Dice Queiruga…

Creado Josep Cobo

Cristianismo y Justicia

A propósito de la charla inaugural del curso de CiJ, valgan estas anotaciones, al menos como estímulo para el debate. Cada entrada o párrafo gira en torno a las tesis del ponente, Andrés Torres Queiruga, sobre la oración de petición, el Mal, el silencio de Dios… Leer más

DIFUNTOS. LA VIDA DEL QUE YA NO ESTÁ, SIGUE SIENDO LO IMPORTANTE

Jn 11,17-27

Fe Adulta

En torno a la muerte, mantenemos intacta la visión mitológica del Neolítico.Tendríamos que hacer un esfuerzo titánico para superar las formulaciones que ya no pueden estar de acuerdo con nuestra visión del mundo y de Dios. Los conocimientos que hoy tenemos sobre la conciencia y la persona humana nos obligan a superar la visión mágica de un acontecimiento que seguimos sin comprender del todo. No debemos engañarnos manteniendo creencias trasnochadas, aunque alivien nuestro dolor.

La idea que manejamos los cristianos sobre la muerte y el más allá es consecuencia de una mezcla explosiva de culturas. La cultura judía ni siquiera tenía un concepto de cuerpo y de alma. Para ellos el ser humano era un todo único sin partes. Pero la filosofía griega si tenía conceptos muy definidos sobre la composición del hombre. Para Platón lo importante es el alma, que era anterior al cuerpo y permanecía después de él. El cuerpo es una cárcel. De ahí que la muerte se considerara como una liberación.

Los primeros Padres de la Iglesia y S. Agustín fueron platónicos e intentaron explicar el evangelio desde esa perspectiva. De ahí surgió la teología sobre los novísimos. En cambio, para Aristóteles, el alma y el cuerpo son realidades que componen el hombre pero la sustancia no puede andar por ahí danzando, separada de los accidentes. Estas ideas están mucho más cerca de la manera judía de entender al hombre. También hoy nosotros estamos más próximos a esta idea del ser humano.

El respeto que nos inspiran los muertos parece que es un sentimiento ancestral; incluso en algunos animales se puede descubrir esa zozobra. No es malo que sigamos tratándolos con todo respeto. El miedo que la mayoría de los mortales tenemos a la muerte es consecuencia de nuestras maquinaciones mentales. Pensamos que la muerte es lo contrario de la vida y esa lógica es falsa. La vida es como una moneda que tiene dos caras: una es el nacimiento, la otra es la muerte. Entre las dos caras está la moneda, que es lo importante. La vida que es lo que debemos valorar, no sus límites.

En el credo afirmamos creer en la resurrección de los muertos. ¿Qué queremos decir con esa afirmación? La comprensión de la resurrección de Jesús y la nuestra como volver a la vida biológica, nadie puede tomarla hoy en serio. Pero una cosa es que la entendamos mal y otra muy distinta que sea falsa.

Retrasar nuestra resurrección hasta el final de los tiempos es pura mitología. El mito es siempre un intento de explicar lo inexplicable. ¿Que pasará una vez que me muera? Nada, porque fuera del tiempo nada puede pasar. Sin materia no hay tiempo ni espacio. Pero fuera del tiempo y del espacio, nuestra capacidad de comprender queda anulada. Todo intento por comprender racionalmente lo que está más allá, es inútil.

Podemos entenderlo como paso a otro modo de ser, para el que no tenemos ningún punto de comparación y por lo tanto queda fuera de nuestra comprensión. Pero también podríamos imaginarlo como paso a otro modo de ser. En este caso estaríamos ante una realidad que está más allá del ser y del no ser. Esta podría ser una buena pista. Conocemos lo que es el ser, y por oposición podemos comprender lo que es el no ser. ¿Podemos también aceptar que existe algo fuera de esos contrarios?

Al tomar conciencia de nuestra individualidad, de nuestra separación radical de todo lo que existe a nuestro alrededor, incluidos los demás seres humanos, desplegamos el afán de persistencia más allá de esta vida biológica. Como la experiencia nos dice que eso es imposible, inventamos existencias sobrenaturales para acallar nuestros anhelos. No nos damos cuenta que estamos pretendiendo un imposible: una plenitud humana para cuando dejemos de ser humanos. El deseo de inmortalidad nos ciega.

