Urteko bigarren igandea – C José A. Pagola

Urteko bigarren igandea – C (Joan 2,1-11)

ALAITASUNA ETA MAITASUNA – ALEGRÍA Y AMOR

Joan ebanjelariaren arabera, Jesusek zeinuak egiten ziharduen, beragan ezkutuan zegoen misterioa ezagutarazteko eta bere baitan zekarren indar salbatzailea onartzera gonbidatzeko. Zein izan zen lehen zeinua?, zer da Jesusengan aurkitu behar dugun lehen gauza?

Ebanjelaria Galileako Kanan ospatutako ezteiez mintzo da; mendiko herrixka bat da Kanaan, Nazaretetik hamabost kilometrora. Alabaina, pasadizoak izaera argiro sinbolikoa du. Ez emazteak ez senarrak dute aurpegirik: ez dira mintzo, ez dira ari. Garrantzizko pertsona bakarra «gonbidatu» bat da, Jesus du izena.

Ezteiak Galilean, landa-jendearen artean, festarik esperoena izaten zen eta gogokoena. Hainbat egunetan lagun egiten zieten familiartekoek eta adiskideek ezkonberriei, elkarrekin janez eta edanez, ezteietako dantzak eginez eta maitasun-kantak abestuz. Bat-batean, Jesusen amak oharpen izugarri bat egin dio bere semeari: «ez zaie gelditzen ardorik». Nolatan jarraituko dute kantari eta dantzari?

Ardoa ezinbestekoa da ezteietan. Jende harentzat, gainera, maitasunaren eta alaitasunaren sinbolo esanguratsuena zen ardoa. Tradizioak zioen: «Ardoak bihotza alaitzen du». Hala abesten zion andregaiak bere maiteari maitasun-kanta eder batez: «Zure maitasuna hobea da ardoa baino». Zer izan daiteke eztei bat alaitasunik eta maitasunik gabe?, zer ospa daiteke bihotz tristeaz eta maitasun gabeaz?

Etxearen ezkaratzean «harrizko sei ontzi daude». Handiak dira. «Han jarriak dira», nahita. Garbiketarako «ura» gorde ohi da haietan. Landa-jende haren jaiera edo debozio erlijiosoa adierazten dute, Jainkoaren aurrean «garbi» bizi nahi baitute. Jesusek ura ardo bihurtu du. Beraren esku hartzeak maitasuna eta alaitasuna sartuko ditu erlijio hartan. Hori izan du bere lehen ekarpena.

Nolatan gabiltza Jesusi jarraitu nahian alaitasuna eta maitasuna zaindu gabe?, zer izan daiteke Elizan eta munduan alaitasuna eta maitasuna baino garrantzizkorik?, noiz arte gorde ahal izango dugu «harrizko ontzietan» fede triste eta aspergarri bat?, zertako dira gure ahalegin guztiak, geure erlijioan maitasuna sartzeko gai ez bagara? Ezer ez tristeagorik kristau-elkarte batez hau esatea baino: «Ez zaie ardorik gelditzen».

José Antonio Pagola

Itzultzailea: Dionisio Amundarain

2 Tiempo ordinario – C (Juan 2,1-11)

ALEGRÍA Y AMOR

Según el evangelista Juan, Jesús fue realizando signos para dar a conocer el misterio encerrado en su persona y para invitar a la gente a acoger la fuerza salvadora que traía consigo. ¿Cuál fue el primer signo?, ¿qué es lo primero que hemos de encontrar en Jesús?

El evangelista habla de una boda en Caná de Galilea, una pequeña aldea de montaña, a quince kilómetros de Nazaret. Sin embargo, la escena tiene un carácter claramente simbólico. Ni la esposa ni el esposo tienen rostro: no hablan ni actúan. El único importante es un «invitado» que se llama Jesús.

Las bodas eran en Galilea la fiesta más esperada y querida entre las gentes del campo. Durante varios días, familiares y amigos acompañaban a los novios comiendo y bebiendo con ellos, bailando danzas de boda y cantando canciones de amor. De pronto, la madre de Jesús le hace notar algo terrible: «no les queda vino». ¿Cómo van a seguir cantando y bailando?

El vino es indispensable en una boda. Para aquellas gentes, el vino era, además, el símbolo más expresivo del amor y la alegría. Lo decía la tradición: «El vino alegra el corazón». Lo cantaba la novia a su amado en un precioso canto de amor: «Tus amores son mejores que el vino». ¿Qué puede ser una boda sin alegría y sin amor?, ¿qué se puede celebrar con el corazón triste y vacío de amor?

En el patio de la casa hay «seis tinajas de piedra». Son enormes. Están «colocadas allí», de manera fija. En ellas se guarda el «agua» para las purificaciones. Representan la piedad religiosa de aquellos campesinos que tratan de vivir «puros» ante Dios. Jesús transforma el agua en vino. Su intervención va a introducir amor y alegría en aquella religión. Esta es su primera aportación.

¿Cómo podemos pretender seguir a Jesús sin cuidar más entre nosotros la alegría y el amor?, ¿qué puede haber más importante que esto en la Iglesia y en el mundo?, ¿hasta cuándo podremos conservar en «tinajas de piedra» una fe triste y aburrida?, ¿para qué sirven todos nuestros esfuerzos, si no somos capaces de introducir amor en nuestra religión? Nada puede ser más triste que decir de una comunidad cristiana: «No les queda vino».

José Antonio Pagola

Domingo 2º del T.O. Koinonía

Ciclo C

Isaías 62, 1-5

La alegría que encuentra el esposo con su esposa,

Por amor de Sión no callaré, por amor de Jerusalén no descansaré,

hasta que rompa la aurora de su justicia, y su salvación llamee como antorcha.

Los pueblos verán tu justicia, y los reyes tu gloria;

te pondrán un nombre nuevo, pronunciado por la boca del Señor.

Serás corona fúlgida en la mano del Señor y diadema real en la palma de tu Dios.

Ya no te llamarán «Abandonada», ni a tu tierra «Devastada»;

a ti te llamarán «Mi favorita», y a tu tierra «Desposada»,

porque el Señor te prefiere a ti, y tu tierra tendrá marido.

Como un joven se casa con su novia, así te desposa el que te construyó;

la alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo.

1Corintios 12, 4-11

El mismo y único Espíritu reparte a cada uno como a él le parece

Hermanos: Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos.

En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común.

Y así uno recibe del Espíritu el hablar con sabiduría; otro, el hablar con inteligencia, según el mismo Espíritu.

Hay quien, por el mismo Espíritu, recibe el don de la fe; y otro, por el mismo Espíritu, don de curar. A éste le han concedido hacer milagros; a aquél, profetizar. A otro, distinguir los buenos y malos espíritus. A uno, la diversidad de lenguas; a otro, el don de interpretarlas.

El mismo y único Espíritu obra todo esto, repartiendo a cada uno en particular como a él le parece.

Juan 2, 1-11

En Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos

En aquel tiempo, había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda.

Faltó el vino, y la madre de Jesús le dijo: «No les queda vino.»

Jesús le contestó: «Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora.»

Su madre dijo a los sirvientes: «Haced lo que él diga.»

Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una.

Jesús les dijo: «Llenad las tinajas de agua.»

Y las llenaron hasta arriba.

Entonces les mandó: «Sacad ahora y llevádselo al mayordomo.»

Ellos se lo llevaron.

El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llamó al novio y le dijo: «Todo el mundo pone primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora.»

Así, en Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria, y creció la fe de sus discípulos en él.

COMENTARIO A LOS TEXTOS BÍBLICOS:

La vida de Jesús se desarrolló dentro de la normalidad propia del ambiente cultural y la religiosidad de un judío del primer siglo de nuestra era. Los discípulos descubren a Jesús como un hombre normal, en un ambiente normal y sin ningún tipo de manifestaciones espectaculares o ni siquiera extraordinarias. Esta realidad de una vida normal en Jesús, hace que entre los discípulos y él no haya ningún tipo de distanciamiento, antes por el contrario, una vida verdaderamente humana como la de Jesús, hace que su experiencia del Dios sea más creíble y mucho más accesible a la conciencia y a la vida de los que le escuchan y le siguen. La actitud de Jesús, sin ningún tipo de pretensión, va revelando una nueva imagen y un nuevo concepto de Dios. Dios ha dejado de ser ese ser extraño y lejano, que atemoriza al ser humano, y toma la característica del Dios original de Israel, el Dios que camina con su pueblo.

