Religión Digital
La trágica muerte de Maricarmen a los 87 años interpela sin anestesia a una sociedad que mercantiliza la vivienda y a una Iglesia que corre el riesgo de callar ante la injusticia.
Maricarmen ha muerto a los 87 años, apenas once días después de ser expulsada de la casa en la que había vivido durante décadas. El 23 de septiembre tuvo que salir de su vivienda en Madrid en una camilla, porque su estado físico y emocional ya no le permitía afrontar aquella situación. Después llegó un acuerdo que podía haberle permitido regresar a su casa, pero llegó demasiado tarde. Maricarmen murió sin volver a entrar en aquel hogar que había sido suyo.
Ante una historia así resulta imposible no preguntarse qué sociedad estamos construyendo cuando hablamos de contratos y propiedades como si detrás de esas palabras no hubiera personas.
Porque una vivienda no es solamente una propiedad. Es un hogar, el lugar donde una persona construye su vida, guarda sus recuerdos y encuentra refugio y seguridad. Sin embargo, hemos llegado a convertir una necesidad humana básica en una mercancía más del mercado. La casa que para una persona es hogar, para otra puede convertirse simplemente en un activo que comprar, acumular y rentabilizar. Y cuando la vivienda deja de estar al servicio de las personas para convertirse ante todo en una fuente de beneficio, el problema ya no es solamente económico: es también moral y social. Porque una sociedad que permite que unos acumulen viviendas como inversión mientras otros no pueden permitirse un lugar digno donde vivir está aceptando que el derecho de propiedad pese más que la dignidad y la necesidad de quien no tiene dónde vivir… Leer más (José Carlos Enríquez Díaz)