Nuestra inteligencia nunca podrá dar sentido a la muerte, pero ese afán de explicarla nos hace olvidar que ninguna solución puede ayudarnos si es irracional. Hoy sabemos que la conciencia de sí, surge de la actividad cerebral y que basta que se rompa una vena más fina que un cabello para que desaparezca la conciencia. Sin la base neuronal, la conciencia es imposible y la permanencia personal también. El encuentro con un ser querido, imaginándolo como lo hemos visto aquí, es empeño imposible.

Pensar en una actividad mental como la que tenemos aquí para más allá, no tiene ni pies ni cabeza. Las incoherencias que se dicen en los funerales, con la mejor intención pero sin ningún rigor racional, deben de ser superadas. No podemos seguir engañando a la gente con promesas descabelladas, que además, no pueden convencer hoy a nadie. Tenemos que encontrar maneras de ayudar a la gente a superar el trauma de la muerte de un ser querido sin caer en la trampa de convertir los deseos en realidades.

Con frecuencia nos preguntamos qué va a ser de nosotros después de morir, pero muy pocas veces nos preguntamos que éramos antes de nacer. Damos por supuesto que no éramos nada, pero esa conclusión no es tan evidente. La realidad ni se crea ni se destruye, solamente se transforma. Bien pudiera ser que nuestro verdadero ser, lo que somos más allá de las apariencias, existiera antes de nacer y seguirá existiendo cuando mi apariencia biológica se desvanezca. Es una pena que estemos más preocupados de nuestra apariencia caduca, que de nuestro verdadero ser, que es lo permanente.

La necesidad innata de recordar a nuestros antepasados debemos aprovecharla para encontrar seguridad en nuestro propio mundo. La conciencia de que somos lo que somos, gracias a los seres humanos que nos han precedido es una realidad que no tiene vuelta de hoja. Recordar a nuestros familiares difuntos y agradecerles lo que han hecho por nosotros nos ayudará a hacer lo mismo por los que todavía estamos aquí.

El sentido de la vida tenemos que encontrarlo aquí y ahora. Debemos desplegar todas nuestras posibilidades de ser humanos mientras lo somos. Esa plenitud tiene que llegar por lo que tenemos de humanos. La gran trampa puede aparecer cuando nos limitamos a satisfacer nuestras necesidades biológicas, dándonos por satisfechos con estar sanos y disfrutando de los sentidos, apetitos y pasiones. Satisfacer nuestras necesidades biológicas es un medio para poder alcanzar cotas más altas de humanidad.

El único camino para llegar a un plenitud humana es desarrollar nuestra capacidad de amar, es decir, conocer de verdad al ser humano y desplegar la posibilidad de ir al otro para hacerle crecer, sabiendo que en ese empeño de darme al otro, soy yo el que crezco. Para ser más humano no hay que renunciar a nada. Si el darme al otro supone un sacrificio, estoy tergiversando la relación. Amar es elegir lo mejor para mí y para el otro. Si al darme al otro, me deterioro yo como ser humano ese amor es enfermizo.

Pensar en los seres queridos que han muerto, tiene que empujarnos a vivir con mayor intensidad la vida que aún tenemos entre las manos. Todo lo humano que ellos nos han trasmitido debemos potenciarlo en nosotros para que el mundo se vaya humanizando. Por los muertos ya no podemos hacer nada, pero su recuerdo nos tiene que empujar hacia los que aún viven junto a nosotros. Lo más grande que se puede decir de un ser humano es que cuando se ha ido, ha dejado al mundo un poquito mejor que cuando llegó a él. Eso se consigue no intentando cambiarlo sino cambiando nosotros.

Fray Marcos

 

LOS DIFUNTOS NOS CONFRONTAN. Con la vida -ya resucitada- no con la muerte

BENJAMÍN FORCANO, teólogo, bforcanoc@gmail.com

ECLESALIA .- No creo engañarme si afirmo que la actitud predominante de la sociedad ante la muerte es el temor y el olvido. El temor porque, orgullosos de nuestro progreso técnico- materialista, identificamos la vida con la materia y la materia es corrupta. Y entonces es lógico el terror cuando llega el momento de la disolución: todo acaba, no queda sino la nada. Y el olvido, porque su recuerdo inquietante anularía nuestro empeño de vivir. Pero, ni el temor ni el olvido podrán borrar lo que nos pertenece: “Vendrá, saldrá de mí. La llevo dentro desde que soy. Y voy hacia su encuentro con todo el peso de mis años vivos. Pero vendrá… para pasar de largo. Y en la centella de su beso amargo vendremos Dios y yo definitivos” (Pedro Casaldáliga). Leer más

África rural – África urbana: ¿Dos mundos, dos velocidades?

