Beatificaciones, canonizaciones y ejemplaridad

Román Díaz Ayala

Román agarra por los cuernos el toro de las canonizaciones que soltó en ATRIO José Mº Castillo. A ver quien más salta al ruedo.

Los procesos oficiales que se anuncian con el título del presente trabajo son una práctica habitual de la Iglesia Católica desde tiempos medievales. Existe una congregación para tales efectos que reunida en sesión, y tras el recuento de unos votos favorables, recibe la correspondiente autorización papal. La más reciente tuvo lugar el pasado seis de julio del presente año. El Papa Francisco recibe los resultados de un trabajo ya realizado y decide sancionándolo o rechazándolo, o tal vez posponiéndolo.

Junto a Juan Pablo II, hecha la propuesta para su canonización, Francisco también propuso la canonización de Juan XXIII. Posteriormente ha expresado su intención de incluir la figura del obispo salvadoreño Mons. Oscar Romero. También son objeto de debate crítico otras causas, como la de un insigne miembro del Opus Dei, que se suma a la de su fundador D. José María Escrivá de Balaguer, canonizado por Juan Pablo II

El perfil de todos estos encausados radica en que forman parte de nuestra memoria colectiva y que tanto unos como otros son claros exponentes de unas determinadas maneras de pensar la Iglesia, no siempre coincidentes. De ahí el debate y la crítica que acabábamos de mencionar. En muchos medios católicos se han levantado voces. Unos se oponen abiertamente a esta causa de los santos, porque lo consideran manifestaciones del poder papal, y piden que la práctica sea desterrada de nuestro Iglesia. Otros, los más, inciden en que las canonizaciones encierran el propósito de presentarnos al conjunto de los fieles un modelo específico, una concepción muy determinada de cómo vivir la fe cristiana. Los santos se convierten en modelos de vida cuyas virtudes y visión de las cosas deben ser imitadas.

Para muchos el pontificado de Juan Pablo II se ha visto envuelto en los escándalos por pederastia de miembros relevantes de la Jerarquía, y el ocultamiento y amparo de Marcial Maciel, fundador y máximo dirigente de los Legionarios de Cristo.

Tiene su importancia doctrinal y de Magisterio, por cuanto se trata de un decreto definitivo por el que se inscribe a un cristiano en el catálogo de los santos, de manera que pueda recibir un culto público en la Iglesia. Junto a la veneración ha de contemplarse la imitación por cuanto son presentados como modelos heroicos de virtudes cristianas.

En las actuales circunstancias el tema no es baladí. Dos concepciones de Iglesia pugnan actualmente por prevalecer una frente a la otra, y ambas buscan el refugio del ministerio papal.

Pero debemos huir de simplificaciones, no se trata del pasado frente al futuro, ni de regiones habitadas por católicos, especialmente en el mundo pobre, frente a un Catolicismo decadente de una sociedad con muchos más siglos de antigüedad en el Catolicismo y que coincide con el llamado Primer Mundo. El cambio civilizatorio incide de manera muy directa y particular en toda la Cristiandad global con sus varias confesiones, católicas y acatólicas.

El movimiento restaurador que se instaló en la Curia Romana a continuación del Concilio Vaticano II (1963-1965) pugna por su continuación después de Benedicto XVI (ahora en su retiro Vaticano, como papa dimisionario) y así desde la oficina de prensa del propio Vaticano se quiso mandar el mensaje de que si Juan XXIII abrió caminos en la Iglesia en respuesta a una aspiración general, quienes siguieron, (especialmente por Juan Pablo II) “supieron” actualizarlos en “teología, liturgia, pastorales, devociones, canonicidad y catequética”

El argumento de fondo del presente trabajo es intentar demostrar que los procesos de canonización son una tara histórica mantenida en la tradición como un residuo medieval. Son varias las causas que explican el que se las haya impuesto un revestimiento doctrinal, porque obedecía a pautas de religiosidad popular y de esta forma existía una a manera de control o intervención en la misma, y porque también mantiene todavía unas muy claras fuentes de ingresos, lo mismo que ocurría en la Edad Media con las reliquias.

Existe una razón de fondo mucho más explícita para que sea una de las características más acusada de nuestro catolicismo. Se trata del sentido posicional de la santidad cristiana que de alguna manera se perpetúa tanto en una concepción tradicional de la Iglesia como en la Nueva Teología. De ahí que también católicos que se consideran progresistas reclaman para sí “santos” muy concretos, muy afines a sus inquietudes.

No vamos a incidir demasiado en las cuestiones históricas. Remito al lector a los buenos trabajos de José Mª Castillo publicados recientemente y al caudal de información que los lectores y lectoras tienen sobre la Historia de la Iglesia. Nuestra Iglesia no ha sido siempre la misma, porque distinta eran las sociedades que habitaban los cristianos y cristianas. No es lo mismo la Iglesia de los tres primeros siglos, como la que siguió desde el siglo IV hasta el siglo XIV (año 1.303), a la que siguió hasta la Reforma Protestante y Trento y finalmente el período que siguió hasta Juan XXIII.

Hablaremos, por tanto, de la Iglesia de Cristiandad, de las nuevas corrientes afloradas en el Vaticano II, para seguir a continuación con la “Nueva Teología”, y finalmente (en otra entrega) nos proponemos hacer una reflexión sobre la verdadera naturaleza de la santidad para el Pueblo de Dios.

