DOMINGO 18 (A) – Fray Marcos

(Mt 14,13-21)

Si no me acerco al que me necesita, también me estaré alejando del Dios.

Seis veces se dice en los evangelios que Jesús da de comer a una multitud. Es seguro que algo muy parecido, pasó en realidad y probablemente más de una vez. Lo importante es lo que nos quieren decir al contarnos esta historia. Más allá del fácil recurso al milagro, descubramos el mensaje que nos invita a compartir lo que somos.

Entendido como un milagro, nos quedamos sin el verdadero mensaje. Podíamos decir que es una parábola en acción. También hace falta “oídos” y “ojos” bien abiertos para entenderla. El punto de inflexión del relato está en las palabras de Jesús: “dadles vosotros de comer”. No entraba en los planes del grupo preocuparse de los demás.

Tampoco podemos utilizar el relato como un argumento para demostrar la divinidad de Jesús. El sentido de la vida de Jesús salta hecho añicos cuando suponemos que era un ser humano, pero con el comodín de la divinidad que podía utilizar a capricho.

Aunque no se dice que los panes y peces se multiplicaran, realmente fue un verdadero “milagro” que un grupo tan numeroso de personas compartiera todo lo que tenían hasta conseguir que nadie quedara con hambre. En aquel tiempo no se podía repostar por el camino, todo el que salía de casa iba provisto de alimento para todo ese tiempo.

Si estamos abiertos, en el mismo relato encontraremos claves para la interpretación. Los discípulos se dan cuenta de la situación y actúan con toda lógica: es su problema, ellos deben solucionárselo. Jesús da una solución menos sensata: “dadles vosotros de comer”. Soluciona el problema provocando la generosidad y el compartir en cada uno.

Los libros de la Ley eran cinco; y dos el resto de la Escritura: Profetas y Escritos. El número siete (5+2) es símbolo de plenitud. 5000 (cien grupos de cincuenta) es simbólico. Los doce cestos aluden a las doce tribus. La mirada al cielo, el recostarse en la hierba… Son los elementos que permiten interpretar el relato, más allá de la letra.

Jesús no pidió a Dios que solucionara el problema, sino que se lo pidió a sus discípulos. El verdadero sentido del texto está en otra parte. La dinámica normal nos dice que el “pan” indispensable para la vida, tenemos que conseguirlo con dinero; porque alguien lo acapara y no lo deja llegar a su destino más que cumpliendo unas condiciones que el que lo retiene impone; el precio. Jesús librar el pan de ese acaparamiento injusto.

Hoy las lecturas son un buen punto de partida para la reflexión. La 1ª nos advierte que la comida material ni alimenta ni da hartura espiritual. Solo cuando se escucha a Dios se alimenta la verdadera Vida. La 2ª nos indica donde está lo más importante para cualquier ser humano: el amor que Dios nos tiene y se manifestó en Jesús.

Después de un día con Jesús, el pueblo fue capaz de compartir lo poco que tenían. Ese es el verdadero mensaje. Nosotros, después de años junto a Jesús, ¿qué somos capaces de compartir? No hay distinción entre el pan material y el alimento espiritual. Al compartir lo que somos y tenemos, nos alimentándonos de verdad.

El relato no separa el nivel espiritual y el material. La compasión y el compartir son la clave de toda identificación con Jesús. Es inútil insistir porque es el tema de todo el evangelio. Personalmente creo que las comidas de Jesús con el pueblo, incluso con los pecadores, tuvo más que ver con la aparición de la eucaristía que la última cena.

La eucaristía comenzó como una comida en la que todo se compartía. Cada vez que se comparte el pan, se comparte la Vida y se hace presente a Dios que es Vida-Amor. La eucaristía es memoria de esta actitud de Jesús que se partió y repartió. Al partirse y repartirse, hizo presente a Dios que es don total. El pan que alimenta es el que se da.

Urteko 18. igandea – A – José A. Pagola

(Mateo 14,13-21)

NOLA BEDEINKATU MAHAIA – ¿Cómo bendecir la mesa?

Ia konturatu gabe eta askotariko faktorek eraginik, gizatasuna kentzen ari gatzaizkio hain bihozkoia eta gizatiarra den keinu honi: otordua elkarrekin egiteko mahaian esertzeari.

Otordua, jende askorentzat, funtzional huts bihurtu da. Berrantolatu beharra dugu hori, laster eta zehazki, lanaldiaren barruan. Gero eta ezohikoagoa da familiaren topaketaren une pribilegiatu hori mahaiaren inguruan egitea. Etxe askotan, beraren inguruan familia biltzeko egina den mahai horrek ez du balio jadanik gurasoek eta seme-alabek topo egin dezaten, ez die balio beren bizia parteka dezaten, beraren inguruan elkarrekin hitz egin eta atseden dezaten.

Beste batzuk, berriz, ohitzen ari dira otordu inpertsonaletara «beren erakundea elikatzeko», jatetxeetan edota txandako self-serviceko txokoren batean. Ez jende gutxi beharturik gertatzen da otordu protokolario edo lanekoetan parte hartzera, zeinetan elkarrekin jatearen keinu adiskidetsuaren ordez, interesa, pragmatismoa edo handigura izaten baitira nagusi.

Jesusen keinua, otordu xume bat elkarrekin partekatzeko, jendeari esertzeko egin dion gonbita, hartu dugun ogiagatik Jainkoa bedeinkatzearekin batera, dei ona izan daiteke guretzat. Xabier Basurkok bere «Ogia partekatu» idazkian mamitsu adierazi duenez, jatea «organismoan kaloria-anoa jakin bat sartzea baino gehiago da».

Gure jan beharra, beste ezer baino gehiago, oinarrizko gure behartasunaren zeinua da. Ilun samar bada ere, gizakiok sumatzen dugu ez dugula oinarria geure burua. Izatez, besterengandik hartuz eta hartuz bizi gara, lurra dela medio, bakoitzari egunero erregalatzen zaigun bizitzaz elikatuz. Horregatik, gauza sakonki gizatiarra da otorduaren aurretik barne-biltze bat egitea, Jainkoari janaria eskertzeko, gizakiaren ahaleginaren eta lanaren fruitu duguna; aldi berean, ordea, bizitza sostengatzen duen Jainko kreatzailearen erregalu dena jatorriz.

Baina, gainera, jatea ez da biologia-izaerako egintza indibidualista huts bat. Gizakia beste batzuekin jan dezan egina da, mahaia familiartekoekin eta adiskideekin partekatuz. Otordua elkarrekin egite hori senide-artekotasuna elikatzea da, elkarrizketa egitea, adiskidetasuna handitzea, bizitzaren erregalua partekatzea.

