LA TRADICIÓN DE JESÚS VERSUS LA RELIGIÓN CRISTIANA

Escrito por  Leonardo Boff

FE ADULTA

Para comprender adecuadamente el cristianismo es necesario hacer distinciones, aceptadas por la mayoría de los estudiosos. Así, es importante distinguir entre el Jesús histórico y el Cristo de la fe. Por Jesús histórico se entiende al predicador y profeta de Nazaret tal como existió realmente bajo César Augusto y Herodes. El Cristo de la fe es el contenido de la predicación de sus discípulos, que lo ven como el Hijo de Dios y el Salvador. Leer más

¿JESÚS NOS HA REDIMIDO?

FE ADULTA

La muerte de Jesús ha sido siempre un obstáculo para la razón e incluso para la fe. Ya san Pablo decía que la cruz era «escándalo para los judíos, necedad para los gentiles» (2 Cor 1, 18-23) Si para nosotros no es escándalo ni necedad puede que sea porque la hayamos integrado sin mayor inquietud en nuestro mundo cultural ¿no será que, acostumbrados a ella, le hemos hecho perder su misterio, su interpelación radical?

En el catecismo y en nuestra formación cristiana nos enseñaron que Jesús murió por nosotros, que nos redimió con su sangre, con su sangre nos rescató, pagó por nuestros pecados… Aceptadas sin problema durante mucho tiempo por los fieles cristianos, esas expresiones se nos han hecho hoy más problemáticas. Leer más

La Iglesia europea pide a la ONU una resolución que proteja a las minorías religiosas

Europeas (CCEE), reunida en Bratislava (Eslovaquia) del 3 al 6 de octubre, y la Fundación para la Llamada a la Conciencia (asociación interreligiosa fundada por el rabino Arthur Schneier) han adoptado una declaración conjunta dirigida a los líderes de las Naciones Unidas en la que les exhortan a adoptar una ‘Resolución para la Protección de las Minorías Religiosas’. Pide una cultura de respeto mutuo y tolerancia en la diversidad de religiones.

El Papa «aparta temporalmente» al obispo derrochador de Limburgo

El obispo despilfarrador se marcha. Al menos, de momento. Después de su encuentro con Francisco, la Santa Sede ha decidido apartar temporalmente de la diócesis de Limburgo a Franz-Peter Tebartz-van Elst, que «no puede ejercitar su ministerio episcopal». Así lo refleja el boletín vaticano, que refleja cómo «el Santo Padre ha estado continuamente informado» sobre la situación. El Papa ha nombrado vicario general de la diócesis al deán de Wiesbaden (en el estado de Hesse), Wolfang Rösch, que administrará la diócesis durante la ausencia del obispo.

30 DOMINGO T.O.,»EL PECADO SUPREMO, CREERSE SIN PECADO» Fray Marcos

Escrito por  Fray Marcos
FE ADULTA

Lc 18, 9-14

Hoy el contexto literario no tiene importancia. En cambio es vital el contexto social y religioso en que se desarrolla la parábola.

Fariseo, para nosotros tiene, de entrada, una connotación muy negativa; sería una persona falsa, artificial e hipócrita, que lo único que busca es que los demás lo tengan por bueno, sin importarle nada serlo o no. Con esta idea es imposible entender el evangelio de hoy. No, el fariseo del tiempo de Jesús era un hombre piadoso y muy religioso. En realidad era el grupo más religioso y más fiel a la Ley. Hacía mucho más de lo que la Ley exigía, precisamente para garantizar su cumplimiento. Solo si tenemos en cuenta esto, podemos descubrir el profundo alcance de la parábola.

Publicano era en tiempo de Jesús, un judío que se dedicaba a cobrar los impuestos que la potencia ocupante exigía. Parece que la palabra telwnhs (telonés) hacía referencia a los que tenían su puesto en las entradas de las ciudades o en las fronteras para cobrar las tasas establecidas. No era un «moscamuerta» como parece indicar el evangelio. Eran considerados pecadores públicos por dos razones. Primero, porque colaboraban con el imperio romano, y ningún judío podía reconocer otra autoridad que no fuera la de Dios. Segundo, porque se veían obligadas a cobrar más de lo establecido porque no tenían otra retribución.

