Pienso escribir bastante sobre este tema, pero sin plan preconcebido. Lo pienso hacer según me vayan viniendo los asuntos, y, después, los matices. Este artículo de hoy se debe a que ayer, 3 de febrero, tuvimos reunión de arciprestazgo, donde hablamos largo y tendido sobre este tema, planteado, como es lógico, desde una perspectiva pastoral, es decir, viniendo de los que venía, con una impronta indudable de profesionalidad, o de carácter administrativo. Se trataba, sobre todo, de organizar los encuentros, los turnos de confesores, y los diferentes medios para animar, informar, y realizar este año del jubileo de la Misericordia.
Mi primera observación es que no es éste el mejor camino para implantar en la Iglesia una práctica “oficial” de la Misericordia, cuando venimos de unos usos y una praxis más bien de signo y de dirección contrarios: jurisdiccionales, canónicos, más moralistas que morales y éticos, y una dirección autoritaria, distante y poco evangélica. Por todo ello, poco misericordiosa, aunque sea quedándonos en la corteza y en la casca de esa actitud tan propia de Dios y de su poder creador, y recreador.
A favor tenemos que sumar, sobre todo y principal
mente, el cambio copernicano que la Iglesia ha dado en su cúpula, es decir, en su máximo y primer jerarca: el Papa. Desgraciadamente, como escribió un teólogo que cité en uno de mis artículos de esta blog, “el problema no es el papa, sino el Papado”. Es decir, la solución no vendrá por la voluntad, el empeño, el empuje y la energía desprendidos en la tarea por un papa, sino cuando podamos decir que esas nuevas actitudes y esa voluntad esperanzadora ha cuajado, y se ha solidificado en el Papado, después de haber resuelto, y sobrepasado satisfactoriamente, la inercia, y hasta la positiva disposición de enfrentamiento y obstaculización, de las instancias inmediatamente más cercanas, pero por debajo del papa, cuya máxima concreción es la Curia Vaticana, y el colegio de cardenales. Y ni una ni otro dan especiales signos misericordiosos.
En el mismo concepto de misericordia se encuentra también el germen de debilitamiento del mismo, sobre todo si se considera como una especie de compasión sensiblera, una mirada tierna y benévola sobre el necesitado de esa especial consideración, por su estado transitorio o permanente de pobreza y necesidad. El diccionario de la RAE la define así: 1.Inclinación a sentir compasión por los que sufren y ofrecerles ayuda. Y en una segunda acepción, 2. Cualidad de Dios, en cuanto ser perfecto, por la cual perdona los pecados de las personas. El término hebreo está estrechamente relacionado con la raíz de la palabra “matriz”, útero, y en este sentido se emparenta con las “entrañas”, las cuales se ven afectadas cuando se siente de manera afectuosa y tierna la compasión o piedad , como cuando se afirma tantas veces en la Biblia que “Dios tiene entrañas de misericordia”. Este sentido se ve corroborado en dos textos proféticos emblemáticos: Is 63, 15-16; Jer 31, 20).
Son pocas las veces que, en la Biblia, se invoca o se cita este sentimiento del hombre hacia Dios, solo tres veces. En la dirección contraria, de Dios hacia los hombres, son innumerables los textos que la resaltan e invocan. De ahí que en ciertos comentarios del Talmud, que es una sabrosa colección de comentarios a la ley, elaborados en la Historia por célebres rabinos, se aproveche este parentesco filológico de “Misericordia” con matriz o útero para explicar que, aplicado a la inclinación misericordiosa de Dios hacia los hombres, significa que ÉL tiene poder de recriar, de volver a poner a un ser en su seno, y “hacerle nacer de nuevo”, en el sentido que usa Jesús en el diálogo con Nicodemo, en el bello texto de Jo 3, 3-10. En un cierto momento, dice Jesús: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios.» Dícele Nicodemo: «¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?» Respondió Jesús: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es espíritu. No te asombres de que te haya dicho: Tenéis que nacer de lo alto. … Respondió Nicodemo: «¿Cómo puede ser eso?» Jesús le respondió: «Tú eres maestro en Israel y ¿no sabes estas cosas?
Muy probablemente, la alusión del Maestro a nacer de nuevo era un recuerdo del sentido bíblico más profundo de Misericordia, por el que Dios puede volver a poner alguien en el seno y hacerle nacer de nuevo. Por eso la extrañeza de Jesús, Tú eres maestro en Israel y ¿no sabes estas cosas?