Horregatik izaten da hain zaila Jainkoari eskerrak ematea batek behar duen janaria baino gehiago duenean, jakinik beste asko miseria eta gosea jasaten ari dela. Gandhiren hitz haiek akusatzen gaituzte: «Premiarik gabe jaten ari zaren guztia lapurreta egitea da behartsuaren urdailari». Agian, ongizatearen lurraldeetan ikasi beharra dugu mahaia beste era batean bedeinkatzen: Jainkoari eskerrak emanez, baina, aldi berean, barkazioa eskatuz geure solidaritate-faltaz, eta Lurrean gose direnen aurrean dugun erantzukizuna gogoan hartuz.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

18 Tiempo ordinario – A (Mateo 14,13-21)

¿CÓMO BENDECIR LA MESA?

Casi sin darnos cuenta y empujados por diversos factores, hemos ido deshumanizando poco a poco ese gesto tan entrañable y humano que es sentarse a la mesa a comer juntos.

La comida se ha convertido para muchos en algo puramente funcional que es necesario organizar de manera rápida y precisa dentro de la jornada laboral. Cada vez es más raro ese momento privilegiado de encuentro familiar en torno a la mesa. En muchos hogares, esa mesa hecha para ser rodeada ya no sirve para que padres e hijos se encuentren, compartan sus vidas, conversen y descansen juntos.

Otros se van habituando a «alimentar su organismo» en esas comidas impersonales de los restaurantes o en el rincón del self-service de turno. No pocos se ven obligados a participar en comidas protocolarias o de trabajo, donde el gesto amistoso del comer juntos es sustituido por el interés, el pragmatismo o la ostentación.

El gesto de Jesús invitando a las gentes a recostarse para compartir juntos una comida sencilla, bendiciendo a Dios por el pan que recibimos, puede ser una llamada para nosotros. Como expone jugosamente Xabier Basurko en su estudio Compartir el pan, comer es mucho más que «introducir una determinada ración de calorías en el organismo».

La necesidad de alimentarnos es, antes que nada, signo de nuestra indigencia radical. Oscuramente, los seres humanos percibimos que no nos fundamentamos a nosotros mismos. En realidad, vivimos recibiendo, nutriéndonos de una vida que, a través de la tierra, se nos regala día a día a cada uno. Por eso es un gesto profundamente humano recogerse antes de comer para agradecer a Dios esos alimentos, fruto del esfuerzo y trabajo del hombre, pero, al mismo tiempo, regalo originario del Dios creador que sustenta la vida.

Pero, además, comer no es solo un acto individualista de carácter biológico. El ser humano está hecho para comer con otros, compartiendo su mesa con familiares y amigos. Comer juntos es confraternizar, dialogar, crecer en amistad, compartir el regalo de la vida.

Por eso es tan difícil dar gracias a Dios cuando uno tiene más comida que la que necesita mientras otros sufren miseria y hambre. Nos sentimos acusados por aquellas palabras de Gandhi: «Todo lo que comes sin necesidad lo estás robando al estómago de los pobres». Tal vez en los países del bienestar hemos de aprender a bendecir la mesa de otra manera: dando gracias a Dios, pero, al mismo tiempo, pidiendo perdón por nuestra insolidaridad y tomando conciencia de nuestra responsabilidad ante los hambrientos de la Tierra.

José Antonio Pagola

18º domingo T.O. -A-  Koinonía

Isaías 55,1-3

Venid y comed

Así dice el Señor: «Oíd, sedientos todos, acudid por agua, también los que no tenéis dinero: venid, comprad trigo, comed sin pagar vino y leche de balde. ¿Por qué gastáis dinero en lo que no alimenta, y el salario en lo que no da hartura? Escuchadme atentos y comeréis bien, saborearéis platos sustanciosos. Inclinad el oído, venid a mí: escuchadme, y viviréis. Sellaré con vosotros alianza perpetua, la promesa que aseguré a David.»

Salmo responsorial: 144

Abres tú la mano, Señor, y nos sacias de favores.

El Señor es clemente y misericordioso, / lento a la cólera y rico en piedad; / el Señor es bueno con todos, / es cariñoso con todas sus criaturas. R.

Los ojos de todos te están aguardando, / tú les das la comida a su tiempo; / abres tú la mano, / y sacias de favores a todo viviente. R.

El Señor es justo en todos sus caminos, / es bondadoso en todas sus acciones; / cerca está el Señor de los que lo invocan, / de los que lo invocan sinceramente. R.

Romanos 8,35.37-39

Ninguna criatura podrá apartaros del amor de Dios, manifestado en Cristo

Hermanos: ¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?: ¿la aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada? Pero en todo esto vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro.

Mateo 14,13-21

Comieron todos hasta quedar satisfechos

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan, el Bautista, se marchó de allí en barca, a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Al desembarcar, vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: «Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer.» Jesús les replicó: «No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer.» Ellos le replicaron: «Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.» Les dijo: «Traédmelos.» Mandó a la gente que se recostara en la hierba y, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

 COMENTARIO A LOS TEXTOS BÍBLICOS:

La segunda parte del libro de Isaías, a la que pertenece la primera lectura de la liturgia de este domingo nos invita a hacer una valoración experiencial y sapiencial de la Palabra de Dios. Esta pequeña exhortación “cierra” los capítulos anteriores, desde el 40 hasta el 55, y ofrece una poderosa clave de lectura para comprender toda la segunda parte del libro. Además termina con el famoso texto que compara la Palabra de Dios con la lluvia vivificadora (Is 55,10-11).

El hambre y la sed son mecanismos fundamentales de los seres vivos. Todo ser viviente necesita nutrición e hidratación, pero en los seres humanos, estas necesidades biológicas tienen carácter social. En muchas culturas humanas –no todas-, compartir la bebida y el alimento son mecanismos de socialización y de integración. El autor toma, entonces, esta necesidad vital y la traslada al campo de la fe para mostrarnos que para el creyente la Palabra de Dios es algo más que una comunicación divina. La Palabra de Dios se convierte así en una necesidad inaplazable que alimenta nuestro ser y nos vivifica. Jesús mismo, retomando las reflexiones del Deuteronomio (Dt 8,3; 6,13), combate la tentación contraponiendo la voluntad divina al inmediatismo humano (Lc 4,3-4). El problema de la humanidad no es únicamente la satisfacción de las necesidades básicas, sino, también, hacer surgir y formar una consciencia que exija la justa distribución de los recursos, que lleve a que la humanidad cultive lo mejor de sí y lo entregue como solidaridad y justicia en un proyecto social alternativo al proyecto egoísta.

Pero el autor, como buen poeta y profeta, no se contenta con hacer una arenga o una instrucción legal; busca, por medio de la imagen asociada a los mejores frutos (trigo, vino, leche), que el lector encuentre no sólo consuelo sino deleite. La Palabra de Dios se convierte así en un manjar sabroso que puede ser degustado por la pura gratuidad divina. El olor del amasijo fresco, del vino bien conservado y de la leche fresca nos recuerdan los dones que Dios le ha dado a su pueblo; dones que ayudan al ser humano a construir un cuerpo vigoroso pero que deben ser acompañados por una degustación asidua de su Palabra.