La introducción a la parábola es esclarecedora: «…por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de si mismos y despreciaban a los demás». Habría muchos fariseos que, siendo cumplidores de la Ley, ni se creían seguros ni despreciaban a los demás. Y habría publicanos que ni se sentían pecadores ni pedían perdón por sus culpas.

La elección de un fariseo y un publicano, sin matizaciones, no es inocente. Como en el caso del buen samaritano, tiene la intención de herir donde más les duele a los fariseos. Seguramente este matiz se debe a la comunidad cristiana una vez rotos los lazos con el judaísmo oficial.

La parábola no necesita explicación alguna. Se entiende perfectamente. El mensaje es revolucionario donde los haya. Trastoca toda la religiosidad de cualquier época. El bueno, el santo es rechazado por Dios. El pecador es aceptado. Esto será siempre un escándalo para los piadosos. Ningún cristiano de hoy sería capaz de presentar una hoja de servicios como la del fariseo del evangelio. Y sin embargo, no le sirve de nada. Ni siquiera en teoría hemos aceptado esta enseñanza. Un «buen» fariseo cumplidor sigue siendo el modelo.

Naturalmente, el fariseo no es rechazado por cumplir la Ley, sino a pesar de cumplirla escrupulosamente. Es rechazado por su actitud más profunda que se manifiesta en tres puntos:

1.- Se cree bueno.

2.- Desprecia a los demás porque no lo son.

3.- Pasa factura a Dios.

Tampoco el publicano es aceptado por obrar mal, sino por su actitud ante Dios:

1.- Reconoce su pecado.

2.- Pide perdón.

3.- Descubre la necesidad de un Dios que tenga compasión.

4.- Confía en ese Dios.

El mensaje es claro. Todas las buenas obras del mundo no sirven de nada si me llevan a una actitud de soberbia o simplemente me hace sentirme mejor que los demás. Esta segunda actitud nos afecta a todos.

Lo verdaderamente importante es descubrir lo que cada uno de nosotros tenemos de fariseo y de publicano. Las dos figuras conviven siempre. De entrada, no hay nadie absolutamente bueno ni absolutamente malo. Pero la mayoría no descubrimos lo que tenemos de malo y nos creemos por encima de los demás. En cambio el que descubre lo malo en sí mismo, está en mejores condiciones para adoptar la postura del publicano que le llevó a ser aceptado por Dios.

Lo más importante no es que consigamos ser perfectos cumplidores sino una actitud de humildad ante Dios y ante los demás. Esto no es nada fácil.

Como individuos estamos todos los días repitiendo la oración del fariseo explícita o implícitamente. Nos creemos con derecho a señalar con el dedo a los demás. Lo más mezquino de esta actitud es precisa¬mente que involucra al mismo Dios en ella: «Te doy gracias…» En realidad, lo que queremos decir es que es el mismo Dios el que tiene que estar agradecido.

No es en primera instancia orgullo ni hipocresía, sino falta absoluta de fe-confianza en Dios. No necesitamos confiar en Dios porque nuestras obras merecen más de lo que Dios nos puede dar. En el fondo, somos ateos porque no necesitamos a Dios para nada.

Como grupo, nunca ha habido tantas sectas en la Iglesia. La tendencia al capillismo de todo pelaje no es más que consecuencia de nuestro fariseísmo. Creemos que nuestra visión del cristianismo es la única auténtica y rechazamos a todo el que no la acepta.

Podemos despreciar a los demás porque son demasiado conservadores y siguen viviendo la religión como en la Edad Media. Pero también rechazamos a otros grupos porque se han embarcado en experimentos novedosos que considero contrarios a la norma.

De la misma manera que el fariseo rechaza a Dios cuando desprecia al publicano, el publicano rechaza al Dios de Jesús cuando desprecia al fariseo. Los dos peligros nos acechan constantemente.

Como iglesia, nos sentimos en posesión de la verdad, y despreciamos a los que no piensan o no actúan como nosotros. Hemos sido a través de la histeria los más intransi-gentes, los más acusadores, los más fanáticos, los más inquisidores, los más fariseos. Nos hemos sentido con derecho a juzgar a todo el mundo y a condenar a todo el que no es de los nuestros. Ninguna otra religión se sintió nunca más segura de sí misma, y ninguna ha despreciado más a las demás. Llegamos a decir (y muchos aún lo mantienen): «fuera de la Iglesia no hay salvación». Ninguna otra frase puede resumir mejor nuestro talante.

