Durante siglos, la Iglesia ha vivido una profunda contradicción: mientras proclama un evangelio dirigido a los pobres, ha estructurado su lenguaje, su liturgia y su autoridad de manera que ese mismo pueblo quede relegado a la pasividad. El discurso de los pobres fue aplastado por una teología burocrática, abstracta e incomprensible. No se trata de una desviación accidental, sino de un proceso histórico sostenido, en el que la institución eclesial ha privilegiado su propia auto-conservación sobre la fidelidad radical al mensaje evangélico.
El resultado es evidente: el pueblo cristiano fue desposeído de su palabra, de su capacidad de interpretar y vivir el Evangelio desde su propia experiencia histórica. La catequesis y la predicación, moldeadas por categorías escolásticas, no reconstruyeron lo que destruyeron. Más bien consolidaron una distancia entre el clero —depositario del saber teológico— y los fieles —receptores pasivos de un discurso ajeno. En este sentido, la retirada histórica de la Biblia al pueblo no fue solo un hecho disciplinar, sino un acto profundamente político: privar a los pobres del acceso directo a la fuente de la palabra significó también controlar su interpretación y, por tanto, su potencial transformador.
Hoy, aunque las formas han cambiado, el fondo de esta dinámica permanece sorprendentemente intacto. La persistencia de un culto papalátrico —visible en la espectacularización de los viajes papales y en la centralidad mediática de la figura del pontífice— sigue reforzando una eclesiología vertical. Incluso los enfrentamientos dialécticos entre el Papa y líderes políticos globales, como el reciente cruce con el presidente Trump, son leídos más como episodios de poder simbólico que como expresión de una Iglesia encarnada en los conflictos reales de los pobres. La figura papal continúa funcionando como eje de identificación, eclipsando la dimensión comunitaria y horizontal que el Evangelio sugiere… Leer más (Faustino Castaño, miembro de los grupos de Redes Cristianas en Asturias)
