StopAcuerdo: No al mercadeo de personas refugiadas

Un total de 16 organizaciones instalarán este miércoles a las 11.00 horas frente al Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación (MAEC) un «campamento de personas migrantes, solicitantes de asilo y refugiadas» para pedir al gobierno español que rechace de manera frontal el acuerdo de la Unión Europea con Turquía, cuya aprobación final se debatiráel 17 y 18 de marzo en Consejo Europeo.

 

ERRAMU IGANDEA – DOMINGO DE RAMOS, José Antonio Pagola

(Lukas 22,14–23,56)

Evangelio del 20/mar/2016
por Coordinador Grupos de Jesús

ZER ARI DA JAINKOA HOR GURUTZEAN? – ¿QUÉ HACE DIOS EN UNA CRUZ?

Ebanjelioko pasartearen arabera, Golgota mendixkan gurutzean zen Jesusen aurretik pasatzean, jendeak burla egiten zion eta, haren ezinaz barre eginez, ziotsoten: «Jainkoaren Semea bahaiz, jaits hadi gurutzetik». Eta Jesusek erantzunik ez haien probokazioari. Soilik, misterioak harturiko isiltasuna da Jesusen erantzuna. Hain juxtu, Jainkoaren Semea delako jarraituko du gurutzean, hil arte.

Ezin saihestuak dira galderak: Nolatan sinets daiteke gizakiak gurutzetu duen Jainko batengan? Jabetzen al gara esaten ari garenaz? Zer ari da Jainkoa hor gurutzean? Nolaz iraun dezake Jainkoaz halako uste zentzugabean fundatua den erlijio batek?

Bai, «Jainko gurutziltzatu» hori iraultza da eta eskandalua, ustez ezagutzen dugun Jainkoaz gizon-emakumeok ditugun ideiak koloka jartzera behartzen gaituena. Gure Gurutziltzatu horrek ez du erlijioek Izate Gorenari leporatzen dioten ezaugarririk: ez aurpegierarik, ez bestelakorik.

«Jainko gurutziltzatu» hori ez da ez izate ahalguztiduna eta handientsua, ez mugiezina eta zoriontsua, ez da gizakiaren sufrimenaz axolatzen ez dena, baizik Jainko ahalik gabea eta umiliatua da, gurekin sufritzen duena mina, larria eta, are, heriotza bera. Gurutzearekin bitan bat: edo Jainkoarekiko gure fedea bukatutzat eman, edo Jainkoa modu berri eta harrigarri batean hartzera jo, gure sufrimenean haragitua izanik, modu sinestezinean maite gaituena.

Gurutziltzatuaren aurrean sumatzen hasten gara ezen Jainkoa, azken batean, gurekin sufritzen duen Jainkoa dela. Gure miseriak erasaten diona. Gure sufrimenak zipriztintzen duena. Ez da, nolabait esateko, gure atsekabeek, malkoek eta ezbeharrek ukitzen ez dute Jainkoa. Gure mundu honetako Kalbario guztietan da hura.

«Jainko gurutziltzatu» honek ez du biderik ematen gure nahikerien eta ameskerien zerbitzura egongo litzatekeen Jainko ahalguztidun batekiko fede axaleko eta egoistarako. Ostera, Jainko honek injustiziaren eta ezbeharren biktima den hainbat eta hainbat jenderen sufrimenari, bazter utziak izateari eta babesik ezari begira jartzen gaitu. Jainko honekin topo egiten dugu edozein gurutziltzatuagana hurbiltzen garenean.

Zoritxarrez, kristauok mila itzulinguru egiten dugu askotan «Jainko gurutziltzatuarekin» topo ez egiteko. Are, Jaunaren Gurutzera begiak jasotzen ikasi dugu, geure aurrean ditugun gurutziltzatuei ezikusiarena eginez bada ere. Halaz guztiz, Jaunaren Nekaldia erarik jatorrenean ospatzeko modua geure errukiari biziera berria ematea da. Hori egin ezean, «Jainko gurutziltzatuarekiko» gure fedea urardo bihurtzen da, eta mila manipulazio-erari ematen zaio aukera. Gure Gurutziltzatuari muin egiteak jar gaitzala, gugandik hurbil nahiz urrun, sufritzen ari direnei begira.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

Domingo de Ramos

– C (Lucas 22,14–23,56)

Evangelio del 20/mar/2016
por Coordinador Grupos de Jesús

¿QUÉ HACE DIOS EN UNA CRUZ?

