo cuando lo entendemos racionalmente. Pensar y hablar del
más allá es imposible. Es como pedirle a un ordenador que nos de el resultado de una
operación sin suministrarle los datos. Ni siquiera podemos imaginarlo. Puedo imaginar lo
que es una montaña de oro aunque no exista en la realidad, pero tengo que haber
percibido por los sentidos lo que es el oro y lo que es una montaña. No tenemos datos
objetivos para imaginar el más allá. Todo lo que llega a la mente entra por los sentidos.
Las imaginaciones carecen de sentido. Lo racional es aceptar que no sabemos nada. El
instinto más visceral de todo ser vivo, es la permanencia en el ser; de ahí que la muerte
se considere como el mal supremo. Para el ser humano con su capacidad de razonar,
ningún programa de salvación será convincente si no supera su condición mortal. Si el
hombre considera la permanencia en el ser como un valor absoluto, también considerará
como absoluta su perdida. Todos los intentos por encontrar una solución serán inútiles.
Todos queremos ser eternos en nuestro yo individual porque no hemos descubierto
nuestro verdadero ser, más allá de nuestra contingencia. Esa contingencia no es un fallo,
sino mi propia naturaleza; por lo tanto no es nada que tengamos que lamentar ni de lo
que Dios tiene que librarnos, ni ahora ni después. Mis posibilidades de ser solo las puedo
desplegar aquí y ahora, a pesar de esa limitación. No creo que sea coherente el postular
para el más allá un cielo maravilloso mientras seguimos haciendo de la tierra un infierno.
Nuestro ser, que creemos autosuficiente, hace siempre referencia a Otro que me
fundamenta, y a los demás que me permiten realizarme. La razón de mi ser no está en mí
sino en Otro. Yo no soy la causa de mí mismo. No tiene sentido que considere mi propia
existencia como el valor supremo. Si mi existir se debe al Otro, Él será el valor supremo
también para mi ser individual y aparentemente autónomo. Si un ser eterno se relaciona
conmigo, esa relación no puede terminar y mi relación con Él también será eterna.
El pueblo de Israel empezó a reflexionar sobre el más allá unos 200 años antes de Cristo.
El concepto de resurrección no se acuñó hasta después de las luchas macabeas. Los libros
de los Macabeos, se escribieron hacia el año 100 a C. El libro de Daniel, se escribió hacia el
año 164 a C. Anteriormente solo se pensó en la asunción al “cielo” de determinadas
personas que volverían a la tierra para llevar a cabo una tarea de salvación; no se trataba
de resurrección escatológica sino de una situación de espera en la reserva para volver.
Puede parecernos ridículo el planteamiento de los saduceos, pero la inmensa mayoría de
los cristianos hay siguen pensado en un más allá con unos ojos que les permitirán ver a
sus seres queridos, con unos brazos que les permitirán abrazarlos y con una legua que
les permitirá comunicarse con ellos. Esto es tan ridículo como la propuesta saducea.
Los semitas, no conocen un alma sin cuerpo, no podía imaginar un ser humano sin cuerpo.
Ni siquiera tienen una palabra para expresar el cuerpo sin alma. Nuestra doctrina sobre el
más allá nace de la fusión de dos concepciones opuestas del ser humano, la judía y la
griega. Nuestra predicación sería incomprensible para Jesús. La palabra que traducimos
por alma quiere decir “vida” y la que traducimos por cuerpo, quiere decir persona.
El NT proclama la resurrección de los muertos. Nosotros hoy pensamos en la supervivencia
del alma. No es esa la idea que nos quiere trasmitir la Biblia. Nos hemos apartado
totalmente del pensamiento bíblico y ha prevalecido la idea griega, aunque tampoco la
hemos conservado con exactitud. para los griegos no se necesitaba ninguna intervención
de Dios para que el alma subsistiera y la resurrección del cuerpo era un flaco favor.
La base de toda reflexión sobre al más allá, está en la resurrección de Jesús. La
experiencia que de ella tuvieron los discípulos es que Dios realizó plenamente en él la
salvación. Jesús sigue vivo con una Vida que ya tenía cuando estaba con ellos, pero que
no descubrieron hasta que murió. En él, la última palabra no la tuvo la muerte sino la
Vida. Esta es la principal aportación del texto de hoy: “serán como Ángeles, hijos de Dios”.
¿Cómo permanecerá esa Vida que ya poseo aquí y ahora? Ni lo sé ni puedo saberlo. No
debemos rompernos la cabeza pensando como va a ser ese más allá. Lo que de veras me
debe importar es el más acá. Descubrir que Dios me salva aquí y ahora. Vivenciar que hoy
es ya la eternidad para mí. Que la Vida definitiva la poseo ya en plenitud. En la experiencia
pascual, los discípulos descubrieron que Jesús estaba vivo. No se trataba de la vida
biológica sino la Vida divina que ya tenía antes de morir, a la que no afectó la muerte.
Los cristianos hemos tergiversado hasta el núcleo central del mensaje de Jesús. Él puso la
plenitud del ser humano en el amor, en la entrega total, sin límites a los demás. Nosotros
hemos hecho de esa misma entrega una programación. Soy capaz de darme, con tal que
me garanticen que esa entrega terminará por redundar en beneficio de mi ego. Jesús
predicó que la plenitud humana está en la entrega total. Mi objetivo cristiano debe ser
deshacerme, no permanecer en el falso yo. Justo lo contrario de lo que pretendemos.
Te preocupa lo que será de ti después de la muerte ¿Te ha preocupado alguna vez lo que
eras antes de nacer? Tú relación con el antes y con el después responde al mismo criterio.
No vale decir que antes de nacer no eras nada, porque entonces hay que concluir que
después de morir no serás nada. La eternidad no es una suma de tiempo sino un instante
que está más allá del tiempo. Desde la visión más tradicional, para Dios soy igual en este
instante que antes de nacer o después de morir. Desde la visión de Dios que tenemos hoy,
no somos nada distinto de Él y en Él siempre hemos sido y seremos lo mismo.
«…porque para Él, todos están vivos». ¿No podría ser esa la verdadera plenitud
humana? ¿No podríamos encontrar ahí el auténtico futuro del ser humano? ¿Por qué
tenemos que empeñarnos en que nos garanticen una permanencia en el ser individual
para toda la eternidad? ¿No sería muchísimo más sublime permanecer vivos solo para Él?
¿No podría ser, que él consumirnos en favor de los demás, fuese la auténtica consumación
del ser humano? ¿No es eso lo que celebramos en cada eucaristía?