Ramón Arozarena

Estamos ante una de las transformaciones más acelerada de África subsahariana. En la exposición fotográfica hay abundantes testimonios de esta realidad: el rápido crecimiento de las ciudades debido al éxodo rural y el contraste entre estos dos mundos, el rural y el urbano. Leer más

La seducción de Jesús: el mensaje subversivo José Arregi, teólogo

José Arregi

Redes Cristianas

Enviado a la página web de Redes Cristianas

Queridos amigos y amigas: como ya sabéis el pasado fin de semana celebramos en Madrid las Jornadas de Cristianos por el Socialismo.
Este año nos hemos centrado en la figura de Jesús. Os adjunto las ponencias de Xosé Arregui y José María García Mauriño. También un documento que nos ha hecho llegar Benigno sobre el empobrecimiento de la clase trabajadora en nuestro país. Espero que los documentos sean de vuestro interés.
Aprovecho para comunicaros la triste noticia del fallecimiento de nuestro compañero y amigo de las Jornadas de C.P.S., Alfredo Tamayo S.J. de San Sebastián. Su recuerdo permanecerá entre nosotros
. El título que se me ha propuesto habla a la vez de seducción y subversión. A primera vista, podrían parecer conceptos alejados entre sí. Seducir es cautivar el ánimo, y cautivar el ánimo parece más propio de un bello galán agraciado de palabra y de modales que de un subversivo provocador. Leer más

Lo que nos ha enseñado el Sínodo

José M. Castillo, teólogo

Enviado a la página web de Redes Cristianas

Fuente: Teología sin censura
1. El papado es necesario en la Iglesia. Ahora vemos, más claro que nunca, que la Iglesia necesita una autoridad suprema, que esté por encima de grupos, tendencias, divisiones y enfrentamientos. De no existir el papado, es posible (incluso probable) que en la Iglesia, después de lo ocurrido, se hubiera producido un cisma. Se sabe que cinco cardenales fueron a pedirle al dimitido Benedicto XVI que apoyara a los defensores de una Iglesia conservadora y tradicional, con una teología y una moral igualmente integrista. Pero el ex-papa Ratzinger les contestó a los cinco cardenales que en la Iglesia no hay más que un papa, que es Francisco. Es más, inmediatamente informó a Francisco de lo que estaba ocurriendo. El papado ha salvado la unidad de la Iglesia. Si un solo arzobispo, Lefebvre, pudo crear un cisma, ¿no habrían podido cinco cardenales ser origen de una fractura mayor? Leer más

Francisco: “Reclamar tierra, techo y trabajo no es comunista, es la doctrina social de la Iglesia”

Vibrante discurso del Papa a los participantes del Encuentro Mundial de Movimientos Populares. “¡Ninguna familia sin vivienda! ¡Ningún campesino sin tierra! ¡Ningún trabajador sin derechos!”
El Papa Francisco pidió hoy tierra para los campesinos, casas para las familias y derechos para los trabajadores durante el Encuentro Mundial de los Movimientos Populares, en el que participa el presidente de Bolivia, Evo Morales.

TODOS SANTOS. CON MIS LIMITACIONES, PUEDO ALCANZAR LA PLENITUD, Fray Marcos

Escrito por  Fray Marcos

FE ADULTA

Mt 5, 1-12

Los matemáticos dicen que la distancia de cualquier número, por grande que sea, al infinito, es siempre infinita. Para Dios todos somos iguales, no hay posible distinción. ¿Qué sentido tiene entonces el marcar las diferencias entre unos y otros? La fiesta de «Todos los Santos», entendida como diferencia de perfección entre los seres humanos no tiene mucho sentido. Por eso le he cambiado el título y he puesto: «Todos santos»; aunque también podía haber puesto «Todos pecadores» y sería exactamente igual de cierto. Para Dios no hay diferencia ninguna, porque nos ama a todos por lo que Él es.

Sipor santo entendemos un ser humano perfecto, significaría que ya ha llegado a su plenitud y por lo tanto se habrían acabado sus posibilidades de crecer. Pero su verdadero ser, y por lo tanto su perfección, nada tiene que ver con su biología o con su moralidad. A esa parte de nuestro ser no afectan las limitaciones, sean del orden que sean. Es una realidad que permanece siempre intacta. Descubrir, vivir y manifestar ese verdadero ser, es lo que podríamos llamar santidad.