Según el relato evangélico, los que pasaban ante Jesús crucificado sobre la colina del Gólgota se burlaban de él y, riéndose de su impotencia, le decían: «Si eres Hijo de Dios, bájate de la cruz».Jesús no responde a la provocación. Su respuesta es un silencio cargado de misterio. Precisamente porque es Hijo de Dios permanecerá en la cruz hasta su muerte.

Las preguntas son inevitables: ¿Cómo es posible creer en un Dios crucificado por los hombres? ¿Nos damos cuenta de lo que estamos diciendo? ¿Qué hace Dios en una cruz? ¿Cómo puede subsistir una religión fundada en una concepción tan absurda de Dios?

Un «Dios crucificado» constituye una revolución y un escándalo que nos obliga a cuestionar todas las ideas que los humanos nos hacemos de un Dios al que supuestamente conocemos. El Crucificado no tiene el rostro ni los rasgos que las religiones atribuyen al Ser Supremo.

El «Dios crucificado» no es un ser omnipotente y majestuoso, inmutable y feliz, ajeno al sufrimiento de los humanos, sino un Dios impotente y humillado que sufre con nosotros el dolor, la angustia y hasta la misma muerte. Con la Cruz, o termina nuestra fe en Dios, o nos abrimos a una comprensión nueva y sorprendente de un Dios que, encarnado en nuestro sufrimiento, nos ama de manera increíble.

Ante el Crucificado empezamos a intuir que Dios, en su último misterio, es alguien que sufre con nosotros. Nuestra miseria le afecta. Nuestro sufrimiento le salpica. No existe un Dios cuya vida transcurre, por decirlo así, al margen de nuestras penas, lágrimas y desgracias. Él está en todos los Calvarios de nuestro mundo.

Este «Dios crucificado» no permite una fe frívola y egoísta en un Dios omnipotente al servicio de nuestros caprichos y pretensiones. Este Dios nos pone mirando hacia el sufrimiento, el abandono y el desamparo de tantas víctimas de la injusticia y de las desgracias. Con este Dios nos encontramos cuando nos acercamos al sufrimiento de cualquier crucificado.

Los cristianos seguimos dando toda clase de rodeos para no toparnos con el «Dios crucificado». Hemos aprendido, incluso, a levantar nuestra mirada hacia la Cruz del Señor, desviándola de los crucificados que están ante nuestros ojos. Sin embargo, la manera más auténtica de celebrar la Pasión del Señor es reavivar nuestra compasión. Sin esto, se diluye nuestra fe en el «Dios crucificado» y se abre la puerta a toda clase de manipulaciones. Que nuestro beso al Crucificado nos ponga siempre mirando hacia quienes, cerca o lejos de nosotros, viven sufriendo.

José Antonio Pagola

 

DIOS Y LO HUMANO

José M. Castillo
FE ADULTA

El cristianismo enseña que a Dios sólo podemos encontrarlo en lo humano y desde lo humano. Porque lo divino es precisamente lo que nos trasciende y, por tanto, lo que no está a nuestro alcance. A Dios, nadie lo ha visto (Jn 1, 18). A Dios nadie lo conoce (Mt 11, 27; Lc 10, 22). Lo que nosotros podemos saber y decir de Dios, no son sino las “representaciones” humanas que nosotros, los humanos, nos hacemos de Dios. Pero nada de eso es Dios “en sí mismo”. Leer más

José María Castillo: «Podemos y debemos hablar de la laicidad del Evangelio»

