La quiebra de un tabú del viejo catolicismo

Dos artículos sobre las declaraciones del Papa a la vuelta de Filipinas:

La quiebra de un tabú del viejo catolicismo

Juan Arias
El País

El papa Francisco nos está acostumbrando al asombro. Algunos tabús del viejo catolicismo empiezan a quebrarse entre sus manos.

El último y no menor es su postura sobre la paternidad responsable, una especie de dogma sagrado porque entraña una revisión del uso de la sexualidad, ese sí, el mayor tabú de la Iglesia heredado del misógino apóstol Pablo de Tarso, que alejó a la mujer, objeto de tentación sexual, del poder de la Iglesia. La nueva sorpresa de Francisco ha sido la defensa de una forma nueva y más moderna de paternidad responsable. Simplemente, los cristianos no deben, ha dicho, “imitar a los conejos”, es decir, engendrar hijos siguiendo el curso de la naturaleza.

La Iglesia, en efecto, ha defendido siempre, como doctrina moral, que el ejercicio de la sexualidad debe ser realizado sólo en función de la procreación. Ello conllevaba el concepto de que paternidad responsable era aquella que aceptaba cuantos hijos Dios te daba.

Interrumpir ese ciclo natural de la procreación por cualquier medio artificial suponía una quiebra de la moral católica. Cualquier uso de la sexualidad fuera de la procreación era simplemente pecado.

La defensa de la familia y de la familia tradicional como el eje de la vida cristiana ha estado revestida en la Iglesia oficial como la viga maestra de la virtud. Ríos de documentos y encíclicas se han ido amontonando en los archivos de la Iglesia a favor de la familia numerosa y han llenado las plazas del mundo de católicos fanáticos en la defensa de la misma.

La afirmación bien gráfica de Francisco de que, al revés, la paternidad responsable supone no actuar en la procreación como ciertos animales prolíficos supone un giro copernicano. La Iglesia ha sido tantas veces reacia a confrontarse con la realidad de la modernidad, con la vida concreta de las personas en cada momento histórico.

Si, en efecto, en una sociedad rural una familia numerosa podía ser una ventaja porque eran más manos para labrar la tierra y recoger sus frutos, en la sociedad industrial primero y ahora tecnológica, donde la única herencia que se puede dejar a un hijo es el conocimiento y no un pedazo de tierra, el concepto de paternidad es justo que cambie.

El Papa jesuita ha tenido el coraje de tocar ese nervio en carne viva de la Iglesia que no dejará de levantar polémica entre los católicos más conservadores.

Es el primer paso. Para ser consecuente con esa quiebra del viejo tabú de la familia, ahora el papa Francisco debería dar el segundo paso, permitir la interrupción responsable de la paternidad.

Si la limitación del número de hijos se debiera limitar para los católicos en la simple continencia de los cónyuges, la quiebra de ese nuevo tabú se quedaría a medio camino.

Teóricamente, la doctrina de la Iglesia nunca fue contra la ciencia y hoy mismo se sirve de ella y de las tecnologías más modernas para difundir sus mensajes y enseñanzas. ¿Por qué no aceptar los mecanismos de control de la natalidad que hoy ofrece la ciencia?

Sin ir más lejos, ya el Concilio Vaticano II había abierto una ventana en el delicado tema de la finalidad del ejercicio de la sexualidad humana. Por primera vez en un documento conciliar se defendió, aunque con ciertas reservas introducidas por los obispos más conservadores, que la sexualidad, además de ser un instrumento para la procreación, debería ser un nuevo lenguaje entre las personas.

Es posible que una vez más el papa Francisco sea acusado de ser mejor periodista que teólogo o, como he visto escrito en un diario italiano, un Papa “más de Twitter que de encíclicas”. En efecto, los mayores asombros producidos por Francisco no se encuentran en ningún documento sesudo a los que nos tenían acostumbrados los Papas del pasado.

El Papa que ha desafiado el poder de la Curia lanza sus provocaciones en sus encuentros con los periodistas, en sus entrevistas a la prensa o cuando improvisa en sus encuentros de masas.

Fue así cuando hizo que recorriera el mundo su famosa afirmación conversando con los periodistas en un avión “¿Quién soy yo para juzgar a los homosexuales?”. O cuando, esta vez escandalizando a no pocos, comentando la tragedia de los periodistas de la revista satírica francesa Charlie Hebdo, lanzó su provocación de que si alguien insulta a su madre es muy posible que reciba un puñetazo. O cuando, improvisando en Filipinas, a una niña que le preguntó por qué Dios permite que los niños caigan en la prostitución y en la droga, le respondió abrazándola: “Esa es la única pregunta que no tiene respuesta”.

Y fue en ese momento cuando volvió a provocar al mundo de los satisfechos. Dijo que hoy en el mundo sólo “saben llorar los pobres y los que sufren”, no aquellos a los que la vida les ha privilegiado.

Ahora, de nuevo en un avión, y conversando con los periodistas, sin pretensiones teológicas, pero capaz de levantar una nueva polvareda en la Iglesia, pide a los católicos que se conformen al máximo con tres hijos.

