Profetismo y Jerarquía en los Hechos de los apóstoles – 2/2

Gonzalo Haya

Una interpretación actual

ATRIO

En el post anterior vimos cómo justifica Lucas que los gentiles fueran admitidos al bautismo sin pasar por la circuncisión y cómo quedaban dispensados de los preceptos de la ley de Dios revelada a Moisés. Lucas presenta un proceso en tres pasos: la intervención del Espíritu mediante los signos carismáticos, la interpretación concordante con las Sagradas Escrituras, y la aceptación de la comunidad. Terminábamos preguntándonos si estos sucesos narrados e interpretados por Lucas pueden servirnos como modelo para interpretar la situación actual de nuestras Iglesias.

Se me ocurren tres posibles objeciones: en la actualidad no presenciamos hechos tan extraordinarios como los que narra Lucas; nuestra cultura no acepta fácilmente la intervención directa de Dios en la historia suplantando la autonomía humana; y finalmente ¿cómo podríamos aplicar el esquema de Lucas a nuestra situación actual? Analicemos estas tres objeciones.

  • ¿Fueron tan extraordinarios los hechos que narra Lucas?

La historicidad de aquellos hechos no responde a nuestros criterios actuales. ¿Son históricos el suceso de Cornelio y el de Pentecostés? Pentecostés es el suceso más destacado del libro de los Hechos: lenguas de fuego, glosolalia. ¿Sucedió realmente esta venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles? El hecho más importante en la vida de la Iglesia sólo lo narra Lucas. Juan, que escribe después que Lucas, dice que se apareció Jesús y sopló sobre los apóstoles comunicándoles el Espíritu Santo. El relato de Pentecostés parece una escenificación –según el género de las grandes teofanías– de la energía que sintieron los discípulos conforme a la asistencia prometida por Jesús.

¿Es histórico el episodio de Cornelio y del concilio de Jerusalén? Lucas atribuye a Pedro el primer bautismo de un gentil sin imponerle la circuncisión (Hch 15,14). Las cartas de Pablo no concuerdan con esta primacía de Pedro. Tampoco apelan a una decisión tan clara como la que Lucas recoge en el llamado concilio de Jerusalén, a pesar de que sería un argumento decisivo en su favor. Tampoco apela Pablo a estas intervenciones del Espíritu. Pablo desconfía un poco de estas manifestaciones extraordinarias, pero, como fariseo, tiene una gran formación en el estudio e interpretación de las Escrituras, y justifica la admisión de los gentiles como circuncisión del corazón.

Ni la narración de Lucas ni la interpretación de Pablo fueron la justificación previa que inició la admisión de los gentiles; sólo son justificaciones a posteriori de unos hechos que se impusieron porque la fe en Jesús se difundió más entre los gentiles que entre los judíos. Fueron estos signos de los tiempos los que impulsaron a buscar una justificación teológica o históric; y estos signos no fueron acontecimientos espectaculares sino los conflictos normales de una sociedad en evolución.

  • ¿Interviene Dios en la Historia?

Una fuerte tendencia en la teología actual considera que Dios respeta plenamente la autonomía humana y por tanto no interviene en los acontecimientos históricos. La intervención de Dios en la Historia –elemento básico de los relatos de la Biblia– correspondería a la interpretación mítica de una cultura ya superada.

Sin entrar de lleno en este problema, quiero aportar la interpretación de Lucas sobre el modo en que Dios interviene en la Historia, al menos en las encrucijadas de la Historia de la salvación.

Después de la teofanía del Jordán, Jesús se retira al desierto. Es significativo cómo narra cada evangelista este pasaje.

Marcos dice que “el Espíritu lo impulsó hacia el desierto” (Mc 1,12). Mateo suaviza el verbo, y da un poco más de relevancia a Jesús como sujeto, al menos gramatical, de la acción “Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto” (Mt 4,1). Lucas introduce un cambio radical al proponer a Jesús como sujeto de la acción, aunque bajo la influencia del Espíritu: “Jesús, lleno de Espíritu Santo, se alejó del Jordán y se dejó llevar por el Espíritu (en tô Pneúmati) al desierto” (Lc 4,1). En Marcos el Espíritu es el sujeto de un verbo violentamente activo; en Mateo es genitivo agente de un verbo preferentemente persuasivo; en Lucas, el Espíritu es complemento circunstancial de causa (causa conjunta).

