P. Meabe, P. Etxebeste y A. García
La fundación Etikarte responde a la polémica petición de perdón de los obispos vascos. Se ha pronunciado clara y explícitamente sobre la violencia sin ninguna complicidad. Leer más
P. Meabe, P. Etxebeste y A. García
La fundación Etikarte responde a la polémica petición de perdón de los obispos vascos. Se ha pronunciado clara y explícitamente sobre la violencia sin ninguna complicidad. Leer más
«Creemos que hay una Buena Nueva que compartir, pero habrá que hacerlo de otra forma». Los obispos de Quebec reflexionan sobre la ordenación de hombres casados.
«Hay comunidades casi extintas. Necesitamos cambiar la forma de hacer las cosas. Creemos que podemos reconstruir la Iglesia». El obispo auxiliar de Quebec, Marc Pelchat, se ha mostrado convencido de que la solución al declive del catolicismo en la región francófona canadiensepuede pasar por la ordenación de los hombres casados con un compromiso probado con la fe -los llamados ‘viri probati’- y ha revelado, además, que los obispos quebequenses discutieron hace poco sobre este mismo tema.
«Durante una sesión a puerta cerrada en una reciente plenaria de los obispos, se habló de la ordenación de hombres casados ??de cierta edad, y cuyo compromiso eclesial se haya puesto a prueba y demostrado», dijo Pelchat en una conferencia dedicada al futuro de la Iglesia en Quebec, según lo recogido por el CNS. «Esta es una reflexión importante que tenemos ahora mismo», añadió el prelado, otrora decano de la Facultad de Teología de la Universidad de Laval.
Entre las razones que el obispo adujo para abordar la cuestión de la ordenación de los ‘viri probati’, Pelchat mencionó la situación inestable de las iglesias de la región, y apuntó que «en la última década ha habido una caída importante en la demanda de los sacramentos, los ritos funerales incluidos».
«La Iglesia se ha convertido en un vestigio del pasado, destinado a la marginación. Los fieles aún presentes creen que todavía hay una Buena Nueva que compartir, pero habrá que hacerlo de otra forma. Tendremos que perseverar», opinó el obispo Pelchat.
Pero no es que el problema sea solo de números o de fieles o de sacerdotes, según el prelado, con lo que en términos de reforma no será suficiente la fusión de parroquias que la Iglesia en Quebec tiene previsto implementar antes de enero del año que viene. Más bien, el ocaso del catolicismo en la región se debe a que durante mucho tiempo la Iglesia ha metido a los fieles en el papel de espectadores y consumidores, sobre todo con respecto a los sacramentos.
«Tenemos que cambiar esta forma de hacer las cosas», declaró Pelchat. Leer más…
«Lesbos no solo ‘está’ en la Unión Europea, sino que ‘es’ Union Europea».
El director de Proactiva Open Arms, Oscar Camps, ha asegurado que la incautación preventiva del barco con que rescataban migrantes en el Mediterráneo, solo demuestra «un cambio radical de estrategia en la frontera marítima del sur de Europa» y ha acusado a Italia de favorecer las «devoluciones en caliente».
Todo a causa de que la ONG en su última misión de rescate, desembarcaron 216 migrantes en Italia y tras la que fue incautado su buque insignia. Tras ello, las autoridades italianas transfirieron a los guardacostas libios la coordinación del rescate, una situación que «no había sucedido nunca antes» según su director Oscar Campos, valiente y eficaz impulsor civil de una organización que ya ha salvado cerca de 60.000 vidas en dos años largos de actuaciones en el Mediterráneo.
Un hombre que saboreó desde su Barcelona natal «el sabor amargo del llanto eterno que han vertido en ti cien pueblos de Algeciras a Estambul» quecantaría Serrat en su «Mediterráneo» universal tan recordado en estos tiempos de crisis de refugiados. Es la última y amenazante advertencia hacia esta organización dedicada precisamente a todo lo contrario de lo que se les acusa: protegen y salvan vidas.