Isaías nos hace una invitación a degustar con sabiduría todos los dones que Dios nos ofrece, sabiendo que lo mejor que podemos ofrecer nosotros mismos es la gratitud activa, que revierte sobre los menos favorecidos los dones que unos pocos acaparan. Lo mismo ocurre con la Palabra de Dios, debe ser entregada con sabiduría y generosidad de modo que el pueblo de Dios no desfallezca. La Palabra de Dios nos invita y convoca a hacer de este ‘valle de lágrimas’ un jardín frondoso donde florezca la justicia y la sabiduría (Sal 72,1-9).

En el evangelio de Mateo, la multiplicación y los peces nos evoca la gran tentación de considerar que únicamente la satisfacción de las necesidades básicas nos conduce al Reino. Jesús se preocupó de que sus discípulos fueran mediadores efectivos frente a las necesidades del pueblo, pero no recurriendo a la mentalidad mercantilista que reduce todo a la presencia o ausencia de dinero (Mt 14,15). Es muy fácil, a falta de un benefactor, despedir a la multitud hambrienta para que cada cual consiga lo necesario. Pero Jesús no quiere eso; él pide a sus seguidores que sean ellos mismos quienes se ofrezcan a ser agentes de la solidaridad, ofreciendo lo que son y todo (lo poco) que tienen. Entonces la ración de tres personas, cinco panes y dos peces, se convierte en el incentivo para que todos aporten desde su pobreza y pueda ser alimentado todo el pueblo de Dios, que es lo que simbolizan las doce canastas. En la intención del evangelista, Jesús demuestra de este modo que el problema no es la carencia de recursos, sino la falta de solidaridad. «Cuando el pobre crea en el pobre, ya podremos cantar ¡Libertad!», dice el canto conclusivo de la «Misa Salvadoreña».

Lo que nos acerca a Jesús no son los muchos rezos o ceremonias, sino el amor incondicional a su Causa, ¡el Reino, la Utopía! Algo que hizo diferente a Jesús de todos los predicadores de la época fue su capacidad para despertar los mejores sentimientos de la gente: amor, generosidad y respeto. Nosotros deberíamos amar a Jesús con el mismo tipo de amor con el que él nos ama. Si el nos amó con un amor solidario, generoso, compasivo… nosotros no podemos responderle con melifluas plegarias o explosiones de emotividad, porque esto no sería amor comprometido. Por eso, si entendemos con qué amor Jesús nos amó, estaremos seguros de lo que proclama Pablo: nada nos puede separar del amor de Cristo.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 57 de la serie «Un tal Jesús», de los hermanos LÓPEZ VIGIL, titulado «Cinco panes y dos peces». El audio, su guión y el comentario bíblico-teológico pueden ser tomados de aquí: https://radialistas.net/57-cinco-panes-y-dos-peces/.

De la serie «Otro Dios es posible», la entrevista 21 «¿Multiplicó panes y peces?» [https://radialistas.net/21-multiplico-panes-y-peces/], y la 31 «¿Dios hace milagros?» https://radialistas.net/31-dios-hace-milagros/»] pueden ser tomadas como punto de partida para un debate pedagógico sobre el tema del evangelio.

Parábolas para tiempo de crisis (III) – José Luis Sicre

DOMINGO 17. CICLO A : Escucha

En los dos domingos anteriores, el discurso en parábolas ha respondido a tres preguntas que se hace la antigua comunidad cristiana y que nos seguimos planteando nosotros:

1) ¿Por qué no aceptan todos el mensaje de Jesús? (parábola del sembrador).

2) ¿Qué hacer con quienes no lo aceptan? (el trigo y la cizaña).

3) ¿Tiene futuro esta comunidad tan pequeña? (el grano de mostaza y la levadura)

Quedan todavía otras dos preguntas por plantear y responder.

¿Vale la pena?

La pregunta que puede seguir rondando en la cabeza de los seguidores de Jesús es si todo esto vale la pena. A la pregunta responden dos parábolas muy breves, aparentemente idénticas en el desarrollo y con gran parecido en las imágenes. Por eso se las conoce como las parábolas del tesoro y la perla. Lo que ocurre en ambos casos es lo siguiente:

  1. a) El protagonista descubrealgo de enorme valor.
  2. b) Con tal de conseguirlo, vendetodo lo que tiene.
  3. c) Comprael objeto deseado.

Sin embargo, hay curiosas diferencias entre las dos parábolas, empezando por los protagonistas.

El suertudo y el concienzudo (el tesoro y la perla)

El protagonista de la primera es un hombre con suerte. Mientras camina por el campo, encuentra un tesoro. Su primera reacción no es llevarlo a la oficina de objetos perdidos (que entonces no existe) ni poner un anuncio en el periódico (que tampoco existe). Ante todo, lo esconde. Repuesto de la sorpresa, se llena de alegría y decide apropiarse del tesoro, pero legalmente. La única solución es comprar el campo. Es grande y caro. No importa. Vende todo lo que tiene y lo compra.

El protagonista de la segunda parábola es muy distinto. No pierde el tiempo paseando por el campo. Es un comerciante concienzudo que va en busca de perlas de gran valor. Por desgracia, la traducción litúrgica ignora este aspecto: en vez de “El Reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas”, debería decir “a un comerciante en busca de perlas finas”. No la encuentra por casualidad, va tras ella con ahínco. Como buen comerciante, calculador y frío, no salta de alegría cuando la encuentra, igual que el protagonista de la primera parábola. Pero hace lo mismo: vende todo lo que tiene para comprarla.

La perla y el comerciante. Otra diferencia curiosa es que la primera parábola compara el Reino de los Cielos con un tesoro, pero la segunda no lo compara con una perla preciosa, sino con un comerciante. Este detalle ofrece una pista para interpretar las dos parábolas.

Ni bonos basura ni timo de la estampita. No olvidemos que estas parábolas se dirigen a una comunidad que sufre una crisis profunda y se pregunta si ser cristiano tiene valor. En términos modernos: ¿me han vendido bonos basura o me han dado el timo de la estampita? La respuesta pretende revivir la experiencia primitiva, cuando cada cual decidió seguir a Jesús. Unos entraron en contacto con la comunidad de forma puramente casual, y descubrieron en ella un tesoro por el que merecía la pena renunciar a todo. Otros descubrieron la comunidad tras años de inquietud religiosa y búsqueda intensa, como ocurrió a numerosos paganos en contacto previo con el judaísmo; también éstos debieron renunciar y vender para adquirir.

Las parábolas, aparte de infundir ilusión, animan también a un examen de conciencia. ¿Sigue siendo para mí la fe en Jesús y la comunidad cristiana un tesoro inapreciable o se ha convertido en un objeto inútil y polvoriento que conservo sólo por rutina?

