Deconstruir para reconstruir I
De la religión a la espiritualidad
JOSÉ ANTONIO REVUELTA, revueltaja@yahoo.es
ECLESALIA.- Solo unos “apuntes” escuetos, resumidos, hipersintetizados… para abrir boca en estos tiempos líquidos.
Sin complicarnos demasiado la existencia. Nada más que observarnos y observar: Nosotros cambiamos en todos los sistemas biológicos y niveles de personalidad. Sin prisas, pero sin pausas. Lo/los demás cambian a su vez. La evolución es el fundamento de la vida. Lo que no evoluciona, muere. Imitemos la sabiduría de la Naturaleza. La Historia es el proceso de esa marcha evolutiva. También la Historia de la Salvación, pues solamente existe una Historia.
-Ahora bien, si nada te incomoda, si crees que todo va correctamente; si no te interesa cambiar nada, mejor no leas esto y continúa en tu tranquila rutina-.
“Deconstruir” (el diccionario de la RAE no nos permite decir “desconstruir”) no es destruir, sino revisar, analizar, desmontar a veces, cuestionar para buscar y encontrar nuevas fórmulas, que tampoco serán eternas. El mismo diccionario de la RAE define deconstruir como “deshacer analíticamente los elementos que constituyen una estructura conceptual”.
Los dos campos a los que nos asomamos hoy (religión y espiritualidad) llevan milenios con nosotros. Así que tardarán varias generaciones en “deconstruirse”. Y más, en “reconstruirse”. Pero no hay otra salida. “Lo de ahora” no tiene futuro. Habrá que sopesar todo y matizar mucho.
Karl Jasper, en su obra “Origen y meta de la historia” (1985, Madrid: Alianza Editorial), defiende una primera teoría: Determina como ‘tiempo-eje’ o ‘tiempo axial’ de la historia universal los años 500 a.C. (con dos siglos para arriba y dos siglos para abajo). Ahí está el corte cultural más profundo de la Historia. Ahí se produce un quiebre en el proceso de maduración de la Humanidad. Allí tiene su origen el hombre con el que vivimos hasta hoy. Y es que en este tiempo-eje se concentran y coinciden multitud de hechos extraordinarios en China, India, Persia, Palestina y Grecia. Sin que supieran unos de otros.
Hoy se admite esa teoría en el mundo de la cultura. El anterior tiempo-eje habría que buscarlo en el Neolítico. Y el posterior, lo estamos viviendo ahora mismo. No nos extrañemos, pues, de los radicales cambios que alentamos.
Sí, ya conocemos que las religiones no apoyan los cambios. No las conviene. Sin embargo, los cambios continúan, la evolución avanza como a piñón fijo.
Aunque el cuestionamiento a la religión empezó con La Ilustración, desde la segunda mitad del siglo XX, se ha profundizado. Porque la Humanidad ha ido madurando y la persona se ha ido sintiendo más autónoma. Mas las religiones son, por definición, heterónomas = otros deciden desde fuera de mí. Esto repugna a la autonomía de la persona moderna.
Las grandes religiones y su estructura nacieron para cohesionar y hacer viables a las sociedades agrarias que se establecían en el Neolítico. Los nómadas cazadores y recolectores iniciaban sus asentamientos junto a sus tierras cultivadas. Es así que esos tipos de sociedades agrarias están llegando a su fin…, por consiguiente y al mismo ritmo, las grandes religiones también están muriendo. La pena es que la gran sabiduría de las tradiciones religiosas milenarias habla con una lengua muerta a hombres que ya no existen.
La experiencia religiosa o espiritual consiste y revela una capacidad de percepción y relación con esa realidad indefinible que se ha llamado “lo sagrado, el misterio, el absoluto…”. -Podemos admitir que a la persona le nace, por naturaleza, lo religioso/espiritual-.
No obstante es importante recalcar la distinción entre religión y espiritualidad: Técnicamente hablando, “religión” hace referencia a la dimensión institucional de las religiones, a sus dogmas, prácticas, organizaciones… mientras que “espiritualidad” o vida espiritual o experiencia espiritual se refiere a esa vivencia religiosa íntima que acompaña a toda persona, de una manera u otra, y que puede darse tanto dentro como fuera de las religiones. (Esto último lo reitera el Papa Francisco).