Proteger y salvar frente al rechazo de «facto» que supone la nueva operación llamada en Griego «Themis», (irónicamente para el caso que nos ocupa en su equivalencia romana supone «Iustitia» o personificación del derecho divino de la ley). Apoyados por la Frontex en el Mediterráneo basándose en la cual lo que está haciendo Italia es «transferir a Libia la responsabilidad de rescatar a los migrantes en el mar», lo que significa «rechazarlos de facto». Frente a la protección y el salvamento de Open Arms la alternativa europea es el rechazo. Leer más…
José Luis Pinilla, sj. en Religión Digital, 5 de abril de 2018
No basta con mantener las prácticas, normas y costumbres de siempre. La tarea más importante de la Iglesia en este momento es ofrecer y contagiar esperanza.
Es un hecho que estamos viviendo un tiempo demasiado convulso, inseguro, incierto. No hablo sólo de España. Me refiero a la cantidad de malas noticias que nos llegan a todas horas. Hasta el extremo de que cuando el progreso científico, tecnológico, industrial es mayor, también es mayor el desorden, el miedo, la inseguridad y, sobre todo, el sufrimiento que tienen que soportar millones de seres humanos, en este «mundo desbocado», como lo definió el conocido sociólogo Anthony Giddens, al referirse al hecho patente de la «globalización».
Así las cosas, yo me pregunto ¿cuál tendría que ser la tarea principal de la religión y, por eso, de la Iglesia en este momento?
Está visto que no basta con mantener las prácticas religiosas, las ceremonias sagradas, las normas y costumbres de siempre. Todo eso, hasta ahora, no ha servido para hacer más soportable – y menos aún para mejorar – la vida tan desagradable que la mayoría de la humanidad tiene que aguantar. Y hablo, no sólo de los pobres. De sobra sabemos que las clases medias se van debilitando y hasta los privilegiados de la sociedad se ven enfrentados a problemas y situaciones que, hace tan solo unos años, no se podían imaginar.
Insisto en lo que he dicho. La religión que se limita a perpetuarse no arregla este mundo. ¿Qué hacer, entonces?
Desde hace unos años, le vengo dando vueltas al proyecto en torno al «humanismo», la «humanización» o simplemente la «humanidad». Sobre estos temas, he publicado varios libros. Que me parece que son provechosos para no pocas personas. El cristianismo enseña que, para salvar al mundo, Dios «se humanizó». Eso, y no otra cosa, es lo que los cristianos llamamos el Misterio de la Encarnación. Pero ¿basta con eso? Leer más…
José María Castillo en Religión Digital, 29 de abril de 2018
Me refiero a los partidos políticos -que no a los deportivos, por ahora-, a los que la fuerza motriz de la rutina fonética aplica la enunciación gramatical de adjetivos tales como «católicos, apostólicos y romanos». El prefijo «a» indica negación, o privación, dejándome aquí y ahora de zarandajas eclesiasticoides. El tema se justifica sobradamente, por sí solo, dado que los procedimientos democráticos parecen recabar permanentes tiempos y ritmos «pre» o «post» electorales, con el consiguiente cortejo y contrapartidas de pactos.
Se alardea en exceso de que «política» e «Iglesia» se desmatrimonializan de por sí. Pero el hecho cierto es que también la Iglesia católica es, y hace, política, de modo proporcionalmente similar a como el poder político se inocula de alguna manera en el organigrama -idea y acción-, religiosos.
No es, por tanto, verdad que la Iglesia no sea política. Lo fue, lo es y además, preferentemente en una dirección determinada y esta no es la considerada y temida como de izquierdas. Lo que ocurre es que, cuando se registra algún «desvío» que se juzgue «excesivo» en esta sacrosanta dirección, es entonces cuando se anatematizan ciertos «izquierdismos», por leves que sean. Leer más…
Religión Digital
Las monjas Clarisas de Villaviciosa (Asturias) se han unido al clamor popular que ha desatado la sentencia del caso de La Manada con un poema que han difundido en las redes sociales y en el que la congregación se refiere a los cinco condenados como «cerdos salvajes» y «lobos grises». Leer más
Lidia Falcón
Yo quiero analizar con una mirada más amplia lo que está sucediendo en nuestro ordenamiento jurídico y en nuestro sistema judicial respecto a la conducta de los hombres en su relación con las mujeres. Leer más
(Hch 10,25-48) Dios no distingue, acepta al que le teme, sea de la nación que sea.
