La revolución de los abuelos

Román Díaz Ayala
Atrio

Tenemos que hablar del milagro de los abuelos durante la crisis en España. Cuando una nación sufre una crisis tan profunda que roza a  su propia identidad  como pueblo y su marco de convivencia, cualquier otro problema por grave  o exigente de inmediata solución que sea parece quedar relativizado. A España se le han acumulado los problemas desde el colapso económico de 2008 con su pendiente de agravamiento que parecen no arribar, ni tan siquiera para alcanzar un muro de contención.

Eso creíamos los españoles que serían las elecciones que finalmente se celebraron el 20 de diciembre del año pasado, un muro para contener la corriente de desastres que nos diese la oportunidad de configurar un nuevo Parlamento, el nuevo poder legislativo,  dispuesto a negociar y aprobar leyes enmendadoras del desastre, y un nuevo Gobierno, el  poder ejecutivo, que con una política sana, reparadora, y  con la fuerza unificadora de la moderación, lograse armonizar los extremos.

Para lograr la estabilidad de la nave  y su capacidad de flotación en medio de la tormenta sus muchos y variados elementos tienen que permanecer unidos y bien ensamblados. De otra manera los elementos sueltos se dispersan  arrastrando al abismo.

La clase política tanto las del gobierno central como las que gobiernan en  las diversas comunidades nos están ofreciendo un deplorable espectáculo, porque si bien los acuerdos de gobiernos locales durante el año pasado consensuaron estabilidad en sus territorios, en el Congreso de los Diputados han venido con exigencias de máximos.

España sigue siendo una realidad plural y diversa e ideológicamente caleidoscópica, pero así hemos convivido, unas veces tranquilos otras con graves confrontaciones y nos hemos hecho la guerra hasta matar las ideas con derramamiento de sangre. En democracia habíamos aprendido que para consolidar la paz y no poner en peligro las libertades, que para ahondar en estas mismas libertades mediante leyes justas, la sociedad civil se daba así misma gobiernos representativos mediante un mandato electoral. Las democracias representativas exigen acuerdos previos entre las partes para formar gobiernos y sacar adelante leyes que armonicen con la convivencia.

Los gobiernos resultantes y sus actos serían el reflejo ciudadano en su conjunto dentro del juego de las mayorías y las minorías, estando las ideologías específicas encasilladas dentro del reducto de los partidos. Tal cosa, esa voluntad  de acuerdo, en democracia se ha venido en llamar moderación, fiel reflejo de nuestra pluralidad, en el respeto a todos.

No solamente los partidos convencionales han dado muestras de deterioro, sino que los nuevos o emergentes se han visto afectados por los mismos males que dicen combatir, reflejo de cuan profunda es la crisis política y  social. El tactismo los envuelve y esa ausencia de las virtudes que dan relevancia a una clase política definiendo a una generación.

Se ha demostrado que aquella transversalidad sociológica superadora de las izquierdas y las derechas era puro eslogan publicitario para colocarse cómodamente en el tablero de salida en campaña. Presentar lo que es grato a los votantes ofreciendo aquello que puede pescar en nichos de votos descuidados por el adversario. Desnudándose del valor pedagógico en la trasmisión del mensaje.

Pero lo más sangrante ha sido, y en esto también los medios han tenido mucha culpa, la diferenciación entre una vieja y una nueva generación, esquemáticamente muy cómoda y simplificadora. Una cara joven como símbolo de ideas frescas y principios renovadores. La muestra icónica de no estar salpicado por la corrupción de las ideas, en lo económico y en las prácticas de gobierno, de que todo lo que puedan ofrecer tiene que ser necesariamente bueno.

Pero, mira por dónde, nadie se ha parado a pensar, cómo es posible que en medio de tanta crisis, de tal desbarajuste, España se tenga en pie, se mantenga de alguna manera nuestra cohesión social y por qué permanecen fuertes los hombros de los españoles.

. Está la institución familiar. Las respuestas las encontramos en el seno de las familias donde el factor económico se hace indispensable igual que la necesidad de contar con el concurso de todos sus miembros. La economía financiera y la sociedad del ocio habían creado un modelo de sociedad en la que a los abuelos y jubilados se les ofrecía un retiro memorable, como una nueva clase social con poder adquisitivo, cliente de las industrias del ocio y del cuidado de la salud, pero también desligado de las cargas familiares. Un candidato perfecto para una sociedad hedonista.

En cuantas manifestaciones, concentraciones de protestas y marchas callejeras surgieron a raíz del conocido 15 de Mayo junto con jóvenes, con sindicalistas y militantes de varios partidos nos reconocíamos, y no sé por qué, pero casi instintivamente formábamos grupos de personas maduras y jubiladas, no importa que fuese pidiendo una sanidad universal, contra los recortes presupuestarios, la Educación, la  Reforma Laboral o los desahucios por impagos de hipotecas. Nos sentíamos implicados y partes agraviadas.

Una pareja de jubilados, ella casi impedida por una operación de quirófano y con cinco hijos, tienen hoy un hijo trasladado a Sevilla viviendo de alquiler y teniendo que afrontar los gastos de una hipoteca en Madrid, otro con casi cuatro años en paro sin otro ingreso que  lo que su mujer percibe limpiando casas e inmuebles, agotadas las prestaciones, sin subsidio, y haciendo frente a la hipoteca. Pero hay casos más sangrantes, donde ninguno de los hijos trabaja o lo hacen tan en precario por las reducciones de salarios y la inestabilidad, que la pensión de los abuelos soporta el presupuesto familiar. Esos ocho millones de jubilados y jubiladas son el milagro.

Para ello no hay línea roja, ni para  los cacareados principios de que a una vida de mucho trabajo le corresponde una vejez descansada y de disfrute. Han sustituido los viajes del Inserso, las instancias en Benidorm, por el cuidado y atención de sus nietecitos, por abrir sus casas a sus hijos desahuciados, por vaciar sus cartillas de ahorro.

Estos abuelos y abuelas son el milagro de la cohesión social y por eso no comprenden que sus representantes políticos elegidos en las urnas, bien pagados y cómodamente instalados en sus escaños no se hayan querido poner de acuerdo para arrimar el hombro sacándonos de la crisis.