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He leído un artículo en Religión Digital (RD), de Fausto Franco, titulado “La Misericordia, ¿una revolución”, en el que pregunta, mucho y bien, a sí mismo, y a sus lectores, si esto del año de la Misericordia es más de lo mismo, -abrir puestas, viajar, (¡perdón!, peregrinar) a Roma o a otros lugares jubilares, confesar, ganar la indulgencia plenaria, etc. Él piensa, como yo, que si es eso, sirve para bien poco. Tal vez mucha gente aprovecharía para hacer una especie de borrón y cuenta nueva, quedarse sosegado por haber dejado atrás un pasado más o menos comprometedor, y enfrentar el inmediato futuro con alegría renovada. Pero me doy cuenta de queme estoy traicionando, porque ese resultado sería ya muy aceptable, si bien fallaría probablemente lo fundamental y esencial.
Me refiero a los siguientes puntos, que paso a enumerar con una breve explicación:
No es suficiente que los fieles, individualmente, queden tranquilos descargando su conciencia. Este es un serio handicab que tenemos en la Iglesia desde los siglo IV-V hasta hoy: el sentido del pecado. Os invito a leer el artículo del “Catecismo de la Iglesia Católica” sobre el pecado, y entenderéis lo que quiero decir. En el Antiguo Testamento, como en la Iglesia de los tres primeros siglos, el pecado revestía, para ser así considerado, una dimensión comunitaria, social, de tal manera que los judíos antiguos, como los primeros cristianos, sabían vivir muy bien con su conciencia, pidiendo a Dios el perdón de lo que en su vida consideraban pecado, pero no tenía entidad suficiente, por su privacidad, o por su exclusiva individualidad, para que la comunidad se involucrara en el asunto. Por eso, ni unos ni otros tenían confesión auricular, es decir, a la oreja del confesor, sino que dependía, en su estricta intimidad, de la propia conciencia, de la experiencia de un Dios perdonador y misericordioso, y de un concepto de pecado nada enfermizo, y, mucho menos, torturador.
Hacia el siglo VI los monjes inventan la confesión auricular, como ayuda a los miembros más pobres, sencillos e ignorantes de la comunidad cristiana, que eran incapaces de saber ni la lista ni la naturaleza de cada pecado. Porque gradualmente se fue introduciendo, por desgracia, un sentido moralista y perturbador del pecado, hasta que llegó el momento culminante del concilio de Trento, que exigió informar al confesor, con detalle quirúrgico, de cada pecado, de todos ellos, en número, género y especie. Lo que este mandato, que ni siquiera se puede decir que tanga rango de definición conciliar dogmática al ser una norma de la praxis, lo que esta determinación conciliar ha provocado de dramas, intensificación de senimientos de culpas, y de neurosis compulsivas enfermizas constituye un capítulo negro y aterrador de la historia pastoral de los siglos XVII-XX, y para algunos se ha adentrado en el XXI.
Por eso no me parece bien que el “año de la Misericordia” se reduzca, fundamentalmente, a un programa penitencial, que se presenta de modo muy ambicioso, como una realización del sacramento de la Reconciliación, renovado en las actitudes de penitentes y confesores. No quiero parecer opuesto a los beneficios que una buena charla curativa, de tipo psicológico y humano-ético puede deparar a los que se presenten a nuestros cuidados. Pero tampoco puedo olvidar, ni nadie puede ni debe, la tremenda carga de negatividad, rechazo, y neurosis, que esa práctica produjo en la Iglesia. Recuerdo la clarividencia de Lutero que, en polémica con colegas católicos en el momento crucial de la Reforma, decía: “No tengo nada contra la practica de la confesión, y me parece muy útil y beneficiosa, ¡con tal de que no la consideréis un sacramento”.
El Concilio Vaticano II, sabedor de estos problemas, quiso provocar un cambio radical en la praxis sacramental de la Penitencia, por lo que restauró, haciendo un guiño a la praxis primitiva, la celebración comunitaria de la Penitencio a, que muchos tradicionales en la Iglesia, con el papa Juan Pablo II a la cabeza, ni entendieron, ni la aceptaron de buen grado, considerándola una especie de traición a la práctica “secular” de la confesión auricular, y uno de los tantos, y tan propalados, abusos en la aplicación del Concilio.
Como resumen de esta entrega, que otro día, o en más de una vez, tendré que precisar y matizar bien, diría lo siguiente: la Iglesia institucional y jerárquica puede colaborar, mucho y bien, en que aparezca en sus actitudes pastorales, la cara dulce, maravillosa y fuerte de la misericordia de Dios: antes que ofreciendo una oportunidad de confesión con confesores que “no improvisen”, sino que sean profesionales bien preparados, algo muy difícil de evaluar, mejor cortando de raíz tanta enseñanza desviada, terrorífica y profundamente contagiosa, sobre el pecado y su remedio, la confesión auricular. Mientras continuemos con estas ideas, muchas veces aberrantes, indefensibles, y peligrosas, el acceso a una actitud misericordiosa de la Iglesia y sus ministros solo será una especie de remedio compasivo para un hermano enfermo, que para muchos confesores ilustres y especialistas, es casi un desahuciado.