(1Jn 4,7-10) Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor (agape).
(Jn 15,9-17) Mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado.
La quintaesencia de lo humano es el amor. No se trata de un mandamiento sino de una expresión de mi verdadero ser. Al amar manifiesto lo divino.
El evangelio de hoy es continuación del que leímos el domingo pasado. Sigue explicando en qué consiste esa pertenencia del cristiano a la vid. Poniendo como modelo su unión con el Padre, va a concretar Jesús lo que constituye la esencia de su mensaje. Ya sin metáforas ni comparaciones, nos coloca ante la realidad más profunda del mensaje del evangelio: El AMOR, que es a la vez la realidad que nos hace humanos.
Jn pone en boca de Jesús la seña de identidad que debe distinguir a los cristianos. Es el mandamiento nuevo por oposición al mandamiento antiguo, la Ley. Queda establecida la diferencia entre las dos alianzas. Jesús no manda amar a Dios ni amarle a él, sino amar como él ama. No se trata de una ley, sino de una consecuencia de la Vida de Dios y que se ha manifestado en Jesús. Nuestro amor será “un amor que responde a su amor” (Jn 1,16). El amor que pide Jesús tiene que surgir de dentro, no imponerse desde fuera.
Jn emplea la palabra “agape”. Los primeros cristianos emplearon ocho palabras para designar el amor: agape, caritas, philia, dilectio, eros, libido, stergo, nomos. Ninguna de ellas excluye a las otras, pero solo el “agape” expresa el amor sin mezcla alguna de interés personal. Sería el puro don de sí mismo, solo posible en Dios. Está haciendo referencia a Dios, es decir, al grado más elevado de don de sí mismo. No está hablando de amistad o de una “caridad”. Se trata de desplegar una cualidad exclusiva de Dios
Dios demostró su amor a Jesús con el don de sí mismo. Jesús está en la misma dinámica con los suyos, es decir, les manifiesta su amor hasta el extremo. El amor de Dios es la realidad primera y fundante. Jn lo ha dejado bien claro en la segunda lectura: “En esto consiste el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó”. Descubrir esa realidad y vivirla es la principal tarea del que sigue a Jesús. Es ridículo seguir enseñando que Dios nos ama si somos buenos y nos rechaza si somos malos.
Hay una diferencia que tenemos que aclarar. Dios no es un ser que ama. Dios es el amor. En Él el amor es su esencia, no una cualidad como en nosotros. Yo puedo amar o dejar de amar y seguiré siendo yo. Si Dios dejara de amar un solo instante, dejaría de existir. Dios manifiesta su amor a Jesús y a mí, pero no lo hace como nosotros. No podemos esperar de Dios “muestras puntuales de amor”, porque no puede dejar de demostrarlo un instante. Jesús sí puede manifestar el amor de Dios, amando como un ser humano.
Juan intenta trasmitirnos que, hablando con propiedad, Dios no puede ser amado. Él es el amor con el que yo amo, no el objeto de mi amor. Aquí está la razón por la que Jesús se olvida del primer mandamiento de la Ley: “amar a Dios sobre todas las cosas”. Jn comprendió perfectamente el problema, y deja muy claro que solo hay un mandamiento: amar a los demás, no de cualquier manera sino como Jesús nos ha amado. Es decir, manifestar plenamente ese amor que es Dios en nuestras relaciones con los demás.
No se puede imponer el amor por decreto. Todos los esfuerzos que hagamos por cumplir un «mandamiento» de amor están abocados al fracaso. El esfuerzo tiene que estar encaminado a descubrir a Dios que es amor dentro de nosotros. Todas las energías que empleamos en ajustarnos a una programación tienen que estar dirigidas a tomar conciencia de nuestro verdadero ser. Solo después de un conocimiento intuitivo de lo que Dios es en mí, podré descubrir los motivos del verdadero amor.
