Una mirada cristiana “desde” y “de” la crisis

G. M. y Comunidad San Cristobal
Como no disponemos de espacio para amplias y fundamentadas explicaciones, tomad lo que os diga a modo de pequeño y concentrado testimonio muy personal.
1º.- Presupuestos y condiciones de mi mirada. Tres principales:
1.- Unidad y circularidad:
a) Miro a la fe y sus contenidos desde esta realidad de crisis: que me envuelve y de la que soy parte activa y pasiva; que me exige ser honesto con ella y, en consecuencia, afinar críticamente la mirada; y que pone ya en mis ojos, inevitablemente, unas lentes con las que mirar la fe. Lo cual pienso que no es malo. Pues, de lo contrario, difícilmente una fe que se cierra a ser repensada desde la realidad podrá decir algo lógica e históricamente significativo a esa misma realidad.
b) Pero, simultáneamente, al presentaros mis análisis de la crisis, mi condición creyente y cristiana estaba activamente presente. De no estarlo, seguramente algunas de mis afirmaciones hubieran sido distintas. Y es que la fe y sus contenidos nos aportan un “norte”, un “sensus”, un sentido o sensibilidad, un “olfato”, un saber sapiencial que viene del Espíritu, actuante a través de nuestro propio espíritu, para ciertas cosas. No es que piense que la fe entrañe directamente respuestas o soluciones a lo económico, social o político. Una y otros son realidades que están a distinto nivel, tienen su propia autonomía y demandan tratamiento específico. Pero tampoco son huéspedes extraños. Dios y su creación –de la que somos por gracia cocreadores- son inseparables y ésta es, además, sacramento imprescindible para nuestro encuentro y sintonía con Dios. Y la fe, además de decirnos cosas sobre la creación y el proyecto de Dios para ella, al hacerse presente en nosotros, nos atrapa en todas las dimensiones de nuestro se, es englobante.
c) Esto explica nuestra mirada. Que es una y unitaria. Pero que es una mirada inseparablemente circular: de lo real visible a la fe y de ésta a la realidad. Que es penetrante y que ve doble: lo que todo el mundo ve y lo que sólo la fe permite ver: el pecado, el designio de Dios, el avance y retroceso del Reino, cómo el amor de Dios se hace presente, etc.
2.- Elección de un punto de mira adecuado:
a) Es fundamental. Las ciencias humanas rigurosas y críticas lo tienen cada vez más presente Por eso, para ellas, “las víctimas” de distinto signo se convierten cada vez más en punto de mira y de partica crucial para cualquier análisis y valoración que pretendan ser, de verdad, serios, rigurosos y críticos. Por limitad ay parcial que sea nuestra conquista de la verdad, el punto de partida o el lugar desde el que miramos las cosas nos condicionan tremendamente.
b) El Evangelio nos radicaliza aún más en eta convicción. En Mc. 12, 41-44 (el óbolo de la viuda) Jesús elige un lugar desde el que percibe lo que los demás no ven y llama a los discípulos a donde él está. Y en Mt. 11, 25-26 nos plantea lo que algunos han denominado el “privilegio epistemológico de los pobres”. Esto es, en lo que atañe al conocimiento de los misterios del Reino de Dios, los pobres disponen, por libérrima y gratuita disposición de Dios, que es expresión de su amor y predilección, de un privilegio especial. Tenemos, pues, que tratar de situarnos en su onda, de mirar por sus ojos, que es el modo que el Señor mismo tiene de mirar.
3.- La cuestión de las mediaciones:
a) He afirmado que lo económico social y la fe configuran ámbitos de realidad distintos. Ni el primero me lleva directamente a la fe, ni el segundo puede resolverme directamente los problemas que la sociedad me plantea. Cada ámbito tiene su propia autonomía y su propia especificidad. Su lenguaje es también distinto. ¿No puede existir, pues, diálogo y comunicación entre ellos?
b) Ambos polos necesitan un puente que posibilite el tránsito de una parte a otra, de una vertiente a otra, y que facilite el diálogo, el encuentro, la fecundación y el enriquecimiento recíprocos. A ese puente es a lo que llamamos la mediación antropológica ética y utópica (concepción de lo humano y del medio; valores y fines; horizontes y aspiraciones de modos de ser y convivenciales más humanos). Lo expliciten o no, las ciencias humanas necesitan de esa mediación. Y lo explicite o no, también la fe que pretende volcarse eficazmente sobre la realidad, pasa por ella –por dicha mediación quiero decir-. En este sentido, todo pensamiento sirve y es funcional a un determinado proyecto. Y algo análogo ocurre con la fe, aunque la misma no se reduzca a su mera funcionalidad histórica.