Al mismo tiempo, nos enseñan algo muy importante: es el cristiano, con su actitud, quien revela a los demás el valor supremo del Reino. Si no se llena de alegría al descubrirlo, si no renuncia a todo por conseguirlo, no hará perceptible su valor. Estas parábolas parecen decir: «Cuando te pregunten si ser cristiano vale la pena, no sueltes un discurso; demuestra con tu actitud que vale la pena».

¿Qué ocurrirá a quienes aceptan el Reino, pero no viven de acuerdo con sus ideales?

A esta última pregunta responde la parábola de la red lanzada al mar. No queda claro si se habla de toda la humanidad, donde hay buenos y malos, o de la comunidad cristiana, donde puede ocurrir lo mismo. Ya que el tema del juicio universal se ha tratado a propósito del trigo y la cizaña, parece más probable que se refiera al problema interno de la comunidad cristiana. Interpretada de este modo, empalmaría muy bien con las dos anteriores. Hay gente dentro de la comunidad que no vive de acuerdo con los valores del evangelio, que no mantiene esa experiencia de haber descubierto un tesoro o una perla. ¿Qué ocurrirá con ellos? La respuesta es muy dura («a los malos los echarán al horno encendido») pero conviene completarla con la última parábola del evangelio de Mateo, la del Juicio final (Mt 25,31-46), donde queda claro cuáles son los peces buenos y cuáles los malos. Los buenos son quienes, sabiéndolo o no, dan de comer al hambriento, de beber al sediento, visten al desnudo, hospedan al que no tiene techo… Los que ayudan al necesitado, aunque ni siquiera intuyan que dentro de ellos está el mismo Jesús.

Conclusión

Mateo termina las siete parábolas comparando al predicador del evangelio con un padre de familia. Parece un nuevo enigma, esta vez sin explicación. En sentido inmediato, el escriba que entiende del reinado de Dios es Jesús. Para exponer su mensaje ha usado cosas nuevas y viejas. Del baúl de sus recuerdos ha sacado cosas antiguas: alguna alusión al Antiguo Testamento, la técnica parabólica y el lenguaje imaginativo de los profetas. Pero la mayor parte consta de cosas nuevas, fruto de su experiencia y de su capacidad de observación: la vida del campesino, del ama de casa, del pescador, del comerciante, de la gente que lo rodea, le sirven para exponer con interés su mensaje. Por eso, la comparación final es también una invitación a los discípulos y a los predicadores del evangelio a ser creativos, a renovar su lenguaje, a no repetir meramente lo aprendido.

La primera lectura

La primera lectura nos invita a pedir a Dios esta sabiduría, igual que Salomón se la pidió para gobernar a su pueblo.

Reflexión final

El discurso en parábolas nos ha ocupado tres domingos. Su problemática es tan actual e interesante que ha merecido la pena. Dada la situación actual de la iglesia, quizá su mayor mensaje es el de esperanza y entusiasmo. Seguir a Jesús merece la pena y tiene futuro, con tal de renunciar a ser cedro del Líbano y contentarnos con ser árbol de mostaza. Aunque pequeña, como la levadura, la comunidad cristiana siempre podrá hacer el bien a los pájaros del cielo, aunque no se queden a anidar en sus ramas.

Una pausa para el alma

DOMINGO 17 -A – Fray Marcos

Mt 13,44-52

El tesoro es mi esencia. No tengo que alcanzarlo, sino descubrirlo, valorarlo y vivirlo.

El tesoro y la perla son dos símbolos que tienen un mismo mensaje. Si lo descubrimos, apreciaremos en su justa medida todo lo demás. No se trata de un descubrimiento racional, sino de una experiencia profunda y viva. Seguimos empeñados en descubrir al falso Dios que hemos creado y está solo en nuestra mente y eso es imposible.

El mensaje es idéntico, pero tiene matices diferentes en cada uno. En un caso, el encuentro es fortuito. Y en el otro, es consecuencia de una búsqueda. Otro matic es que en la primera se identifica el Reino con el tesoro, pero en la segunda se identifica con el comerciante que busca. El mensaje hay que buscarla en el conjunto del relato.

Las dos opciones se hacen con un grado de incertidumbre. Los dos se arriesgan a deshacerse de todo lo demás, a pesar de no contar con seguridad absoluta. La parábola no juzga la moralidad de las acciones narradas; simplemente propone unos hechos para que nosotros nos traslademos a otro ámbito donde no necesito seguridades.

Tanto el campesino, como el comerciante, obran de forma fraudulenta y por lo tanto injusta. Los dos se aprovechan de unos conocimientos privilegiados para engañar. No actúan por desprendimiento sino por egoísmo. “Renuncian” a unos vienes para conseguir bienes mayores. Su objetivo es conseguir una vida material mejor.

El punto de inflexión en las dos parábolas es el mismo: “vende todo lo que tiene y compra”. Sería sencillamente una locura. Si vende todo lo que tiene para comprar la perla, ¿qué comería al día siguiente? ¿Dónde viviría? Esa imposibilidad radical en el orden material, es lo que nos hace saltar a otro orden, en el que sí es posible.

Nada vamos a conseguir si previamente no descubrimos lo que somos. Nuestra principal tarea será tomar conciencia de esa Realidad. Si la descubrimos, prácticamen­te está todo hecho. La parábola al revés, no funciona. El vender todo lo que tienes, antes de descubrir el tesoro (que es lo que nos ha propuesto) no es garantía ninguna de éxito.

El tesoro no es Jesús. Jesús descubrió la divinidad dentro de él. Éste es el principal dogma cristiano. “Yo y el Padre somos uno”. Tampoco la Escritura es el tesoro. La Escritura es el mapa, que puede conducir al tesoro. No podemos presentar la Iglesia como tesoro. En todo caso, sería el campo donde tengo que cavar para encontrarlo.

El tesoro es el mismo Dios. Es la verdadera Realidad que soy, y que son todas los demás. En cuanto las religiones olvidan esto, se convierten en ideologías esclavizantes. El tesoro, la perla no representan grandes valores, sino una realidad que está más allá de toda valoración. Ver a Dios como contrario a otros valores es hacerle ídolo.

Vivimos en una sociedad que funciona a base de trampas. Si fuésemos capaces de llamar a las cosas por su nombre, esta sociedad quedaría colapsada. Si todos nos convenciéramos de que ni el dinero ni la salud ni el poder ni el sexo ni la religión son los valores supremos, nuestra sociedad quedaría inmediatamente purificada.

No se trata de despreciar nada, sino de tener claro lo que vale de veras. El tesoro nunca será incompatible con todos los demás valores que nos hacen más humanos. Es una tentación tener que elegir entre bien y mal. Esta postura es radicalmente equivocada. Debemos tener claro dónde está el valor supremo y que valores son relativos o falsos.