Para la lógica del evangelio de Juan, el Banquete es un tema fundamental en la teología del evangelio de Juan. La teología del banquete se abre con la misión de Jesús en Caná de Galilea, y se cierra con la última Cena, fundamento de la Eucaristía. El Banquete es por tanto un signo mesiánico, donde se anuncia la llegada del Reino y se presenta a Jesús, Soberano del Reino. Es un símbolo fundamental que explica en la cotidianidad la presencia del Reino en medio de la historia.

Las «bodas de Caná» están en el imaginario de los primeros cristianos y de todo la Iglesia a lo largo de la historia, por ese hecho inolvidable: en lo mejor de la boda, el vino se acaba. ¿Cómo es posible que no se haya previsto esta parte en la fiesta? La acción de Jesús de Nazaret frente a la falta de vino, hará que este relato de las bodas de Caná, quede inmortalizado en la simbología cristiana.

El milagro de las bodas en Caná de Galilea, no es simplemente por la falta de vino. El asunto es otro: el relato tiene que ser entendido en perspectiva de Reino, en dinámica de tiempo mesiánico. El texto indica, que había allí en un lugar de la casa, unas tinajas de piedra vacías, seis en total. El texto hace énfasis en que están vacías. Son tinajas destinadas para contener el agua de la purificación ritual de los creyentes judíos. Pero están secas. Este símbolo, indica la sequedad en que se encuentra el modelo religioso judío. En la visión de los cristianos primeros, que acabaron separándose del judaísmo, la ley judía, antes que ayudar, terminó dificultando la relación de Dios con su pueblo. Les resultaba una ley vacía, sin sentido, que sólo generaba cargas y no posibilitaba la libertad y la alegría. Las tinajas, destinadas a la purificación, eran un símbolo que dominaba la ley antigua. Ese modelo de ley creaba con Dios una relación difícil y frágil, mediatizada por ritos fríos y carentes de sentidos.

No se dice sin embargo que las tinajas estuvieran con agua. Son llenadas cuando Jesús lo ordena. Al estar llenas, las tinajas que no prestaban ya ningún servicio, más bien estorbaban en la vida normal de la gente, permiten una nueva manifestación del proyecto de Jesús: el agua está convertida en vino. ¿Qué nos indica ese signo? La ritualidad, el legalismo, la norma fría y vacía, es trasformada en vino, símbolo de la alegría, del gozo mesiánico, de la fiesta de la llegada del tiempo nuevo del Reino de Dios. Tenemos que acabar en nuestra vida y en la vida comunitaria, con los sistemas religiosos deshumanizantes, para lograr entrar en la dinámica liberadora, incluyente y festiva que Jesús inauguró.

¿Complicada esta interpretación? Efectivamente, es complicada, con la complicación que brota de un texto sofisticado, muy elaborado, con toda una trastienda de alusiones veladas y crípticos mensajes. Leer, proclamar, comentar el evangelio de Juan como si se tratara de una simple y llana historieta de unas bodas, en las que además Jesús funda el sacramento del matrimonio, sin más complicaciones… resultaría una lectura fácil y cómoda, pero sería profundamente carente de veracidad. Aunque sea más laborioso y menos grato, es mejor tratar a nuestros oyentes como adultos, y no ahorrarles la complejidad de unos textos que interpretados directamente a la letra nos llevarían solamente por caminos de fundamentalismo.

Les ofrecemos, para concluir, el soneto de Pedro Casaldáliga sobre las bodas de Caná:

«No tienen vino»

La verdad es que no tenemos vino.

Nos sobran las tinajas, y la fiesta

se enturbia para todos, porque el sino

es común y la sola sala es ésta.

Nos falta la alegría compartida.

Rotas las alas, sueltos los chacales,

hemos cegado el curso de la vida

entre los varios pueblos comensales.

¡Sangre nuestra y de Dios, vino completo,

embriáganos de Ti para ese reto

de ser iguales en la alteridad.

 

Uva pisada en nuestra dura historia,

vino final bebido a plena gloria

en la bodega de la Trinidad!

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 17 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. LÓPEZ VIGIL, titulado «Los novios de Caná». El audio, el guión y su comentario pueden ser tomados de aquí: https://radialistas.net/17-los-novios-de-cana/

La serie «Otro Dios es posible», de los mismos autores, tiene un capítulo, el 31, que se titula «¿Dios hace milagros?», que puede ser útil para suscitar un diálogo-debate sobre la simbología mítica de la fiesta de la Epifanía. Su guión y su audio puede recogerse en https://radialistas.net/31-dios-hace-milagros/ Es importante consultar la información complementaria que la serie ofrece a esta entrevista nº 31, disponible en el enlace final de la entrevista. Hay varios otros varios guiones con temas relacionados, que también pueden ayudar a un debate-catequesis donde sea oportuno (véase el índice).

 

Jaunaren Bataioa – C José A. Pagola

Lukas 3,15-16.21-22

 EZ ITO MAITASUN SOLIDARIOA-NO AHOGAR EL AMOR SOLIDARIO

Maitasuna gizarteari zinezko bizia ematen dion energia da. Zibilizazio orotan daude bizia, egia eta zuzentasuna sortzen duten energiak, eta heriotza, gezurra eta duintasun-eza eragiten duten energiak. Ez da izaten erraza horrelakorik sumatzea, baina bizi-bulkada guztien erroan egon ohi da beti maitasuna.

Horregatik, gizarte batean maitasuna itotzen denean, itotzen ari da denbora berean gizatasun-hazkundera, eta bizia zabaltzera eraman ohi duen dinamika ere. Horra zergatik den garrantzizkoa maitasuna sozialki babestea, eta suntsi dezakeen ororen kontra borroka egitea.

Maitasuna errotik hiltzeko era bat jendea manipulatzea da. Gaur egungo gizartean ozenki aldarrikatzen dira pertsonaren eskubideak, baina gero jendea errendimendua ateratzearen mende gelditzen da, onura ateratzearen eta ongizatea garatzearen mende. Horrela gertatzen da orduan Herbet Marcuse pentsalari estatubatuarrak «askatasunaren eutanasia» deitu zuena. Gero eta pertsona gehiago dago «askatasun eroso, patxadako, arrazoizko, demokratiko» ez dena bizi ohi duena. Ondo bizi ohi da jendea, baina nola egiazko askatasuna hala maitasuna ezagutu gabe.

Beste arrisku bat maitasunarentzat funtzionalismoa da. Efikaziaren gizartean garrantzizkoa ez da pertsona bera, baizik betetzen duen egitekoa. Indibiduoa erraz gelditzen da engranajearen puska material huts izatera mugatua: lanean langile bat da; kontsumoan bezero bat; ospitalean ohe-zenbaki bat… Gizarte honetan, gauzak dira funtzionatzen dutenak; pertsona arteko harremanak hiltzen ari dira,

Maitasuna itotzeko beste era bat axolarik eza da. Gizarte modernoaren funtzionamenduak gizabanakoak nor bere probetxuari begira jartzen ditu. Gainerakoak «abstrakzio» huts dira. Ikerketak eta estatistikak argitaratzen dira; hondo-hondoan pertsona jakin batzuen sufrimendua gordetzen dutenak dira. Ez dugu gauza erraza geure burua erantzule sentitzea. Administrazio publikoa da problema horiez arduratu behar duena.

Zer egiten ahal dugu gutako bakoitzak? Hainbat maitasun-ezaren formen aurrean, Bataiatzaileak bistako jarrera iradoki du: «Bi tunika dituenak banatu ditzala horrelako ezer ez duenarekin; eta zer jana duenak egin dezala gauza bera». Zer egin genezake? Gauza sinplea: partekatu daukaguna premian bizi direnekin.

