EL CRECIMIENTO DEMOGRÁFICO EN AFRICA

Publicación revista “Africana”
Ramón Arozarena

INTRODUCCIÓN

Los estudios, informes y análisis sobre demografía en el África subsahariana, coinciden en expresar preocupación e inquietud. “Bomba de relojería demográfica”, “Explosión demográfica”, “Crecimiento exponencial”, “Transición demográfica explosiva”, ”Desafío demográfico”, son los términos utilizados para describir la realidad actual y, sobre todo,  futura de África. Estos informes, como digo cargados de alarmas, van acompañados, a su vez, por otros que subrayan el rápido, y también alarmante, envejecimiento de la población europea, sobre todo, que califican de “suicidio demográfico”: una “implosión interna” (europea) frente a una “explosión externa” (africana). África subsahariana, en un escenario mundial caracterizado por una desaceleración del crecimiento demográfico, constituye una excepción: los estudios estiman que en 1960 los africanos representaban el 9% de la población mundial; representarán el 21% en 2050 y a finales del siglo XXI superarán el 30%, siendo, por añadidura, una población fundamentalmente joven. Quizás sea esta la razón por la que un informe de la Fundación ONE (del cantante BONO) se atreve a definir, no sin optimismo,  el siglo XXI como el SIGLO DE ÁFRICA, ya que, “si bien la evolución demográfica es el mayor desafío, puede también significar una suerte u oportunidad para el continente y beneficiarse así de un dividendo demográfico considerable”

En esta breves líneas introductorias, me permito avanzar una conclusión/predicción formulada por Stephen Smith  también en la introducción  de su libro “La huida hacia Europa “ (Ed. Arpa, 2019): “La joven África va a huir hacia el viejo Continente; esto se inscribe en el orden  de las cosas”.

  1. DATOS: LO QUE MUESTRAN Y PRONOSTICAN LAS CIFRAS

En todos los informes/artículos a los que he tenido acceso para documentar este escrito, se señala la necesidad de cierta prudencia a la hora del manejo de las cifras, dado que en muchos países subsaharianos no existe un riguroso y plenamente fiable sistema en la elaboración de estadísticas, censos, índices, etc…

Entre 1.500 y principios del siglo XX, mientras en muchas regiones del mundo hubo un fuerte crecimiento demográfico, lo que, entre otras cosas, produjo la emigración de millones (60) de europeos a América, la población africana se estancó o creció muy débilmente; pasó de 80 a 95 millones (algunos demógrafos estiman que la aportación africana a la población mundial cayó del 17% al 7%). Podría afirmarse que  ahora está recuperando un retraso en esa aportación; retraso debido a la enorme y terrible sangría que supuso la trata de esclavos. África, históricamente, ha sido un continente sub-poblado. En la actualidad, no puede decirse que África subsahariana esté superpoblada.  Hay unos pocos países que sí lo están, como Ruanda, Burundi, sobre todo – que superan los 400 habitantes por Km2 – Nigeria, con 212/km2 y algunos más que superan los 100 h/km2; la mayoría de los países se sitúan en la franja 35-90 h/km2. (España tiene una densidad de 93h/km2, Francia, 119, Bélgica 371, Italia 201).

Cuando se pone de relieve el carácter excepcional del crecimiento demográfico de África se subraya la rapidez y aceleración del mismo: África subsahariana ha crecido en las últimas décadas del 2% al 3% anual (incluso son varios los países que superan la cifra del 3%), con algunas, pocas, excepciones, como Botsuana, Lesoto, Sudáfrica, Namibia. Esto significa que cada 20-30 años, muchos países subsaharianos duplican su población. Informes del Banco Mundial nos dicen que en Europa el crecimiento demográfico anual no supera el 0,6% y en algunas regiones  se da incluso “un crecimiento negativo”. Un ejemplo especialmente ilustrativo de un crecimiento espectacular  lo constituye Nigeria: desde 1960 ha multiplicado por 4,5 su población  (la ciudad de Lagos ha multiplicado por 60 sus habitantes); su población en 2017 era estimada en 195 millones; en 2050, si se mantiene el ritmo de crecimiento, tendrá 410 millones de habitantes; tras China e India, Nigeria será el tercer país más poblado del mundo.  La población africana se estimaba en 2017 en 1.200 millones de habitantes, en un mundo de 7.500; en 2.050 pasaría a tener 2.500 millones, en un mundo de 10.000 (25%); y en 2100, de un total mundial de 11.000 millones habitantes, el 40% serán africanos. Hoy, 1 de cada 6 habitantes del mundo es africano; a finales de este siglo, al menos  1 de cada 3 será africano.

La tasa  de natalidad en África subsahariana  alcanza la cifra media de unos 4.7 hijos por mujer/madre, cifra superada en varios países como Niger (7,6), Angola, Burundi, Chad, Uganda. La fecundidad ha bajado, pero muy lentamente, porque, salvo excepciones, no se han implantado decididamente políticas públicas de control de la natalidad y persisten, por otro lado, comportamientos ligados a factores culturales/religiosos, propios de las sociedades tradicionales, que hacen que la contracepción sea algo excepcional, sobre todo en medio rural. Como la agricultura no se ha modernizado, necesita una numerosa mano de obra; el padre de una prole numerosa es rico y una familia corta es pobre. La tendencia a tener muchos hijos está todavía inserta en las costumbres; África subsahariana ha evolucionado poco en este aspecto; los hijos  son percibidos por sus padres como  una inversión  para su vejez.

Convendría situar este dato en el contexto global: la tasa de natalidad en Asia es de 2,1 hijos; en América Latina, 2; en América del Norte, 1,9; en Europa 1,6; en España, hace una década era 1,44 y según datos provisionales de 2018, es de 1,25. La cifra 2,1 hijos es considerada como la tasa de reposición (equilibrio entre nacimientos y defunciones en una sociedad), por lo que el envejecimiento de la población europea es una realidad que irá agravándose en el inmediato futuro. En el África tradicional, la fuerte natalidad quedaba, si se me permite la expresión, “compensada” por una elevada mortalidad materno/infantil. Esta mortalidad desdichadamente perdura, si la comparamos con la que  se produce en los países desarrollados, pero ha disminuido notablemente. El descenso de la mortalidad no ha ido acompañado, como ha sucedido en otras zonas del mundo, por un descenso de la natalidad. