El odio no puede ganar

LA ERA DE LOS DERECHOS HUMANOS

La deshumanización nunca empieza con la violencia. Nunca comienza con una agresión, una expulsión o una persecución. Empieza mucho antes, cuando alguien consigue que dejemos de mirar a un ser humano como un igual y empecemos a verlo como un estorbo, una amenaza o un problema del que hay que protegerse; y empieza cuando las personas dejan de tener nombre, historia, familia y sueños para convertirse en una etiqueta. Ese es uno de los mecanismos más peligrosos que existen en política porque, cuando desaparece la humanidad del otro, desaparecen también la empatía, la compasión y los límites morales que impiden justificar cualquier abuso.

Ese es precisamente el motivo por el que el discurso público de Vox ha sido objeto de una creciente preocupación por parte de numerosos juristas, organismos internacionales, investigadores y organizaciones de derechos humanos. No porque un partido no tenga derecho a defender un modelo distinto de inmigración, de seguridad o de organización del Estado, algo absolutamente legítimo en cualquier democracia, sino porque en demasiadas ocasiones el debate deja de centrarse en las políticas para situar el foco sobre las personas. El inmigrante deja de ser un individuo con una historia personal para convertirse en un sospechoso permanente; la persona refugiada deja de ser alguien que huye de una guerra, de una persecución o del hambre para transformarse en una amenaza para el bienestar colectivo; y quien profesa otra religión, habla otro idioma o procede de otra cultura deja de ser un vecino y pasa a ser presentado como alguien incompatible con la identidad nacional.

Lo mismo ocurre con otros colectivos que forman parte de la diversidad de cualquier sociedad democrática. Las personas LGTBIQ+ dejan de ser ciudadanos con los mismos derechos que cualquier otro para convertirse en el blanco de un relato que las presenta como una supuesta amenaza para la infancia, la familia o los valores tradicionales; las personas musulmanas son con demasiada frecuencia observadas antes por su religión que por su condición de seres humanos; la comunidad gitana continúa soportando estereotipos que llevan siglos alimentándose; y cualquiera que no comparta esa visión del mundo, desde periodistas hasta jueces, profesores, activistas o simples ciudadanos, puede acabar siendo señalado como enemigo de España, cómplice de una supuesta agenda ideológica o traidor a la nación. La lógica siempre es la misma: quien no forma parte del «nosotros» termina siendo colocado en el bando de «ellos»… Leer más (Luis F. Sánchez)