José Antonio Pagola

Itzultzailea: Dionisio Amundarain

Bautismo del Señor – C (Lucas 3,15-16.21-22)

Evangelio del 12 / Ene / 2025

Publicado el 06/ Ene/ 2025

por Coordinador – Mario González Jurado

evangelioPagola

NO AHOGAR EL AMOR SOLIDARIO

El amor es la energía que da verdadera vida a la sociedad. En toda civilización hay fuerzas que generan vida, verdad y justicia, y fuerzas que provocan muerte, mentira e indignidad. No siempre es fácil detectarlo, pero en la raíz de todo impulso de vida está siempre el amor.

Por eso, cuando en una sociedad se ahoga el amor, se está ahogando al mismo tiempo la dinámica que lleva al crecimiento humano y a la expansión de la vida. De ahí la importancia de cuidar socialmente el amor y de luchar contra todo aquello que puede destruirlo.

Una forma de matar de raíz el amor es la manipulación de las personas. En la sociedad actual se proclaman en voz alta los derechos de la persona, pero luego los individuos son sacrificados al rendimiento, la utilidad o el desarrollo del bienestar. Se produce entonces lo que el pensador norteamericano Herbet Marcuse llamaba «la eutanasia de la libertad». Cada vez hay más personas que viven una «no libertad confortable, cómoda, razonable, democrática». Se vive bien, pero sin conocer la verdadera libertad ni el amor.

Otro riesgo para el amor es el funcionalismo. En la sociedad de la eficacia lo importante no son las personas, sino la función que ejercen. El individuo queda fácilmente reducido a una pieza del engranaje: en el trabajo es un empleado; en el consumo, un cliente; en la política, un voto; en el hospital, un número de cama… En esta sociedad, las cosas funcionan; las relaciones entre las personas mueren.

Otro modo frecuente de ahogar el amor es la indiferencia. El funcionamiento de la sociedad moderna concentra a los individuos en sus propios intereses. Los demás son una «abstracción». Se publican estudios y estadísticas tras los cuales se oculta el sufrimiento de las personas concretas. No es fácil sentirnos responsables. Es la administración pública la que se ha de ocupar de esos problemas.

¿Qué podemos hacer cada uno? Frente a tantas formas de desamor, el Bautista sugiere una postura clara: «El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida haga lo mismo». ¿Qué podemos hacer? Sencillamente compartir más lo que tenemos con aquellos que viven en necesidad.

José Antonio Pagola

 

DOMINGO 1º BAUTISMO DE JESÚS  (C) Fray Marcos

(Is 42,1-7) “Mirad a mi siervo a quien prefiero, sobre él he puesto mi espíritu”.

(Hch 10, 34-38)»…Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu.»

(Lc 3,15-22) «mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él…”

Hoy celebramos que Jesús nació del agua y del Espíritu. El bautismo en sí no tiene ninguna importancia, la teología que expresa, toda.

Comenzamos el “tiempo ordinario”. El bautismo es el primer acontecimiento que los evangelios nos narran de la vida de Jesús. Es, además, el más significativo desde su nacimiento hasta su muerte. Lo importante no es el hecho en sí, sino la carga teológica que el relato encierra. El bautismo y las tentaciones hablan de la profunda transformación que produjo en él una experiencia que se pudo prolongar durante años. Jesús descubrió el sentido de su vida, lo que Dios era para él y lo que tenía que ser él para los demás.

Los cuatro evangelistas resaltan la importancia que tuvo para Jesús el encuentro con Juan el Bautista y el descubrimiento de su misión. A pesar de que es un reconoci­miento de cierta dependencia de Jesús con relación a Juan. Ningún relato nos ha llegado de los discípulos de Juan. Todo lo que sabemos de él lo conocemos a través de los escritos cristianos. Si a pesar de que se podía interpretar como una subordinación, lo han narrado todos los evangelistas, quiere decir que tiene grandes posibilidades de ser histórico.

Celebramos hoy el verdadero nacimiento de Jesús. Él mismo nos dijo que el nacimiento del agua y del Espíritu era lo importante. Si seguimos celebrando con mayor énfasis el nacimiento carnal, es que no hemos entendido el mensaje evangélico. Nuestra religión sigue empeñada en que busquemos a Dios donde no está. Dios no está en lo que podemos percibir por los sentidos. Dios está en lo hondo del ser y allí tenemos que descubrirlo. El bautismo de Jesús tiene un hondo calado porque nos lanza más allá de lo sensible.

Lucas no da ninguna importancia al hecho físico. Destaca los símbolos: Cielo abierto, bajada del Espíritu y voz del Padre. Imágenes que en el AT están relacionadas con el Mesías. Se trata de una teofanía. Según aquella mentalidad, Dios está en los cielos y tiene que venir de allí. Abrirse los cielos es señal de que Dios se acerca a los hombres. Esa venida tiene que ser descrita de una manera sensible para poder ser percibida. Lo importante no es lo que sucedió fuera, sino lo que vivió Jesús dentro de sí mismo.

El gran protagonista de la liturgia de hoy es el Espíritu. En las tres lecturas se hace referencia directa a él. En el NT el Espíritu es entendido a través de Jesús; y a la vez, Jesús es entendido a través del Espíritu. Esto indica hasta que punto se consideran mutuamente implicados. Comprenderemos esto mejor si damos un repaso a la relación de Jesús con el Espíritu en los evangelios, aunque no en todos “espíritu” significa a lo mismo.

 Marcos: (1,10) Vio rasgarse los cielos y al Espíritu descender sobre él.

(1,12) El Espíritu lo impulsó hacia el desierto.

Mateo: (3,16) Se abrieron los cielos y vio el Espíritu de Dios que bajaba como paloma.

Lucas: (3,22) El Espíritu Santo bajó sobre él en forma corporal como una paloma.

(4,1) Jesús salió del Jordán lleno del Espíritu Santo.

(4,14) Jesús, lleno de la fuerza del Espíritu, regresó a galilea.

(4,18) El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido.

Juan: (1,32) Yo he visto que el Espíritu bajaba del cielo y permanecía sobre él.

(1,33) Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu, es quien bautiza con E. S. y fuego.

(3,5) Nadie puede entrar en el Reino, si no nace del agua y del Espíritu.

(6,63) El Espíritu es el que da vida, la carne no sirve de nada.

Hay que recordar que estamos hablando de la experiencia de Jesús como ser humano, no de la segunda o de la tercera persona de la Trinidad. Lo que de verdad nos debe importar a nosotros es el descubrimiento de la relación de Dios para con él, como ser humano, y la respuesta que el hombre Jesús dio a esa toma de conciencia. Lo singular de esa relación es la respuesta de Jesús a esa presencia de Dios-Espíritu en él. El bautismo no es la prueba de la divinidad de Jesús, sino la prueba de una verdadera humanidad.

 

En el discurso de Juan en la última cena, Jesús hace referencia al Espíritu que les enviará, pero también les dice que no les dejará huérfanos, volveré. Esas dos expresiones hacen referencia a la misma realidad. También dice que el Padre y él vendrán y harán morada en aquel que le ama. Jesús se siente identificado con Dios, que es Espíritu. No tenemos datos para poder adentrarnos en la psicología de Jesús, pero los evangelios no dejan ninguna duda sobre la relación de Jesús con Dios. Fue una relación mucho más que personal. Se atreve a llamarle Abba, (papá) cosa inusitada en aquella época y aún en la nuestra.

Todo el mensaje de Jesús se reduce a manifestar su experiencia de Dios. El único objetivo de su predica­ción fue que también nosotros lleguemos a esa misma experiencia. La comunicación de Jesús con su «Abba», no fue a través de los sentidos ni a través de un órgano portentoso. Se comunicaba con Dios como nos podemos comunicar cualquiera de nosotros. Tenemos que descartar cualquier privilegio en este sentido. A través de la oración, de la contemplación el Hombre Jesús descubrió quién era Dios para él. En este caso, Lucas dice que esa manifestación de Dios en Jesús, se produjo “mientras oraba”.