c) Queda, pues, claro que en mi visión social de la crisis y, ahora, en mi mirada de fe han estado y van a estar presentes unas determinadas mediaciones. No lo escondo, sino que soy consciente de ello, lo reconozco y lo explicito. Esto no quiere decir que introduzco desde fuera en la Palabra de Dios algo de lo que ella no es portadora, para, luego, hacerla decir aquello que yo quiero escuchar y que previamente he puesto en ella. Se trata de comprender, mas bien, cómo, cuándo dichas mediaciones se hacen operantes tanto en lo humano como en la fe y ambos polos entran e relación, se abren, revelan descodifican muchos sentidos e impulsos que permanecían inéditos, como escondidos y desconocidos.
2º.- Algunos hitos relevantes de “una” mirada de fe sobre la crisis. Resaltaré tres:
1.- Ni pretexto ni barniz. Una experiencia espiritual.
a) La crisis no es para mí una mera ocasión o un simple pretexto para plantear, “apologéticamente”, una serie de carencias espirituales y la necesidad de Dios. Tampoco es un mero barniz exterior y superficial de evocaciones evangélicas con las que reforzar determinadas y razonables denuncias o demandas. La crisis representa para mí un ineludible lugar teologal, espiritual y pastoral en el que vivir “proféticamente” mi fe. En ella, con toda su complejidad, el Señor me sale al encuentro. Y en ella, sin rehuir su espesor, yo le busco, le pregunto “qué quieres de mí, Señor”, y trato de entrar en comunión con él, cumpliendo la parte de la tarea que, creo, me encomienda.
b) Así, pues, el contexto impregna mi búsqueda del Señor. Y ésta discurre por las calles y andurriales por los que la crisis transita.
2.- La crisis como oportunidad, kairós, tiempo de gracia y de lucha por el Reino.
a) Vienen a mi mente las palabras del apóstol en Rom. 13, 11: “Daos cuenta del momento en que vivís; ya es hora de espabilarse […], la salvación está cerca”.
– Y, como el Señor, experimento una inmensa compasión por las grandes mayorías empobrecidas (cfr. Mt. 14, 14) a las que veo también como ovejas sin pastor, porque sus jefes y dirigentes las han abandonado a los lobos. Y también, como “cordero en medio de lobos” (Lc. 10, 3) me siento enviado a ellas.
– Y percibo el “pecado del mundo”, presente en tanta injusticia, y en tanta avaricia (cfr. Lc. 12, 13-21), y detrás de tanto dolor que ni siquiera conozco. Y lo percibo también en mí mismo.
– Y veo a Dios Padre como un manantial inagotable de justicia y misericordia, y que las quiere para todas sus hijas e hijos. Y me siento interpelado por la exhortación de Jesús: ‘Tú abandónate en el Padre y “busca ante todo el Reino de Dios y su justicia” (Mt. 6, 33). Que sea éste tu objetivo primordial’.
b) A quienes viven bajo el peso de la injusticia, ¿cómo decirles de manera creíble y veraz que Dios les ama y que está con ellas y ellos? Con una actitud samaritana que se implica, sin rodeos evasivos (cfr. Lc. 10, 25-37).
3.- Mi esperanza terrena es en un futuro imperfecto.
a) Comparto la esperanza “en un futuro imperfecto” del ya fallecido creyente, economista y profesor de ESADE Luis de Sebastián.
– Con los años me he ido afianzando más y más en aquello de que “sólo Dios es completamente bueno” (Mc. 10, 17-18). Todo lo humano es siempre, en tanto humano, limitado e imperfecto.
– En este sentido, Dios y su Reino (que, en su plenitud, es y sólo puede ser don y gracia) serán siempre una instancia antiidolátrica, crítica, relativizadora respecto a toda realización temporal y dinamizadora en tanto abierta a más altos objetivos.
b) Además, esta convicción, que es portadora de realismo y no de pesimismo, creo que me hace más paciente, comprensivo y tolerante, más abierto a la participación y el aporte de todos y todas –cosa hoy imprescindible, porque nadie es portador en exclusiva de la piedra mágica filosofal, de la fórmula extraordinaria ‘cúralotodo’-. Esta convicción, en el fondo, al tiempo que cristianamente es más coherente con la fe en el Reino de Dios, ética, cívica y políticamente me hace un poco más y mejor demócrata.
Basten, de momento, con estas pocas pinceladas. Gracias.
G.M.