En estos días, se está difundiendo una noticia de largo alcance. El Papa Francisco, en su visita a Brasil, en un encuentro con la clase dirigente en Río de Janeiro, dijo lo siguiente: «La convivencia pacífica entre las diferentes religiones se ve beneficiada por la laicidad del Estado, que, sin asumir como propia ninguna posición confesional, respeta y valora la presencia del factor religioso en la sociedad». «No es lo mismo hablar de ‘laicismo’ que hablar de ‘laicidad'»

 

HISTORIA DE DOS PADRES, José Luis Sicre

José Luis Sicre
FE ADULTA

El taxista de Barcelona y su hija pródiga

Leí la noticia hace años, creo que en 1997, y me impresionó por el enorme parecido de la historia con la parábola del hijo pródigo. En Barcelona, una muchacha decide irse de su casa y vivir con su novio. Hasta aquí, nada raro. Pero poco después organizan un viaje a la India, con fines no puramente turísticos; al intentar volver a España, los detienen por tráfico de drogas y los encarcelan. El padre, que es el gran protagonista del relato, no la madre, en vez de maldecir a la hija por haberlos abandonado para vivir con un camello y por ser tan estúpida como para confiar en él, convencido de que es inocente hace todo lo posible para sacarla de la cárcel. Afronta grandes gastos, pierde poco a poco todos sus bienes y termina vendiendo el taxi para pagar a los abogados y los trámites. Pero consigue recuperar a su hija y se reencuentran en el aeropuerto de Barcelona.

Dos hijos y dos padres

Mucha gente conoce todavía la parábola del hijo pródigo y habrán visto las diferencias con el relato anterior. A la hija del taxista y al hijo pródigo se les puede acusar de marcharse de su casa de mala manera, sin preocuparse por lo que sentirá su padre. Por lo demás, son muy distintos: la hija peca de ingenua e imprudente; el hijo es un sinvergüenza que solo piensa en divertirse de mala manera. La hija no tiene posibilidad de volver; el hijo, sí.

También los padres se diferencian. El taxista hace todo lo posible para recuperar a su hija. El de la parábola espera pacientemente a su hijo; todo lo hace al final: correr a su encuentro, abrazarlo, organizar un gran banquete. Objetivamente, sale ganando el taxista. Pero es que no conocemos la verdadera historia de la parábola.

La verdadera historia del padre y del hijo pródigo

a) El hijo rebelde y el Padre irascible que perdona (Oseas)

La idea de presentar las relaciones entre Dios y el pueblo de Israel como las de un padre con su hijo se le ocurrió por vez primera, que sepamos, al profeta Oseas en el siglo VIII a.C. En uno de sus poemas presenta a Dios como un padre totalmente entregado a su hijo: le enseña a andar, lo lleva en brazos, se inclina para darle de comer; pasando de la metáfora a la realidad, cuando era niño lo liberó de la esclavitud de Egipto. Pero la reacción de Israel, el hijo, no es la que cabía esperar: cuanto más lo llama su padre, más se aleja de él; prefiere la compañía de los dioses cananeos, los baales. De acuerdo con la ley, un hijo rebelde, que no respeta a su padre ni a su madre, debe ser juzgado y apedreado. Dios se plantea castigar a su hijo de otro modo: devolviéndolo a Egipto, a la esclavitud. Pero no puede. “¿Cómo podré dejarte, Efraín, entregarte a ti, Israel? Me da un vuelco el corazón, se me conmueven las entrañas. No ejecutaré mi condena, no te volveré a destruir, que soy Dios y no hombre, el Santo en medio de ti y no enemigo devastador” (Oseas 11,1-9).

El hijo que presenta Oseas se parece bastante al de la parábola de Lucas: los dos se alejan de su padre, aunque por motivos muy distintos: el de Oseas para practicar cultos paganos, el de Lucas para vivir como un libertino.