El descubrimiento de esa presencia nace sencillamente de su concien­cia de criatura. Dios como creador está en la base de todo ser creado, constituyéndolo en ser. Yo soy yo porque soy de Dios. Todo lo que tengo de positivo me lo está comunicando Dios; es el mismo ser de Dios en mí. Solo una cosa me diferencia de Dios; mis limitaciones. Esas, sí son mías y hacen que yo no sea Dios, ni criatura alguna pueda identificarse absolutamente con Dios. Lo importante para nosotros es intentar descubrir lo que pasó en el interior de Jesús y ver hasta que punto podemos nosotros aproximarnos a esa misma experiencia.

La experiencia de Dios que tuvo Jesús no fue un chispazo que sucedió en un instante. Más bien tenemos que pensar en una toma de conciencia progresiva que le fue acercando a lo que después intentó transmitir a los discípulos. Los evangelios no dejan lugar a duda sobre la dificultad que tuvieron los primeros seguidores de Jesús para entender esto. Eran todos judíos y la religiosidad judía estaba basada en la Ley y el templo, es decir, en una relación puramente externa con Dios. Para nosotros esto es muy importante. Una toma de conciencia de nuestro verdadero ser no puede producirse de la noche a la mañana.

¿Cómo interpretaron los primeros cristianos, todos judíos, este relato? Dios, desde el cielo, manda su Espíritu sobre Jesús. Para ellos Hijo de Dios y ungido era lo mismo. Hijo de Dios era el rey, una vez ungido; el sumo sacerdote, también ungido; el pueblo elegido por Dios. Lo más contrario a la religión judía era la idea de otro Dios o un Hijo de Dios. ¿Cómo debemos interpretar nosotros esa interpretación? Hoy tenemos conocimientos suficientes para recuperar el sentido de los textos y salir de una mitología que nos ha despistado durante siglos. Jesús es hijo de Dios porque salió al Padre, imitó en todo al Padre, le hizo presente en todo lo que hacía. Pero entonces también yo puedo ser hijo como lo fue Jesús.

Bautismo del Señor – Koinonía

Isaías 42, 1-4. 6-7

Mirad a mi siervo, a quien prefiero

Así dice el Señor: «Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero.

Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones.

No gritará, no clamará, no voceará por las calles.

La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará.

Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará,

hasta implantar el derecho en la tierra, y sus leyes que esperan las islas.

Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he cogido de la mano,

te he formado, y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones.

Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión,

y de la mazmorra a los que habitan las tinieblas.»

Hechos de los apóstoles 10, 34-38

Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo

Lectura del libro de los

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: «Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los israelitas, anunciando la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos.

Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.»

Lucas 3, 15-16. 21-22

Jesús se bautizó. Mientras oraba, se abrió el cielo

En aquel tiempo, el pueblo estaba en expectación, y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.»

En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espiritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto.»

COMENTARIO A LOS TEXTOS BÍBLICOS:

Hoy celebra la liturgia el bautismo de Jesús. Las lecturas nos ofrecen tres elementos para reflexionar sobre el tema.

Un primer elemento lo encontramos en el texto de Isaías, quien nos habla de la actitud del siervo de Dios; éste ha sido llamado y asistido por el Espíritu para llevar a cabo una especial misión en el pueblo: hacer presente con su vida la actitud misma de Dios para con la humanidad; es decir, evidenciar que Dios instaura su justicia y su luz por medio de la debilidad del ser humano. Por tanto, es tarea de todo bautizado testimoniar que Dios está actuando en su vida; signo de ello es su manera de existir en medio de la comunidad; debe ser una existencia que promueva la solidaridad y la justicia con los más débiles, pues en ellos Dios actúa y salva; en ellos se hace presente la liberación querida por Dios.

El segundo elemento está presente en el relato de los Hechos de los Apóstoles. La intención central de este relato es afirmar que el mensaje de salvación, vivido y anunciado por Jesús de Nazaret, es para todos. La única exigencia para ser partícipe de la obra de Dios es iniciar un proceso de cambio (respetar a Dios y practicar la justicia), que consiste en abrirse a Dios y abandonar toda clase de egoísmo para poder ir, en total libertad, al encuentro del otro, pues es en el otro donde se manifiesta Dios. A ejemplo de Jesús, todo bautizado tiene el deber de «pasar por la vida haciendo el bien»; tiene la tarea constante de cambiar, de despojarse de todo interés egoísta para poder así ser testigo de la salvación.

El evangelio de Mateo desarrolla el tercer elemento que identifica el verdadero bautismo: La obediencia a la voluntad del Padre. “La justicia plena” a la que se refiere Jesús en el diálogo con Juan el Bautista manifiestamente la íntima relación existente entre el Hijo de Dios y el proyecto del Padre. Esto significa que el bautismo es la plenitud de la justicia de Dios, ya que las actitudes y comportamientos de Jesús tienen como fin hacer la voluntad de Dios. Esta obediencia y apertura a la acción de Dios afirma su condición de hijo; es hijo porque obedece y se identifica con el Padre. Esta identidad de Jesús con el Padre (ser Hijo de Dios) se corrobora en los sucesos que acompañan el bautismo: el cielo «se abre», desciende el Espíritu, y una voz comunica que Jesús es Hijo predilecto de Dios. Es «hijo» a la manera del siervo sufriente de Isaías (Is 42,1): hijo obediente que se encarna en la historia y participa completamente de la realidad humana. El bautismo, en consecuencia, provoca y muestra la actitud de toda persona abierta a la divinidad y voluntad de Dios; y hace asumir, como modo normal de vida, el llamado a ser hijos de Dios, identificándonos en todo con el Padre y procurando, con nuestro actuar, hacer presente la justicia y el amor de Dios.

Por desgracia, en la actualidad el bautismo se ha limitado al mero rito religioso, desligándolo de la vida y la experiencia de fe de la persona creyente. Se ha olvidado que el bautismo es un hecho fundamental del ser cristiano, pues tendría que ser la expresión de la opción fundamental de la persona, opción que toma a la luz del ejemplo de Jesús y por la que se compromete a ser cristiano.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 7 de la serie «Un tal Jesús», titulado «Bautismo en el Jordán», de los hnos. López Vigil. El audio, el guión y su comentario pueden ser tomados de: https://radialistas.net/7-bautismo-en-el-jordan

EPIFANÍA (C) FRAY MARCOS

(Is 60,1-6) ¡Levántate, brilla, Jerusalén, la gloria del Señor amanece sobre ti!

(Ef. 3,2-6) Se me dio a conocer… que también los gentiles son coherederos.

(Mt 2,1-12) “Hemos visto su estrella y venimos a adorarlo”.

Dios se está manifestando siempre en todo lo que es. En algunos momentos determinados podemos descubrir su huella. Eso sería una epifanía.

Es una de las fiestas más antiguas, anterior a la Navidad. “Epifanía” significa en griego manifestaciones. Parece ser que, en su primer significado hacía referencia a la primera luz que aparecía en Oriente y anunciaba el nuevo día. Hasta hace bien poco se conmemoraban este día tres ‘manifestaciones’: la adoración de los magos, la boda de Cana y el bautismo de Jesús. Hoy celebraos en occidente la adoración de los magos, más conectada que la Navidad y como símbolo de la llamada de todos los pueblos a la salvación ofrecida por Dios en Jesús. En oriente se sigue celebrando hoy la Navidad.

El relato que hoy leemos del evangelio de Mateo no hay la más mínima posibilidad de que sea histórico. Esto no nos debe preocupar en absoluto, porque lo que se intenta con esa “historia” es dar un mensaje teológico. Dios se está manifestando siempre. El que lo descubre tiene que convertirlo en imágenes para poder comunicarlo a los que no lo han descubierto. Si nos quedamos en la letra, no descubriremos la realidad. Dios se manifiesta siempre pero lo descubren solo algunos en situaciones muy singulares.

El concebir la acción de Dios como venida de fuera y haciendo o deshaciendo algo en el mundo material, sigue jugándonos muy malas pasadas. Muchas veces he intentado explicar como es la actuación de Dios, pero acepto que es muy difícil de comprender, mientras sigamos creyendo en un Dios todopoderoso, apto para hacer o deshacer cualquier entuerto. Pensemos, por ejemplo, en el comienzo de la mayoría de las oraciones de la liturgia: “Dios todopoderoso y eterno… para terminar pidiendo algo.”

