NOTAS SUELTAS SOBRE EL CONCILIO VATICANO II.

Santos Olóndriz

1.- El Vaticano II amanece en los finales de la década de 1950 y comienzos de 1960. Juan XXIII lo anuncia el 25. 01. 1959. Lleva sólo  3 meses de Papa. Su duración es de  38 meses, y las sesiones suelen ser de 3 meses en los otoños de 1962, 63, 64, 65. Juan XXII sólo vive la 1ª sesión. A su muerte le sucede Pablo VI, quien asume la iniciativa de su antecesor y es el responsable de las 3 últimas sesiones.

El mundo civil y político está padeciendo los peores días de la llamada “Guerra Fría”, con dos bandos irreconciliables políticamente y, desde el punto de vista religioso, con el ateísmo oficial de los llamados países del otro lado del Telón de acero, y con un régimen político-cívico bajo la dictadura del comunismo, basado en el Marxismo-Leninismo.

Dentro de la Iglesia está muy reciente la Encíclica “Humanae Generis”, publicada en 1950. Impone el juramento antimodernista, resumen de las ideas que luego el concilio patrocinará y hará suyas. Se persigue y castiga a teólogos y pensadores cristianos, a los que tímidamente ensayan unos nuevos campos y celebraciones litúrgicas, y, sobre todo se cortan los estudios sobre la Biblia. En los seminarios se vive con malestar, sobre todo en España, (Luego los documentos del Vaticano II nos cogerán a los españoles en fuera de juego, aunque algunos profesores tímidamente trabajan los libros y textos que, mal que bien, van apareciendo en traducciones de teólogos europeos, y en algunas revistas hispanas). La Iglesia Romana se mira demasiado al ombligo, mientras que otras Iglesias periféricas se atreven a decir que es antes la comunión entre los creyentes que la obediencia ciega a la institución. Y que la fe, los sacramentos y su práctica y predicación son más importantes que expresar con las palabras “exactas” las doctrinas de siempre.

Ya en las respuestas de los obispos del mundo entero a las encuestas que se les envían desde Roma para trabajarlas en el Concilio, se ve claramente que no están con la Curia que gobierna a la Iglesia desde Roma, sino más bien con las ideas de los nuevos teólogos, muchos de ellos castigados por Pio XII: Congar, Rahner, Chenu, De Lubac, Fries, Haring, etc. Es famosa la anécdota de los obispos holandeses, que publican una carta pastoral conjunta, en la que comunican a sus fieles lo que ellos esperan y van a exigir del Concilio en Roma. Algunos se dan cuenta enseguida que detrás de aquella carta está la mano de  profesores de la universidad de Nimega. Cuando el dominico Schillebeckx se jubila y publica sus andanzas vitales en el libro “Soy un teólogo Feliz”,(1993) dice que, desde la 1ª letra al la última coma,  las escribió él. En España eso era impensable.

2.- El 11. 10. 1962 Juan XXIII inaugura el Concilio. Su discurso de apertura marca ya definitivamente el nuevo rumbo que va a tomar la Iglesia. a/. El ECUMENISMO. Hay que abrirse mucho más allá de lo que marcan los límites del Vaticano, y tener en cuenta lo que cristianos, tan buenos y ejemplares como los curiales de Roma, van diciendo y viviendo de su fe en Jesucristo.  b/. El Concilio quiere ser PASTORAL: es decir no va a proclamar nuevos dogmas, ni nuevas  condenas, ni va a imponer nuevas “disciplinas obligatorias”, sino que se dirige a toda la Iglesia, a la que quiere enviar palabras de aliento y esperanza. No hay que tener miedo. Juan XXIII ya en el discurso de apertura descalifica a los que llamó “Profetas de calamidades”. El mensaje de Jesús es de acogida y de misericordia y  en esa línea debe ir la Iglesia. La Iglesia debe abrirse al mundo moderno, valorándolo positivamente y no condenándolo. El Reino de Dios es la Buena noticia para los hombres y mujeres del siglo XX. c/. LIBERTAD: Los obispos van a  ser los protagonistas. Van a poder decir todo lo que piensan y desean de y para la Iglesia y el mundo entero de los hombres y mujeres de hoy. ¡Lástima que todos eran hombres y que no se tuvo en cuenta a las mujeres! (No olvidemos que  son 50  años los que nos separan del Concilio.)

