El Papa muestra el camino del servicio

José Ignacio Calleja 
En Opinión, El Correo-Bilbao

La renuncia de Benedicto XVI al Papado ha sonado en el mundo occidental y “cristiano” con el eco de lo imposible que rompe con una historia milenaria. Que luego no es exactamente así, – es una posibilidad cierta -, pero ha sonado con el eco de lo inesperado, si no de lo imposible. Y la verdad es que en el catolicismo siempre hemos jugado con la esperanza de que Ratzinger no repitiera el final agónico de Juan Pablo II. A muchos católicos no nos convenció en absoluto aquel final de su papado. Ni por la Iglesia, ni por la persona del Papa. Pero nadie creía, todavía, que Benedicto XVI estuviera física y espiritualmente tan al límite de sus fuerzas como para renunciar. Físicamente, se le nota mayor y cerca de su límite, espiritualmente, sin embargo, se le supone, con buenos motivos, pleno de fuerzas y de Espíritu.

Con todo, y una vez de que conocemos la noticia, es verdad que sólo alguien como Ratzinger puede actuar así. A Ratzinger, el Papado no le viene grande; creo que no lo desea y menos aún lo busca. Esto le da un ventaja indudable para asumirlo como un servicio y para dejarlo, cuando ya no puede cumplir con ese fin. Ratzinger, conservador en tantos sentidos religiosos y sociales, es inteligente, culto y hasta sabio en la fe, lo que le hace diferenciar muy bien el fondo último de la fe (Dios y su don gratuito) y las mediaciones instrumentales (el Papado y la Iglesia misma). Yo creo que es un tradicionalista, extremo en ocasiones, pero siempre sensible a las personas y con un sano sentido de su condición de siervo de Dios y de las Bienaventuranzas. Siempre me ha parecido que tenía dificultades para asumir la historia humana cotidiana, – la historia del mundo y sus gentes -, como parte real de la acción salvadora de Dios. Dice que sí, pero enseguida se ve que, para él, la historia humana sólo es de Dios, “a través de la Iglesia”, y aún en ésta, como imagen sombría de lo que seremos un día junto al Padre. Ratzinger es un profeta de la Ciudad de Dios fuera del Mundo, mientras hacemos camino para gustar aquí de su imagen como entre sombras y purificar nuestras vidas. Es un místico de “ojos abiertos” a la historia humana en lo que está tenga de divino, pero tomando lo humano como un molde que lo aprisiona y oculta. Gustavo Gutiérrez enseña que para el cristiano, “Dios trajina su salvación con lo ingredientes de la historia humana cotidiana, y no hay otro modo”; Ratzinger, sin embargo, cree esto, pero sólo en la relación que tiene la obra de arte con los materiales que la componen; un instrumento fungible. Son lo mismo en su materialidad, pero no tienen nada que ver en su esencia. Por eso, él mismo, Benedicto XVI, piensa que su persona es prescindible en el plan de Dios, un actor secundario del que no depende al cabo nada especial; nuestra función, su función, es facilitar y no impedir que la luz amorosa de Dios y Jesucristo entre en la historia rotunda y plena. Si ya no puede hacer ni eso, – dejar pasar la luz de Dios sin impedirla -, ya es que Dios mismo tiene otros medios y modos, y sólo cabe decir, “adiós, perdón y gracias”.

Yo creo que algo de esto es importante para comprender esta renuncia y que la haga Ratzinger, a sabiendas de que es una lección, – él lo sabe -, para la iglesia contemporánea y para el mundo. Creo, por tanto, que tiene una intención profética, que en teología llamamos función kenótica, – abajamiento -, para comprender los servicios en la iglesia y de la iglesia misma. ¿Dónde ha quedado esto en una iglesia que se entiende a sí misma como ministerio con poder, ontológicamente sagrado? Imposible este servicio kenótico con esta conciencia.

Por supuesto, hay razones más prosaicas y prácticas en la renuncia de Benedicto XVI. Cree que la Iglesia requiere otro timonel más fuerte en la salud y con más bríos para forzar, – sí forzar -, la reforma necesaria y la obediencia debida de la Curia romana. Para nadie es un secreto que el Papa teólogo, – conservador, sabio y místico -, les ha caído insoportablemente sencillo en la gestión “política” y “económica” del Vaticano, y que no ha habido forma de esclarecer en serio algunos de los principales lastres de la gestión eclesial de años. Lo dije otra vez, ¿cómo van a consentir con facilidad la transparencia mínima exigible quienes verían condicionada o truncada su carrera eclesiástica, si no, la limpieza de algunas de sus actuaciones o silencios? Pues eso mismo, con facilidad, no es posible, pero con perseverancia, fortaleza y humanidad, sí es posible. Y Ratzinger ha llegado hasta donde cree que ha podido y ya  no ha lugar para más. Está mermado de fuerzas físicas y, probablemente, más solo de lo que creemos. Tan amado y admirado, como aislado y convencido de que nadie es imprescindible para Dios. Sólo Dios es imprescindible.

Yo no he sido un entusiasta de la teología de la Ratzinger, por lo que he dicho, – su precaria asunción del mundo real en el anuncio del Reino de Dios -, ni me olvido de que el problema de la Iglesia trasciende que sea Papa, éste o aquél. Pero siempre he confiado en su instinto sabio y místico, – durante el Papado -, y se lo agradezco de veras. Ya veremos si el Espíritu sopla por dónde quiere o por donde le dejan. Difícil lo tiene.

José Ignacio Calleja
Profesor de Moral Social Cristiana
Vitoria-Gasteiz