Debemos superar la idea de Dios creador como hacedor de algo que deja ahí fuera. Dios no puede desentenderse de la criatura, como hacemos nosotros al ‘crear’ algo. Lo que llamamos creación es manifestación de Dios, que está ahí sosteniendo en el ser a su criatura. Imaginad que la creación es la figura que se refleja en el espejo. Si quitamos del medio la realidad reflejada, el espejo no podría reflejar ninguna imagen. Dios crea porque es amor y en la creación manifiesta su capacidad de unir. Al crear Dios solo puede buscar el bien de las criaturas, no puede esperar nada de ellas.

La creación no falla nunca. Siempre está manifestando a su creador. En el Génesis se repite una y otra vez, que lo que iba haciendo Dios era “bueno”. Cuando llega a la creación del hombre, dice: “era todo muy bueno”. La idea de un Dios que tiene que estar haciendo chapuzas con la creación, es mezquina. La idea de una salvación como reparación de una creación que le salió mal, es consecuencia de un maniqueísmo mal disimulado. Cada ser humano puede no ser consciente de lo que es y vivir como lo que no es, pero seguirá siendo manifestación de Dios y como tal único y perfecto.

Podemos seguir diciendo, que Dios actúa puntualmente en la historia, que se sigue manifestando en los acontecimientos, pero conscientes de que es una manera impropia de hablar. Con ello queremos indicar que el hombre, en un momento determinado, se da cuenta de la acción de Dios, y para él es como si en ese momento Dios hiciera algo. Como Dios está en toda criatura y en todos los acontecimientos, está ahí en todo momento. La manifestación de Dios es siempre la misma para todos, pero solo algunos, en circunstancias concretas, llegan a descubrir su teofanía.

La presencia de Dios nunca puede ser apodíctica, nunca se puede demostrar, porque no tiene consecuencias que se puedan percibir por los sentidos y por lo tanto no se puede obligar a nadie a admitir esa presencia. Es indemostrable. Tener esto claro equivaldría a desmontar todo el andamiaje de las acciones espectaculares como demostración de la presencia del poder de Dios. No digamos nada cuando ese poder se quiere poner al servicio de los “buenos”, e incluso, en contra de los “malos”. Pascal decía: “Toda religión que no confiese un Dios escondido, es falsa”.

Dios es el Dios que se revela siempre y el que siempre está escondido. La experiencia de los místicos les llevó a concluir que Dios es siempre el ausente. S. Juan de la Cruz lo dejó claro: «A donde te escondiste, Amado y me dejaste con gemido. Como el ciervo huiste, habiéndome herido. Salí tras ti clamando y eres ido.» Y el místico sufí persa Rumi dice: «Calla mi labio carnal. Habla en mi interior la calma, voz sonora de mi alma, que es el alma de otra Alma eterna y universal. ¿Dónde tu rostro reposa, Alma que a mi alma das vida? Nacen sin cesar las cosas, mil y mil veces ansiosas de ver Tu faz escondida.

El relato de los Magos. No hace referencia a personas sino a personajes. Ni eran reyes ni eran magos ni eran tres. Eran sabios que escudriñaban el cielo para entender la tierra. Porque estaban buscando, encontraron. Fijaros que lo descubren los que estaban lejos, pero no se enteraron de nada lo que estaban más cerca del niño. Para descubrir la Presencia lo único definitivo es la actitud. Al descubrir algo sorprendente, se pusieron en camino. No sabían hacia donde encaminarse, pero arriesgaron.

Otro mensaje importantísimo para los primeros cristianos, casi todos judíos, es que todos los seres humanos están llamados a la salvación. Para nosotros hoy esto es una verdad obvia, pero a ellos les costó Dios y ayuda, salir de la conciencia de pueblo elegido. Pablo lo propone como un misterio que no había sido revelado en otro tiempo: “También los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la de la promesa”. Lo definitivo no es pertenecer a un pueblo sino estar en búsqueda.

Preguntan por un Rey de los judíos, clara contraposición al rey Herodes. La ciudad se sobresaltó con él, es decir identificada con el rey en su tiranía. Es Herodes el que lo identifica con el Mesías. Los sacerdotes y escribas “sabían” donde tenía que nacer, pero no experimentan ninguna reacción ante acontecimiento tan significativo. Una vez más se demuestra que el conocimiento puramente teórico no sirve de nada.

En aquellas culturas, el signo de la presencia extraordinaria de Dios en una vida humana era la estrella. Se creía que el nacimiento de toda persona estaba precedido por la aparición de su estrella. El relato nos dice que la estrella de Jesús, solo la pudo ver el que está mirando al cielo. Solo los que esperan algo, están en condiciones de aceptar esa novedad. Los magos insatisfechos siguen escudriñando el cielo y por eso pueden detectar la gran novedad de Jesús. En Jerusalén nadie la descubre.

Los dones que le ofrecen, son símbolo de lo que significa aquel niño para los primeros cristianos después de haber interpretado su vida y su mensaje. El oro el incienso y la mirra son símbolos místicos de lo que el niño va a ser: el oro era el símbolo de la realeza. El incienso se utilizaba en todos los cultos que solo se tributan a Dios; la mirra se utilizaba para desparasitar el cuerpo y para embalsamarlo, como hombre.

DOMINGO 2º DE NAVIDAD  (C) Fray Marcos

(Eclo 24,1-16)»La Sabiduría hecha raíces en el pueblo de Israel.»

(Efe 1,3-18)»…os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo…»

(Jn 1,1-18)»A los que le recibieron les da poder para ser hijos de Dios, si creen.»

La palabrea no tuvo que hacerse carne, porque Dios todo lo que hace lo es.

Por dos o tres veces, en este tiempo de Navidad, nos propone la liturgia este evangelio. Ni en dos ni en diez homilías agotaríamos el contenido de esta página de la Escritura; sin duda la más sublime que se haya escrito nunca. Es imposible de comprender desde la racionalidad. Cualquier explicación que demos, será descabellada, porque solo la vivencia interior nos puede aproximar a lo que quiera decir y nunca a comprender todo su sentido. Lo que intentamos a continuación es dar pautas para superar la tentación de explicarlo.

La frase “y Dios era la Palabra” podría traducirse por un ser divino era el proyecto, puesto que “Theos” no lleva artículo. El cambio de perspectiva, demuestra la dificultad que tenemos para aceptar la encarnación. No terminamos de creer que Dios está en el hombre y hacemos decir al evangelio lo que no dice. Haciendo Dios a Jesús nos dispensamos de aceptar a un Dios fundido con lo humano. Ni Dios tiene que hacerse hombre ni Jesús tiene que hacerse Dios. Por Jesús, podemos llegar a saber lo que es Dios. Pero un Dios que no está ya en la estratosfera, ni en los templos sino en el hombre, en todo ser humano.

«… estaba junto a Dios«: Esta frase expresa a la vez dos cosas: Proximidad y distinción. El (pros ton theon) sería: vuelto hacia Dios, volcado sobre Dios. El sentido más aproximado sería: En íntima unión con Dios, Fruto de una relación, sin considerarlo absolutamente idéntico a Él. Recordemos que el mismo Jesús dice: «El Padre es mayor que yo». Aunque también dice: «Yo y el Padre somos uno». Para un judío era imposible aceptar otro ser equiparado a Dios. En cambio, para los griegos el peligro estaba en interpretar la existencia de otro ser igual a Dios como politeísmo. La primera comunidad cristiana se desarrolló entre las dos culturas, Y tuvo dificultad para expresar la relación de Jesús con Dios.