Estamos en una situación muy parecida a la que dio origen al fariseísmo allá por el sigo III y II antes de Cristo. El profetismo terminó con un fracaso estrepitoso y había que buscar otra manera de dar confianza a la gente. La utopía fue imposible, hay que volver a la ley. La garantía de la salvación está en el cumplimiento escrupuloso de la Ley.

La década de los sesenta y setenta fue una época de profetismo. Gandi, Lutero King, Oscar Romero, Ellacuría, la teología de la liberación, Juan XXIII, el concilio Vaticano II. Todas las expectativas se estrellaron contra la cruda realidad. El ser humano ha perdido la esperanza en la posibilidad de un mundo mejor. Es el mejor caldo de cultivo del fariseísmo. Nada de aventuras; volvamos al cumplimiento estricto de la Ley. No te preocupes del otro. Sálvate a ti mismo. Lo importante es cumplir la «voluntad de Dios». Despreciar a los demás que no cumplen esta voluntad es también la voluntad de Dios.

La causa de esta actitud no es más que un desconocimiento del hombre y un desconocimiento de Dios. O mejor, sacar las últimas conclusiones de un conocimiento demasiado racional de Dios y del hombre.

Tenemos que descubrir y denunciar con valentía que seguimos vendiendo como evangelio lo que no es más que el ideal griego de perfección, que los padres griegos identificaron con el evangelio. Para aquellos filósofos, la perfección consistía en que la parte superior de hombre, la razón llevara las riendas de la persona. Que nada escapara al control racional. Que apetitos, pasiones, sentidos, fueran regidos y controlados por la mente. Dejarse llevar del instinto era la mejor señal de embrutecimiento. Solo los que conseguían este objetivo podían considerarse plenamente humanos.

El gran peligro de este planteamiento es que en la medida que uno consigue ese objetivo, se siente superior a los demás y los desprecia.

Pero hay ago todavía peor: que no se alcance, a pesar de tenerlo como objetivo; entonces llega la necesidad de simulación. Hacer ver a los demás que lo has alcanzado, se convierte en el objetivo fundamental (fariseísmo de hoy).

Lo que nos dice Jesús está en la antípoda de este planteamiento. El seguidor de Jesús no es el «perfecto», sino el que necesita a un Dios que le ame sin merecerlo. «Las prostitutas, los pecadores os llevan la delantera en el Reino de Dios». No por ser pecadores, sino por reconocerlo humildemente y no despreciar a nadie.

Meditación-contemplación

«Ten compasión de este pecador».

Ninguna otra actitud puede alcanzar el favor de Dios.

Todo lo que soy depende del amor gratuito de Dios.

Este es el mayor de los consuelos.

……….

No tengo que preocuparme de méritos y virtudes.

Simplemente tengo que responder a un amor incondicional y eterno.

Lo que verdaderamente importa, nada ni nadie me lo puede arrebatar.

Los fallos se humanizan al reconocerlos.

………………

Si llegas a descubrir por experiencia (no de oídas) ese amor de Dios,

responderás amando como Dios te ama.

No sólo a Dios, sino a todos aquellos a quienes Él ama.

Este es el único mandamiento.

…………

Fray Marcos

 

30. IGANDEA URTEAN ZEHAR, ¿Quién soy yo para juzgar? / Nor naiz ni inor juzgatzeko?

Jose Antonio Pagola

Lk. 18, 9-14

Nor naiz ni inor juzgatzeko?/ ¿Quién soy yo para juzgar?

Fariseuaren eta zerga-biltzailearen parabolak, batetik, uko handia eragin ohi du kristau askorengan fariseuaren kontra, Jainkoaren aurrean harro eta bere buruaz seguru agertu den horren kontra; bestetik, berezko sinpatia-edo sortu ohi du zerga-biltzailearen alde, bere bekatua apal-apal aitortu duen horren alde. Paradoxikoki, kontakizunak sentimendu hau eragin lezake gugan: «Eskerrak, ene Jainko, fariseu hau bezalakoa ez naizelakoa».