Cuando creemos que para ser santo tenemos que anular los sentidos, reprimir los sentimientos, machacar la inteligencia y someter la voluntad, nos estamos exigiendo la más torpe inhumanidad. La plenitud de lo humano solo se alcanza en lo divino, que ya  está en nosotros. Vivir lo divino que hay en nosotros es la meta de lo humano. El verdadero santo no es el perfecto. El santo nunca descubrirá que lo es. Por favor, que nadie caiga en la tentación de aspirar a la «santidad». Aspirad solo a ser cada día más humanos, desplegando el amor que Dios ha derramado en vuestro ser.

Cuando hemos puesto la santidad en lo extraordinario, nos hemos salido de todo marco de referencia evangélico. Si creemos que santo es aquel que hace lo que nadie es capaz de hacer, o deja de hacer lo que todos hacemos, ya hemos caído en la trampa del ideal de  perfección griega, que durante siglos se nos ha vendido como cristiana. Cuando un joven le dice a Jesús: «Maestro bueno». Jesús le responde: ¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno más que Dios. ¿Qué hubiera contestado si le hubiera llamado santo?

Todos somos santos, porque nuestro verdadero ser es lo que hay de Dios en nosotros;  aunque la inmensa mayoría no lo hemos descubierto todavía, y de ese modo, tampoco podemos manifestar lo que somos. Somos santos por lo que Dios es en nosotros, no por lo que nosotros somos para Dios. La creencia generalizada de que la santidad consiste en desplegar las virtudes morales, no tiene nada que ver con el evangelio. Recordemos: «Las prostitutas y los pecadores os llevan la delantera en el reino de Dios». Para Jesús, es santo el que descubre el amor que llega a él sin mérito ninguno por su parte. La perfección moral es consecuencia de la santidad, no su causa.

Debemos tener mucho cuidado a la hora de hablar de los santos como «intercesores«. Si lo entendemos pensando en un Dios que solo atiende las peticiones de sus amigos o de aquellos que son «recomendados», estamos ridiculizando a Dios. En Jn 16,26-27, dice Jesús: «no será necesario que yo interceda ante el Padre por vosotros, porque el Padre mismo os ama». Lo hemos dicho hasta la saciedad, Dios no nos ama porque somos buenos o por recomendación de uno que lo es, sino porque Él es amor.

Se puede entender la intercesión de una manera aceptable. Si descubrimos que esas personas que han tomando conciencia de su verdadero ser, son capaces de hacer presente a Dios en todo lo que hacen, pueden ayudarnos a descubrirlo, y por lo tanto pueden acercarnos a Dios. Descubrir que ellos confiaron en Dios a pesar de sus defectos, nos tiene que animar a confiar más nosotros. No solo valdría para los que conviven con ellos, sino para todos los que después de su muerte, tuvieran noticia de su vida y milagros. Sería el camino más fácil para que creciera el número de los «conscientes».

Debemos tener cuidado con la «comunión de los santos«. No se trata de unos «dones» o unas «gracias» que ellos han merecido y que nos ceden a nosotros. Es ridículo cuantificar y almacenar los bienes espirituales. Todo lo que nos viene de Dios es siempre gratuito y nunca se puede merecer. «Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer». Ahora bien, en el momento que se tiene conciencia de la unidad, se comprende que todo lo que hace uno repercute en el todo. La doctrina de Pablo es esclarecedora: «Todos formamos un solo cuerpo».

En esta fiesta celebramos la bondad, se encuentre donde se encuentre. Es una fiesta de optimismo, porque, a pesar de los telediarios, hay mucho bien en el mundo si sabemos descubrirlo. Es cierto que mete más ruido uno tocando el tambor que mil callando. Por eso nos abruma el ruido que hace el mal y no nos queda espacio para descubrir el bien. Hoy es el día de la alegría. La Vida y el Bien triunfan sobre la muerte y el mal. Desde esta perspectiva, la vida merece siempre la pena. Porque esta alegría de vivir tenemos que mantenerla a pesar de tanto sufrimiento y dolor como hay en nuestro mundo. A pesar de que muchos seres humanos consumen su existencia sin enterarse de lo que son, y se conforman con vegetar como las plantas o quedarse en lo sensorial como los animales.

Las bienaventuranzas nos descubren el verdadero rostro del «santo». ¿Quién es dichoso? ¿Quién es bienaventurado? Felicitar a uno porque es pobre, porque llora, porque pasa hambre, porque es perseguido, sería un sarcasmo para el común mortal. Sobre todo si le engañamos con la promesa de que lo serán más allá. Haber reservado la palabra «bienaventurado» para los que han muerto, es una manipulación del evangelio inaceptable.  Aquí abajo el dichoso es el rico, el poderoso, el que puede consumir de todo sin dar un palo al agua. Esa escala de valores queda trastocada por el evangelio.

