La discrepancia y el conflicto no son el problema, sino la incapacidad de dialogar a partir y a través de ellos
En un contexto global marcado por una creciente incertidumbre –guerras activas, tensiones geopolíticas, crisis migratorias, polarización política y desinformación digital– muchas personas tienden a buscar seguridad en lo que perciben como fortaleza: control, fronteras, poder. Se endurecen los discursos, se levantan muros y se alimenta la desconfianza hacia el otro. Sin embargo, cabe preguntarse si la verdadera fortaleza no reside, precisamente, en lo contrario: en la capacidad de reconstruir la confianza, de resistir al miedo mediante la apertura y la cooperación. Apostar por la paz en este escenario no constituye un acto de ingenuidad, sino una forma de resistencia frente a las múltiples formas de violencia –visibles e invisibles– que atraviesan nuestras sociedades.
La paz no es un estado pasivo ni la mera ausencia de conflicto. Tampoco se reduce a un acuerdo entre élites políticas o a una tregua provisional. Es una forma de vida que se construye desde lo cotidiano, desde abajo, en gestos que a menudo se consideran menores. La paz se manifiesta en cómo tratamos al vecino, en cómo respondemos ante una opinión distinta, en cómo participamos en la vida común. No se trata de evasión de la realidad ni de candidez, sino de una acción constante, valiente y paciente. Esta paz cotidiana solo puede florecer cuando se reconocen y se afrontan las estructuras que generan desigualdad, exclusión o falta de oportunidades. En este sentido, la paz no puede sostenerse sobre cimientos de injusticia estructural, como ya advirtiera Johan Galtung al conceptualizar la violencia estructural como aquella que impide el desarrollo pleno de las personas… Leer más (Francisco Entrena-Durán, catedrático de Sociología)