Parabolaren mezua zuzen hartu ahal izateko, kontuan izan behar dugu hau: Jesusek ez du kontatu fariseuen taldekoak kritikatzeko, baizik beste hauen kontzientziari astindu bat emateko: «beren burua zintzotzat emanik, beren buruaz seguru sentitu eta gainerakoak mespretxatzen zituztenak». Hauen artean, egia esan, gure egun hauetako hainbat katoliko ikusten dugu.

Fariseuaren otoitzak haren barne jarrera agertzen digu: «Ene Jainko! Eskerrak zuri besteak bezalakoa ez naizelako». Zer otoitz-mota da gainerakoak baino hobeago sentitzen zarela adierazten duen hau? Legearen betetzaile leiala den fariseu bat bera ere bizi daiteke jarrera galdu honetan. Gizon honek zintzo jotzen du bere burua Jainkoaren aurrean eta, hain juxtu, horregatik bihurtu da epaile, bera bezalako ez direnak mespretxatu eta kondenatzeko.

Zerga-biltzaileak, aldiz, hau bakarrik du esaten: «Ene Jainko! Izan erruki bekatari honetaz». Gizon honek apal-apal aitortu du bekatari dela. Ezin goratu du bere burua bere bizitzagatik. Jainkoaren errukiari gomendatzen dio bere burua. Ez da inorekin konparatu. Ez du inor juzgatu. Egiaz bizi da bere eta Jainkoaren begi bistan.

Kritika sarkorra da parabola; argitan jartzen du engainuzko jarrera erlijioso bat, Jainkoaren aurrean geure errugabetasunaz seguru bizitzen uzten digun bat, ustezko geure gailentasun moraletik kondenatzen dugularik guk geuk bezala pentsatzen edo jarduten ez duen beste edonor.

Ebanjeliotik urrun diren gorabehera historiko eta joera triunfalistek tentazio horretarako joera ezarri dute, modu berezian, katolikoengan. Horregatik, jarrera autokritikoaz irakurri behar dugu parabola: Zergatik uste dugu agnostikoak baino hobeak garela? Zergatik sentitzen gara Jainkoagandik hurbilago bizi garela ez-betetzaileak baino? Zer dago bekatarien konbertsiorako egiten diren zenbait otoitzen hondoan? Zer esan nahi du gainerakoen bekatuak ordaintzeak, geu Jainkoagana konbertituz bizi ez bagara?

Duela gutxi, kazetari baten galderari erantzunez, Frantzisko aita santuak esan zuen: «Nor naiz ni gay bat juzgatzeko?» Ia jende guztia harriarazi dute haren hitz horiek. Itxuraz, inork ez zuen espero Aita Santu katoliko batengandik halako erantzun xume eta ebanjeliko bat. Halaz guztiz, horixe da benetan Jainkoaren aurrean bizi den baten jarrera.

¿Quién soy yo para juzgar?

La parábola del fariseo y el publicano suele despertar en no pocos cristianos un rechazo grande hacia el fariseo que se presenta ante Dios arrogante y seguro de sí mismo, y una simpatía espontánea hacia el publicano que reconoce humildemente su pecado. Paradójicamente, el relato puede despertar en nosotros este sentimiento: “Te doy gracias, Dios mío, porque no soy como este fariseo”.

Para escuchar correctamente el mensaje de la parábola, hemos de tener en cuenta que Jesús no la cuenta para criticar a los sectores fariseos, sino para sacudir la conciencia de “algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás”. Entre estos nos encontramos, ciertamente, no pocos católicos de nuestros días.

La oración del fariseo nos revela su actitud interior: “¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás”. ¿Que clase de oración es esta de creerse mejor que los demás? Hasta un fariseo, fiel cumplidor de la Ley, puede vivir en una actitud pervertida. Este hombre se siente justo ante Dios y, precisamente por eso, se convierte en juez que desprecia y condena a los que no son como él.

El publicano, por el contrario, solo acierta a decir: “¡Oh Dios! Ten compasión de este pecador”. Este hombre reconoce humildemente su pecado. No se puede gloriar de su vida. Se encomienda a la compasión de Dios. No se compara con nadie. No juzga a los demás. Vive en verdad ante sí mismo y ante Dios.

La parábola es una penetrante crítica que desenmascara una actitud religiosa engañosa, que nos permite vivir ante Dios seguros de nuestra inocencia, mientras condenamos desde nuestra supuesta superioridad moral a todo el que no piensa o actúa como nosotros.