Mayor diferencia hay entre los padres. El de Oseas reacciona dejándose llevar por la indignación y el deseo de castigar, como le ocurriría a la mayoría de los padres. Si no lo hace es “porque soy Dios, y no hombre”, y lo típico de Dios es perdonar. Lucas no dice qué siente el padre cuando el hijo le comunica que ha decidido irse de casa y le pide su parte de la herencia; se la da sin poner objeción, ni siquiera le dirige un discurso lleno de buenos consejos.

b) El hijo arrepentido y el Padre que lo acoge (Jeremías)

La gran diferencia entre Oseas y Lucas radica en el final de la historia: Oseas no dice cómo termina, aunque se supone que bien. Lucas se detiene en contar el cambio de fortuna del hijo: arruinado y malviviendo de porquerizo, se le ocurre una solución: volver a su padre, pedirle perdón y trabajo. En cambio, no sabemos qué pasa por la mente del padre durante esos años. Lucas se centra en su reacción final: lo divisó a lo lejos, se enterneció, corrió, se le echó al cuello, lo besó. Cuando el hijo confiesa su pecado, no le impone penitencia ni le da buenos consejos. Parece que ni siquiera le escucha, preocupado por dar órdenes a los criados para que organicen un gran banquete y una fiesta.

¿Cómo se le ocurrió a Lucas hablar de la conversión del hijo? Oseas no dice nada de ello, pero sí lo dice Jeremías. A este profeta de finales del siglo VII a.C. le gustaban mucho los poemas de Oseas y a veces los adaptaba en su predicación. Para entonces, el Reino Norte ha sufrido el terrible castigo de los asirios. El pueblo piensa que el perdón anunciado por Oseas no se ha cumplido, pero no por culpa de Dios, sino por culpa de sus pecados. Y le pide: “Vuélveme y me volveré, que tú eres mi Señor, mi Dios; si me alejé, después me arrepentí, y al comprenderlo me di golpes de pecho; me sentía corrido y avergonzado de soportar el oprobio de mi juventud”. Y Dios responde: “Si es mi hijo querido Efraín, mi niño, mi encanto. Cada vez que le reprendo me acuerdo de ello, se me conmueven las entrañas y cedo a la compasión” (Jeremías 31,18-28). En estas palabras, que reflejan el arrepentimiento del pueblo y su confesión de los pecados, se basa la reacción del hijo en Lucas.

Un as en la manga de Lucas: el hijo mayor

Sin embargo, cuando leemos lo que precede a la parábola, advertimos que el problema no es de Dios sino de ciertos hombres. A Dios no le cuesta perdonar, pero hay personas que no quieren que perdone. Condenan a Jesús porque trata con recaudadores de impuestos y prostitutas y come con ellos.

Entonces Lucas saca un as de la manga y depara la mayor sorpresa. Introduce en la parábola un nuevo personaje que no estaba en Oseas ni Jeremías: un hermano mayor, que nunca ha abandonado a su padre y ha sido modelo de buena conducta. Representa a los escribas y fariseos, a los buenos. Y se permite dirigirse a su padre como ellos se dirigen a Jesús: con insolencia, reprochándole su conducta.

El padre responde con suavidad, haciéndole caer en la cuenta de que ese a quien condena es hermano suyo. “Estaba muerto y ha revivido. Estaba perdido y ha sido encontrado”.

¿Sirve de algo esta instrucción? La mayoría de los escribas y fariseos responderían: “Bien muerto estaba, ¡qué pena que haya vuelto!” Y no podríamos condenar su reacción porque sería la de la mayoría de nosotros ante las personas que no se comportan como nosotros consideramos adecuado. El mundo sería mucho mejor sin ladrones, asesinos, terroristas, adúlteros, abortistas, gays, lesbianas, transexuales, bisexuales, banqueros, políticos… y cada cual puede completar la lista según sus gustos e ideología.

La diferencia entre el padre y el hermano mayor es que el hermano mayor solo se fija en la conducta de su hermano pequeño: “se ha comido tu fortuna con prostitutas”. En cambio, el padre se fija en lo profundo: “este hermano tuyo”. Cuando Jesús come con publicanos y pecadores no los ve como personas de mala conducta, los ve como hijos de Dios y hermanos suyos. Pero esto es muy difícil. Para llegar ahí hace falta mucha fe y mucho amor.