El gran problema de estas dos parábolas es que elegir supone conocer. No basta que nos digan que esto o aquello es lo mejor. Si no descubro el valor absoluto de lo que he encontrado, nunca me decidiré por superar el apego a todo lo demás. Si tengo que hacerme violencia para tomar una decisión espiritual, es que no he entendido nada.

Urteko 17. igandea – A – José A. Pagola

JAINKOAREN BILA IBILI – BUSCAR A DIOS

Ikerketa soziologikoek diote, krisialdi erlijiosoa «ezaxola» geroz handiagorantz lerratzen ari dela Europan. Ezaxola barea, Jainkoari buruzko planteamendu guztitik arrotz. Halaz guztiz, gero eta gehiago dira, «Jainkoaren nostalgia» nolabaiteko batek eraginik, «zerbait desberdina» bilatu beharra sentitzen ari direnak, Jainkoagan sinesteko era berri bat bilatu beharra.

Jakina, nork bere esperientziatik abiatu beharko du. Ezin jokatu duzu zeure burua beste baten kopia bihurtuz. Ezin egingo da ezer, ez beharturik, ez ordezko batez. Norberak ezagutzen ditu bere desioak eta miseriak, bere hutsuneak eta bere beldurrak. Norberak ezagutzen du Jainkoaz duen bere «beharra». Jainkoaren ahotsa ez da isiltzen sekula. Ez du oihu egiten bere mihiaz, baina bihotzera xuxurlatzen digu.

Horregatik preseski, ez da aski Jainkoaren bila kanpoan ibiltzea: liburuetan, sesioetan, eztabaidetan. Gauza bat da «erlijioaz eztabaida egitea», eta beste bat, oso bestelakoa, Jainkoaren bila bihotz egiatiaz ibiltzea. Norbera konturatzen da, garbi asko, noiz ari den Jainkoagandik ihes egin nahiz eta noiz ari den egiaz beraren bila. San Agustinek esana da: «Ez zaitez barreiatu. Barnez bil zaitez zeure hondo-hondoan. Egiak gizakiaren barnean du bere egoitza».

Jainkoaren bila ibiltzeak bere lana du, baina topo egitea ez da sekula nahikeria fanatiko baten emaitza, ezta aszesi amorratu batena ere. Jainkoa opari bat da, erregalu bat da, eta inporta duena bera «arima xumez» onartzea da. Har dezagun gogoan Georges Bernanosen «Karmeldarren Elkarrizketa»ko ama nagusi adinekoaren gogoeta: «Behin haurtzarotik irtenez gero, asko sufritu behar da bertara itzultzeko, egunsentira berriro itzultzeko gau luze bat igaro behar izaten den bezala. Itzuli al naiz ni berriro haur bat izatera?».

Ez da egokiena Jainkoaren bila ibiltzea, soilik norberaren intuizioetan sostengatuz. Era asko izaten dira nork bere burua engainatzeko edota nor bere zilborraren jirabiraka ibiltzeko: nor bere sentimenduen eta ideien jirabiraka. Horregatik, hobe dugu norberaren esperientzia Jainkoaz izan duen bere bizipenetik gida gaitzakeen beste norbaitekin partekatzea eta erkatzea. Elkarrekin partekatze hori izan daiteke estimulu edo eraginik hoberena Jainkoaren bila jarraitzeko.

«Landan ezkutuan zegoen altxorra» delako parabolan, altxorraz jabetzeko, den-dena «poz-pozik» saldu duen gizakiaz mintzo zaigu Jesus. Jainkoaren bila ibiltzeak ez du eragiten, ez tristurarik, ez nahigaberik; aitzitik, poza eta bakea sortzen ditu, orduan hasten baita pertsona bat ikusten non dagoen benetako zoriona. Gogora dezagun San Agustin: «On egiten duenak bakarrik egin dezake gizakia zoriontsu».

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

17 Tiempo ordinario – A (Mateo 13,44-52)

BUSCAR A DIOS

Los estudios sociológicos dicen que la crisis religiosa se va deslizando en Europa hacia una «indiferencia» cada vez mayor. Una indiferencia tranquila, ajena a todo planteamiento sobre Dios. Sin embargo, son cada vez más los que, movidos por una cierta «nostalgia de Dios», sienten la necesidad de buscar «algo diferente», una manera nueva de creer en él. ¿Cómo buscar a Dios?

Sin duda, cada uno ha de partir de su propia experiencia. No hay que copiar a otros. No hay que hacer nada forzado ni postizo. Cada uno conoce sus propios deseos y miserias, sus vacíos y sus miedos. Cada uno sabe su «necesidad» de Dios. Su voz no calla nunca. No grita con los labios, pero nos susurra al corazón.

Por eso precisamente no basta buscar a Dios por fuera: en los libros, las discusiones o el debate. Una cosa es «discutir de religión» y otra muy distinta buscar a Dios con sincero corazón. Uno mismo se da cuenta cuándo está huyendo de Dios y cuándo lo está buscando de verdad. San Agustín decía así: «No te desparrames. Concéntrate en tu intimidad. La verdad reside en el hombre interior».

Buscar a Dios exige esfuerzo, pero encontrarse con él no es nunca resultado de un voluntarismo fanático ni de una ascesis crispada. Dios es un regalo, y lo importante es acogerlo con «simplicidad de alma». Recordemos la reflexión de la vieja priora en el Diálogo de carmelitas de Georges Bernanos: «Una vez salidos de la infancia, hay que sufrir mucho para volver a ella, como solo después de una larga noche vuelve a aparecer de nuevo la aurora. ¿He vuelto yo a ser de nuevo niño?».

No es lo más acertado buscar a Dios apoyándonos solo en las propias intuiciones. Hay muchas formas de engañarse o de andar dando vueltas sobre uno mismo, sobre nuestros sentimientos e ideas. Por eso es mejor compartir y contrastar la propia experiencia con alguien que nos pueda guiar desde su vivencia de Dios. Ese mutuo compartir puede ser el mejor estímulo para seguir buscándolo.

En su parábola del «tesoro escondido en el campo», Jesús habla del hombre que, «lleno de alegría», vende todo lo que tiene por hacerse con el tesoro. Buscar a Dios no produce tristeza ni amargura; al contrario, genera alegría y paz, porque la persona comienza a descubrir dónde está la verdadera felicidad. Recordemos a san Agustín: «Solo lo que hace bueno al hombre puede hacerlo feliz».

José Antonio Pagola

 

Urteko 17. igandea – A – Koinonía

(Mateo 13,44-52)

1Reyes 3,5.7-12

Pediste discernimiento

En aquellos días, el Señor se apareció en sueños a Salomón y le dijo: «Pídeme lo que quieras.» Respondió Salomón: «Señor, Dios mío, tú has hecho que tu siervo suceda a David, mi padre, en el trono, aunque yo soy un muchacho y no sé desenvolverme. Tu siervo se encuentra en medio de tu pueblo, un pueblo inmenso, incontable, innumerable. Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien, pues, ¿quién sería capaz de gobernar a este pueblo tan numeroso?» Al Señor le agradó que Salomón hubiera pedido aquello, y Dios le dijo: «Por haber pedido esto y no haber pedido para ti vida larga ni riquezas ni la vida de tus enemigos, sino que pediste discernimiento para escuchar y gobernar, te cumplo tu petición: te doy un corazón sabio e inteligente, como no lo ha habido antes ni lo habrá después de ti.»