Circunstancias históricas y corrientes triunfalistas alejadas del evangelio nos han hecho a los católicos especialmente proclives a esa tentación. Por eso, hemos de leer la parábola cada uno en actitud autocrítica: ¿Por qué nos creemos mejores que los agnósticos? ¿Por qué nos sentimos más cerca de Dios que los no practicantes? ¿Qué hay en el fondo de ciertas oraciones por la conversión de los pecadores? ¿Qué es reparar los pecados de los demás sin vivir convirtiéndonos a Dios?

Recientemente, ante la pregunta de un periodista, el Papa Francisco hizo esta afirmación: “¿Quién soy yo para juzgar a un gay?”. Sus palabras han sorprendido a casi todos. Al parecer, nadie se esperaba una respuesta tan sencilla y evangélica de un Papa católico. Sin embargo, esa es la actitud de quien vive en verdad ante Dios

José Antonio Pagola

 

Diez tesis para entender y reformar el Papado

Xavier Pikaza Ibarrondo, teólogo

Adital
REDES CRISTIANAS

He escrito varias veces sobre el origen, historia y sentido del Papado, y voy a hacerlo una vez más, de un modo “crítico”, es decir, constructivo, porque admiro al Papado, porque me confieso “católico” (cristiano con Papa), y porque quiero que el Papado vuelva a la raíz del Evangelio, para ofrecer su servicio a los católicos (y también a otros hombres y mujeres que no son cristianos).

Algunos me han dicho que mis “postales” son largas, que son casi “tratado”, que resuma el argumento en algunas afirmaciones centrales. Así lo hago, como solía en mis tiempos de profesor, presentando diez tesis sobre el Papa, que pueden servir de base para una posible discusión o diálogo. Quien tenga tiempo lea todo… Quien quiere quedarse en lo esencial lea sólo lo que en negritas, al principio y fin de cada tesis. Leer más

‘No se imponga al pueblo un obispo no deseado’

Comunicado de la Comisión Permanente del Foro Curas de Madrid ante la inminente sustitución del Arzobispo de Madrid

Foro de curas de Madrid, 21-Octubre-2013

En diferentes diócesis españolas los cristianos y cristianas estamos asistiendo a la expectativa del relevo del obispo titular. Y las noticias que oficiosamente nos van llegando no son precisamente esperanzadoras. El perfil que arroja  el episcopado actual en España  es marcadamente conservador, lo que hace prever más un continuismo que esa transformación que muchos soñamos y que está necesitando urgentemente la Iglesia en nuestro país. En concreto en Madrid, el enrocamiento doctrinal y pastoral de las últimas décadas ha ido angostando todo noble intento de renovación tanto hacia el interior de la diócesis  como hacia el necesario y sincero diálogo que debe mantener con la sociedad en la que vive. Leer más

El abad de Montserrat pide perdón por el papel de la Iglesia en el Franquismo

Josep Maria Soler asegura que la institución religiosa no sólo no quiere acusar a quienes mataron a religiosos durante la Guerra Civil sino que ya les ha perdonado.
El abad de Montserrat, Josep Maria Soler, ha pedido hoy perdón por el papel de la Iglesia durante el Franquismo y ha señalado que la institución religiosa no sólo no quiere acusar a quienes mataron a religiosos durante la Guerra Civil sino que ya les ha perdonado.  “No hemos ofrecido un testimonio suficientemente transparente del Evangelio ni hemos sido suficientemente generosos en servir a todo el mundo”

La Asociación Juan XXIII rechaza el cierre de Tutela Legal en El Salvador

La Oficina de  Derechos Humanos del Arzobispado de San Salvador es un legado histórico de Monseñor Oscar Romero, quien creó el Socorro Jurídico y, posteriormente, su sucesor Monseñor Arturo Rivera y Damas, constituyó Tutela Legal para investigar las violaciones a los derechos humanos en El Salvador y ayudar a las víctimas de la violencia represiva ejercida por el Estado, en aquella época en que el pueblo salvadoreño sufría desapariciones forzadas, torturas, asesinatos y horribles masacres. Tutela Legal, como Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado de San Salvador, se ha distinguido durante más de tres décadas por un incansable trabajo en defensa de la justicia, el respeto y promoción de los Derechos Humanos y la dignificación de las víctimas del conflicto armado.