Urteko 32. igandea – C (Lukas 20,27-38)

GAUZA IRRIGARRIA OTE JAINKOAGAN ESPERANTZA IPINTZEA?

Saduzearrak ez ziren batere herrikoi herrixketako jende artean. Familia aberatsek osatutako taldea zen; Jerusalemgo elitekoak ziren, joeraz kontserbadoreak, bai erlijioa bizitzeari zegokionez, bai Erromako boterearekin ulermena bilatzeko politikan. Ez dakigu haietaz ezer askoz gehiago.

Esan dezakeguna da «piztuerari uko egiten ziotela». «Berritasuntzat» hartzen zuten pìztuera, jende xaloaren ustekeriatzat. Ez zien axola heriotzaz haraindiko bizia. Ondo zihoakien bizitza honetan. Zertan kezkatu beste ezertaz?

Behin batean Jesusi hurbildu zitzaizkion piztuerarekiko fedea barregarri jarri nahian. Kasu guztiz irreal bat aurkeztu zioten, beren fantasiaren fruitua. Zazpi anaiez hitz egin zioten Jesusi: bata bestearen ondoren emazte bat berarekin ezkondu dira, Jerusalemgo familia boteretsu haietako gizonezkoen adarreko izenaren, ohorearen eta ondarearen segida segurtatzeko. Arazo horretaz dute ulertzen soilik.

Jesusek piztueraz duten ikusmoldea kritikatu die: txorakeria da uste izatea ezen behin betiko bizian, Jainkoaren ondoan, bizitza honetako egoera berregitea eta luzatzea izango dela arazoa, eta zehazki gizonezko aberatsen probetxurako diren patriarka-egitura horiek luzatzea izango dela.

Beste biziaz Jesusek duen fedea ez datza hain irrigarria den zerbaitetan: «Abrahamen, Isaaken eta Jakoben Jainkoa ez da hildakoen Jainkoa, baizik eta biziena». Jesusek ezin du imajinatu ere, Jainkoari bere seme-alabak hilez joango zaizkionik; Jainkoa ez da bizi betikotasun osoan hildakoez inguraturik. Ezin du imajinatu ere, bizia Jainkoaren ondoan mundu honetako desberdintasunak, zuzengabekeriak eta abusuak betikotzea izan daitekeenik.

Era arin eta atseginean bizi denean, norberaren ongizateaz gozatuz eta sufritzen ari direnak ahaztuz, aise gerta daiteke mundualdi honetako bizitza hau bakarrik gogoan izatea. Barregarri ere irudi dakioke halakoari beste esperantza bat elikatzen jardutea.

Gehiengo pobreen sufrimendua apur bat partekatzen denean, bestela ikusten dira gauzak: zer esan ogirik, osasunik edo maitasunik ezagutu gabe hil direnez?, zer esan huts egindako edo zuzengabeki jo eta galdutako hainbat eta hainbat bizitzaz? Irrigarri ote Jainkoaganako esperantza elikatzea?

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

¿ES RIDÍCULO ESPERAR EN DIOS?

Los saduceos no gozaban de popularidad entre las gentes de las aldeas. Era un sector compuesto por familias ricas pertenecientes a la élite de Jerusalén, de tendencia conservadora, tanto en su manera de vivir la religión como en su política de buscar un entendimiento con el poder de Roma. No sabemos mucho más.

Lo que podemos decir es que «negaban la resurrección». La consideraban una «novedad» propia de gente ingenua. No les preocupaba la vida más allá de la muerte. A ellos les iba bien en esta vida. ¿Para qué preocuparse de más?

Un día se acercan a Jesús para ridiculizar la fe en la resurrección. Le presentan un caso absolutamente irreal, fruto de su fantasía. Le hablan de siete hermanos que se han ido casando sucesivamente con la misma mujer, para asegurar la continuidad del nombre, el honor y la herencia a la rama masculina de aquellas poderosas familias saduceas de Jerusalén. Es de lo único que entienden.

Jesús critica su visión de la resurrección: es ridículo pensar que la vida definitiva junto a Dios vaya a consistir en reproducir y prolongar la situación de esta vida, y en concreto de esas estructuras patriarcales de las que se benefician los varones ricos.

La fe de Jesús en la otra vida no consiste en algo tan irrisorio: «El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob no es un Dios de muertos, sino de vivos». Jesús no puede ni imaginarse que a Dios se le vayan muriendo sus hijos; Dios no vive por toda la eternidad rodeado de muertos. Tampoco puede imaginar que la vida junto a Dios consista en perpetuar las desigualdades, injusticias y abusos de este mundo.

Cuando se vive de manera frívola y satisfecha, disfrutando del propio bienestar y olvidando a quienes viven sufriendo, es fácil pensar solo en esta vida. Puede parecer hasta ridículo alimentar otra esperanza.

Cuando se comparte un poco el sufrimiento de las mayorías pobres, las cosas cambian: ¿qué decir de los que mueren sin haber conocido el pan, la salud o el amor?, ¿qué decir de tantas vidas malogradas o sacrificadas injustamente? ¿Es ridículo alimentar la esperanza en Dios?

José Antonio Pagola

Semana del 6 al 12 de noviembre – Ciclo C
Domingo 32º de Tiempo Ordinario

2 Macabeos 7,1-2.9-14: El rey del universo nos resucitará
Salmo 17: Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor
2 Tesalonisenses 2,16–3,5: El Señor les dará fuerza para el bien
Lucas 20,27-38: Dios es Dios de vivos

2 Macabeos 7,1-2.9-14:

El rey del universo nos resucitará para una vida eterna

En aquellos días, arrestaron a siete hermanos con su madre. El rey los hizo azotar con látigos y nervios para forzarlos a comer carne de cerdo, prohibida por la Ley.

Uno de ellos habló en nombre de los demás: «¿Qué pretendes sacar de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que quebrantar la ley de nuestros padres.»

El segundo, estando para morir, dijo: «Tú, malvado, nos arrancas la vida presente; pero, cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para una vida eterna.»

Después se divertían con el tercero. Invitado a sacar la lengua, lo hizo en seguida, y alargó las manos con gran valor. Y habló dignamente: «De Dios las recibí, y por sus leyes las desprecio; espero recobrarlas del mismo Dios.»

El rey y su corte se asombraron del valor con que el joven despreciaba los tormentos.

