Este año me es muy difícil decir: Feliz Navidad. Lo siento. Ni deslumbrado por las lucecitas parpadeantes de las calles ni sobreestimulado por la propaganda y los medios de comunicación, me sale decir: Feliz Navidad. A través del espumillón multicolor de ventanas y escaparates contemplo con extrañeza cómo la gente camina apresuradamente, estresada para comprar compulsivamente, agobiada por preparar comidas y cenas donde algunos tienen que trabajar mucho (la mayor parte mujeres, es una realidad) para que todos comamos demasiado. Ya no es que hayamos olvidado que recordamos el nacimiento de un judío rebelde que echó un órdago a los poderes religiosos y políticos de su tiempo y lo perdió, es que parece que hemos olvidamos también la celebración del sol invictus, signo que nos recuerda una naturaleza en continua muerte y siempre en resurrección. Nos han convertido en seres unidimensionales con unas orejeras bien puestas: producir y consumir.
Me pregunto qué pensarían los que bracean en un cayuco tras naufragar en el intento de buscar el pan de cada día, una vida con un mínimo de dignidad, si viesen nuestras mesas repletas de manjares y en las que no cabe ni una copa más. Me pregunto qué pensarían todos padres y madres que lloran a sus hijos muertos en guerras en las que no tenían ni arte ni parte y en las que alguien los alistó forzosamente, si viesen nuestras casas decoradas de pino o acebo, de pecas de confeti y con portal de reyes, mula y buey incluidos; y a nosotros con esa sonrisa profidén que no debe faltar porque alguien ha dicho “llegó Navidad” y decretado que tenemos que ser felices, comamos o no perdices…Leer más (Pedro Miguel Ansó)
