En mayo del año pasado estuve unos días en Lyon. Me enteré por azar de que uno de esos días era fiesta, aunque mi interlocutor, un español encontrado por casualidad, no supo decirme de qué fiesta se trataba. Era el Corpus Christi, fiesta nacional en la Francia laica.
En la misma línea van algunas experiencias mías del verano pasado en Alemania. Era una región de la Selva Negra y en ella, como en otras, se editaba, especialmente para los visitantes, un folleto con las Veranstaltungen, las actividades. Pueblo por pueblo aparecían restaurantes, festejos, exposiciones, concursos, mercadillos pero también todas las celebraciones religiosas, horarios de misas, oraciones, encuentros…
Más: cerca de la casa en que me alojaba estaba la Iglesia del pueblo, que tocaba la campana todos los días a las 12 y por supuesto el domingo antes de la misa.
En esa zona de Alemania no es infrecuente encontrarse, en entradas de pueblos, o en cruces de caminos, con cruceros con la figura de Cristo Crucificado. A cien metros de mi casa se alzaba uno. En su pie aparecían talladas las iniciales del matrimonio que lo había erigido y la fecha, 1993. Era, pues, un monumento reciente. No se me ocurrió peguntar pero estoy seguro de que nadie del pueblo se alzó protestando por que se levantara en plena calle un símbolo religioso tan explícito.
En Friburgo de Brisgovia hace años que renovaron la fachada del Ayuntamiento. Sobre la puerta pintada en verde, cuatro letras doradas: AD MM (Año del Señor 2000) No tengo ni idea de qué color era en ese momento la corporación local pero parece que nadie alzó una voz en contra de semejante divisa.
De camino hacia Munich paramos en un descanso en una autopista. Se anunciaban la estación de gasolina, el bar, el restaurante… y la capilla. Era una construcción moderna, bonita, ordenada, un espacio bien logrado con muchas velitas encendidas, entre ellas la mía.
En cada uno de esos ejemplos me venía a la cabeza la comparación con España. Si entre nosotros se hicieran cosas parecidas, enseguida podrían escucharse voces airadas y hasta ofendidas. Lo religioso es un asunto privado y es únicamente la Iglesia quien tiene que anunciarlo a sus fieles. ¿Y a qué viene poner en un edificio público Año del Señor? Por supuesto, nada de adornar las calles con santos o vírgenes. Y en cuanto a la capilla de la autopista, antes hay que secularizar las de las universidades.
Por poner un único ejemplo, recuerdo una página del dominical de El País firmado por Maruja Torres, en el que expresaba su indignación porque había tenido que estar en cama con una gripe y en todas las televisiones transmitían ¡la visita dl Papa!
Y es que la religión es un hecho privado y como tal debe quedar recluida en la vida privada del creyente. Allí debe encontrar un ámbito para su vivencia, sin invadir el espacio público.
Pensaba lo que tantos han pensado tantas veces: ¿por qué España ha de ser diferente? y en consecuencia me parecía que no debe cerrarse el debate, ahora un poco adormecido, sobre la laicidad en nuestro país.
Ya hace diecisiete años que apareció el libro España laica, de Díaz-Salazar, que no sólo hacía un repaso preciso de las diferentes posturas que se mantienen entre nosotros sino que ofrecía propuestas concretas para una mejor cohabitación entre las diversas sensibilidades.
Pero en todo caso –y esta es la tesis de este artículo veraniego- creo que gran parte de los equívocos y desencuentros que se están produciendo entre nosotros procede de la afirmación de que la religión es un hecho privado. Me gustaría desvelar el equívoco que subyace en ella diciendo que engloba en un mismo concepto la fe y la religión. Si es cierto que la fe es privada, la religión, por el contrario, tiene una dimensión pública. Tratar de arrinconarla en la esfera privada es un intento condenado al fracaso porque por definición lo religioso tiene una proyección pública.
Desde siempre las religiones han erigido estelas, levantado monumentos han construido templos, han producido literatura, han compuesto música y la han interpretado, han creado obras sociales, se han manifestado por las calles. Siempre de lo que llevaban en el corazón ha hablado su boca.
Otro artículo podrá analizar cuáles son las condiciones para esa vivencia pública en una sociedad secular pero entretanto quede claro que la fe es privada pero la religión es pública. Siento que a algunos les pese.