Cuando murió este, torturaron de modo semejante al cuarto. Y, cuando estaba para morir, dijo: «Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se espera que Dios mismo nos resucitará. Tú, en cambio, no resucitarás para la vida.»

Salmo responsorial: 17

Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor.

Señor, escucha mi apelación, atiende a mis clamores, presta oído a mi suplica, que en mis labios no hay engaño. R.

Mis pies estuvieron firmes en tus caminos, y no vacilaron mis pasos. Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío; inclina el oído y escucha mis palabras. R.

Guárdame como a las niñas de tus ojos, a la sombra de tus alas escóndeme. Yo con mi apelación vengo a tu presencia, y al despertar me saciaré de tu semblante. R.

2Tesalonicenses 2, 16-3, 5

El Señor os dé fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas

Hermanos: Que Jesucristo, nuestro Señor, y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado tanto y nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza, os consuele internamente y os dé fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas.

Por lo demás, hermanos, rezad por nosotros, para que la palabra de Dios siga el avance glorioso que comenzó entre vosotros, y para que nos libre de los hombres perversos y malvados, porque la fe no es de todos.

El Señor, que es fiel, os dará fuerzas y os librará del Maligno.

Por el Señor, estamos seguros de que ya cumplís y seguiréis cumpliendo todo lo que os hemos enseñado.

Que el Señor dirija vuestro corazón, para que améis a Dios y tengáis la constancia de Cristo.

Evangelio.-Lucas 20, 27-38

No es Dios de muertos, sino de vivos

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella.»

Jesús les contestó: «En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección.

Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor «Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob». No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos.»

COMENTARIO LITÚRGICO

Los saduceos eran los más conservadores en el judaísmo de la época de Jesús. Pero sólo en sus ideas, no en su conducta. Tenían como revelados por Dios sólo los primeros cinco libros de la Biblia, que atribuían a Moisés. Los profetas, los escritos apocalípticos, todo lo referente por tanto al Reino de Dios, a las exigencias de cambio en la historia, a la otra vida… lo consideraban ideas “liberacionistas” de resentidos sociales. Para ellos no existía otra vida, la única vida que existía era la presente, y en ella eran realmente los privilegiados –tal vez por eso, pensaban que no había que esperar otra–.

A esa manera de pensar pertenecían las familias sacerdotales principales, los «ancianos», o sea, los jefes de las familias aristocráticas, y tenían sus propios escribas que, aunque no eran los más prestigiados, les ayudaban a fundamentar teológicamente sus aspiraciones a una buena vida. Las riquezas y el poder que tenían eran muestra de que eran los preferidos de Dios. No necesitaban esperar otra vida. Gracias a eso mantenían una posición cómoda: por un lado, la apariencia de piedad; por otro, un estilo de vida de acuerdo a las costumbres paganas de los romanos, sus amigos, de quienes recibían privilegios y concesiones que agrandaban sus fortunas.

Los fariseos eran lo opuesto a ellos, tanto en sus esperanzas como en su estilo de vida austero y apegado a la ley de la pureza. Una de las convicciones que tenían más firmemente arraigadas era la fe en la resurrección, que los saduceos rechazaban abiertamente por las razones expuestas anteriormente. Pero muchos concebían la resurrección como la mera continuación de la vida terrena, sólo que para siempre, ya sin muerte.

Jesús estaba ya en la recta final de su vida pública. El último servicio que estaba haciendo a la Causa del Reino –en lo que se jugaba la vida–, era desenmascarar las intenciones torcidas de los grupos religiosos de su tiempo. Había declarado a los del Sanedrín incompetentes para decidir si tenían o no autoridad para hacer lo que hacían; a los fariseos y a los herodianos los había tachado de hipócritas, al mismo tiempo que declaraba que el imperio romano debía dejar a Dios el lugar de rey; ahora se enfrentó con los saduceos y dejó en claro ante todos la incompetencia que tenían incluso en aquello que consideraban su especialidad, la ley de Moisés.

La posición de Jesús en este debate con los saduceos puede sernos iluminadora para los tiempos actuales. También nosotros, como la sociedad culta que actualmente somos, podemos reaccionar con frecuencia contra una imagen demasiado fácil de la resurrección. Cualquiera de nosotros puede recordar las enseñanzas que respecto a este tema recibió en su formación cristiana de catequesis infantil, la fácil descripción que hasta hace 50 años se hacía de lo que es la muerte (separación del alma respecto del cuerpo), lo que sería el «juicio particular», el «juicio universal», el purgatorio (si no el limbo, que fue oficialmente «cerrado» por la Comisión Teológica Internacional del Vaticano hace unos pocos años), el cielo y el infierno (¡!)…

La teología (o simplemente la imaginería) cristiana, tenía respuestas detalladas y exhaustivas para todos estos temas. Creía saber casi todo respecto al más allá, y no hacía gala precisamente de sobriedad ni de medida. Muchas personas «de hoy», con cultura filosófica y antropológica (o simplemente con «sentido común actualizado») se ruborizan de haber creído semejantes cosas, y se rebelan, como aquellos saduceos coetáneos de Jesús, contra una imagen tan plástica, tan incontinente, tan maximalista, tan fantasiosa, y para más inri, tan segura de sí misma. De hecho, en el ambiente general del cristianismo, se puede escuchar hoy día un prudente silencio sobre estos temas, otrora tan vivos y hasta tan discutidos. En el acompañamiento a las personas con expectativas próximas de muerte, o en las celebraciones en torno a la muerte, no hablamos ya de la muerte ni de la suerte de los difuntos de la misma manera que hace unas décadas. Algo se está curvando epistemológicamente en la cultura moderna, que nos hace sentir pudorosamente la necesidad de no repetir ya lo que nos fue dicho, sino de revisar y repensar con más continencia lo que podemos decir/saber/esperar.

Como a aquellos saduceos, tal vez hoy Jesús nos dice a nosotros: «no saben ustedes de qué están hablando…». Qué sea el contenido real de lo que hemos llamado tradicionalmente «resurrección», no es algo que se pueda describir, ni detallar, ni siquiera «imaginar». Tal vez es un símbolo que expresa un misterio que apenas podemos intuir, pero no concretar. Una resurrección entendida directa y llanamente como una «reviviscencia», aunque sea espiritual (que es como la imagen funciona de hecho en muchos cristianos formados hace tiempo), hoy no parece sostenible, críticamente hablando.