Salmo responsorial: 118

¡Cuánto amo tu voluntad, Señor!

Mi porción es el Señor; / he resuelto guardar tus palabras. / Más estimo yo los preceptos de tu boca / que miles de monedas de oro y plata. R.

Que tu bondad me consuele, / según la promesa hecha a tu siervo; / cuando me alcance tu compasión, viviré, / y mis delicias serán tu voluntad. R.

Yo amo tus mandatos / más que el oro purísimo; / por eso aprecio tus decretos / y detesto el camino de la mentira. R.

Tus preceptos son admirables, / por eso los guarda mi alma; / la explicación de tus palabras ilumina, / da inteligencia a los ignorantes. R.

Romanos 8,28-30

Nos predestinó a ser imagen de su Hijo

Hermanos: Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien: a los que ha llamado conforme a su designio. A los que había escogido, Dios los predestinó a ser imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito de muchos hermanos. A los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó.

Mateo 13,44-52

Vende todo lo que tiene y compra el campo

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo.

El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra.

[El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Entendéis bien todo esto?» Ellos le contestaron: «Sí.» Él les dijo: «Ya veis, un escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo.»]

 COMENTARIO A LOS TEXTOS BÍBLICOS:

Hay que tener muy claro que la presentación que de Salomón hace el primer libro de los Reyes, pretende mostrar (bastante románticamente) lo que para el escritor sagrado representaba este rey “maravilloso” en la teoría, pero que en la práctica y por lo que consiguió en la historia del pueblo, no pasó a ser sino un rey como tantos, que se corrompió y aprovechó su poder para explotar, esclavizar y manipular la conciencia débil del pueblo, y construir su reinado de gloria según la imagen literaria que se construyó en torno a su figura y su reinado.

Hay que saber diferenciar entre la estructura del reino que representa Salomón (la de la monarquía con sus estructuras económicas, políticas, militares y religiosas para manejar los hilos del poder) y la propuesta del Reino que presenta y enseña Jesús con sus palabras, pero sobre todo con su práctica de justicia y de igualdad.

(Puede ser interesante hacer una referencia a la historicidad de Salomón. La «nueva arqueología bíblica» ha sorprendido al mundo al comprobar que no existe ningún testimonio extrabíblico sobre Salomón… El famosísimo rey, gobernador de un inmenso imperio, al que acudieron a visitarle personajes lejanos («venidos del fin del mundo») debido a la fama que alcanzó su inteligencia –la lectura de hoy tiene mucho que ver con esa inteligencia–, no es citado en ninguna de las fuentes históricas extrabíblicas; es decir: al margen de la Biblia –que como sabemos no es un documento «histórico»– no tenemos ninguna noticia de que Salomón haya existido realmente. Lo cual no invalida el mensaje espiritual que estos textos nos dan, pero sí nos exige tomarlos con esa conciencia, sin confundirlos con relatos históricos. Sobre la «nueva arqueología bíblica, véase más abajo).

Si pasamos a Jesús, su Utopía, lo que él llamó «el Reinado de Dios», nos abre los horizontes hacia una nueva humanidad. Si se descubre el valor absoluto que tiene el Reino, es necesario tomar una decisión, pues frente a ese tesoro, ningún precio es demasiado alto. El Reino se convierte así en el único valor absoluto para quien lo descubre.

El proyecto del «Reino de los cielos», según la expresión de Mateo, se convierte para muchas personas en una alegre pero exigente sorpresa. Ese Reino comporta una exigencia que genera inseguridad, pues se descubre que hay que desapegarse y desprenderse de hecho de muchos «bienes» que atan, e ir al encuentro de la absoluta posesión del Reino, como el mayor tesoro. Quien ha descubierto desde su práctica concreta en la vida, los valores del Reino… encontró lo que buscaba, la mejor «perla» que podía imaginar.

Las dos parábolas (del tesoro escondido y de la perla) nos enseñan que el Reino (la realización de la Utopía) es la mayor riqueza que puede desear el seguidor de Jesús: luego de sentir la llamada de Jesús y de descubrir esa Utopía, el camino se debe seguir con radicalidad y alegría, porque se ha encontrado algo por lo que merece la pena darlo todo, hasta la propia vida: el Reinado de Dios, el Buen Vivir, el mayor Bien (Ubi bonum, ibi Regnum), la transformación radical de nuestro mundo, con sus tantas y tantas estructuras injustas.

Jesús concluye esta enseñanza preguntando si han entendido todo lo dicho por medio de la palabra. Y presenta el modelo ideal del discípulo, capaz de entender el mensaje del Reino y sacar oportunamente lo viejo y lo nuevo del mensaje. La novedad del Reino viene por medio de la palabra, acumulada en la historia del propio pueblo en sus valores, la cultura, el proyecto original en torno al cual se dio origen a Israel como pueblo, sus luchas y procesos en búsqueda de la justicia y su interpretación de la historia desde un Dios liberador, con su opción por los pobres. Esta oferta del Reino que propone Jesús, espera y requiere hombres y mujeres capaces de incorporar y encarnar los valores del Reino en las realidades sociales en las que vivimos.

El evangelio de hoy no está incluido entre los capítulos de la serie «Un tal Jesús», de los hermanos LÓPEZ VIGIL. Proponemos utilizar el capítulo 52, titulado «Las diez dracmas». El audio, su guión y el comentario bíblico-teológico pueden ser tomados de aquí:

https://radialistas.net/52-las-diez-dracmas/.

DOMINGO 16 T.O. CICLO A-José Luis Sicre

Parábolas para una crisis

Mateo resume la crisis que atravesó su comunidad a finales del siglo I en cinco preguntas a las que responde con siete parábolas. El domingo pasado vimos la primera (¿por qué no aceptan todos el mensaje de Jesús?), a la que respondía la parábola del sembrador. En este domingo se plantean otras dos preguntas (¿qué actitud adoptar ante quienes no aceptan el mensaje? y ¿tiene futuro esto tan pequeño?), a las que se responde en tres parábolas. La primera de ellas (el trigo y la cizaña) debió considerarla Mateo difícil de entender, y por eso ofrece su explicación. Sin embargo, no lo hace de inmediato. Cuenta tres parábolas seguidas y más tarde, cuando los discípulos llegan a la casa, interrogan a Jesús y éste aclara su sentido. En cambio, las parábolas tercera (grano de mostaza) y cuarta (levadura) carecen de explicación en el evangelio.