Las bienaventuranzas no se pueden entender racionalmente, ni se pueden explicar con argumentos. Cuando Pedro se puso a increpar a Jesús, porque no entendía su muerte, Jesús le contestó: «Tú piensas como los hombres, no como Dios». Solo entrando en la dinámica de la trascendencia, podemos descubrir el sentido de las bienaventuranzas. Solo descubriendo lo que hay de Dios en mí, podré darme cuenta del verdadero  valor. Para que una persona sea dichosa le tenemos que dar aquello que considera el valor supremo para ella. Tenga lo que tenga, si no lo percibe como valor absoluto, no le hará feliz.

Las bienaventuranzas no son un sí de Dios a la pobreza y al sufrimiento, sino un rotundo no de Dios a las situaciones de injusticia, asegurando a los pobres lo más grande que pudieran esperar, el amor de Dios. En Él los pobres pueden esperar, tener confianza. No para un futuro lejano, sino ya, aquí y ahora. Puede ser bienaventurado el que llora, pero nunca el que hace llorar. Puede ser feliz el que pasa hambre, pero no el que tiene la culpa del hambre de los demás. Buscar la salvación en las seguridades terrenas, es la mejor prueba de que no se ha descubierto el amor de Dios. Aún en las peores circunstancias imaginables, las posibilidades de ser nadie puede quitártelas

En la celebración de este día, no tenemos que pensar en los «santos» canonizados, ni en los que desarrollaron virtudes heroicas, sino en todos los hombres que descubrieron la marca de lo divino en ellos, que les empuja a mayor humanidad. No se trata de celebrar los méritos de personas extraordinarias, sino de reconocer la presencia de Dios que es el único Santo, en cada uno de nosotros. El merito será siempre de Dios.

 

Fray Marcos

 

JAINKOAREN ESKUETAN: Conmemoración de los difuntos Marcos 5, 33-39; 16,1-6

José Antonio Pagola.
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

ECLESALIA, 28/10/14.- Gaur egungo jendeak ez dakigu zer egin heriotzarekin. Batzuetan, otu ohi zaigun gauza bakarra, ezikusiarena egitea izan ohi da, eta hura aipatu ere ez egitea. Ahalik eta lasterren ahaztu gertaera triste hori, bete joan etorri erlijioso eta zibilak eta eguneroko bizitzara itzuli.

Alabaina, goiz edo berandu, berriro etorri ohi da heriotza bisitan, gure etxekorik maiteenak hartzera. Nola erreakzionatu orduan geure ama bere egin duenean betiko? Zein jarrera izan bere azken agurra esan digun senar maitearen aurrean? Zer egin hainbat adiskidek geure bizitzan uzten diguten zuloaren aurrean?

Pertsona bakoitza bakarka lekualdatzen duen atea da heriotza. Atea ixtean, betiko ezkutatu ohi zaigu hildakoa. Ez dakigu jada zertan den joan zaiguna. Pertsona maite eta hurbil hori Jainkoaren misterio atzeman ezinekoan ezkutatu da. Nola izan harremanik harekin?

Jesusen adiskideok ez gara mugatzen, heriotza-gertaeraren aurrean pasiboki gelditzera. Kristo berpiztuagan konfiantza dugula, maitasunez eta otoitz eginez jarraitzen dugu haren lagun Jainkoarekiko topo egite misteriotsu horretan. Hildakoen kristau-liturgian ez dago atsekabe itsurik, kontrajartze bortitzik, etsipenik. Soil-soilik, konfiantzazko otoitz hau erdi-erdian: «Zure eskuetan, Aita onbera, jartzen dugu gure lagun maite honen bizia».

Zein zentzu izan dezakete gaur egun hileta horiek, zeinetan heriotzaren aurrean sentimen desberdinak ditugun jendea biltzen baikara? Zer egiten ahal dugu denok batean: fededun, ez hain fededun, fededun eskas, fedegabe?

Azken urte hauetan, asko aldatu gara barnez. Kritikoago gabe, baita hauskorrago eta zaurigarriago ere: sinesgabeago gara, baita ziurtasun gabeago ere. Ez dugu gauza erraza sinestea, baina zail dugu ez sinestea ere. Dudaz eta ziurtasunik gabe bizi gara, baina ez gara gai esperantza aurkitzeko.