Tal vez nos vendría bien a nosotros una sacudida como la que dio Jesús a los saduceos. Antes de que nuestros contemporáneos pierdan la fe en la resurrección y con ella, de un golpe, toda la fe, sería bueno que hagamos un serio esfuerzo por purificar nuestro lenguaje en torno la resurrección y por poner por delante, modesta y pudorosamente, su carácter mistérico. Fe sí, pero no una fe perezosa y fundamentalista, sino una fe seria, sobria, crítica y responsable. Hay libros adecuados para actualizarse y profundizar en estos temas, que recomendamos más abajo.

DOMINGO 31 (C) Fray Marcos

(Sab 11,22-12,2)»Te compadeces de todos porque todo lo puedes»

(2 Tes 1,11-2,2)… que así, Jesús sea vuestra gloria y vosotros seáis la gloria de él

(Lc 19,1-10) «El Hijo del hombre ha venido a salvar lo que estaba perdido.»

Salvarse es compartir. Cuando pones a disposición de los demás todo lo que tienes y todo lo que eres, manifiestas tu plenitud.

Una vez más se manifiesta la actitud de Jesús hacia los excluidos, que hemos catalogado como malos. Está denunciando nuestra manera de proceder equivocada, es decir, no acorde con el espíritu de Jesús. Cuando el relato lo encontramos solo en Lucas, que fue el último de los tres sinópticos en escribir su evangelio, es muy probable que no sea una tradición original, sino que se formó en algún momento de la trayectoria de esa comunidad. Seguramente para responder a problemas que surgieron dentro del grupo. Que sea o no histórico no es lo importante, lo que importa son las enseñanzas que quiere trasmitirnos.

Poco antes decir Jesús: ¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios! Aquí llega la salvación a un rico, que además es pecador público. En las primeras comunidades no había ni publicanos ni ricos. Todos eran pobres judíos que buscaban en Jesús una liberación que no encontraban en su religión. Pero cuando se escribe este evangelio ya se estaban incorporando judíos ricos y gentiles que están representados por Zaqueo. Estos daban el salto al seguimiento sin tener que abandonar su situación social y su trabajo. La única exigencia: salir de la injusticia y pasar a compartir lo que tienen con los que no tienen nada.

En el relato hay que presuponer más cosas y más importantes de las que dice: ¿Por qué Zaqueo tiene tanto interés en conocer a Jesús, aunque sea de lejos? ¿Cómo es que Jesús conoce su nombre? ¿Cómo tiene tanta confianza Jesús para autoinvitarse a hospedarse en su casa? ¿Qué diálogo se desarrolló entre Jesús y Zaqueo para que éste haga una promesa tan radical y solemne? Solo las respuestas a estas preguntas darían sentido a lo que sucedió. Pero es ese itinerario interno de ambos, el que marca la relación profunda entre Jesús y Zaqueo.

La reflexión de este domingo conecta con la del domingo pasado: el fariseo y el publicano. ¿Os acordáis? El creernos seguros de nosotros mismos nos lleva a despreciar a los demás, a no considerarlos; sobre todo, si de antemano los hemos catalo­gado como «pecadores». Incluso nos sentimos aliviados porque no alcanzan la perfec­ción que nosotros creemos haber alcanzado, y de esta manera podremos seguir mirándolos por encima del hombro. “Todos murmuraban diciendo: ha entrado a comer en casa de un pecador”.

Podemos imaginar la cara de extrañeza y de alegría cuando oye a Jesús llamarle por su nombre; lo que significaría para él, que alguien, de la categoría de Jesús, no solo no le despreciase, sino que le tratara incluso con cariño. Zaqueo se siente aceptado como persona, recupera la confianza en sí mismo y responde con toda su alma a la insinuación de Jesús. Por primera vez no es despreciado por una persona religiosa. Su buena disposición encuentra acogida y se desborda en total apertura a la verdadera salvación.

Una vez más utiliza Lucas la técnica del contraste para resaltar el mensaje. Dos extremos que podíamos denominar Vida-Muerte. Vida en Jesús, abriéndose a otro hombre con limitaciones radicales. Vida en Zaqueo que, sin saber muy bien lo que buscaba en Jesús, descubre lo que le restituye en su plenitud de humanidad y lo manifiesta con la oferta de una relación más humana con aquellos con los que había sido más inhumano. Muerte en la multitud que, aunque sigue a Jesús físicamente, con su opacidad impide que otros lo descubran. Muerte en “todos”, escandalizados de que Jesús ofrezca Vida al que solo merecía desprecio.

¿Hemos actuado nosotros como Él, a través de los dos mil años de cristianismo? ¿Cuántas veces con nuestra actitud de rechazo truncamos esa buena disposición inicial y conseguimos desbaratar una posible liberación?  Al hacer eso, creemos defender el honor de Dios y el buen nombre de la Iglesia. Pero el resultado final es que no buscamos lo que estaba perdido y, como consecuencia, la salvación no llega a aquellos que sinceramente la buscan. Como Zaqueo, hoy muchas personas se sientes despreciadas por los dirigentes religiosos, y además, los cristianos con nuestra actitud, seguimos impidiéndoles ver al verdadero Jesús.

Muchas personas que han oído hablar de Jesús quisieran conocerlo mejor, pero se interpone la “muchedumbre” de los cristianos. En vez de ser un medio para que los demás conozcan a Jesús, somos un obstáculo que no deja descubrirlo. ¡Cuento tendría que cambiar nuestra religión para que en cada cristiano pudiera descubrirse a Cristo! Estar abiertos a los demás, es aceptar a todos como son, no acoger solamente a los que son como yo. Si la Iglesia propone la actitud de Jesús como modelo, ¿por qué se parece tan poco nuestra actitud a la de Jesús?

Siempre que se ha consumado una división entre cristianos, habría que preguntarse quién tiene más culpa, el que se equivoca, pero defiende su postura con honradez o la intransigencia de la iglesia oficial, que llena de desespe­ranza a los que piensan de distinta manera. Lutero no pretendía una separación de Roma, sino una purificación de los abusos que los jerarcas de la iglesia estaban cometiendo. ¿Quiere decir esto que Lutero era el bueno y el Papa el malo? Ni mucho menos; pero con más comprensión y menos soberbia, se hubiera evitado la división.