La liturgia permite, por motivos pastorales, limitarse a la parábola del trigo y la cizaña, omitiendo su explicación y las otras dos.

¿Qué actitud adoptar con quienes no viven el mensaje?

La parábola puede leerse desde diversas perspectivas, según pensemos que la finca es el pueblo de Israel, la comunidad cristiana, o el mundo entero. Ya que esta parábola solo la cuenta Mateo, vamos a verla primero desde el punto de vista de su comunidad, seriamente enfrentada con los judíos.

1ª hipótesis: La finca es el pueblo de Israel

En ella, el Señor ha plantado buena semilla (los cristianos). Pero el enemigo ha plantado también cizaña (los fariseos y demás enemigos de la comunidad). La tentación de cualquiera de los dos grupos es decidir por su cuenta y riesgo quién es trigo y quién cizaña. Pablo, por ejemplo, antes de convertirse, pidió permiso a las autoridades de Jerusalén para perseguir a los cristianos. También la comunidad cristiana corre el riesgo de intentar acabar con los que no forman parte de ella o no la tratan como consideran justo. Así ocurrió cuando una aldea de Samaria no acogió a Jesús y dos discípulos, Juan y Santiago, le propusieron hacer bajar un rayo del cielo que acabase con todos (Lc 9,51-56). Con esta parábola, Mateo hace una exhortación a la calma, a dejar a Dios la decisión en el momento final.

2ª hipótesis: La finca es la comunidad cristiana

La parábola también podría entenderse dentro de la comunidad cristiana (sola ésta sería la finca), donde hay gente que responde al evangelio (trigo) y gente que no parece vivir de acuerdo con él (cizaña). El mensaje es el mismo en este caso. Aunque las cosas parezcan claras, es fácil que al arrancar la cizaña se lleven por delante el trigo. Porque cualquier de nosotros, por muy preparado que se considere teológica y moralmente, puede equivocarse. No son raros los casos de personas condenadas por la Iglesia que terminaron no sólo rehabilitadas sino también canonizadas.

3ª hipótesis: la finca es el mundo

Finalmente, la parábola se puede interpretar en un contexto más general, donde la finca es el mundo, la buena semilla los ciudadanos del Reino y la cizaña los secuaces del Malo. En esta línea se orienta la explicación de los versículos 36-43, que se puede omitir por motivos pastorales.

En cualquiera de estas tres hipótesis (todas válidas), Jesús advierte contra el peligro de que paguen justos por pecadores. Es preferible tener paciencia y dejar la justicia a Dios, el único que puede emitir un veredicto exacto, sin temor a equivocarse.

La actitud de Dios, modelo de moderación e indulgencia

La primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría, se mueve en esta línea de bondad y tolerancia, poniéndonos a Dios como modelo. Un Dios al que el poder impulsa, no a castigar sino a perdonar, que gobierna con moderación e indulgencia, y que siempre da un voto de confianza al pecador, esperando que se convierta.

[Lo que sigue puede omitirse]

¿Tiene algún futuro esto tan pequeño?

Este es el otro tema tratado por las parábolas de hoy. La comunidad de Mateo es pequeña. Las otras comunidades también. Han pasado ya cincuenta años de la muerte de Jesús; aunque el cristianismo se va extendiendo por el Imperio Romano sus miembros representan una minoría. ¿Qué futuro tiene este grupo tan pequeño? ¿Qué futuro tiene la iglesia actual, que carece del influjo y el poder de hace unos años? Mateo responde con dos parábolas: la del grano de mostaza y la de la levadura. Ambos coinciden en ser algo pequeño, pero más importante de lo que puede parecer a primera vista.

El grano de mostaza

Esta parábola se comprende mejor fondo cuando se conoce una parábola del profeta Ezequiel que utiliza Jesús como modelo. A comienzos del siglo VI a.C., cuando el pueblo de Israel se encontraba deportado en Babilonia, para expresar que su suerte cambiaría y sería espléndida, Ezequiel cuenta lo siguiente:

Cogeré una guía del cogollo del cedro alto y encumbrado;

del vástago cimero arrancaré un esqueje

y lo plantaré en un monte elevado y señero,

lo plantaré en el monte encumbrado de Israel.

Echará ramas, se pondrá frondoso

y llegará a ser un cedro magnífico;

anidarán en él todos los pájaros,

a la sombra de su ramaje anidarán todas las aves. (Ez 17,22-23).

Jesús acepta la imagen del árbol y la idea de que sirve para acoger a todas las aves del cielo. Pero introduce un cambio radical: no elige como modelo el cedro alto y encumbrado, sino el modesto arbusto de mostaza, que, cuando crece, «sale por encima de las hortalizas». Es un ataque lleno de humor e ironía al triunfalismo. Lo importante no es que el árbol sea grandioso, sino que pueda cumplir su función de acoger a los pájaros. Para la comunidad de Mateo era una excelente lección, y también debe serlo para nuestras tentaciones de triunfalismo eclesial.

La levadura

Algo parecido ocurre con la parábola de la levadura. Se usa en poca cantidad, pero cumple su función, hace que fermente la masa. La tentación de la comunidad cristiana es querer ocupar mucho espacio, ser masa, llamar la atención por su volumen, por el número de miembros. Jesús dice que lo importante es la función de fermentar la masa.

Resumen

Mateo ofrece una explicación de la realidad (sembrador) y una llamada a la serenidad (trigo y cizaña) y a confiar en algo que tiene unos comienzos tan modestos (mostaza y levadura). El próximo domingo, otras tres parábolas completarán esta enseñanza.

DOMINGO 16 (A) – Fray Marcos

Mt 13, 24-43)

Descubrir la cizaña en mí, sería la clave para aceptarla en los demás.

Como todas las parábolas se trata de un relato anodino e inofensivo por sí mismo, pero puede llevarnos a una reflexión muy seria sobre la manera que tenemos de catalogar a las personas como buenos y malos. Bien y mal se encuentran inextricablemente unidos en todos y cada uno de nosotros.

El punto de inflexión está en las palabras del dueño: “dejadlos crecer juntos hasta la siega”. Lo lógico sería que se arrancara la cizaña en cuanto aparezca. Contra toda lógica, el amo ordena que la dejen crecer con el trigo. El dueño no se haya vuelto loco, quiere hacernos ver que otra actitud ante el mal es posible.

Si en el trigo se nos pide hacer lo contrario de lo que se debe, nos obliga a saltar a otro nivel en que eso sea no solo posible, sino necesario. En el orden espiritual no solo no se debe arrancar la cizaña, sino que no se puede separar.

Desde siempre el hombre buscó una respuesta coherente a la existencia del mal. Hoy sabemos que no tiene que venir ningún maligno a sembrar mala semilla. Las limitaciones que inevitablemente nos acompañan como criaturas, da razón suficiente para explicar los fallos de toda vida humana.