Qué duro es ser padre, qué duro es ser Dios.

Los padres que tienen hijos muy distintos en sus comportamientos y sus ideas son los que mejor pueden comprender a Dios Padre. Tiene unos hijos muy especiales. Algunos parecen muy buenos, otros muy malos. Pero a todos los mira como hijos, a todos los quiere y los defiende.

 

José Luis Sicre

 

 

Deconstruir para reconstruir I y II

Deconstruir para reconstruir I

De la religión a la espiritualidad
JOSÉ ANTONIO REVUELTA, revueltaja@yahoo.es

ECLESALIA.- Solo unos “apuntes” escuetos, resumidos, hipersintetizados… para abrir boca en estos tiempos líquidos.

Sin complicarnos demasiado la existencia. Nada más que observarnos y observar: Leer más

Convertirse a los pobres:

Santiago Sagredo
Arzobispo de Tanger

Durísima denuncia de Santiago Agrelo:
“El lunes les llevamos alimentos. El martes, se los quitaron”
“En los alrededores de Ceuta hay emigrantes. Sé que no tienen papeles, pero tienen hambre”

En los alrededores de Ceuta hay emigrantes. No sé cuántos son. Sé que son seres humanos. Sé que no tienen papeles, pero tienen hambre. Sé que no están autorizados a estar donde están, pero tienen derecho a buscarse un futuro para sí mismos y para sus familias. Sé que las autoridades de las naciones los consideran una amenaza, aunque la realidad es que las autoridades son una amenaza para ellos.

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Garizumako 4. igandea – 4º Domingo de Cuaresma, «BESTE SEMEA-EL OTRO HIJO», José A. Pagola

C (Lukas 15,1-3.11-32)

Evangelio del 06/mar/2016
por Coordinador Grupos de Jesús

BESTE SEMEA

Jesusen parabolarik hunkigarriena, inondik ere, «aita onaren» hura da, era okerrean «seme hondatzailearen parabola» deitu izan dena. Hain juxtu, «seme gazte» honek deitu izan die atentzioa komentariogileei eta predikariei. Hura etxera itzuli eta aitak sinestezineko moduan hartu izanak kristau-belaun guztiak hunkitu izan ditu.

Halaz guztiz, «seme nagusiaz» ere mintzo da parabola; aitarekin gelditu da hau, anaiaren bizitza nahasia imitatu gabe, etxetik urrun. Galdua zen semeari ongietorri egiteko aitak antolatu duen jaiaren berri eman diotenean, asaldatu egin da. Anaia itzuli izanak ez dio pozik eman, aitari bezala, baizik errabia:«haserretu zen eta ez zuen joan nahi» jaira. Ez zuen etxetik alde egin sekula; orain, ordea, arrotz sentitu da bereen artean.

Sartzeko dei egitera irten zaio aita, anaia onartu duen txera berarekin. Baina ez zaio joan oihuka, ezta agindua emanez ere. Maitasun apalez, «konbentzitu egin nahi du» harrerako festan parte har dezan. Orduantxe lehertu da gure mutila, bere erresumina agerian jarriz. Bizitza osoa eman du aitaren esana eginez, baina ez du ikasi aitak bezala maitatzen. Orain, bere eskubideak bakarrik ditu gogoan eta anaia gutxiestea.

Horra seme nagusiaren tragedia. Ez du sekula etxetik alde egin, ez, baina bihotza urrun izan du beti. Aginduak betetzen badaki, baina maitatzen ez. Ez du ulertu aitak galdua zen seme hari zion maitasuna. Ez daki zer den onartzea eta barkatzea, ez du deus jakin nahi bere anaiaz. Gure ikusmina ase gabe bukatu du Jesusek parabola: sartu ote zen ala kanpoan gelditu?

Gizarte modernoko krisi erlijiosoan murgildurik, ohituak gara fededunez eta fedegabeez mintzatzen, betetzaileez eta urrunduez, Elizak bedeinkaturiko ezkontza-bikoteez eta arauz kanpoko egoerako bikoteez… Guk haren seme-alabak sailkatzen jarraitzen dugun bitartean, guztion zain jarraitzen du Jainkoak, ez baita hura jende onaren ondare, ezta betetzaileena ere. Guztien Aita da.