El amor del que nos habla el evangelio es mucho más que instinto o sentimiento. A veces tiene que superar sentimientos e ir más allá del instinto. Esto nos lleva a sentirnos incapaces de amar. Los sentimientos de rechazo a un terrorista pueden hacernos creer que nunca llegaré a amarle. El sentimiento es instintivo y anterior a la intervención de nuestra voluntad. El amor es más que sentimiento. La prueba de fuego del amor es el amor al enemigo. Si no llego hasta ese nivel, todos los demás amores son engañosos.
El amor no es sacrificio ni renuncia, sino elección gozosa. Esto que acaba de decirnos el evangelio no es fácil de comprender. Tampoco esa alegría de la que nos habla Jesús es un simple sentimiento pasajero; se trata de un estado permanente de plenitud y bienestar, por haber encontrado tu verdadero ser y descubrir que es inmutable. Una vez que has descubierto tu ser luminoso e indestructible desaparece todo miedo, incluido el miedo a la muerte. Sin miedo no hay sufrimiento. Surgirá espontáneamente la alegría.
Solo cuando has descubierto que lo que realmente eres no puedes perderlo, estás en condiciones de vivir para los demás sin límites. El verdadero amor es don total. Si hay un límite en mi entrega, aún no he alcanzado el amor evangélico. Dar la vida, por los amigos y por los enemigos, es la consecuencia lógica del verdadero amor. No se trata de dar la vida biológica muriendo, sino de poner todo lo que somos al servicio de los demás.
Ya no os llamo siervos. No tiene ningún sentido hablar de siervo y de señor. Más que amigos, más que hermanos, identificados en el mismo ser de Dios, ya no hay lugar ni para el “yo” ni para lo “mío”. Comunicación total en el orden de ser. Jesús se lo acaba de demostrar poniéndose un delantal y lavándoles los pies. La eucaristía dice exactamente lo mismo: Yo soy pan que me parto y me reparto para que me coman. Yo soy sangre (vida) que se derrama por todos para comunicarles esa misma Vida. Jesús lo compartió todo.
Os he hablado de esto para que vuestra alegría llegue a plenitud. Es una idea que no siempre hemos tenido clara en nuestro cristianismo. Dios quiere que seamos felices con una felicidad plena y definitiva, no con la felicidad que puede dar la satisfacción de nuestros sentidos. La causa de esa alegría es saber que Dios comparte su mismo ser con nosotros. Nos decía un maestro de novicios: “Un santo triste es un triste santo”.
No me elegisteis vosotros a mí, os elegí yo a vosotros. Debemos recuperar esta vivencia. El amor de Dios es lo primero. Dios no nos ama como respuesta a lo que somos o hacemos, sino por lo que es Él. Dios ama a todos de la misma manera, porque no puede amar más a uno que a otro. De ahí el sentimiento de acción de gracias en las primeras comunidades cristianas. De ahí el nombre que dieron los primeros cristianos al sacramento del amor. “Eucaristía” significa exactamente acción de gracias.
Cualquier relación con Dios sin un amor manifestado en obras será pura idolatría. La nueva comunidad no se caracterizará por doctrinas ni ritos ni normas morales. El único distintivo debe ser el amor manifestado. Jesús no funda un club cuyos miembros tienen que ajustarse a unos estatutos, sino una comunidad que experimenta a Dios como amor y cada miembro lo imita amando como Él. Esta oferta no la puede hacer la institución, por eso se muestra Jesús tan distante e independiente de todas ellas. Ninguna otra realidad puede sustituir lo esencial. Si esto falta no puede haber comunidad cristiana.
Meditación
Sin la experiencia de unidad con Dios
No podemos desplegar el verdadero amor.
El verdadero amor nos lleva al límite de lo humano.
No somos nosotros los que tenemos que amar.