  • Un poco de historia se hace necesario.

La veneración a los santos convirtiéndolos en objeto de culto es un fenómeno tardío ocurrido con el transcurrir de los siglos. Las primeras comunidades cristianas tenían en gran estima a quienes habían recibido la doctrina del Resucitado directamente de labios de Jesús o sus discípulos. El martirio acompañó pronto a las primeras generaciones de cristianos. Se enfrentaban al culto pagano oficial para defender su fe y servían de ejemplo para quienes pasaban esas mismas circunstancias. Los admiraban como un modelo claro de seguimiento del Maestro.

Con la masificación y la relajación de costumbres, una vez se había llegado al reconocimiento social, algunos hermanos y hermanas destacaron por sus purezas de vida y su recuerdo después de la muerte. Se fue instalando la idea de que podrían interceder por nosotros, pero esto ya no era de tradición judeo-cristiana, porque para la mentalidad de los primeros cristianos cualquiera comunicación con los espíritus de los difuntos resultaba algo detestable. Estaba expresamente prohibido por la Biblia Hebrea, la del Antiguo Testamento.

Víctima del empuje y las incursiones bárbaras el Imperio Romano sucumbió en el Occidente Latino. Ocurrió como el capítulo final de un proceso largo de decadencia y ruralización progresiva. El Cristianismo se había establecido como una religión urbanita, que usaba las basílicas romanas para sus reuniones. Allí los cargos públicos y de administración comenzaron a coincidir con los oficios religiosos en unas mismas personas.

Y mientras, los habitantes de los pagos, incultos, iletrados, servidores de amos ausentes, se conducían por una religiosidad basada en supersticiones, la magia y el culto a los antepasados.

Era un mundo caótico, años de terror, por hambres, epidemias, guerras o incursiones, pérdidas de libertades, que afectó también a la religiosidad de los nuevos administradores y entre todos se creó un nuevo universo religioso. Y así entrábamos en la Edad Media. El Románico edificó Iglesias, edificios aislados, cuyas paredes y techos eran gruesos muros cerrados y oscuros para defenderse de un mundo exterior hostil. Dentro de esas paredes se dieron por ahondar en las postrimerías del ser humano: naturaleza caída por el pecado, muerte, juicio, el infierno o condenación eterna, y un cielo escaso para unos pocos privilegiados, quienes habían logrado evadirse de la contaminación del mundo. Era una vida muy breve, y feliz si se alcanzaban los treinta años.

La pregunta inquietante: ¿Cómo aplacar al Dios justiciero? Los santos fueron pronto identificados con el culto a los antepasados y sus recuerdos venerados. Podían hacer los oficios de mediadores, cual estrellas puras que brillaban en lo alto del cielo de sus noches oscuras.

El concepto de Cristiandad se configuró para identificar el período histórico desde el siglo IV, cuando Constantino, y que culminó con Bonifacio VIII, ya en el siglo XIV. Su mayor característica fue la teologización de la vida civil en la Europa Cristiana Occidental.

El pensamiento católico conservador se nutre haciendo de esta Cristiandad su modelo histórico ideal. Fueron los años en que se fraguó y consolidó la doctrina del papado hasta llegar al pontificado omnipotente de Inocencio III. La concentración de poderes incluye el derecho exclusivo para las canonizaciones.

El Concilio Vaticano II demostró que otra Iglesia Católica es posible distinta a la tradicional y se embarcó en una ofensiva encarnacionista para un acercamiento más íntimo con las realidades mundanas dejando muchas puertas abiertas para las libres iniciativas de los fieles. Se hacía necesario, sin embargo, un cambio de las estructuras que diesen explicación de esta nueva mentalidad, pero nunca llegó.

A falta de un claro impulso oficial desde la guía pontificia y el Magisterio, el pensamiento se hizo anárquico y mucho de ese catolicismo se volvió periférico hasta llegar al convencimiento de que el Catolicismo oficial muestra rasgos de un mayor apartamiento del Cristianismo más primitivo, para perpetuarse como un sistema religioso. Esto ocurre en paralelo con otras confesiones cristianas en el campo protestante. Aquí desde la cabeza rectora, allí, desde las bases. Es un proceso, en apariencia imparable de sectarización.

La Nueva Teología, tiene en común dentro de su diversidad, que cultiva una religiosidad desde una mirada totalmente nueva sobre la persona humana, que busca desligarse de toda apelación a lo divino, para enfrentarse a la trascendencia de otra manera, donde lo divino se defina en función de lo humano.

Sin embargo. En los círculos católicos no se quiere prescindir de la presencia de los “santos” de forma definitiva, sino que se pretende ver en ello “modelos de vida”, omitiendo las doctrinas tradicionales sobre el culto (dulía) y sus oficios de mediadores “en la otra vida”. De ahí que se acepte la propuesta sobre Mons. Oscar Romero y sin embargo se rechace de forma más o menos enérgica otras, como la del Papa Juan Pablo II.

Todavía más; se considera que la religiosidad popular está legitimada para mantener sus formas tradicionales, pues ven en la cultura una forma auténtica en la expresión de la fe.

Para un segunda parte, nos proponemos demostrar que el culto a los santos lejos de construir Iglesia, nos aleja de la auténtica fe en el Jesús histórico, y que no estamos siendo honestos reservándonos para nosotros una mejor comprensión de esta materia.