Hacer nuestro el espíritu de Jesús es caminar por la vida con el corazón y los brazos siempre abiertos. Estar siempre alerta a los más pequeños signos de búsqueda. Acoger a todo el que venga con buena voluntad, aunque no piense como nosotros; incluso aunque esté equivocado. Estar siempre dispuestos al diálogo y no al rechazo o la imposición. Descubrir que lo más importante es la persona, no la doctrina ni la norma ni la ley.

No acogemos a los demás, no nos paramos a escuchar, no descubrimos esa disposición inicial que puede llevar a una conversión. La acogida con sencillez tenía que ser la postura de los seguidores de Jesús. Apertura incondicional a todo el que llega a nosotros con ese mínimo de disposición, que puede reducirse a simple curiosidad, como en el caso de Zaqueo; pero que puede ser el primer paso de un auténtico cambio. No terminar de quebrar la caña cascada, no apagar la mecha que todavía humea, ya sería una postura interesante; pero hay que ir más allá. Hay que tratar de restablecer y vendar la caña cascada y avivar la mecha que se apaga.

El final del relato no tiene desperdicio: “He venido a buscar y salvar lo que estaba perdido”. ¿Cuándo nos meteremos esto en la cabeza? Jesús no tiene nada que hacer con los perfectos. Solo los que se sienten perdidos, podrán ser encontrados por él. Esto no quiere decir que Jesús tenga la intención de restringir su misión. Lo que el relato deja claro es que todos necesitamos avanzar. Solo el que tiene conciencia de estar enfermo buscará un médico.

El relato desmonta el cacareado discurso populista de que Jesús hizo una opción preferencial por los pobres. Sería cierto si entendemos por pobreza la carencia de humanidad. Jesús intentó librar a hombre de su pobreza material que le impedía desplegar su propia humanidad y a liberar al rico de su riqueza que también le impide ser humano con los demás. Es fácil liberar al pobre de su pobreza que no depende de él y está deseando superar. Es más difícil liberar al rico porque está encantado con sus privilegios y no desea otra cosa.

Urteko 31. igandea – C (Lukas 19,1-10)

JESUSEK MAITE DITU ABERATSAK

Kontaera ezaguna da Jesusek Zakeo aberatsarekin egindako topo egitearena. Lukasek asko landu du eszena; kezkaturik dago, nonbait, familia aberats batzuek lehen kristau-elkarteetan txertatzeko duten zailtasunaz.

Zakeo gizon ezaguna da Jerikon. «Altueraz txikia», baina «zerga-biltzaileen buruzagi» boteretsua; bidegurutze garrantzizko batean merkantzien igaropena kontrolatzen dutenena, alegia. Ez da pertsona batere maitea. Jendeak «bekaritzat» hartua du, baztertutzat Elkargotik. Gainerako jendea ustiatuz bizi da. «Ez da Abrahamen seme».

Halaz guztiz, gizon honek «Jesus ikusi nahi du». Hartaz hitz egiten entzun du, baina ez du ezagutzen. Ez dio axola barregarri jokatzea, bere duintasunari ez dagokion moduan: mutil koxkor bat bezala, «korrika» doa guztiei aurrea hartzeko, eta «pikondo baten gainera igo da». Jesus «ikusi» nahi du soilik. Segur aski, berak ere ez daki bake bila dabilela, egia bila, bizitzari zentzu bat emango dion zerbaiten bila.

Jesusek, puntu hartara iristean. «gora begiratu du» eta Zakeo ikusi. Kontaerak begirada arteko trukea iradokitzen du behartsuen defendatzaile haren eta aberats ustiatzaile haren artean. Bere izenaz dei egin dio Jesusek: «Zakeo, jaitsi zaitez berehala». Ez da denbora galtzeko tenorea. «Gaur berean zure etxean egon nahi dut ostatuz, zurekin egoteko». Aberats honen munduan sartu nahi du Jesusek.

Zakeok pozik asko ireki dio etxeko atea. Diruaren eta boterearen bere munduan sartzen utzi dio; bitartean, Jerikon guztiek kritikatu dute Jesus «bekatari baten etxean» sartu delako.

Jesusekin harremanetan jartzean, aldatu egin da Zakeo. «Behartsuengan» pentsatzen hasi da; beraiekin partekatuko ditu bere ondasunak. Gogoratu da bere negozioen biktima izan direnez: gaindika itzuliko die lapurtu izan diena. Jesusi bere bizitzan egia, zuzentasuna eta gupida sar ditzan utzi dio. Beste bat sentitzen da Zakeo. Dena da posible Jesusekin.

Pozik da Jesus «salbazioa» etxe boteretsu eta aberats horretara ere iritsi delako. Horretarako etorria da bera: «galdua denaren bila eta hura salbatzera». Egiatia da Jesus: diruaren esklabo direnen bizitza galdua da, egiarik gabeko bizitza, zuzentasunik gabea, sufritzen ari direnez gupida gabea. Baina Jesusek maite ditu aberatsak. Ez du nahi haietako inork bere bizia gal dezan. Bere munduan sartzen utziko dion aberats orok esperimentatuko du Jesusen indar salbatzailea.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

JESÚS AMA A LOS RICOS

El encuentro de Jesús con el rico Zaqueo es un relato conocido. La escena ha sido muy trabajada por Lucas, preocupado tal vez por la dificultad que encontraban algunas familias ricas para integrarse en las primeras comunidades cristianas.

Zaqueo es un rico bien conocido en Jericó. «Pequeño de estatura», pero poderoso «jefe de los recaudadores» que controlan el paso de mercancías en una importante encrucijada de caminos. No es un hombre querido. La gente lo considera «pecador», excluido de la Alianza. Vive explotando a los demás. «No es hijo de Abrahán».

Sin embargo, este hombre quiere ver «quién es Jesús». Ha oído hablar de él, pero no lo conoce. No le importa hacer el ridículo actuando de manera poco acorde con su dignidad: como un chiquillo más, «corre» para tomar la delantera a todos y «se sube a una higuera». Solo busca «ver» a Jesús. Probablemente ni él mismo sabe que está buscando paz, verdad, un sentido más digno para su vida.

Al llegar Jesús a aquel punto, «levanta los ojos» y ve a Zaqueo. El relato sugiere un intercambio de miradas entre el profeta defensor de los pobres y aquel rico explotador. Jesús lo llama por su nombre: «Zaqueo, baja enseguida». No hay que perder más tiempo. «Hoy mismo tengo que alojarme en tu casa y estar contigo». Jesús quiere entrar en el mundo de este rico.