Etimológicamente, el término “espiritualidad” no está bien elegido; se sigue con él porque es ya una palabra consagrada. Siempre teniendo en cuenta que espiritualidad es la dimensión profunda del ser humano, su vivencia de sentido, su experiencia entrañable de la realidad, su calidad de honda humanización. Antes de las religiones hubo espiritualidad. Actualmente dejamos la religión y “pasamos” a la espiritualidad.
Hoy, las religiones no son comprensibles, no se adaptan al perfil del hombre nuevo. El lenguaje religioso/espiritual es simbólico, metafórico, poético. Nuestros antepasados interpretaron los símbolos religiosos literalmente, como descripciones. Somos la primera generación que está viviendo este cambio epistemológico cultural: De lo literal a lo metafórico.
El cambio, la evolución, la vida continúa. No podemos esperar pasivamente, sino tomar conciencia de la peculiar epistemología religiosa; saber que nuestro discurso religioso no describre la realidad, y plantearse la necesidad de renovarlo (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).
Deconstruir para reconstruir II
JOSÉ ANTONIO REVUELTA, revueltaja@yahoo.es
ECLESALIA.- ‘Al suave, al suave’ -dicen los centroamericanos. O ‘menos lobos, Caperucita’.
Lo que vamos pretendiendo es ‘deconstruir’ (en el sentido que expresábamos al inicio) la institución en que se ha convertido el cristianismo. Porque parece que Jesús de Nazaret no pensó fundar una nueva institución religiosa, con las características propias de cualquier religión. Sino la superación del judaísmo y de todas las religiones.
Lo suyo fue un movimiento (el movimiento de Jesús), una espiritualidad. En el siglo II, los paganos todavía consideraban ateos a los cristianos, porque no tenían religión. Pronto el evangelio sería contrapesado por la religión.
Con frecuencia se ha comentado que los cuatro primeros grandes concilios ecuménicos [Nicea (325), I Constantinopla (381), Éfeso (431) y Calcedonia (451)] sustituyeron en la iglesia cristiana a los cuatro evangelios. Hoy, afortunadamente y después de siglos, recuperamos los evangelios, pero el constructo teológico cristológico, que en cierto sentido los sustituyó, sigue ocupando el centro del cristianismo, como un enclave que se resiste a su estudio y reinterpretación o reformulación.
Esta pieza esencial e intocable del cristianismo es la que está crujiendo, presionada por la nueva presencia del pluralismo religioso, por la transformación de las perspectivas teológicas, por las nuevas cosmovisiones del sentido religioso, por el diálogo interreligioso, etc.
En el mensaje y vida de Jesús de Nazaret, Dios es siempre el “Dios del Reino” y el Reino es siempre el “Reino de Dios”, de modo que teocentrismo y reinocentrismo se implican mutuamente. Es la sola realidad dual que predicó, vivió y pretendió Jesús: Comunicarnos cómo es Dios-Padre-Madre y su Proyecto o Plan del Reino. Nada más.
Entonces empecemos por deconstruir todo ese constructo de creencias, prácticas, ritos… para partir de nuevo (directamente) de Jesús de Nazaret, del Evangelio -tan sencillo y nuclear, tan humano. Y vayamos reconstruyéndolo paso a paso, para no quedarnos cortios. Con el mundo actual en una mano y Jesús en la otra. “Profundizar en lo humano, para ascender a lo ‘divino’. El resto es magia”.
Naturalmente que el cambio es ingente. Nos tiembla el pulso con solo pensarlo. Menos mal que el Papa Francisco -como quien no quiere la cosa- ya ha comenzado por la mandorla del Evangelio, dejando en penumbra el resto. Y es que unas minorías de clérigos, bastantes religiosos, comunidades laicas y teólogos de distintos continentes se muestran convencidos de que ese es el camino. Pero “no se ganó Zamora en una hora” -apunta el refrán-. ¿Qué diremos de esta aventura en la que peregrinamos por más de 17 siglos?… (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).
Por hoy vale.