Javier Aisa, periodista especializado en actualidad internacional
(Espacio REDO) Diario de Navarra
El permiso israelí para que entren algunas mercancías en Gaza equivale a reconocer que existe un bloqueo contra la población de la franja. La afirmación de que hubo errores en la planificación y ejecución del asalto a los barcos turcos que pretendían romper el cerco revela una dosis considerable de torpeza política y militar. ¿De qué sirve la demostración de fuerza de un ejército supuestamente invencible cuando, además, se equivoca? Son decisiones destinadas a disminuir la condena de la opinión pública internacional. Sin embargo, no ocultan la actuación de un gobierno que conduce a Israel hacia un aislamiento suicida.
El ataque a la flotilla ha reafirmado que la relación de Israel con la población palestina, y con quienes se solidarizan con ella, se establece sólo mediante una política de seguridad basada en la represión. La tesis de la amenaza exterior quiere garantizar la unidad nacional en una sociedad israelí dividida y crispada, encerrada entre los muros que ha construido y perturbada por su inclinación a pensar que sus problemas son culpa de todo el mundo – los árabes, primero – y no de su crisis de ideas, valores y de sus comportamientos arrogantes y excluyentes.
El Estado de Israel muestra rasgos preocupantes que dificultan la paz. Las ambiciones territoriales propias del sionismo prosiguen con la edificación de 1.600 casas en Ramat Shlomo (Jerusalén Este), incluso el mismo día que Joe Biden, el vicepresidente de EEUU, pedía en Tel Aviv su paralización para contribuir al inicio de conversaciones con la administración de Mahmud Abbas. Asimismo, se aprecia una radicalización del movimiento de colonos – cada vez más presente en las Fuerzas Armadas y en la administración – que incrementa el extremismo político del Ejecutivo de Netanyahu. La prueba es la elaboración de una ley que permitirá expulsar de Cisjordania a la población palestina domiciliada en Gaza o en el extranjero. Varias encuestas ratifican esta tendencia: el 53 % de los judíos no religiosos rechazan el derecho de los árabes de Israel a tener diputados en la Knesset (Parlamento) y el 39 % se opone a la igualdad de ciudadanía entre judios y árabes. El porcentaje aumenta mucho entre los judíos religiosos: el 82 %. Es una señal del ascenso del dogmatismo de los partidos que aspiran al mandato de la Torá, que podría avanzar todavía más con otro proyecto de Netanyahu: conceder el voto a 750.000 israelíes que viven en el extranjero.
En el plano de las relaciones exteriores, la obsesión por una seguridad basada en la hegemonía militar regional conduce al gobierno israelí a una peligrosa huida hacia adelante. Israel sólo ve riesgos: la propuesta de Naciones Unidas para desnuclearizar Oriente Próximo perjudicaría su capacidad de disuasión. Los pasos del presidente Obama para iniciar un proceso negociador con la Autoridad Nacional Palestina puede limitar la colonización de Cisjordania. El gobierno de Netanyahu está dispuesto a cualquier acción militar, aunque le lluevan las críticas. Gana tiempo y aplaza negociaciones.
No obstante, la apuesta es de mayor envergadura y no elude aventuras bélicas. Parece apreciarse la preparación de un escenario de tensión con el propósito de recuperar la iniciativa en el plano regional. Tarde o temprano, el enemigo principal a batir es Irán. Para lograrlo, primero resulta esencial aislar a Teherán y jugar a la provocación. Tel Aviv sabe que Hezbolá ha ganado demasiado terreno en Líbano y que se ha rearmado ampliamente. Sólo necesita un pretexto – el lanzamiento de cohetes contra el norte de Israel – para emprender una nueva ofensiva contra las milicias chiíes en Líbano, aunque una operación armada – con la potencia necesaria para evitar la sensación de no haber vencido, como en el verano de 2006 – pudiera implicar la intervención de Siria y de Irán, de una forma u otra. Sería la excusa perfecta para bombardear las instalaciones nucleares iraníes.