«Seme nagusia» interpelatzen ari zaigu haren ondoan bizi garela uste dugunoi. Zer ari gara egiten Eliza bertan behera utzi ez dugunok? Geure superbizipena segurtatzen agindutakoa ahalik hobekien betez, ala bere seme-alaba guztiez Jainkoak duen maitasunaren testigu izaten? Elkarte irekiak ari al gara eraikitzen, duda-muda eta galdera artean Jainkoaren bila dabiltzanei ulertu, onartu eta lagun egiten dakitenak eraikitzen? Hesiak jartzen eta zubiak egiten ari ote gara? Adiskidetasuna eskaintzen ala errezeloa agertzen?

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

 

Cuaresma – C (Lucas 15,1-3.11-32)
por Coordinador Grupos de Jesús

EL OTRO HIJO

Sin duda, la parábola más cautivadora de Jesús es la del «padre bueno», mal llamada «parábola del hijo pródigo». Precisamente este «hijo menor» ha atraído siempre la atención de comentaristas y predicadores. Su vuelta al hogar y la acogida increíble del padre han conmovido a todas las generaciones cristianas.

Sin embargo, la parábola habla también del «hijo mayor», un hombre que permanece junto a su padre, sin imitar la vida desordenada de su hermano, lejos del hogar. Cuando le informan de la fiesta organizada por su padre para acoger al hijo perdido, queda desconcertado. El retorno del hermano no le produce alegría, como a su padre, sino rabia: «se indignó y se negaba a entrar» en la fiesta. Nunca se había marchado de casa, pero ahora se siente como un extraño entre los suyos.

El padre sale a invitarlo con el mismo cariño con que ha acogido a su hermano. No le grita ni le da órdenes. Con amor humilde «trata de persuadirlo» para que entre en la fiesta de la acogida. Es entonces cuando el hijo explota dejando al descubierto todo su resentimiento. Ha pasado toda su vida cumpliendo órdenes del padre, pero no ha aprendido a amar como ama él. Ahora solo sabe exigir sus derechos y denigrar a su hermano.

Esta es la tragedia del hijo mayor. Nunca se ha marchado de casa, pero su corazón ha estado siempre lejos. Sabe cumplir mandamientos pero no sabe amar. No entiende el amor de su padre a aquel hijo perdido. Él no acoge ni perdona, no quiere saber nada con su hermano. Jesús termina su parábola sin satisfacer nuestra curiosidad: ¿entró en la fiesta o se quedó fuera?

Envueltos en la crisis religiosa de la sociedad moderna, nos hemos habituado a hablar de creyentes e increyentes, de practicantes y de alejados, de matrimonios bendecidos por la Iglesia y de parejas en situación irregular… Mientras nosotros seguimos clasificando a sus hijos, Dios nos sigue esperando a todos, pues no es propiedad de los buenos ni de los practicantes. Es Padre de todos.

El «hijo mayor» es una interpelación para quienes creemos vivir junto a él. ¿Qué estamos haciendo quienes no hemos abandonado la Iglesia? ¿Asegurar nuestra supervivencia religiosa observando lo mejor posible lo prescrito, o ser testigos del amor grande de Dios a todos sus hijos e hijas? ¿Estamos construyendo comunidades abiertas que saben comprender, acoger y acompañar a quienes buscan a Dios entre dudas e interrogantes? ¿Levantamos barreras o tendemos puentes? ¿Les ofrecemos amistad o los miramos con recelo?

José Antonio Pagola

 

 

 

A los políticos


Blog José Ignacio González Faus

Religión Digital

No sé si al final tendremos nuevo gobierno o nuevas elecciones. Son días muy difíciles. Por si ayudan, me permito sugerir a todos tres breves reflexiones. Dos creo que describen los hechos; la tercera apela a la ética. Leer más