¿Y si el caso es de extrema necesidad?

José Ignacio Calleja

Nadie puede renunciar a la base ética del pensamiento práctico: el estado de necesidad de quien tengo delante. Llamamos derecho del país a lo nuestro, por no decir “no quiero preguntas que muestren mi desnudez moral.

El discurso más simple sobre la emigración está ganando la partida. No digo nada nuevo. Es lo que se lleva. Mucha gente dice estar segura de que millones de “españoles” piensan que “un país tiene derecho a discriminar quién cruza sus fronteras; el mismo derecho con que cada uno admite en su casa a quien quiere”. Las simplificaciones en el argumento tienen la ventaja de no tener que probar nada. Se comienza diciendo que son millones los que piensan esto y se concluye que son todos. Ya está, para qué seguir pensando. 

Pero es verdad. Lo dicen muchos. Sí. Y ¿cuál es el razonamiento de fondo allá donde las personas nos enfrentamos con lo que sentimos ante un hecho masivo y que nos incomoda? 

 

Porque el razonamiento típico y primario de que este lugar es nuestro, disponemos de su riqueza como cada uno lo hace de su patrimonio y admitimos a quien necesitamos por razones económicas -con preferencia del que habla nuestra lengua y viene de una vieja colonia- es para entrar al baño, mirarse al espejo, y decir “qué cara tengo; ahora cómo añadiré que todas las personas somos iguales en dignidad”.

 Y si no le gusta al amigo lector este ejemplo, no vaya hasta el baño; en la sala de estar puede reflexionar del mismo modo: ¿cómo puedo pensar de este modo sobre lo mío y lo nuestro ante personas en estado de necesidad?

Veamos. El momento práctico del hecho opera cuándo respondemos a cómo desarrollar una política migratoria más ordenada, segura y compartida por todos los pueblos de Europa y del mundo. Nadie es tan torpe como para no comprender que hay que pensar las soluciones con la cabeza. Y nadie ignora que compartirlas exige sacrificios y un punto de presión ante mucha gente. Es así, no hay ingenuidad en esto. Pero el momento ético y prepolítico, el que precede y acompaña a todas las medidas legales y sociales que se implementen, es reconocer el estado de absoluta necesidad de tantas personas migrantes.

Ya está ordenada la cuestión para pensarla con criterio. No es que yo entienda especialmente de este hecho social, las migraciones, sino que lo primero es cuál es el estado de necesidad con que se nos presentan esas personas. Luego vendrá cómo se puede acoger, cuántos, dónde, quiénes y por qué. Pero la pregunta primera, la que define nuestra actitud es su estado de necesidad. Es tal la importancia humana y ética de esta pregunta, que la misma proclama de que nadie abre el piso al primero que pasa, falla por la base cuando la pensamos desde la necesidad del otro. Nadie deja el piso abierto para que lo ocupe quien quiera mientras se va de viaje unos días. Pero no es esa la cuestión, sino ¿quién cerraría la puerta a alguien que le pide ayuda con la urgencia en la cara? O mejor todavía, ¿quién se queda en casa pensando tranquilo que ha obrado bien después de ignorar el estado de necesidad del que llamaba? Lo ocultará como un bellaco.

Luego la cuestión es cómo conocer bien el estado de necesidad de cada uno de los inmigrantes y exiliados, y cómo corresponder a ella con hospitalidad. Y la respuesta bastante lógica. Seguro que hay medios para facilitar y mejorar el conocimiento de esas situaciones de necesidad; los Estados pueden hacerlo; la sociedad civil puede colaborar mucho; y cierto que podemos cuidar con celo razonable que el fraude o el abuso represente un porcentaje muy reducido en la acogida social de la inmigración.

Por el contrario, si el prejuicio que nos dirige es el individualismo posesivo hecho país -esto es mío y es nuestro y punto-, y pensamos que su estado de necesidad es una trampa, y colaborar a su acogida, una quimera, y añadimos que se desarrollen en sus lugares de origen (¡sí, pero que no me pregunten cómo…!), la cuestión es clara. Llamamos derecho del país a lo nuestro, por no decir “no quiero preguntas que muestren mi desnudez moral”. Bien, es así, lo es en mi sociedad como en otras. Como la británica que sale por pies de la dificultad, como la europea que descabalga al político que no pone en su programa cerrar las fronteras, como la América rica que se encomienda a Trump y su muro, como los demás lugares donde la riqueza económica atrae a los muertos de hambre y los rechaza cuando ya no los necesita.

Luego, ¿qué hay detrás de la inquietud que planteo? Una invitación a pensar desde el otro en estado de extrema necesidad. Con el realismo que el lector crea necesario, pero desde el reconocimiento del estado de necesidad de la mayoría de los emigrantes. Cuando se dice que todos tenemos necesidades, es cierto, pero si alguien de nosotros muestra un estado de necesidad equivalente, nadie duda de que le debemos ayudar. Nos debe el compromiso personal para salir a flote y ser autónomo, como los emigrantes, pero le debemos ayuda. Lo primero es su estado de necesidad.

En fin, cada uno de nosotros piensa que lo propio es derecho inalienable e imperecedero; el argumento “este es de mi país y esto es nuestro” queremos que nos libre de pensar con sentido más crítico: las personas somos iguales y todos somos hermanos. Es fácil hacerse trampas. Hay muchos intereses materiales en juego. Cuestionar la política migratoria de éstos o de aquéllos, de pensarla con estas o aquellas exigencias, es normal; pero ninguno puede renunciar a la base ética del pensamiento práctico: el estado de necesidad de quien tengo delante. Ponte en el lugar del otro, vive su historia, particularmente del otro más débil y empobrecido sin ninguna culpa, los que huyen de su tierra para sobrevivir como familia, y ahora cómo lo ves, qué piensas desde esa nueva perspectiva. Porque el problema no cambia, pero la solución sí.

José Manuel Vidal, 13 de febrero de 2019 en Religión Digital