Batzuetan, hileta batera joaten garenean, guztiok egin dezakegun zerbait egitera gonbidatu ohi dut jendea, nor bere fede koskorrez. Pertsona maiteari geure barnetik esatera hitz batzuk, harekiko maitasuna agertuz eta Jainkoari dei apal bat eginez:

«Zeure lagun maite zaitugu orain ere, baina ez dakigu jada zurekin nola topo egin, ezta zer egin ere zugatik. Ahula dugu gure fedea, eta ez dakigu nola egin otoitz egoki. Baina Jainkoaren maitasunaren eskuetan jarri nahi zaitugu, haren eskuetan utzi nahi zaitugu. Leku seguruagoa duzu gaur Jainkoaren maitasun hori, guk eskaintzen ahal dizuguna baino. Goza dezazula bizi bete-beteaz. Guk zu maitatzen jakin ez dugun moduan maite zaitu Jainkoak. Egun batean berriro dugu ikusiko elkar».

 

EN LAS MANOS DE DIOS: Conmemoración de los difuntos Marcos 5, 33-39; 16,1-6

JOSÉ ANTONIO PAGOLA, lagogalilea@hotmail.com

ECLESALIA, 28/10/14.- Los hombres de hoy no sabemos qué hacer con la muerte. A veces, lo único que se nos ocurre es ignorarla y no hablar de ella. Olvidar cuanto antes ese triste suceso, cumplir los trámites religiosos o civiles necesarios y volver de nuevo a nuestra vida cotidiana.

Pero tarde o temprano, la muerte va visitando nuestros hogares arrancándonos nuestros seres más queridos. ¿Cómo reaccionar entonces ante esa muerte que nos arrebata para siempre a nuestra madre? ¿Qué actitud adoptar ante el esposo querido que nos dice su último adiós? ¿Que hacer ante el vacío que van dejando en nuestra vida tantos amigos y amigas?

La muerte es una puerta que traspasa cada persona en solitario. Una vez cerrada la puerta, el muerto se nos oculta para siempre. No sabemos qué ha sido de él. Ese ser tan querido y cercano se nos pierde ahora en el misterio insondable de Dios. ¿Cómo relacionarnos con él?

Los seguidores de Jesús no nos limitamos a asistir pasivamente al hecho de la muerte. Confiando en Cristo resucitado, lo acompañamos con amor y con nuestra plegaria en ese misterioso encuentro con Dios. En la liturgia cristiana por los difuntos no hay desolación, rebelión o desesperanza. En su centro solo una oración de confianza: “En tus manos, Padre de bondad, confiamos la vida de nuestro ser querido”

¿Qué sentido pueden tener hoy entre nosotros esos funerales en los que nos reunimos personas de diferente sensibilidad ante el misterio de la muerte? ¿Qué podemos hacer juntos: creyentes, menos creyentes, poco creyentes y también increyentes?

A lo largo de estos años, hemos cambiado mucho por dentro. Nos hemos hecho más críticos, pero también más frágiles y vulnerables; somos más incrédulos, pero también más inseguros. No nos resulta fácil creer, pero es difícil no creer. Vivimos llenos de dudas e incertidumbres, pero no sabemos encontrar una esperanza.

A veces, suelo invitar a quienes asisten a un funeral a hacer algo que todos podemos hacer, cada uno desde su pequeña fe. Decirle desde dentro a nuestro ser querido unas palabras que expresen nuestro amor a él y nuestra invocación humilde a Dios:

“Te seguimos queriendo, pero ya no sabemos cómo encontrarnos contigo ni qué hacer por ti. Nuestra fe es débil y no sabemos rezar bien. Pero te confiamos al amor de Dios, te dejamos en sus manos. Ese amor de Dios es hoy para ti un lugar más seguro que todo lo que nosotros te podemos ofrecer. Disfruta de la vida plena. Dios te quiere como nosotros no te hemos sabido querer. Un día nos volveremos a ver”.

Presentado el VII Informe Foessa sobre exclusión y desarrollo social en España

11.746.000 personas están excluidas en España. Uno de cada cinco ciudadanos de nuestro país, que sufren precariedad laboral, sanitaria o falta de vivienda. La mayor encuesta sobre exclusión social que se realiza en el Estado español, el VII Informe Foessa, refleja una realidad difícil de asumir, pero que se palpa con los dedos a poco que observemos la realidad. Esta mañana fue presentado en la sede de Cáritas.