Fue el concilio más universal de todos los celebrados: 2000 Obispos que venían de todo el mundo, aunque todavía el episcopado africano y parte del latinoamericano, estaba formado por misioneros europeos. Y tuvieron un papel fundamental los pocos obispos de las Iglesias Orientales: Su aportación fundamental fue la referencia a la Iglesia como misterio y al papel del Espíritu, por encima de las leyes  y de los cánones. De este grupo Oriental sobresalió la figura de Maximos IV, un hombre que no pasaba del 1.50 m. de altura, pero cuya fuerza, valentía y exigencias de cambio fueron fundamentales. Otro dato importante fue la difusión de los trabajos del aula conciliar, que ocupaba la nave central de la Basílica de San Pedro. Los holandeses montaron un servicio de información modélico. Y luego muchos obispos daban noticias completas del trabajo de la mañana y los periodistas tenían sus fuentes de información en esos mismos obispos. A los pocos días del comienzo del concilio, ya  había una rueda de prensa diaria oficial. También fueron definitivas las conferencias que, casi a diario, ofrecían los diferentes teólogos y obispos, en diferentes auditorios en Roma. Y el Concilio, afortunadamente, fue noticia importantísima en los medios más importantes del mundo. Aquí aparece uno de los cambios más significativos que trajo el Concilio: La Iglesia no sólo predicada al mundo; Ella aprendía del mundo. No sólo era maestra, sino discípula del mundo. Es el arranque de una nueva eclesiología.

Junto a los obispos católicos Juan XXIII invitó a las diferentes Iglesias “separadas”  de Roma, (Sobre todo Orientales –ortodoxas-, a las Evangélicas –mal llamadas protestantes,- en su amplia diversidad), que enviaron a sus representantes y a  personajes concretos no católicos-romanos, (El Hermano Roger de Taizé, junto con uno de sus monjes: Eran tan amigos de Juan XXIII y tan interesados como él por la Unión de los cristianos, que algunos llegaron a acusarles  de que estaban haciendo el paripé de calvinistas, pero que en realidad habían vuelto a la obediencia a Roma. Roger muchos años después negó que jamás pensó en “convertirse” a Roma: que él nació y quería morirse como calvinista. Y que Juan XXIII jamás les invitó, ni insinuó que se pasasen a la Iglesia Romana).  Asistían como oyentes por la mañana en el aula, pero que por las tardes daban sus opiniones sobre lo que el concilio trataba.

3.- El nuevo PARADIGMA. El Concilio establece en la Iglesia un nuevo modelo de entender y vivir la fe, la comunión y el misterio de Cristo en el que creemos. Desde la Biblia es como se entiende el “misterio” del mensaje cristiano. El misterio que nace de Cristo nos desborda. Y eso lleva consigo que no se puede reducir todo a unas fórmulas, a unos cánones. Porque el misterio de Cristo sólo se conoce y vive fragmentariamente, de unas maneras que son complementarias entre sí, que no se excluyen mutuamente, ni hay que elegir UNA obligatoriamente, como si fueran alternativas: O esta, o la otra. Hasta ese momento la verdad cristiana estaba apuntalada en una rama concreta de la  filosofía griega, que entendía la verdad como una abstracción metafísica, esencialista, como un complejo orgánico, abstracto y atemporal. El Concilio corrige esas formas de acercase a la fe cristiana. Para el Concilio lo que nos define es el seguimiento y la adhesión a la figura de Jesús. Para la Biblia Dios se nos revela y se nos da en Jesús de Nazaret, misterio siempre inagotable y del que cada generación histórica debe hacerse la pregunta de Jesús a los discípulos: “Y vosotros quién decís que soy yo”. (Mt. 16, 15). Y cada generación debe responder, muchas veces balbuceando, y en su propio lenguaje, necesariamente atado a su historia concreta, y por eso mismo, radicalmente incompleto y temporal. Sin creernos nunca que hemos descubierto lo definitivo: Cada generación de creyentes parte de, y asume lo antiguo, lo que se dijo antes que nosotros. Y de una manera sencilla y humilde añade nuevas aportaciones, que,  a su vez, serán revisadas, completadas y corregidas por quienes nos sigan en el camino de la fe.