Amar es deshacerme de todo lo que creo ser,
Para que solo quede en mí lo que hay de Dios
-B (Joan 15,9-17)
Evangelio del 6/mayo/2018
por Coordinador – Mario González Jurado
Poza ez da gauza erraza. Benetako zoriontasun-uneak parentesi labur huts izaten direla ematen du, bizitza batean non etengabe agertzen baitira oinazea, kezka eta aserik eza.
Zinezko pozaren misterioa aski arrotza da gizon-emakume askorentzat. Artean badakite, agian, algaraz barre egiten, baina ahaztua dute zer den irribarre gozo bat, norberaren izatearen hondoenetik aterea. Kasik denetik dute, baina ez ditu ezerk benetan asetzen. Objektu baliotsuz eta baliagarriz inguraturik bizi dira, baina doi-doi dakite ezer ere maitasunaz eta adiskidetasunaz. Hor dabiltza bizitzan mila zeregin eta kezkatan murgildurik, baina ahaztua dute pozik bizitzeko eginak garela.
Horregatik, zerbait esnatzen da gu baitan Jesusen hitzak entzuten ditugunean: hitz egin dizuet «nire gozamenean parte izan dezazun, eta zuen gozamena betea izan dadin». Gure poza makala da, txikia eta mehatxupean dago beti. Baina zerbait handi hitzeman digu Jainkoak. Jesusen pozean berean parte hartu ahal izatea. Geure egin dezakegu haren poza. Argia da Jesusen pentsaera. Maitasunik ez bada, ez da bizirik. Ez da berarekin komunikaziorik. Ez da Aitaren esperientziarik. Gure bizitzan, maitasuna falta bada, ez dago Jainkoaren hutsunea eta absentzia besterik. Jainkoaz hitz egin genezake, irudika genezake Jainkoa, baina esperimentatu ez, benetako gozamenaren iturri bezala. Orduan hutsunea idoloz betetzen da, sasi-jainkoz, Aitaren lekua betetzen dutenez; baina ezin ernearazi dute gugan gure bihotzak antsiatzen duen zinezko gozamena.
Gaur egungo kristauok, agian, gutxitan hartzen dugu gogoan Jesusen poza eta ez dugu ikasi bizitzaz «gozatzen», haren urratsei jarraituz. Haren deiak, egiazko zoriona bilatzeko, galdu egin dira hor nonbait hutsunean; agian, tematurik jarraitzen dugulako pentsatzen, zoriona aurkitzeko biderik seguruena boterea, dirua eta sexua berekin dituena dela.
Jesusen poza, Aitagan konfiantza garbia eta baldintzarik gabea bizi duen batena da. Bizitza eskerronez onartzen dakien batena. Bizitza osoa grazia edo onginahia dela aurkitu duen baten poza.
Baina bizitza guztiz triste galtzen da gugan, geuretzat bakarrik gorde nahi badugu, erregalu eskaintzen jakin gabe. Jesusen poza ez datza bizitzaz modu egoistan gozatzean. Bizia ematen dakienaren poza da eta, bizitza gero eta duinago eta sanoago hazteko eta garatzeko, behar diren baldintzak sortzen dakienarena. Horra Ebanjelioaren irakaspen giltzarrietako bat. Zoriontsu, mundu zoriontsuago bat egiten duena bakarrik da zoriontsu. Poza ezagutu, poza erregalu egiten dakienak bakarrik du ezagutzen poza. Bizi, biziarazten duena bakarrik da bizi.
José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain
-B (Joan 15,9-17)
Evangelio del 6/mayo/2018
No es fácil la alegría. Los momentos de auténtica felicidad parecen pequeños paréntesis en medio de una existencia de donde brotan constantemente el dolor, la inquietud y la insatisfacción.
El misterio de la verdadera alegría es algo extraño para muchos hombres y mujeres. Todavía saben quizá reír a carcajadas, pero han olvidado lo que es una sonrisa gozosa, nacida de lo más hondo del ser. Tienen casi todo, pero nada les satisface de verdad. Están rodeados de objetos valiosos y prácticos, pero apenas saben nada de amor y amistad. Corren por la vida absorbidos por mil tareas y preocupaciones, pero han olvidado que estamos hechos para la alegría.