¿Cuál será la próxima provocación a las petrificadas doctrinas de la Iglesia incapaz de dialogar con los problemas nuevos de la humanidad?

Podría ser la explicación de cómo hacer que, en la práctica, sin negar el don del ejercicio de la sexualidad entre los casados, los cristianos puedan ser padres y madres responsables sin la necesidad de imitar a los conejos.

En el jardín de la castidad como castigo

Juan G. Bedoya
El País

La palabra castidad viene de castigo. Conviene no olvidar esta relación para entender el revuelo que suele causar en el orbe católico cualquier declaración papal sobre moral sexual. Lo dicho por Francisco en el avión de regreso a Roma desde Filipinas parece una perogrullada (“Algunos creen que para ser bueno y católico tenemos que ser como conejos”), pero apunta al corazón de la doctrina vigente. La castidad está en el centro de ese debate, conocida la manía de los jerarcas por controlar lo que hacen sus fieles en la cama. Los moralistas más libres se remontan a Aristóteles para argumentar la idea (pura etimología) de que castidad es un castigo que la razón impone a la concupiscencia “domándola como a un niño”.

Como toda parábola (literaria, no geométrica), lo dicho por Francisco es producto de una observación verosímil: Es irresponsable tener más hijos que los que puedan alimentarse y educar con dignidad. El Papa pensaba en un matrimonio católico, pero aún entró más al fondo de la cuestión, con esta afirmación nada simbólica. Dijo que para mantener la población, los técnicos aconsejan que la media “sea tres hijos por familia”. El clérigo que primero enunció tales teorías, el británico Thomas Malthus, hubo de publicar su famoso Ensayo sobre el principio de la población de manera anónima, por miedo a ser quemado.

Francisco no habla por hablar, pese a que no pocos grupos católicos le acusan de frivolidad. En las parábolas del pontífice argentino hay un fin didáctico, no casual. Falta que pase de las palabras a los hechos. Si, pese a todo, llama tanto la atención es porque sus predecesores han llenado de herejes el poblado cementerio de los teólogos castigados por predicar una moral sexual distinta. Algunos, como el sacerdote estadounidense Charles Curran y el redentorista alemán Bernhard Haring, fueron sometidos a brutales procesos pese a haber sido maestros de la teología moral que inspiró el Concilio Vaticano II. En España, fue sonado el castigo a Marciano Vidal, redentorista como Haring, autor de la monumental ‘Moral de actitudes’.

“¿Ansias de hijos? Hijos, muchos hijos, y un rastro de luz imborrable dejaremos…”, predica uno de los grandes (llamados) Nuevos movimientos del catolicismo, los Kikos. Lo ha repetido en los últimos siete años su fundador, Kiko Argüello, en la polémica Jornada de la Familia convocada por el cardenal Rouco el último domingo del año en la Plaza de Colón, en Madrid. Su sustituto, el arzobispo Carlos Osoro, ha cancelado la jornada este año, con disgusto de sus promotores. Son en estos caladeros donde las palabras de Francisco suenan a herejía, como dichas por un Anticristo recién aposentado en el Vaticano.

Lo curioso es que la doctrina oficial, no reformada, les da la razón. La encíclica Humanae Vitae (De la vida humana), de Pablo VI, se subtitulaba Sobre la regulación de la natalidad, pero en realidad prohibía toda regulación. Para redactarla, Pablo VI creó una comisión de expertos. No les hizo caso. La encíclica produjo la mayor crisis del postconcilio. Pese a acuñar ya la idea de una “paternidad responsable”, al prohibir todo tipo de control artificial de la natalidad, su publicación resultó una catástrofe para millones de católicos. Curiosamente, se publicó en julio de 1968, después del famoso Mayo francés, el símbolo de una revolución sexual imparable.

¿Está pensando Francisco en cambiar la doctrina de Pablo VI, más rigorista aún que Juan Pablo II y Benedicto XVI? Cuesta creerlo. La encíclica ya reconocía que sus enseñanzas no serían aceptadas por todos, pero que “la Iglesia católica no puede declarar ciertos actos como morales cuando en realidad no lo son”. En su opinión, extravagante, el control de la natalidad abriría el camino para la infidelidad conyugal y provocaría una pérdida de respeto por la mujer al considerarla como “mero objeto de placer”.

La pregunta, medio siglo largo más tarde, es si los métodos naturales de planificación familiar permiten una paternidad responsable sin que parezca un castigo (de castidad impuesta), o sin producir la impresión de que el matrimonio católico, si quiere ser realmente católico, ha de tener hijos como los conejos, es decir, los que Dios dé. El Vaticano condena el condón, el diafragma, la píldora (la precoital y la llamada “del día después”), y todo lo que altere el proceso biológico de la maternidad. Lo dicho por Francisco de regreso de Filipinas es, si se toma en serio, revolucionario, aunque llega muy tarde. ¿Quién hace caso ya a la Humanae Vitae?

 

 

One thought on “La quiebra de un tabú del viejo catolicismo

  1. Francisco,Obispo de Roma, es lisa y llanamente, un cristiano de su tiempo y seguidor de Jesús de Nazaret. ¡Que esté muchos años entre nosotros!

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