Carta de una feligresa a su párroco

Buenos días. No encuentro momento para poder hablar contigo, ya que las horas de la misa no me permiten quedarme a charlar, y supongo que a ti tampoco. Yo lo haría muy gustosa.

Soy persona de una gran trayectoria espiritual; mi libro preferido y muy rumiado es la biblia; no tengo títulos pero sí una gran formación teológica; participo en reuniones donde se hace silencio, se ora y se dialoga sobre la Palabra. No soy una ignorante en la materia y me siento tratada desde el púlpito como tal. Por favor, piensa que los que escuchamos también tenemos nuestra formación y criterio, no nos trates como a niños. Como cristiana, me duele que se me identifique con un cristianismo como el que tú predicas (nada que ver con el espíritu evangélico). En fin, las veces que te escucho me gustaría poder contestar, pero no lo creo  oportuno. 

Somos la “otra voz de la iglesia”, los laicos, y muchos/as de nosotros/as no representamos la postura oficial de la jerarquía eclesiástica, lo cual no significa que dejemos de ser cristianos y cristianas muy comprometidos/as con el mensaje evangélico. Desde esta postura sabemos que la institución nos rechaza, pues para pertenecer a ella se ponen muchísimas condiciones. No era esa la postura de Jesús: él comprendía, perdonaba, aceptaba por igual a hombres y mujeres y jamás rechazaba a quien se acercase con buena voluntad.

Hoy no es esta la actitud de la jerarquía, solo ella se cree en posesión de la verdad y se atribuye todos los derechos para juzgar y condenar, declarar dogmas que suponen la exclusión para quienes no estén dispuestos/as a aceptarlos, como por ejemplo creer en la virginidad de María, la madre de Jesús; es muy ridículo. ¿Quién pudo constatarlo? La institución quiso ensalzarla hasta el punto de perder el norte y todo ello por considerar que las relaciones sexuales no son dignas, o por lo menos las intentan convertir en algo inferior a la virginidad. Los cielos, el infierno, los demonios etc., etc., son inventos para dominar y hacer que, mediante el temor, las personas acaten normativas sin usar el criterio propio.

El pan de la eucaristía, un puro símbolo que debe servir de unión en una comunidad de iguales alrededor del cual nos reunimos para recordar el mensaje de Jesús. Creemos que el Espíritu de Dios nos habita. ¿Acaso es otro el Dios que pretenden bajar Uds. con las “palabras mágicas”? Él es y está presente en toda persona, sea o no cristiana; su presencia se hace real en la comunidad reunida cuando se ora y se comparte. Todos/as somos hijos/as de Dios, no hay bautismo que otorgue este privilegio.

En fin, es como pretender controlar un Dios que ni siquiera sabemos cómo puede ser, solo el amor es un reflejo de él. Y según Pablo “es compasivo y misericordioso, no guarda rencor, es servicial” etc., jamás discriminatorio por ideologías, razas o sexo. Este es el Dios en quien creemos la “otra voz de la iglesia”.

La sociedad cambia; su forma de expresarse, su cultura, le hace más crítica y responsable, son hechos que no se pueden ignorar. Y pretender mantenerse con las ideologías de hace cien años o más es negar la evidencia.

En realidad, aunque habrá que adaptarse a los “signos de los tiempos”, en el fondo, en cuanto al evangelio se refiere, no hacen falta demasiados cambios; se trata más bien de volver al espíritu del mensaje, no a la letra. El mismo Pablo manifestó la necesidad de pasar de “la letra”, pues muy bien dijo: “la letra mata, el espíritu vivifica” (2 Cor. 3, 6).

Es imprescindible que la Institución deje de ser patriarcal, que aprenda a escuchar, que practique la democracia y deje de pensar en cargar con culpabilidades a los feligreses y feligresas. Jesús nunca actuaría de esta forma.  Y al Evangelio me remito.

Y termino con este artículo de Demetrio Orte:

“La Institución eclesial tiene ese déficit democrático de ser una sociedad radicalmente desigual: hay un estamento, el clero, que es quien decide, quien enseña, quien manda, quien controla… Y un segundo estamento, llamado precisamente “laicado”, laicos, laicas, laós, pueblo, que es quien tiene que escuchar, aprender, obedecer, seguir a sus pastores como grey sumisa, como permanentes menores de edad.

Y el clero es, precisamente, sólo hombres, excluyendo a las mujeres, más de la mitad de la Iglesia; sólo célibes (excluyendo a la mayoría con otras opciones sexuales), personas dependientes ideológica y económicamente de su obispo y dedicados profesional o funcionarialmente a su trabajo eclesiástico o religioso. Un claro ejemplo de patriarcado heteronormativo y autoritario y de falta de democracia”.

M. L. de Pamplona-Iruña

Enviada a Herri Eliza, 7 de noviembre de 2018

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