4.- El Cristianismo había dejado olvidado a Cristo: Camino, verdad y vida. Era más bien un  mundo cerrado de doctrinas impersonales. La teología era una elaboración escolar; era lo más importante y, al mismo tiempo, funcionaba separada y mandaba hegemónicamente en la vida de los creyentes. (Esto se ve claramente en los catecismos que estudiábamos). La Iglesia era, ante todo, algo doctrinal y disciplinar; su misión: custodiar y defender la verdad, la suya, la que se expresaba en su teología. Esta verdad no estaba sujeta a los vaivenes de la historia, sino que era esencialista, la misma para siempre, tanto en lo que enseñaba como en sus formulaciones concretas: Esta concepción nos llevaba a una comprensión de la Iglesia en la que todo lo que se decía y hacía era inmutable: debía ser así y solamente así. Y punto.

El concilio pone la garantía de todo en Jesús, en su misterio profundo de Dios hecho Hombre, que anuncia y realiza el Reino, en el que lo decisivo es el “amaos unos a otros como yo os he amado”, es decir la Comunión, ser piedras vivas, Cuerpo de Cristo en continuo desarrollo. La adhesión a  una doctrina y a sus fórmulas, que la expresan, no son el criterio último ni fundamental  para pertenecer o no a la Iglesia de Jesús. El Vaticano II afirma que, dentro del conjunto de la vida y el pensamiento de la Iglesia, hay una JERARQUÍA DE VALORES. Que no todo es e importa lo mismo. Esta fórmula que se carga la visión  de la Iglesia como un ser en el que su doctrina y la misma formulación de la misma eran intocables. En esta afirmación tan rotunda tuvieron mucho que ver la Iglesias Orientales. Y en el estudio abierto de la Biblia,  las Iglesias reformadas (Evangélicas – Protestantes)   nos aportaron muchísimo.

5.- El concilio de Trento (1545-1563) encarnó la defensa de la Iglesia y la lucha contra las nuevas “Iglesias reformadas”. (Lutero, Calvino. Anglicanos, etc.) En Trento nace la CONTRARREFORMA. España, la iglesia española y la política sobre todo de Felipe II, fue un ejército organizado en esta lucha. Pero Trento fue un concilio monoconfesional y monocultural: Participaron muy pocos obispos y del área mediterránea, que siguió unida a Roma. Su intento fue construir unos diques que evitasen la descomposición del cristianismo. Esto supuso para el cristianismo romano alejarse de toda ósmosis con otras tradiciones cristianas, enfrentado a todo lo que oliera a modernidad. El Cristianismo devino  en extraño a la aventura humana del saber, del nuevo saber y nuevo vivir. Se rechazó, por tanto, la reforma protestante. La Modernidad posterior, encarnada en los valores de la Revolución Francesa. Su lema fue “oposición y resistencia” a los cambios. Ya en fechas muy próximas a nosotros, la revolución Rusa, con su comunismo y ateísmo, se valoró como la encarnación nueva del mismo demonio.