Lo mismo observamos en la asistencia del Espíritu ante los tribunales. Marcos dice “porque no seréis vosotros los que hablaréis sino el Espíritu Santo” (Mc 13,11); Mateo suaviza la expresión “sino el Espíritu de vuestro Padre hablará en vosotros” (Mt 10,20); Lucas deja al Espíritu en un segundo plano –como mero “apuntador”– “porque el Espíritu Santo os enseñará en aquella hora lo que conviene decir” (Lc 12,12).

Las expresiones “lleno de Espíritu Santo” y “en Espíritu” son características de Lucas, y quizás nos faciliten una manera de entender la intervención de Dios en la Historia. Otras veces describe Lucas a sus personajes como “lleno de Espíritu y de sabiduría”, es decir, lleno del Espíritu que se manifestaba en la sabiduría con que hablaba. En todos estos casos el sujeto de la acción es el hombre, pero impulsado internamente por el Espíritu. La acción de Dios no suplanta la autonomía humana, sólo la impulsa; y este impulso es tan interno que a veces los traductores dudan si escribir ese “espíritu” con mayúscula o con minúscula, porque no queda claro si se trata del espíritu humano, o de Dios que es Espíritu.

  • ¿Cómo aplicar el esquema de Lucas en la situación actual de nuestras Iglesias?

No entro aquí en justificar la revelación progresiva de Dios en la Historia, y por tanto también en nuestros tiempos. De hecho, la revelación del Nuevo Testamento anula la palabra eterna e inalterable de Dios en el antiguo Testamento.

Nuestra aplicación actual de las narraciones de Lucas sería descubrir, como hizo él, la intervención de Dios en los acontecimientos que estamos viviendo. Estos acontecimientos no tienen que ser espectaculares, como probablemente no lo fue la venida del Espíritu Santo sobre Jesús en el Jordán, ni sobre los apóstoles, ni sobre Cornelio. Pueden ser acontecimientos normales, ejecutados libremente por nosotros mismos, pero vistos como impulsados por el Espíritu que dirige la Historia hacia su plenitud. Estas interpretaciones de Lucas podrían entenderse, con palabras del Vaticano II, como atención a “los signos de los tiempos”.

Creo que nuestra teología tradicional se encuentra en una situación semejante a la de aquellos judeocristianos que condenaban la admisión de los gentiles sin pasar por la circuncisión y sin la aceptación de la ley mosaica. Si aplicamos el esquema que emplea Lucas para justificar la admisión de los gentiles, tendríamos: la atención a unos acontecimientos que pueden ser interpretados como impulsados por el Espíritu; la coherencia de esta interpretación con los textos inspirados de las Sagradas Escrituras; y finalmente la aceptación de la comunidad.

En cuanto a los acontecimientos que parecen impulsados por el Espíritu, algunos historiadores y algunos teólogos dicen que estamos viviendo “un cambio de época”, una “nueva era axial”, un “cambio de paradigmas”. No podemos detallar aquí qué cambios se están produciendo, pero podríamos sintetizarlos en la superación de creernos el único camino de salvación; y este cambio –tan radical como la aceptación de los gentilcristianos– parece estar impulsado por el Espíritu

Las iglesias cristianas, al menos en el ámbito europeo, pierden aceleradamente fieles, especialmente jóvenes, mientras que éstos se comprometen espontánea y generosamente con las ONGs. El ethos de nuestra época valora cada vez más la igualdad fundamental de las diversas culturas y religiones. La teología descubre la revelación de Dios en la interioridad de los grandes fundadores religiosos y ve en todas las religiones un camino de salvación y de plenitud. El desarrollo cultural se identifica más con la espiritualidad que con las religiones.

Estos cambios son producidos colectivamente por políticos, científicos, filósofos, y por el pueblo en general, y muchos teólogos los consideran más coherentes con el espíritu del evangelio que la rígida institucionalización de nuestras iglesias.

De los tres pasos del esquema de Lucas nos faltaría el consenso de la comunidad. Algo inició en este sentido el concilio Vaticano II, pero jerárquicamente se ha producido un retroceso. Tengamos en cuenta que Pablo tuvo que enfrentarse con los judaizantes y con el mismo Pedro. Lucas narra los hechos cuando ya se ha impuesto la admisión de los gentilcristianos. Nosotros estaríamos en la situación de Pablo, que se esforzaba para que se produjera esta admisión.

La jerarquía es el servicio que facilita la unidad del pueblo de Dios en el espacio y en el tiempo. El profetismo, es el carisma que impulsa los cambios necesarios en las encrucijadas de la Historia.