En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres”. Otro texto que solemos entender al revés. La ilumina­ción viene precisamente porque ha llegado la Vida. Esta idea va más allá de la mentalidad judía. Para ellos la Ley era la luz que ilumina y salva. Sin luz (Ley) no podía haber vida (salvación). La idea de que la Vida es anterior a la luz, es clave para entender el evangelio de Juan. Dios por la Palabra, comunica la Vida, y es esta Vida la que ilumina, la que permite la comprensión de lo que es Jesús y de los que es Dios. Se entiende mal si se quiere ver en Jesús un maestro de verdades que dan vida. Jesús es dador de Vida, porque nos hace descubrir en nosotros lo que el Padre es en él.

Vino a su casa, pero los suyos no la acogieron. Con frecuencia nos pasamos por alto esta seria advertencia repetida tres veces. En Jesús se hizo patente Dios, pero a pesar de ello, muy pocos fueron capaces de descubrir esa presencia. Hasta a los más íntimos, que vivieron con él durante años, les costó Dios y ayuda descubrir la realidad de Jesús. Hoy la culpa de que el mundo siga sin reconocer a Jesús, la tenemos los que decimos seguirle. Hablamos demasiado de Jesús, pero la verdad es que a la hora de vivir lo que él vivió, dejamos mucho que desear. Si todos los que nos cristianos lo viviéramos, todo cambiaría.

Pero a cuantos le recibieron les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre”. Recibir a Cristo significa creer en él, identificarse con él, repetir la actitud y la relación con Dios que él tuvo. “Les dio poder para ser hijos de Dios”, no quiere decir que, desde fuera se haya añadido algo a lo que ya eran. Se trata del descubrimiento de una realidad que está en todos y cada uno de nosotros. Juan deja muy clara la diferencia entre ser Hijo referido a Jesús y ser hijos, referido a nosotros. Determinar esa diferencia es una de las claves para entender todo el mensaje de Juan. «Subo a mi Padre y vuestro Padre…»

En el AT, el título de hijo de Dios se aplicaba: a) A los ángeles. b) Al rey. c) Al Sumo sacerdote. d) Al pueblo judío en conjunto. Ninguna de estas ideas sirve para comprender lo que Juan quiere decir. También los primeros cristianos “Hijo de Dios” lo entienden en sentido mesiánico, el enviado a cumplir una tarea de salvación. Nada que ver con la generación ni con su identidad sustancial con la divinidad. El mensaje de Juan va más allá de todo lo que podemos encontrar en el AT y en la primera comunidad sobre un Mesías Salvador. Este lenguaje es fruto de setenta años de experiencia mística cristiana y muestra una comprensión de Jesús que no podían tener los apóstoles ni sus primeros seguidores.

A pesar de lo dicho, la raíz de la idea de Hijo que Juan quiere trasmitirnos, hay que buscarla en la Sabiduría de los libros sapienciales. Como veíamos en la primera lectura de hoy, la Sabiduría, existía antes de la creación, participaba de la Vida Divina y era el agente de la creación. Esta idea unida a la cristolo­gía mesiánica da origen a la genial visión de Juan, «Hijo de Dios» o simplemente «el Hijo». El ser preexistente, vuelto hacia el Padre, que se hace carne para llevar a cabo el encargo (proyecto) del Padre: hacernos hijos.

Es una nueva perspectiva para entender lo que quiere decir el NT con los conceptos de Padre e Hijo. Para un semita, era verdadero hijo el que obedecía en todo al Padre; el que salía al padre. Cuando a una persona se le quería introducir en el ámbito de la familia se le llamaba hijo. Lo más importante de ser hijo, no es la dependencia biológica, sino actuar como el padre actúa. Que Jesús es Hijo de Dios no lo adivinamos porque comprendamos su naturaleza, sino por ver que actúa como Dios. Nacer de Dios sería actuar como Dios.

Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios”. Juan no da ninguna importancia a la procedencia biológica. Después de dejar clara su preexistencia, comienza su evangelio con el verdadero nacimiento, el del Espíritu. Dice el Bautista: “Yo he visto al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y permanecía sobre él”. Aquí deja claro que la generación biológica no tiene importancia. Lo que importa es nacer de Dios. A Nicodemo le dice Jesús: “Hay que nacer de agua y de Espíritu”.

Y la Palabra se hizo carne…” Carne es el hombre sometido a su debilidad, pero susceptible de recibir el Espíritu. Carne no es lo contrario de espíritu, sino la posibilidad de que el espíritu se manifieste. En la antropología judía no existía el concepto de alma y cuerpo. Para ellos el ser humano era un todo indivisible; pero se podía descubrir en él distintos aspectos: hombre carne, hombre cuerpo, hombre alma, hombre espíritu. Cuando dice: se hizo carne, quiere decir que la Palabra asumió la totalidad humana, hasta lo más bajo del ser humano. La revelación de Dios es ahora una realidad tangible.

La revelación de Dios no es una verdad enseñada sino su mismo ser. Al hacerse carne, la Palabra ni dejó de ser Palabra, ni dejó de ser Dios. Al contrario, al hacerse carne la Palabra desarrolla su esencia al máximo. La finalidad de la palabra es comunicar. En la encarnación Dios se comunica de modo insuperable. En la encarnación la Palabra sigue siendo Dios, pero manifestado, Dios-con-nosotros (Emanuel). Todo ser humano de cualquier condición es ahora la nueva localización de la presencia de Dios. Ya no debemos buscar a Dios en la tienda del encuentro ni el templo, sino en el hombre.

Eguberrialdiko 2. igandea – C  José A. Pagola

(Joan 1,1-18)

AINKOA ADORATZEN IKASI – APRENDER A ADORAR A DIOS

Gaur egun asko hitz egiten da fede-krisialdiaz, baina doi-doi esaten da ezer sentimendu erlijiosoaren krisialdiaz. Eta, halaz guztiz, teologo batek iradoki duenez, gaur egungo gizakiaren drama ez da, agian, beraren sinestezina, baizik eta beraren zailtasuna Jainkoa Jainko sentitzeko. Are gehiago, beren burua fededun aitortzen dutenak berak ere, ematen duenez, Jainkoaren aurrean zenbait jarrera erlijioso bizitzeko beren gaitasuna galtzen ari dira.

Adibide argi bat Jainkoa adoratzeko zailtasuna da. Duela ez asko, ematen zuen gauza erraza zela begirunea eta adorazioa sentitzea Jainkoaren handitasunaren eta misterio ezin atzemangarriaren aurrean. Gaur egun zailagoa da, izaki arrotz, ez-eroso eta alferrikako bihurtu dugun hori adoratzea.

Jainkoa adoratu ahal izateko, beharrezkoa dugu sorkari garela sentitzea, beraren aurrean geure burua infinituki txiki sentitzea, baina beharrezkoa era berean berak infinituki maite gaituela uste izatea; beharrezkoa dugu, beraren handitasun sumaezina mirestea eta izaki oro bil-biltzen duen beraren presentzia hurbila eta amodiotsua dastatzea. Adorazioa mirespen da. Maitasun eta buru-eskaintza da. Geure izatea Jainkoari itzultzea da, eta beraren aurrean isiltasun esker oneko eta gozoan gelditzea, beraren misterioa geure txikitasunetik miretsiz.

Adoratzeko gure zailtasuna erro desberdinetatik dator. Zarata-mota desberdinengatik eta zirrara pasakorrek astindurik, inoiz ere funtsezkoari begira gelditu gabe, barnez erdi zoraturik bizi denak, nekez aurkituko du Jainkoaren «aurpegi adoragarria».

Bestalde, Jainkoa adoratu ahal izateko, beharrezkoa da munduaren misterioaren aurrean geldialdi bat egin eta beroni maitasunez begiratzea. Bizitzari hondoraino maitasunez begiratzen diona, Jainkoaren aztarnak sumatzen hasiko da, uste baino lehen. Jainkoa bakarrik da adoragarri. Ez gauzarik baliotsuenak, ez pertsonarik maiteenak dira duin Jainkoa bezala adoratuak izateko. Horregatik, barnez pertsona aske denak adora dezake Jainkoa egiaz.