Cuatro mil millones de años de evolución han ido siempre en la dirección de asegurar la supervivencia del individuo y de su especie. El ser humano descubre que hay un objetivo más valioso que el de la simple supervivencia. Al intentar caminar hacia esa nueva plenitud el hombre tropieza con esa enorme inercia.

Como en el caso de la cizaña y el trigo, solo cuando llega la hora de dar fruto queda patente lo que los distingue. Es inútil todo intento de dilucidad teóricamente lo que es bueno o lo que es malo. La mayoría de las veces el hombre solo descubre lo bueno o lo malo después de sufrirlo o disfrutarlo.

En el hombre, la cosa se complica, porque en cada uno de nosotros coexisten cizaña y trigo. Nunca conseguiremos eliminar del todo nuestra cizaña. Solo aceptándola, superaremos el puritanismo y nos aceptaremos tal como somos.

Esta mezcla inextricable no es un defecto de fábrica, como se ha hecho creer con mucha frecuencia; por el contrario, se trata de nuestra misma naturaleza. Dejaríamos de ser humanos si anularan todas nuestras limitaciones.

No solo es absurdo el considerar a uno bueno y a otro malo, sino que el solo pensar que una persona se pueda considerar perfecta, es descabellado. Arrancar la cizaña en nosotros y en los demás, ha sido una tentación inmemorial.

La explicación del evangelio muestra con claridad la diferencia entre parábola y alegoría. Podemos apreciar cómo se desvía el acento desde la necesidad de convivir con el diferente a la insistencia en que los malos serán quemados.

Si la Iglesia hubiera hecho caso de esta parábola, ¡cuánto sufrimiento se hubieran evitado! Siempre se ha perseguido al que discrepa, solo por preservar el trigo. Se ha excomulgado, se ha desterrado, se ha quemado miles de cristianos solo porque no coincidían con la verdad o la norma oficial.

Dice un proverbio oriental: si te empeñas en cerrar la puerta a todos los errores, dejarás inevitablemente fuera la verdad. En la doctrina, en el culto, hemos estado quemando la cizaña. En la moral es más sangrante, hemos predicado como voluntad de Dios lo que no son más que preceptos humanos.

Urteko 16. igandea – A – José A. Pagola

(Mateo 13,24-43)

BIZITZA GIZATIARRAGO BATEN LEGAMIA – FERMENTO DE UNA VIDA MÁS HUMANA

Harritzekoa da zein maiz ohartarazten dien Jesusek bere ikasleei, arreta izan dezaten «mesiastar pazientzia-gabezia» faltsu batek harrapa ez ditzan, hau da, Jainkoaren ekintza modukoa baina kementsua errespetatzen ez dakien batek harrapa ez ditzan.

Beragandik mugimendu irmo eta ikaragarri bat, beste korronte eta aukerak ezabatzeko gai izango litzatekeen bat, espero dutenei, Jainkoaren ekintza apalago eta begirunezkoago batez mintzo zaie Jesus. Mundua bata bestearen kontrako ereiteen alorra da. Eta alor nahasi horretan ari da hazten Jainkoaren erreinua, batzuetan hain anbiguoa eta korapilatsua den bizitza horren trinkotasunean.

Alor horretan ari da Jainkoa gizakia salbatzen. Portaera kolektibo horietan, batzuetan ideal handiek arnastuak direnetan; beste batzuetan egoismo ilunek animatuetan. Egunero egiten ditugun ehunka keinuetan, zeinetan nahasirik ageri ohi baitira bihotz-zabaltasuna eta txikikeria aitortu ezinekoa.

Gauza ikusgarri eta boteretsu baten hedapena espero dutenei, xumeagoa eta moduzkoagoa den Jainkoaren erreinuaz hitz egiten die Jesusek. Jende-masaren mugimendu handiosak eragiteko eta harrotzeko egina ez dagoen zerbait da Jainkoaren erreinua. Ekinean ari da jadanik Jainkoaren erreinua, baina bere eran, bere moduan: apal-apal sortzen den mostaza-hazi txiki eta kasik irrigarria den bat bezaña, edota legamia-puska ikusezin bat bezala, orean galdua, berau barnetik hartzitzen duelarik.

Jainkoaren erreinuari ez diogu bidea irekiko beste talde, alderdi edo ideologia batzuen gain eskumikuak botaz, ezta gure pentsaerarekin bat ez datorren oro gaitzetsiz. Erreinu hori ez dugu finkatuko gizartean gizatalde handiak pilatuz edota jendetzaren txalo iragankorra lortuz.

Jainkoaren erreinua gizatasun-legamia da; munduko edozein txoko ilunetan hazten da: gizakia maite den eta gizatasun duinago baten alde borroka egiten den edozein txokotan. Jainkoaren erreinuari bidea irekitzeko, ebanjelioaren indarrari eralda dezan libre utzi behar diogu, geure bizitzeko, maitatzeko, lan egiteko, gozatzeko, borroka egiteko eta izateko era edo estiloa.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

16 Tiempo ordinario – A (Mateo 13,24-43)

FERMENTO DE UNA VIDA MÁS HUMANA

Sorprende ver con qué frecuencia se dirige Jesús a sus discípulos para ponerles en guardia contra una falsa «impaciencia mesiánica» que no sabe respetar el ritmo de la acción discreta pero vigorosa de Dios.

A los que esperan de él la puesta en marcha de un movimiento contundente y arrollador, capaz de terminar con otras corrientes y alternativas, Jesús les habla de una acción de Dios más humilde y respetuosa. El mundo es un campo de siembras opuestas. Y el reino de Dios crece ahí, en la densidad de esa vida a veces tan ambigua y compleja.

Ahí está Dios salvando al ser humano. En esos comportamientos colectivos, animados unas veces por grandes ideales y otras por oscuros egoísmos. En esos mil gestos que hacemos cada día y donde se mezcla la generosidad con las mezquindades más inconfesables.

A quienes esperan el despliegue de algo espectacular y poderoso, Jesús les habla de un reinado de Dios más sencillo y discreto. Algo que no está hecho para desencadenar movimientos grandiosos de masas. El reino de Dios está ya actuando, pero al modo de un grano de mostaza minúsculo y casi irrisorio que germina con humildad, o como un trozo imperceptible de levadura que se pierde en la masa fermentándola desde dentro.

Al reino de Dios no le abriremos camino lanzando excomuniones sobre otros grupos, partidos o ideologías, ni condenando todo lo que no coincide con nuestro pensamiento. No lo implantaremos en la sociedad concentrando grandes masas o logrando el aplauso pasajero de las muchedumbres.

El reino de Dios es un «fermento de humanidad» y crece en cualquier rincón oscuro del mundo donde se ama al ser humano y donde se lucha por una humanidad más digna. Al reino de Dios le abriremos camino dejando que la fuerza del evangelio transforme nuestro estilo de vivir, amar, trabajar, disfrutar, luchar y ser.

José Antonio Pagola