Zaqueo le abre la puerta de su casa con alegría. Le deja entrar en su mundo de dinero y poder, mientras en Jericó todos critican a Jesús por haber entrado «en casa de un pecador».

Al contacto con Jesús, Zaqueo cambia. Empieza a pensar en los «pobres»: compartirá con ellos sus bienes. Se acuerda de los que son víctimas de sus negocios: les devolverá con creces lo que les ha robado. Deja que Jesús introduzca en su vida verdad, justicia y compasión. Zaqueo se siente otro. Con Jesús todo es posible.

Jesús se alegra porque la «salvación» ha llegado también a esa casa poderosa y rica. A esto ha venido él: «a buscar y salvar lo que está perdido». Jesús es sincero: la vida de quienes son esclavos del dinero son vidas perdidas, vidas sin verdad, sin justicia y sin compasión hacia los que sufren. Pero Jesús ama a los ricos. No quiere que ninguno de ellos eche a perder su vida. Todo rico que le deje entrar en su mundo experimentará su fuerza salvadora.

José Antonio Pagola

Semana del 30 de octubre al 5 de noviembre   – Ciclo C
Domingo 31º de Tiempo Ordinario

Sabiduría 11,22–12,2: Dios ama a todas sus criaturas
Salmo 145: Te ensalzaré, Dios mío, mi rey
2 Tesalonicenses 1,11–2,2: No pierdan la cabeza por supuestas revelaciones
Lucas 19:1-10: El Hijo del Hombre ha venido a salvar lo que estaba perdido

Sabiduría 11, 22-12,2

Te compadeces, Señor, de todos, porque amas a todos los seres

Señor, el mundo entero es ante ti como grano de arena en la balanza, como gota de rocío mañanero que cae sobre la tierra.

Pero te compadeces de todos, porque todo lo puedes, cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan.

Amas a todos los seres y no odias nada de lo que has hecho; si hubieras odiado alguna cosa, no la habrías creado.

Y ¿cómo subsistirían las cosas, si tú no lo hubieses querido?

¿Cómo conservarían su existencia, si tú no las hubieses llamado?

Pero a todos perdonas, porque son tuyos, Señor, amigo de la vida.

Todos llevan tu soplo incorruptible.

Por eso, corriges poco a poco a los que caen, les recuerdas su pecado y los reprendes, para que se conviertan y crean en ti, Señor.

Salmo responsorial: 145

Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey.

Te ensalzaré, Dios mío, mi rey; bendeciré tu nombre por siempre jamás. Día tras día, te bendeciré y alabaré tu nombre por siempre jamás. R.

El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas. R.

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan tus fieles; que proclamen la gloria de tu reinado, que hablen de tus hazañas. R.

El Señor es fiel a sus palabras, bondadoso en todas sus acciones. El Señor sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se doblan. R.

2Tesalonicenses 1, 11-2, 2

Que Cristo sea glorificado en vosotros, y vosotros en él

Hermanos: Pedimos continuamente a Dios que os considere dignos de vuestra vocación, para que con su fuerza os permita cumplir buenos deseos y la tarea de la fe; para que así Jesús, nuestro Señor, sea glorificado en vosotros, y vosotros en él, según la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo.

Os rogamos, hermanos, a propósito de la venida de nuestro Señor Jesucristo y de nuestra reunión con él, que no perdáis fácilmente la cabeza ni os alarméis por supuestas revelaciones, dichos o cartas nuestras, como si afirmásemos que el día del Señor está encima.

Evangelio.- Lucas 19, 1-10

El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido

En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad.

Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí.

Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: «Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa.»

Él bajo en seguida y lo recibió muy contento.

Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: «Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador.»

Pero Zaqueo se puso en pie y dijo al Señor: «Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más.»

Jesús le contestó: «Hoy ha sido la salvación de esta casa; también este es hijo de Abrahán.

Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.»

COMENTARIO LITÚRGICO

El evangelio es pedagogía para la comunidad creyente. Así, el relato de Jesús y Zaqueo no es únicamente otro episodio del ministerio de Jesús en Lucas, sino un paso más en el itinerario de su enseñanza. Jesús visita a Zaqueo y, sin mediar palabra del maestro, éste declara: «Daré la mitad de mis bienes a los pobres, y a quien haya defraudado le devolveré cuatro veces más». Pero ¿qué tiene que ver el proyecto de Jesús y las relaciones económicas? ¿Por qué habla así Zaqueo? Uno de los temas principales en el evangelio de Lucas es la crítica del amor al dinero y al abuso hacia las personas débiles. Una mirada rápida a la proclamación del Jubileo (Lc 4,16-21), las bendiciones a los empobrecidos y maldiciones a los acapadores (Lc 6,20-21 y 24), así como la crítica a la acumulación de bienes y la opulencia (Lc 12,13-21 y 33-34; 18,18-27), evidencian la fuerte oposición entre el proyecto de Jesús y el abuso económico nacido del amor a las riquezas.

Con el relato de Zaqueo el evangelista hace pedagogía: invita a su comunidad a comprender que el seguimiento de Jesús implica reconocer el mal de la avaricia y la opresión, así como la construcción de una sociedad alejada de dichas prácticas. Zaqueo es modelo en dos aspectos. Representa la acumulación injusta que hace más vulnerables especialmente a las personas débiles –era cobrador de impuestos al servicio de las autoridades– encareciendo aún más la vida de sus compatriotas. Pero también Zaqueo es modelo de la persona/comunidad que entiende la fundamental contradicción entre abuso económico y proyecto de Dios, y se ve llamado a cambiar las realidades injustas de su sociedad con actos concretos. Sólo dicha conversión lleva a Jesús a proclamar: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa».

Hoy vivimos bajo una situación grave de opresión económica y culto al dinero, sufrida de manera gravosa y particular por las multitudes de personas en pobreza, miseria y explotación en América Latina. La insistencia en la implementación del modelo capitalista, impuesto a la fuerza por élites políticas y económicas, nos recuerda una vez más la pertinencia de un texto como el de Zaqueo: no llegará la Salvación a nuestra Casa común hasta que no llegue la justicia, hasta que no se devuelva lo defraudado a todas las personas explotadas por el modelo social actual. Dios, como ‘amigo de la vida’ (Sab 11,26), aparece en Lucas como amigo de la vida digna, aquella que da paz, pan, salud y bienestar para todos y todas. ¿Por qué muchas personas reducen la vida digna a la tenencia de bienes?