Por eso, algo se despierta en nosotros cuando escuchamos las palabras de Jesús: os he hablado «para que participéis de mi gozo, y vuestro gozo sea completo». Nuestra alegría es frágil, pequeña y está siempre amenazada. Pero algo grande se nos promete. Poder compartir la alegría misma de Jesús. Su alegría puede ser la nuestra.
El pensamiento de Jesús es claro. Si no hay amor, no hay vida. No hay comunicación con él. No hay experiencia del Padre. Si falta el amor en nuestra vida, no queda más que vacío y ausencia de Dios. Podemos hablar de Dios, imaginarlo, pero no experimentarlo como fuente de gozo verdadero. Entonces el vacío se llena de dioses falsos que toman el puesto del Padre, pero que no pueden hacer brotar en nosotros el verdadero gozo que nuestro corazón anhela.
Quizá los cristianos de hoy pensamos poco en la alegría de Jesús y no hemos aprendido a «disfrutar» de la vida, siguiendo sus pasos. Sus llamadas a buscar la felicidad verdadera se han perdido en el vacío tal vez porque seguimos obstinados en pensar que el camino más seguro de encontrarla es el que pasa por el poder, el dinero o el sexo.
La alegría de Jesús es la de quien vive con una confianza limpia e incondicional en el Padre. La alegría del que sabe acoger la vida con agradecimiento. La alegría del que ha descubierto que la existencia entera es gracia.
Pero la vida se extingue tristemente en nosotros si la guardamos para nosotros solos, sin acertar a regalarla. La alegría de Jesús no consiste en disfrutar egoístamente de la vida. Es la alegría de quien da vida y sabe crear las condiciones necesarias para que crezca y se desarrolle de manera cada vez más digna y más sana. He aquí una de las enseñanzas clave del Evangelio. Solo es feliz quien hace un mundo más feliz. Solo conoce la alegría quien sabe regalarla. Solo vive quien hace vivir.
José Antonio Pagola
Hch 10,25-26.34-35.44-48: El don del Espíritu Santo se derramó
Salmo 97: El Señor revela a las naciones su justicia
1Jn 4,7-10: Dios es amor
Jn 15,9-17: Dar la vida por sus amigo
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros.»
La primera lectura de este domingo, el famoso episodio de la visita de Pedro a Cornelio, en el capítulo 10 de los Hechos de los Apóstoles, refleja simbólicamente un momento importante del crecimiento del «movimiento de Jesús»: su transformación en una comunidad abierta, transformación que le llevará más allá del judaísmo en el que nació. Dejará de identificarse con una religión étnica, una religión casada con una etnia y su cultura, religión étnica que se tenía por la elegida, y que miraba a todas las demás por encima del hombro considerándolas «los gentiles», dejados de la mano de Dios. Es un tema muy importante, y relativamente nuevo, en todo caso, desatendido por la teología tradicional. Para una homilía puede merecer la pena, más que insistir en el tema eterno del amor…
El pasaje se presta además para toda una lección de teología. Es bueno recomendar a los oyentes que no se queden con la referencia entrecortada que habrán escuchado en la lectura (una selección de unos cuantos versículos salteados), sino que la lean en casa despacio (sin más: “el capítulo 10” de los Hechos), y que saquen sus conclusiones. También se puede recomendar a los grupos de la comunidad parroquial que lo tomen para su estudio.
Pedro ni sus compañeros de comunidad, todavía no se llamaban «cristianos»… eran simplemente judíos conmovidos por la experiencia de Jesús. Y observaban todas las leyes del judaísmo. Una de ellas era la de no mezclarse con «los gentiles». Y eran leyes sagradas, normalmente observadas por todos, y cuyo incumplimiento implicaba incurrir en «impureza» y obligaba a molestas prácticas de purificación.