Israel no duda en fomentar crisis para impedir la formación de alianzas regionales. Y desconfía de Turquía. Algunos pasos emprendidos por el presidente Erdogan inquietan al Ejecutivo de Netanyahu. El intento de aproximar a Hamas y Fatah; la mejora de las relaciones con Líbano y Siria (abolición de los visados); la búsqueda del equilibrio con Iraq; pero sobre todo el consenso con Irán para posibilitar el diálogo con Estados Unidos y Europa, obstaculizan que Israel continúe como la única potencia regional. El incremento de la influencia turca reduce el campo de acción del gobierno israelí, que prefiere una Turquía debilitada. Sin embargo, el aviso a Ankara usando la violencia contra los pasajeros turcos del barco apresado ha tenido el efecto contrario: el gobierno del partido islámico AKP coloca a Turquía como un Estado país capaz de extender su liderazgo en la zona. Un conflicto más enreda el paisaje: sin la ayuda turca, Estados Unidos no puede alcanzar sus objetivos, desde Iraq a Afganistán con parada en Irán. Israel comete errores estratégicos, propios del que prefiere aplicar políticas de fuerza en vez de optar por la diplomacia que lleve a la paz.
Negociar sobre Palestina
16/1/2011
Los discursos de Obama, la inflexibilidad del primer ministro Netanyahu y los deseos del presidente Mahmud Abbas han marcado las conversaciones para reanudar el diálogo entre las autoridades israelíes y la Autoridad palestina de septiembre a diciembre de 2010. Nuevo y rotundo fracaso. El punto de partida era señalar un camino para alcanzar un “acuerdo marco” en el plazo de un año. Como en decenas de ocasiones anteriores, esa denominación es una frase hecha, sin contenido. Olvida el desarrollo de los detalles precisos sobre los que negociar: posibilidad de creación de un Estado palestino, fronteras en el trazado de 1967, seguridad, reparto de Jerusalén Este, personas refugiadas, economía, agua….Ninguna mención a estas cuestiones fundamentales.
Al comienzo del otoño, el presidente norteamericano mencionaba la posibilidad de creación del Estado palestino el próximo año. Buenas intenciones, aunque puro maquillaje porque elude presionar eficazmente a Israel. Entonces, le falta tiempo a Netanyahu para rechazar, antes de concluir el trimestre, el aplazamiento en la construcción de nuevos asentamientos judíos en Palestina y se ha autorizado la ampliación de edificaciones israelíes en Jerusalén Este. El primer ministro israelí ha hecho causa común con el movimiento de los colonos, cada vez más poderoso en la política y en la calle, con el propósito de mantener el gobierno actual (derecha y extrema derecha nacionalistas y religiosa, oportunismo laborista). De esta manera, no cede un ápice en la mesa de negociaciones. En el fondo, es también un asunto de principios, en cuanto a la definición de qué es Israel, y de estrategia para mantener la hegemonía regional. La trilogía Am (Pueblo), Eretz (Tierra), Tora (Ley) conlleva de entrada la expansión y, por tanto, la ocupación. Colonias, carreteras, puestos de control, muro de separación, control del agua…fragmentan la tierra de Cisjordania; impiden la continuidad administrativa y, finalmente, conducen a que Israel anexione definitivamente la mayor parte de la geografía entre la línea verde de 1967 (frontera de Israel después de 1948) y el Jordán. En definitiva, el lema y su aplicación consiste no devolver nunca las tierras ocupadas.