 

DOMINGO 30 (C) Fray Marcos

(Eclo 35, 12-14.16-18) el Señor es un Dios justo que no puede ser parcial.

(2Tim 4 6-8; 16-18) He combatido y alcanzado la meta, manteniendo la fe.

(Lc 18,9-14) El publicano bajó justificado y el fariseo no.

Dios no tiene que justificarme ni condenarme. Soy yo quien tiene que descubrir su amor incondicional y vivirlo.

Hoy tenemos dos inconvenientes. Primero que  se trata de una parábola y la parábola tiene un único mensaje. El resto es relleno. Segundo, en todo el NT enseña la patita el maniqueísmo. Lo tenemos metido hasta el tuétano. Bueno – malo, espíritu – materia, luz –tiniebla. Pero resulta que nada es blanco o negro. La realidad es una serie infinita de grises. Hoy se nos invita a ponernos de parte del publicano y en contra del fariseo y nos quedamos todos tan anchos. El fariseo tiene muchas cosas buenas que pasamos por alto y el publicanos tiene muchas cosas malas que voluntariamente olvidamos.

Lucas en la introducción a la parábola lo deja claro: “por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás” El fariseo se siente excelente y falla en su apreciación. El publicano se siente pecador y falla al considerar que Dios está lejos de él, por eso tiene que insistir en pedir un perdón que Dios ya le ha otorgado. Lo más normal de mundo sería alabar al que era bueno y criticar al malo, pero a los ojos de Dios todo es diferente. Dios es el mismo para los dos, uno le acepta por su gratuidad, el otro pretende poner a Dios de su parte por la bondad de sus obras.

Este mensaje se repite muchas veces en los evangelios. Recordemos la frase de Mateo: “Las prostitutas y los pecadores os llevan la delantera en el reino de Dios”. ¿A quién dijo eso Jesús? A los cumplidores de toda la Ley, que hoy serían los religiosos de todas las categorías. Aún hoy, desde nuestra visión raquítica del hombre y de Dios, nos resulta inaceptable esta idea. Seguimos juzgando por las apariencias sin tener en cuenta las actitudes personales, que son las que de verdad califican las acciones de las personas. Y lo que es peor, nos preocupa más lo que hacemos que lo que sentimos.

Dios está cerca de los dos, pero el publicano reconoce que la cercanía de Dios es debido a su amor incondicional. En consecuencia el publicano está más cerca de Dios a pesar de sus pecados. El fariseo cree que Dios tiene la obligación de amarle porque se lo ha ganado. “Los buenos de toda la vida” tienen mayor peligro de entrar en esta dinámica. Si nos atreviésemos a pensar, descubriríamos lo absurdo de esa postura. Todo lo bueno que puedo descubrir en mí, viene de Él, que desde lo hondo de mi ser lo posibilita.

Dios no me quiere porque soy bueno sino porque Él es amor. Si parto del razonamiento farisaico, resultaría que el que no es bueno no sería amado por Dios, lo cual es un disparate. Este razonamiento parte de la visión ancestral que los seres humanos tenían de Dios, pero tenemos que dar un salto en nuestra concepción de un dios separado y ausente, que exige nuestro vasallaje para estar de nuestra parte. Dios no me puede considerar un objeto porque nada hay fuera de Él. El fallo más grave que podemos cometer como seres humanos es precisamente considerarnos algo al margen de Dios.

Dios me está aportando lo que soy antes de empezar a existir, es ridículo que pueda merecerlo. Lo que sí puedo y debo hacer es responder conscientemente a ese don y tratar de agradecerlo, desplegándolo en mi vida. Si no respondo adecuadamente a lo que Dios es para mí, la única actitud adecuada es reconocerlo, pedirle perdón y agradecerle que siga amándome a pesar de todo. Estas simples reflexiones me llevarán a la consecuencia de que no tengo que ser bueno para que Dios me ame, porque Él me quiere y no puede fallarme. Voy a intentar ser agradecido fallándole menos.

También tendrían consecuencias para nuestra relación con los demás. Amar al que se porta bien conmigo, no tiene ningún valor. Es lo que hacemos todos, pero tenemos que revisar esa actitud. Si me porto humanamente con aquel que no se lo merece, estaré dando un salto de gigante en mi evolución hacia la plenitud. Ser más humanos me hace a la vez, más divino. Hemos interiorizado que debíamos actuar divinamente, aunque ese intento llevara consigo el olvidarse de nuestra humanidad. Los altares están llenos de santos que se olvidaron por completo de las relaciones verdaderamente humanas.

El evangelio nos propone dos modos de orar, no solo distintos sino completamente contrarios. Cada oración manifiesta la idea de Dios que tiene uno  y otro. Para uno se trata de un Dios justo, que me da lo que merezco. Para el otro, Dios es amor que llega a mí sin merecerlo. Ojo al dato, porque todos estamos más cerca del fariseo que del publicano. Una vez más tengo que advertir de la importancia de hacer una reflexión seria sobre este asunto. No basta ser bueno por una acomodación estricta a la norma. Hay que ser humano, respondiendo a las exigencias de nuestro auténtico ser.

He tenido problemas serios cada ver que he dicho que Dios ama a todos de la misma manera. La respuesta automática era: “Dios es amor, pero es también justicia”. Implícitamente me estaban diciendo: ¿Cómo me va a amar Dios a mí, que cumplo su santa voluntad, igual que a ese desgraciado que no cumple nada de lo que Él manda? Una vez más estamos exigiendo a Dios que sea justo a nuestra manera. Para superar esta tentación debemos abandonar la idea de una religión que me viene de fuera. El hecho de que venga de Dios no cambia la mezquindad de la perspectiva.

Debemos descubrir la bondad de lo mandado y no conformarnos con el cumplimiento de la norma. Ese descubrimiento no es tan fácil como parece. Ningún acto u omisión son buenos porque están mandados. Están mandados porque lo exige mi ser más profundo, más allá de mi ego superficial. Para descubrir esas exigencias tengo que aprovecharme de la experiencia de aquellos que lo han descubierto, pero en ningún caso quedo dispensado de experimentarlo por mí mismo. Sin esa experiencia toda la religiosidad se queda reducida un puro ropaje externo que no toca lo profundo de mi ser.