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Hemos recordado antes la petición del papa Francisco de que los “confesores no se improvisan”. Estoy de acuerdo. No fue eso, lo de improvisar, lo que nuestros profesores y formadores en los estudios de Teología propiciaron: que después, en nuestra vida pastoral, los entonces estudiantes improvisásemos. YO no puedo hablar por todos los seminarios de la Iglesia ni durante ni en el pos Concilio, ni siquiera en los de España. Pero de bien nacidos es ser agradecidos, y tengo que reconocer, como me parece que todos mis colegas firmarían, la siguiente constatación: que en nuestro seminario de San José, de El Escorial, no solo nos enseñaron bien, y mucho, la Teología, tanto la dogmática, como la moral, la Biblia, el Derecho Canónico, sin estrecheces ni rigurosidades, la Historia de la Iglesia, en una secuencia de clases, departidas por el padre Miguel Pérez del Valle, que constituyó un verdadero monumento a la “paideia”, como llamaban los griegos a la transmisión de conocimientos y experiencias de una a otra generación. Pero volviendo a la preparación para nuestra misión de confesores, los casos canónico-morales de los miércoles, y las clases y talleres de Psicología y de conocimientos médicos y clínicos del apartado sexual, tema que casi monopolizaba los casos más frecuentes y vidriosos del mundo de confesionario, constituyeron una preparación certera y profunda para los futuros compromisos penitenciales.
Lo anterior sucedía en la mitad de los años sesenta. Es decir, durante las sesiones del Concilio Vaticano II, y en los años inmediatamente posteriores. Solamente dos cursos, en el 1968-69, en la capilla del colegio SS.CC. de Valvidrera, de Barcelona, que no era parroquia, pero con gran asistencia de fieles en los Domingos y fiestas, para la misa, y para confesarse, y en el 1969-70, en la parroquia de Cristo Rey de Argüelles, Madrid, tuve ocasión de practicar con frecuencia el ministerio de la penitencia, en el confesionario, y comencé a sentir, con alegría, que las enseñanzas y el estilo eclesial de Vaticano II empezaba a ser aplicado por los fieles. Después, a partir de octubre de ese año, 1970, ya en Brasil, me tocó licenciarme en esa sensación conciliar, y, haciendo un chiste fácil, licenciarme definitivamente del confesionario, porque, a partir, más o menos de 1973-74, nadie se confesaba ya. En nuestra parroquia de Santa Margarida María, de Sâo Paulo, el año 74 fueron retirados los confesionarios, y arrumbados en unas salas de la subida a la altísima y esbelta torre del templo, desde donde disfrutábamos de una impresionante vista sobre la capital paulista.
Cuando la gente se confesaba, nuestra preparación era no solo suficiente, sino garantizaba una práctica sacramental de la penitencia con la suficiente mezcla de seria autoridad, sin tiranía, y cercanía coloquial compasiva y misericordiosa. Pero, ¡ojo! a mi afirmación, el “sensus fidei populi Dei”, (el sentido de fe del Pueblo de Dios), que es uno de los lugares teológicos más básicos y consistentes, y que, por definición, lo es tanto cuando funciona a favor del Magisterio de la Iglesia, como cuando es al revés, ha transformado en pocos años, unos veinte o treinta, que no es nada para los tiempos imfinitos de la Iglesia, la sensibilidad, la necesidad, la urgencia y el dramatismo de la práctica sacramental de la Penitencia, notas y situaciones que nunca deberían haberse producido.
Aquí, en la diócesis de Madrid, nos han convocado un día de éstos para un encuentro de preparación para la confesión. No pienso ir, en parte por mucho de lo que he escrito en los últimos artículos, y también porque no creo que los que nos han anunciado como “entrenadores” estén capacitados para convencernos a los que no creemos en técnicas ni trucos de confesionario. y hablo en plural, porque no soy único. Hoy ha publicado RD (Religión Digital) un artículo de José Arregui, que me ha recordado mucho a mi querido, y perseguido colega colombiano, Padre Gabriel, quien, ante el jubileo del año 2.000 afirmaba: “eso ni es jubileo, ni es nada. Que la Iglesia convenza al FMI, y a los países oficialmente cristianos, y a las empresas ídem, y particulares, que hagan como en el Antiguo Testamento, que ordenaba, cada 50 años, a proclamar una amnistía general de deudas para que todos pudiesen comenzar de cero. Eso será un jubileo, y no la movida de promover el turismo y la afluencia a Iglesias privilegiadas con indulgencias plenarias”. El padre Arregui ha venido a afirmar algo parecido, a lo que me sumo. Mientras no consigamos que nuestros católicos aburguesados de, misa dominical y comunión frecuente, no consideren pecado contra la justicia su nivel de vida comparado con el de tantos hermanos, cristianos o no, la Misericordia de Dios seguirá siendo un magnífico sueño inalcanzable para una buena porción de conciudadanos, cristianos también.
(Seguiré este tema, porque hay tema para largo)