La población palestina ha perdido casi el 91 % de su tierra original, después de la desaparición del Imperio Otomano (1920), merced a guerras y expulsiones. Enclaves desperdigados, a modo de “bantustanes”, no pueden construir un Estado palestino viable. Ademas, esos tres conceptos – un intento de cohesionar las diferentes identidades judías a lo largo de los últimos cien años- se han concretado en el otoño pasado en una exigencia más del Ejecutivo israelí a la autoridades palestinas: reconocer que Israel es un Estado nacional judío. Equivale a la marginación y exclusión de la población palestina que vive en Israel (1,5 millones de personas, casi un 20 % del total de habitantes), y su consiguiente pérdida progresiva de derechos Igualmente, significa el rechazo a considerar cualquier posibilidad de regreso de las personas palestinas refugiadas (4,5 millones, censo de 2006), sin tener en cuenta de nuevo la resolución 194 de Naciones Unidas (1948) favorable al “derecho al retorno”.
La debilidad de la Autoridad Nacional Palestina es extrema. En el Consejo de la OLP, el presidente Abbas sólo cuenta ahora con el apoyo de la mitad de sus integrantes (9 de 18). Su presencia en las reuniones de Washington es puramente testimonial y sólo sirve para legitimar una apariencia de negociaciones, cuya trampa reside en sentarse en torno a una mesa en la que Israel impone siempre unas premisas inaceptables. El resultado crea más frustración. Asimismo, la administración de Abbas ha sido incapaz de dirigir y movilizar una oposición articulada y reivindicativa. Más bien, da la impresión de que su objetivo es conservar su propia burocracia y los fondos internacionales que la mantienen. Abbas incluso ha suspendido la convocatoria de comicios presidenciales. Por otro lado, la inútil y ciega división palestina acarrea que no exista un interlocutor decidido, fuerte y representativo ante Israel. La ANP y Hamás son los responsables de una ruptura que impide un frente de resistencia unitario. De esta situación desastrosa se aprovecha el Estado israelí para negar capacidad de interlocución en las filas palestinas y proseguir su política de colonización. El movimiento islamista exige participar en un posible proceso de paz con un peso decisivo. No le falta razón, en la medida que ganó las elecciones legislativas en 2006, aunque su mandato en Gaza no se caracteriza por el ejercicio del derecho democrático a la disidencia.
En Palestina, el tiempo pasa y crecen las desigualdades y la pobreza derivadas de la ocupación. El desánimo y el pesimismo son evidentes, más aún por la realidad de que la mayoría de los países (en primer lugar, la Unión Europea) han abandonado a su suerte a la población palestina. Sin embargo, algunas opiniones indican que la proclamación unilateral de un Estado palestino en 2001 puede ofrecer un acontecimiento nuevo que desatasque el conflicto. Un hecho que sólo puede iniciarse con un acuerdo entre todas las formaciones palestinas. En caso contrario, las oportunidades de resistencia pacífica disminuirán todavía más rápidamente.
Palestina: luces y sombras
28/12/12
La población de Cisjordania y Gaza han expresado en las calles que Palestina es un Estado. Ahora mucho más, desde que 138 países de los 193 integrados en la ONU han votado en la Asamblea General que se convierta en miembro observador. Al contrario de la máxima del sionismo, que se refería a la construcción de un “Estado de los judíos” con el lema “un pueblo sin tierra para una tierra sin pueblo”, Palestina tiene historia, población, territorio y gobierno. Sin embargo, no cuenta con la soberanía necesaria para configurar un Estado, a consecuencia de la ocupación israelí.
El acuerdo de Naciones Unidas representa un éxito de Mahmoud Abbas y de su organización, Fatah. El presidente de la Autoridad Nacional Palestina necesitaba esta ventaja como el agua. Precisamente, porque Hamás se ha reforzado en Gaza e incluso en Cisjordania. Los motivos son varios: el freno a los ataques de Israel; el apoyo que Turquía, los nuevos gobiernos islamistas (Egipto, Túnez…) y los estados del Golfo (Arabía Saudí, Catar) prestan decididamente al movimiento de resistencia islámico en Palestina; y el baño de masas de su líder Jaled Meshal en su regreso a la franja.