El desaliento que a veces nos invade, es consecuencia de un desenfoque espiritual. Nada tienes que conseguir ni por ti mismo ni de Dios. Dios ya te lo ha dado todo y te ha capacitado para desplegar todo tu ser. No tengas miedo a nada ni a nadie. Tu ser profundo no lo puede malear nadie, ni siquiera tú mismo. Tus fallos son solo la demostración de que no has descubierto lo que eres, pero las posibilidades de descubrir esa plenitud, sigue intactas. Las limitaciones que descubro cada día y que tanto nos hacen sufrir, no pueden malograr todas las posibilidades que me acompañan siempre.

Cuando te sientas abrumado por tus fallos, descubre que para Dios eres siempre el mismo, único, irrepetible, necesario para el mundo y para Dios. La autoestima es imprescindible para poder desarrollarte, pero nunca puede apoyarse en las cualidades que puedes tener o no tener. Esa pretensión de apoyar la autoestima en las cualidades adquiridas o por adquirir, no llevará siempre a un rotundo fracaso. Tomar conciencia de que lo que soy no depende de mí, es la clave para una total seguridad en lo que soy.

Urteko 30. igandea – C (Lukas 18,9-14)

HARRIGARRIA

Jesusen parabola hau harrigarrienetakoa izan zen. Fariseu otoizlari bat eta zerga-biltzaile bat tenplura igo dira, otoitz egitera. Zein erreakzio izango du Jainkoak biziera hain kontrako eta desberdineko diren pertsona bi hauen aurrean?

Fariseua zutik ari da otoitzean, seguru eta inongo beldurrik gabe. Kontzientziak ez dio ezer leporatzen. Ez da hipokrita. Dioena egia da. Leial betetzen du Legea, eta, are, gainditu egiten du. Ez dio bere buruari merezimendurik aitortzen, baizik eta Jainkoari eskertzen dio den-dena: «Ene Jainko, eskerrak demazkizut». Gizon hau santu ez bada, zein izan daiteke? Seguru da izango duela Jainkoaren bedeinkazioa.

Zerga-biltzailea, aitzitik, txoko batean ari da. Ez dago eroso leku santu horretan. Ez du bere lekua. Ez da ausartzen begiak lurretik jasotzera ere. Bularra jo eta jo, eta bere bekatua aitortzen du. Ez du ezer promes egiten. Ezin utzi du bere lanbidea, ezta itzuli ere lapurtu duena. Ezin aldatu du bizieraz. Ez du ikusten bere burua Jainkoaren errukian uztea beste biderik: «Ene Jainko, izan ezazu erruki nitaz, bekatari naiz eta». Inork ez luke egon nahi haren larruan. Jainkoak ezin onetsi du haren jokabidea.

Bat-batean, baieztapen harrigarri eta nahasgarri batez konkluditu du Jesusek parabola: «Nik diotsuet, zerga-biltzaile hau zuzenetsirik itzuli zela etxera, eta fariseua ez». Entzuleei huts egin diete beren eskema guztiek. Nolatan esan dezake Jesusek Jainkoak ez duela onartu gizon otoizlaria eta, aitzitik, bere onginahia eskaini diola bekatariari? Ez al da ari Jesus suarekin jostatzen? Egia ote da, gauza erabakitzailea, azkenean, ez dela norberaren biziera erlijiosoa, baizik eta Jainkoaren erruki ezin atzemana?

Egia bada Jesusek dioena, Jainkoaren aurrean ez dago segurtasunik inorentzat, santurik santuena dela uste izanik ere. Guztiok dugu Jainkoaren errukira jo beharra. Norbait bere buruarekin onik sentitzen denean, bere bizitzari egozten dio den-dena eta ez du sumatzen beste ezeren beharrik. Norbaitek bere kontzientziak akusatzen duela eta aldatzeko gaitasunik ez duela sentitzean, Jainkoaren gupidara jo beharra bakarrik sentitzen du, eta gupidara bakarrik.

Bada Jesusengan zerbait zoragarririk. Hain liluragarria da Jainkoaren errukian duen fedea, non ez baita gauza erraza berari, Jesusi, sinestea. Segur aski, hobekienik ulertzen ahal diotenak, beren biziera ez-moraletik irteteko kemenik ez dutenak dira.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

DESCONCERTANTE

Fue una de las parábolas más desconcertantes de Jesús. Un piadoso fariseo y un recaudador de impuestos suben al templo a orar. ¿Cómo reaccionará Dios ante dos personas de vida moral y religiosa tan diferente y opuesta?

El fariseo ora de pie, seguro y sin temor alguno. Su conciencia no le acusa de nada. No es hipócrita. Lo que dice es verdad. Cumple fielmente la Ley, e incluso la sobrepasa. No se atribuye a sí mismo mérito alguno, sino que todo lo agradece a Dios: «¡Oh, Dios!, te doy gracias». Si este hombre no es santo, ¿quién lo va a ser? Seguro que puede contar con la bendición de Dios.

El recaudador, por el contrario, se retira a un rincón. No se siente cómodo en aquel lugar santo. No es su sitio. Ni siquiera se atreve a levantar sus ojos del suelo. Se golpea el pecho y reconoce su pecado. No promete nada. No puede dejar su trabajo ni devolver lo que ha robado. No puede cambiar de vida. Solo le queda abandonarse a la misericordia de Dios: «¡Oh Dios!, ten compasión de mí, que soy pecador». Nadie querría estar en su lugar. Dios no puede aprobar su conducta.

De pronto, Jesús concluye su parábola con una afirmación desconcertante: «Yo os digo que este recaudador bajó a su casa justificado, y aquel fariseo no». A los oyentes se les rompen todos sus esquemas. ¿Cómo puede decir que Dios no reconoce al piadoso y, por el contrario, concede su gracia al pecador? ¿No está Jesús jugando con fuego? ¿Será verdad que, al final, lo decisivo no es la vida religiosa de uno, sino la misericordia insondable de Dios?

Si es verdad lo que dice Jesús, ante Dios no hay seguridad para nadie, por muy santo que se crea. Todos hemos de recurrir a su misericordia. Cuando uno se siente bien consigo mismo, apela a su propia vida y no siente necesidad de más. Cuando uno se ve acusado por su conciencia y sin capacidad para cambiar, solo siente necesidad de acogerse a la compasión de Dios, y solo a la compasión.

Hay algo fascinante en Jesús. Es tan desconcertante su fe en la misericordia de Dios que no es fácil creer en él. Probablemente los que mejor le pueden entender son quienes no tienen fuerzas para salir de su vida inmoral.

José Antonio Pagola