En esta misma línea el concilio Vaticano I (1879-70) define a la Iglesia como SOCIEDAD PERFECTA, por tanto no necesita de nada ni de nadie para cumplir su misión. La autoridad suprema está en la cúpula y la comunión entre los cristianos se realiza mediante la dependencia de todos de la autoridad del Papa, a quien se le otorga el don de la Infalibilidad en las cuestionas más importantes de la vida y doctrina de la Iglesia. Con el tiempo esa infalibilidad, se extiende, insensiblemente, hasta los detalles más pequeños. “Roma locuta: causa Finita”. Ha hablado Roma, no cabe ninguna discusión. No les hubiera venido mal,  a los que así pensaron y actuaron, -y a todos los que vivieron y vivimos- en esa Iglesia piramidal, tener en cuenta las palabras  de San Gregorio Magno (540-604) a sus cristianos: “Gracias a vosotros aprendo lo que os enseño; la mayor parte de las veces, escucho con vosotros aquello que os digo”.

6.- Juan XXIII siempre que hablaba del concilio lo calificaba como un nuevo Pentecostés para la Iglesia. Por dos motivos fundamentales: 1º para que el concilio no se quedara en una mera reunión solemne, pero que cuando terminara, muy pronto se olvidara y volviéramos a las andadas. Y 2º necesitábamos la presencia y la acción del Espíritu para que Él guiara a la Iglesia en su búsqueda de respuestas  a nuestro mundo, y los creyentes lo viviéramos como un verdadero tiempo de conversión; esto es: lo interiorizáramos en el fondo de nuestros corazones y fuéramos capaces de empezar una nueva vida de testimonio de Jesús en la segunda mitad del siglo XX.

Porque lo que Juan XXIII buscaba, ante todo, era una Iglesia que huyera de unas pautas de pensamiento y de vida, que carecían de futuro: Por ejemplo:  la visión del carácter sagrado de los sacerdotes, que les separaban del Pueblo de Dios. Que la conversión, la penitencia siguieran reducidas a la confesión auricular y en el confesonario. Y lo buscaba porque Pio XII ya detectó muchos de los problemas a los que se enfrentó el Concilio, pero su respuesta fue la condena, plasmada –como ya lo hemos indicado- en la encíclica “Humanae generis”. Juan XXIII por su biografía y su talante –fue profesor de Historia- tuvo la audacia de convocar el Concilio Vaticano II para dar una imagen y una vivencia del ser cristiano, capaz de afrontar los retos del siglo XX sin miedo y con esperanza.  “Lo más novedoso del Vaticano II, tal vez, haya sido su misma celebración”. (Evangelista Vilanova). Y el revolcón que produjo, las ilusiones que despertó, los nuevos caminos que abrió… parece ser que, -a pesar de las zancadillas que posteriormente le pusieron y le siguen poniendo.- han supuesto ya un camino de no retorno para la Iglesia= La Iglesia intenta seriamente vivir y servir al Reino de Dios en cada momento histórico. Y todo esto no son modas pasajeras= La Biblia y la misma Historia nos lo confirman.

7.- DOCUMENTOS PROMULGADOS POR EL CONCILIO VATICANO II.

Son en total 16. Y también aquí hay una jerarquía en cuanto a la importancia de los mismos y a la trascendencia futura en la vida de la Iglesia y en su relación con los hombres y mujeres de los siglos XX y XXI, sean creyentes, indiferentes, agnósticos, o contrarios al hecho religioso en general o al mensaje cristiano y a la Iglesia en concreto Entre los 16 hay 4 Constituciones, que son los textos fundamentales: Sobre la liturgia – La Iglesia – La revelación divina (Biblia) – La Iglesia y el mundo moderno.                       Los 9 Decretos son muy desiguales y de algunos de ellos casi ni se habla ya: – Sobre los medios de comunicación – Iglesias Orientales – Ecumenismo – Ministerio de los obispos- La vida religiosa – Formación sacerdotal – Apostolado seglar – Actividad misional – Los presbíteros.   A las 3 Declaraciones les pusieron, aparentemente, un nombre menos oficial y rimbombante, pero alguna de ellas constituye uno de los hitos más fundamentales y rupturistas en el pensamiento y la acción de la Iglesia a lo largo de la historia. Las 3 Declaraciones son:  Educación cristiana – Religiones no cristianas – Libertad Religiosa.