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Al terminar la lectura de la primera encíclica del Papa León XIV, notamos, con sorpresa, la introducción de un nuevo estilo de argumentación: ya no es aquel estilo eclesiástico clásico, con numerosas referencias a los pensadores cristianos de los primeros siglos, sino uno nuevo, contemporáneo, que dialoga con diversos saberes y autores, hombres y mujeres, más allá de su origen confesional. Nos parece estar leyendo un texto de algún teólogo contemporáneo.
Ante todo, cabe subrayar el tono general esperanzador de la encíclica al abordar un tema tan controvertido y espinoso como la Inteligencia Artificial (IA). Pero es realista al describir la situación mundial de permanente beligerancia: “no se trata de una descripción sombría y pesimista, sino de una denuncia necesaria” (MH, 210). Esa denuncia se vuelve cristalina cuando se refiere a “bombardeos contra civiles, ataques a hospitales, escuelas o infraestructuras vitales, violencias que afectan a niños… escándalos que hieren a la propia humanidad” (MH, 216). Es como si estuviera refiriéndose a los crímenes del ejército israelí en la Franja de Gaza. Asume la mirada de las víctimas “pues no es justo permanecer neutrales frente a los conflictos” (MH, 216).
Pero al abordar directamente el desafío de la IA, de manera positiva, afirma enseguida que ella continúa siendo siempre artificial y jamás sustituye a la inteligencia natural (MH, 97). Sin embargo, “puede representar una forma de participación en el acto divino de la creación” (MH, 111). Este dato implica que debe asumir “una responsabilidad ética y espiritual especial, pues cada elección de diseño expresa una visión de humanidad” (MH, 111; 117; 129). De hecho, este punto es decisivo en la comprensión del Papa: no basta considerar si la técnica y la IA son buenas o malas, y si sus fines son buenos, sino esclarecer “la visión subyacente, si ellas tratan al ser humano como material a ser perfeccionado o superado… o favorecen su progreso moral y social” (MH, 117)… Leer más (Leonardo Boff)