Jainkoa adoratze honek ez du urruntzen inor mundu honetako konpromisotik. Jainkoa adoratzen duenak gizakia, Jainkoaren «irudi sakratu hori», suntsitzen duen ororen aurka egiten du borroka. Kreatzailea adoratzen duenak errespetua dio kreazioari eta defenditu egiten du. Hertsiki baturik daude adorazioa eta solidaritatea, adorazioa eta ekologia. Ondo ulertzen dira Teilhard de Chardin zientifiko handi eta mistikoaren hitz hauek: «Zenbat eta gizakiago egin gizakia, gehiago sentituko du adoratu beharra».

Magoen pasadizoak benetako adorazio-eredua eskaintzen digu. Jakintsu hauek badakite kosmosari hondoraino begiratzen, badakite seinaleak sumatzen, badakite Misteriora hurbiltzen eta beren omenaldi apala eskaintzen gure existentzian haragi egin den Jainkoari.

Fededunok askotariko irudiak dauzkagu Jainkoaz. Haurtzarotik hartaz nor bere ideia eginez bizi ohi gara, baldintzaturik, batez ere, katekistei eta predikariei entzuten diegunak, etxean eta ikastetxean eskualdatu digutenak edota ospakizun eta egintza erlijiosoetan entzun izan digunak.

José Antonio Pagola

Itzultzailea: Dionisio Amundarain

2 Domingo de Navidad – C (Juan 1,1-18)

APRENDER A ADORAR A DIOS

Hoy se habla mucho de crisis de fe, pero apenas se dice algo sobre la crisis del sentimiento religioso. Y, sin embargo, como apunta algún teólogo, el drama del hombre contemporáneo no es, tal vez, su incapacidad para creer, sino su dificultad para sentir a Dios como Dios. Incluso los mismos que se dicen creyentes parecen estar perdiendo capacidad para vivir ciertas actitudes religiosas ante Dios.

Un ejemplo claro es la dificultad para adorarlo. En tiempos no muy lejanos parecía fácil sentir reverencia y adoración ante la inmensidad y el misterio insondable de Dios. Es más difícil hoy adorar a quien hemos reducido a un ser extraño, incómodo y superfluo.

Para adorar a Dios es necesario sentirnos criaturas, infinitamente pequeñas ante él, pero infinitamente amadas por él; admirar su grandeza insondable y gustar su presencia cercana y amorosa que envuelve todo nuestro ser. La adoración es admiración. Es amor y entrega. Es rendir nuestro ser a Dios y quedarnos en silencio agradecido y gozoso ante él, admirando su misterio desde nuestra pequeñez.

Nuestra dificultad para adorar proviene de raíces diversas. Quien vive aturdido interiormente por toda clase de ruidos y zarandeado por mil impresiones pasajeras, sin detenerse nunca ante lo esencial, difícilmente encontrará «el rostro adorable» de Dios.

Por otra parte, para adorar a Dios es necesario detenerse ante el misterio del mundo y saber mirarlo con amor. Quien mira la vida amorosamente hasta el fondo comenzará a vislumbrar las huellas de Dios antes de lo que sospecha. Solo Dios es adorable. Ni las cosas más valiosas ni las personas más amadas son dignas de ser adoradas como él. Por eso solo quien es libre interiormente puede adorar a Dios de verdad.

Esta adoración a Dios no aleja del compromiso. Quien adora a Dios lucha contra todo lo que destruye al ser humano, que es su «imagen sagrada». Quien adora al Creador respeta y defiende su creación. Están íntimamente unidas adoración y solidaridad, adoración y ecología. Se entienden las palabras del gran científico y místico Teilhard de Chardin: «Cuanto más hombre se haga el hombre, más experimentará la necesidad de adorar».

El relato de los magos nos ofrece un modelo de auténtica adoración. Estos sabios saben mirar el cosmos hasta el fondo, captar signos, acercarse al Misterio y ofrecer su humilde homenaje a ese Dios encarnado en nuestra existencia.

Los creyentes tenemos imágenes muy diversas de Dios. Desde niños nos vamos haciendo nuestra propia idea de él, condicionados, sobre todo, por lo que vamos escuchando a catequistas y predicadores, lo que se nos transmite en casa y en el colegio o lo que vivimos en las celebraciones y actos religiosos.

José Antonio Pagola

 

Domingo II después de Navidad C – Koinonía

Sirácida 24, 1-2. 8-12: La sabiduría de Dios habitó en el pueblo escogido

Salmo 147, 12-13. 14-15. 19-20 (R.: Jn 1,14)

Efesios 1, 3-6. 15-18: Nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos

Juan 1, 1-18: La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros

 Este «domingo segundo después navidad» muchos años no se llega a celebrar, porque según cómo caiga el calendario, no da tiempo a hacerlo. En todo caso, su mensaje bíblico y teológico de sus lecturas no puede ser otro que el de propio de Navidad, que ya ha sido expuesto y meditado en los días anteriores.

  1. La sabiduría de Dios habitó en el pueblo escogido

La «Sabiduría» es un tema, un símbolo, una expresión bíblica con tradición de primera magnitud. La Sabiduría de Dios es tan ponderada y alabada que viene a fungir como un sinónimo, un duplicado, un alias de Dios mismo. Lo que decimos de Dios, podemos decirlo de la Sabiduría, y es por eso que una de las corrientes cristológicas que aparecen en el Nuevo Testamento cuando está en proceso de confección, se enrumba por ahí: Jesús sería (metafóricamente) una encarnación de la Sabiduría de Dios. De hecho, el paso de la metaforización a la «hipostatización» de la propia Sabiduría como personificación o como «persona» de Dios es el proceso que está debajo de estas afirmaciones, y su desconocimiento o falta de toma de conciencia es algo que hoy nos obliga a repensar y a reformular nuestras afirmaciones dogmáticas.

  1. Efesios 1, 3-6. 15-18

Obviamente, estos pocos varios textos de las cartas de Pablo se prestan como anillo al dedo para enmarcar el nacimiento de Jesús que celebramos en Navidad, dentro del gran sentido de la historia de la salvación, tal como hacen esos pocos «himnos» que Pablo incluye en varias de sus cartas. Ese niño judío, que nace desapercibidamente, en el medio anónimo del pueblo, para esos himnos –obviamente poéticos– que transcribe Pablo tomándolos de la liturgia de alguna comunidad anónima, resulta ser aquel por quien y para quien fueron creadas todas las cosas, en cuya persona fuimos elegidos antes de la creación del mundo.

Estos textos, acogidos con fe ciega y literal durante casi dos milenios, encuentran hoy una dificultad notable a la hora de ser leídos e interpretados en una sociedad culta, que ha abandonado el concepto mágico de revelación externa, y que se mueve en unas coordenadas que hicieron explotar hace tiempo el estrecho marco de la historia judeocristiana de la salvación. Todo ese lenguaje lleno de solemnidad y de pretendidas dimensiones cósmicas y universales no deja hoy de sorprendernos. ¿Quién habla así? ¿Quién hace esas revelaciones tan rimbombantes que pasaron desapercibidas al pueblo galileo y judío coetáneo de Jesús, y a los propios seguidores de Jesús, así como a sus seguidores?

Pensando en las respuestas: ¿Se trata de un lenguaje simbólico, con metáforas cortadas a la medida del imaginario religioso a la vez judío y helénico de Pablo? ¿Se trata de un lenguaje «confesional», como el lenguaje del amor, de la declaración amorosa, en el que su verdadero contenido no se descifra por las palabras y medidas concretas utilizadas, sino por la vivencia de amor que quieren manifestar y transmitir? Si así hubieran sido entendidos desde el principio, nos habríamos ahorrado los equívocos -o verdaderos yerros– en que se incurrió al leerlos como indicaciones descriptivas literales a ser tomadas obviamente como formulaciones dogmáticas intocables.

  1. Juan 1, 1-18

Volvemos a proclamar el texto del prólogo del evangelio de Juan, que ya fue proclamado precisamente el domingo pasado en la misa solemne del medio día. Texto decisivo como pocos; al menos tan decisivo como los himnos de Pablo a los que acabamos de referirnos. Son muchos autores los que dicen que, en la práctica, fue Pablo quien fundó el cristianismo, con esa solemne visión y comprensión de la figura de Jesús, a través de sus cartas. Otros no dejan de decir que, más allá de la influencia de Pablo, es este texto del prólogo del Evangelio de Juan la carta fundamental de la cosmovisión cristiana. Esta proclamación tan directa y clara de la Encarnación de la «Palabra» que «es» Jesús, constituye el acta fundacional del cristianismo, aun antes de su separación frente a los judíos.