Que Palestina haya logrado el apoyo a su petición – más su integración en la UNESCO – representa un avance significativo, porque la ANP puede pedir el amparo de la comunidad internacional y judicializar el conflicto con posibles denuncias a Israel ante el Tribunal Penal Internacional. No obstante, el triunfo político y diplomático de la iniciativa palestina apenas tendrá efecto sobre el terreno por la intransigencia de Israel, el rechazo de Estados Unidos y, también, la división palestina. De hecho, ambos estados se han opuesto a numerosas disposiciones de los tribunales a favor de Palestina; por ejemplo la apelación para detener la construcción del muro de separación en 2004 debido a que afecta a la integridad de Cisjordania.
Asimismo, es la demostración del fracaso de la política actual del gobierno de Netanyahu y de Lieberman. Los políticos israelíes se han manifestado con desprecio y agresividad, pero sobre todo rehusan emprender conversaciones de paz. La ocupación militar; la colonización y la anexión de más tierras palestinas sólo contribuyen al aislamiento de Israel y no le garantiza un futuro en paz. La respuesta del Ejecutivo israelí no se ha hecho esperar: vía libre a la próxima edificación de 3.000 viviendas en el enclave E1 entre Jerusalén Este y el asentamiento judío de Ma’ale Adumim. Es una carga de profundidad definitiva contra la posibilidad de establecer, al lado de Israel, un Estado palestino, aunque sea mínimo: solo en un 10% de la Palestina histórica, tras las sucesivas conquistas y anexiones israelíes. Con esta ampliación de los asentamientos, se quebraría la relación geográfica con Jerusalén y tampoco se dispondría de continuidad territorial; cohesión demográfica; ni de salida económica, sin fronteras regionales efectivas con los países árabes para el comercio, posibilidad de recaudar impuestos y utilizar el agua de los yacimientos acuíferos y del río Jordán.
La tregua en Gaza y el nuevo estatuto en la ONU son también un desafío para la reorganización en el campo palestino. Con sus llamadas de teléfono al presidente egipcio Morsi, Barack Obama ha concedido a Hamás un cierto reconocimiento como interlocutor para lograr el cese de las hostilidades, que Israel aceptó a regañadientes. El movimiento islamista de Palestina no puede perder esa baza, aunque actúe con una ambigüedad calculada: su dirigente Jaled Meshal se mostró partidario, en una entrevista para la CNN, de aceptar las fronteras de 1967 ( por otro lado, rechazadas por Israel), pero clama por recuperar toda Palestina en su provocador discurso ante la población de Gaza. De una vez por todas, Mahmoud Abbas tiene que mostrar determinación para fortalecer su autonomía respecto a la política de Israel. Un objetivo imprescindible sería la reunificación de la resistencia palestina en un proyecto común, con nuevas elecciones presidenciales, que dejara al margen los intereses partidistas de Hamas y Fatah.
En el marco regional, aparecen claves que marcarán el futuro. En primer plano, las autoridades palestinas de cualquier signo e Israel deberán saber cómo situarse ante el nuevo mapa que se perfila al fondo del escenario. Estados Unidos reparte las cartas y dirige la partida en la configuración de un posible eje suní conservador, con Egipto, Turquía Jordania, Catar y Arabia Saudí, que contrarreste a los chiíes en el poder de Irán y Siria. Es una de las razones del apoyo estadounidense al cese el fuego en Gaza y del malestar de la administración Obama respecto a la persistente voluntad de Netanyahu y Lieberman por incrementar las colonias en Cisjordania, expansión que debilita a Mahmud Abbas. Después de consolidar la pertenencia de la Autoridad Nacional Palestina a esta alianza, la política exterior estadounidense quiere sumar a Hamas a ese diseño estratégico. Un doble juego que ofrece oportunidades para Palestina, pero al mismo tiempo suma el riesgo de mayor dependencia de EE.UU., mientras el estado israelí actúa sin cortapisas y margina una paz justa.