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Campos desecados, jardines amarillentos, árboles color sepia, como de otoño, lechos sin agua, glaciares en retirada acelerada. Un verano con Europa en brasas
Desde mayo se habla mucho sobre un diagnóstico asfixiante que ocupa titulares urgentes de diarios y revistas, radio y televisión. La causa de este fenómeno –la estrecha relación entre el calentamiento global y veranos que arden– también es noticia, pero un poco menos.
La responsabilidad directa por el uso exagerado de los combustibles fósiles como eje de un sistema productivo dominante entra solamente en los análisis más especializados. Y en este contexto, las fuerzas políticas que minimizan el problema –y que muchas veces llegan al punto del negacionismo climático– siguen actuando como cómplices del actual desastre climático.
Poco de puntual, mucho de constante
Julio y agosto batieron récords, y todavía falta un mes para que finalice un verano norteño con cuatro olas sucesivas de canículas, casi sin respiro entre una y otra. Periodos de varios días con temperaturas superiores a las medias normales para esta época del año, con días de máximas de no menos de entre 30 y 35 grados y noches con más de 20.
Se trata de una situación térmica que produce estrés climático-sanitario al amenazar la salud de la gente, en particular las personas más vulnerables, debido a edad o a enfermedades. Aumentan las complicaciones cardíacas, circulatorias y respiratorias y, en algunos casos, el desenlace es mortal. Hacia mediados de agosto, el calor ya ha causado la muerte “prematura” de más de 25 mil personas en Europa… Leer más (Sergio Ferrari)