El evangelio de hoy no está dramatizado en la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil, pero puede utilizarse algún otro escogido de entre los items de su índice. Igualmente ocurre con la serie «Otro Dios es posible», de los mismos autores.

 

AÑO NUEVO – MARÍA MADRE  (C) Fray Marcos

(NM 6,22-27) El Señor te bendiga y te proteja; se fije en ti y te conceda la paz.

(GAL 4,4-7) Nacido bajo la Ley para rescatar a los que estaban bajo la Ley.

(Lc 2,16-21) le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel.

 Dios está más allá del concepto de Padre y de Madre. Más allá del tiempo y del espacio, estamos ya en armonía con Todo. Esto nos traerá la Paz.

Hoy tenemos cuatro frentes abiertos: La circuncisión, la paz, María Madre y el tiempo. Empezaremos hablando de la circuncisión. Era el signo de pertenencia del pueblo judío. Para nosotros es imposible tomar conciencia de lo que la circuncisión significó y sigue significando para un judío. Es mucho más que un rito de iniciación. Significa la seña de identidad religiosa. Debemos desmontar el mito del “pueblo judío” un examen genético ha demostrado que no hay tal raza judía. Los judíos no vinieron de ninguna parte. Surgieron en la misma Palestina y se fueron aislando del reto. No tienen por padre a Abrahán ni a David. Tampoco es realista hablar de pueblo elegido.

A todos se nos llena la boca hablando de la paz, pero a nadie le interesa afrontar los retos que plantea. Todos pedimos a Dios que nos libre de la guerra, de los conflictos, de las peleas, pero no estamos dispuestos a exigir en nuestro entorno justicia y libertad que son las condiciones de una auténtica paz. Luchar por la paz haciendo la guerra, garantiza el fracaso. El concepto de guerra preventiva es perverso. El ser humano se puede defender de toda agresión sin tener que luchar contra nada ni contra nadie.

 

Juan XXIII, en su encíclica “Pacis in terris”, advirtió que la paz será la consecuencia de la Verdad, la Justicia, la Libertad y el amor. Esto lleva consigo tener claro que ningún ser humano es más que otro. Mientras no nos enteremos de esto, mientras haya un solo hombre, grupo o nación que se sienta superior, no podrá haber paz. Esta utopía debía ser el fundamento de toda relación humana. Hay muchas personas que intentamos ser justos, ser amables, ser comprensivos, pero con la condición de que no se ponga en duda nuestra superioridad. Esta postura tan generalizada es de auténtica hipocresía.

Unos buscamos la paz de los cementerios: ¡Que nadie se mueva! ¡Ay de aquel que se atreva a vivir! Ahí están los “vivos” de siempre, impidiendo el más ligero signo de vida a los demás. Otros nos contentamos con la paz romana: todos bajo la bota del imperio. Una paz que responde a la ley del más fuerte, sostenida con las armas. Que mueren personas inocentes, “daños colaterales”. Que quedan seres humanos destrozados, da lo mismo, lo importante es cumplir el objetivo. Paz conseguida gracias a que la inmensa mayoría no tiene capacidad de reivindicar los más elementales derechos y libertades.

 

La que debíamos buscar todos es la paz armonía, fruto de la Justicia. Pero el mayor enemigo de la justicia es la legalidad que unos pocos privilegiados imponemos a todos, buscando siempre nuestro provecho. ¿Qué pasaría si las leyes del comercio mundial las hicieran los países más pobres, en los que pasan hambre hasta la muerte? El primer objetivo de las grandes coaliciones entre las naciones es defender sus intereses económicos. ¿Contra quién? Es demencial. Y encima tenemos que estar oyendo todos los días que somos los buenos. ¡Qué iba a ser del mundo, si no fuera por nosotros!

María Madre. Es la fiesta más antigua de María que se conoce. Pablo VI la recuperó del olvido. Es bonito empezar el año mirando a María Madre, sobre todo si aprendemos a verla sin capisayos y abalorios. Se cree que la primera imagen que se tuvo de Dios, fue la de Madre. María suple las carencias que conllevaba la idea de un Dios exclusivamente Padre. La maternidad de María es un dogma, definido en Éfeso en el 431. Es interesante constatar que ese dogma tuvo que ser aclarado y en cierto modo limitado, veinte años después por el concilio de Calcedonia (451) afirmando que María era madre de Dios «en cuento a su humanidad». Seguimos interpretando mal lo que el dogma quiso decir.

El dogma se definió para confirmar, que el fruto del parto de María fue una única persona, contra la tesis nestoriana que afirmaba dos personas en Jesús. Fue una definición cristología, no mariológica. María no era aún motivo de la reflexión teológica. No debemos olvidar que este concilio lo promovió Nestóreo para condenar a Cirilo, que proclamaba una sola persona en Cristo y por lo tanto que María era con pleno sentido, madre de Jesús. A punto estuvo de condenarse como herejía el dogma definido.

La expresión «Theotokos» (que pare a Dios) se ha entendido mal, porque no se ha tenido en cuenta el sentido de la palabra en aquel contexto. Es ejemplo de cómo, conservando la palabra, estamos diciendo algo completamente distinto de lo que se quiso definir. En aquella época se creía que la nueva criatura procedía solo del padre. La madre no tenía otra misión que la de ser recipiente donde se desarrollaba la semilla. No se tenía ningún inconveniente en aceptar que alguien pudiera ser hijo de un dios naciendo de una mujer.

En la concepción de Jesús, no podemos mezclar lo biológico y lo divino. Se trata de dos planos de naturaleza distinta que no tienen posibilidad de interferir uno en otro. En el orden espiritual, lo biológico no tiene ninguna importancia. Hay que defender con rotundidad que lo que Jesús fue y significó, solo podía ser obra del Espíritu. Eso nadie lo pone en duda. En los relatos del nacimiento y bautismo, se ve con claridad: “Concebido por el Espíritu Santo”; “Nacido del Espíritu Santo”; “Ungido por el Espíritu Santo”; “Movido por el Espíritu Santo”; “El Espíritu es el que da vida, la carne no vale nada”.

Lo que estamos celebrando es que María hace presente a Dios (Emmanuel). S. Agustín dice que María fue madre de Dios, no por su relación biológica, sino por haber aceptado el proyecto de Dios. En eso, María puede seguir siendo modelo porque todos tenemos a Dios en el centro de nuestro ser y todos tenemos que dar a luz a Dios (Eckhart). Los primeros padres llamaban a la Iglesia partera, porque su misión era ayudar a los seres humanos a alumbrar a Dios. Dios sigue dándose a todos y cada uno de los hombres. Experimentar ese don es la tarea más importante que puede llevar a cabo un ser humano.

El cuarto tema es el tiempo (Año Nuevo). El comienzo del año nos tiene que hacer pensar en el tiempo y en la eternidad. Como seres construidos de materia, formamos parte del tiempo, del devenir, de la evolución. Pero a la vez, la eternidad, de alguna manera, nos está atravesando. Si camináramos por el tiempo con los ojos bien abiertos, descubriríamos horizontes de eternidad en la misma temporalidad. El concepto de eternidad que manejamos, como algo que está más allá del tiempo, nos está jugando una mala pasada. Alcanzaremos la eternidad sumergiéndonos en la temporalidad hasta el fondo.

En el NT se manejan dos conceptos muy distintos de tiempo. Uno es “Chairos” el tiempo astronómico (la medida del movimiento), que nos permite conectar con la realidad material y sentirnos inmersos en la contingencia. El otro concepto es el “Kairos”, que sería el tiempo psicológico o espiritual. Este nos permite ir más allá de lo temporal y experimentar en cualquier momento lo trascendente, lo divino, la eternidad. para nuestra mente cartesiana es imposible hacernos a esta idea, pero es la base de toda espiritualidad.