Pero Pedro da varios saltos hacia adelante. En primer lugar deja de considerar profano o impuro a ninguna persona, a pesar de que se lo mandaba la ley; es como el levantamiento de una condenación de impureza que pesaba sobre las “otras” religiones desde el punto de vista del judaísmo. Y en segundo lugar «cae en la cuenta» de que Dios no puede tener acepción de personas, ni de religiones, sino que no hace diferencia entre las personas según su etnia o su cultura-religión: acepta a quien practica la justicia, sea de la nación que sea. Es un salto tremendo el que dio Pedro.
Respecto al primer punto, de la valoración negativa de las demás religiones, en la historia subsiguiente se retrocedería: se llegaría a pensar que las otras religiones serían… no sólo inútiles, sino falsas, incluso dañinas, hasta diabólicas. Por poner sólo un ejemplo: el primer catecismo que se escribió en América Latina, nada menos que por el profético Pedro de Córdoba, superior de la comunidad dominica de Antonio Montesinos, declara en su primera página: «Sabed y tened por cierto que ninguno de los dioses que adoráis es Dios ni dador de vida; todos son diablos infernales».
Respecto al segundo punto, la «no acepción de personas por parte de Dios en lo que se refiere a razas, culturas y religiones», o lo que es lo mismo, la igualdad básica ante Dios de todos los seres humanos –incluyendo todas sus culturas y religiones-, hoy mismo continuamos en retroceso con relación a Pedro: la posición oficial de la Iglesia católica dice que las «otras» religiones «están en situación salvífica gravemente deficitaria» (Dominus Iesus 22).
Paradójicamente, la posición de Pedro en los Hechos de los Apóstoles resulta más afín a la mentalidad de hoy que nuestra teología oficial actual. Es por ello por lo que, en este domingo, confrontarse con la Palabra de Dios puede traducirse en una aplicación concreta a nuestras maneras de pensar respecto a las otras religiones. En el guión subsiguiente proporcionamos algunas cuestiones para un tratamiento pedagógico del tema.
El evangelio de hoy, de Juan, es el del mandamiento nuevo, el mandamiento del amor. Pocas palabras deben saturamos tanto en el lenguaje cotidiano como ésta: «amor». La escuchamos en la canción de moda, en la conductora superficial de un programa de televisión (tan superficial como su animadora), en el lenguaje político, en referencia al sexo, en la telenovela (más superficial aún que la animadora, si eso es posible)… Se usa en todos los ámbitos, y en cada uno de ellos significa algo diferente. ¡Pero, sin embargo, la palabra es la misma!
El amor en sentido cristiano no es sinónimo de un amor «rosado», sensual, placentero, dulzón y sensiblero del lenguaje cotidiano o posmoderno. El amor de Jesús no es el que busca su placer, su «sentir», o su felicidad sino el que busca la vida, la felicidad de aquellos a quienes amamos. Nada es más liberador que el amor; nada hace crecer tanto a los demás como el amor, nada es más fuerte que el amor. Y ese amor lo aprendemos del mismo Jesús que con su ejemplo nos enseña que «la medida del amor es amar sin medida».
Aquí el amor es fruto de una unión, de «permanecer» unidos a aquel que es el amor verdadero. Y ese amor supone la exigencia -«mandamiento»- que nace del mismo amor, y por tanto es libre, de amar hasta el extremo, de ser capaces de dar la vida para engendrar más vida. El amor así entendido es siempre el «amor mayor», como el que condujo a Jesús a aceptar la muerte a que lo condenaban los violentos. A ese amor somos invitados, a amar «como» él movidos por una estrecha relación con el Padre y con el Hijo. Ese amor no tendrá la liviandad de la brisa, sino que permanecerá, como permanece la rama unida a la planta para dar fruto. Cuando el amor permanece, y se hace presente mutuamente entre los discípulos, es signo evidente de la estrecha unión de los seguidores de Jesús con su Señor, como es signo, también, de la relación entre el Señor y su Padre. Esto genera una unión plena entre todos los que son parte de esta «familia», y que llena de gozo a todos sus miembros donde unos y otros se pertenecen mutuamente aunque siempre la iniciativa primera sea de Dios.
Nota: no hay en la serie «Un tal Jesús» un capítulo que refleje el evangelio de este domingo.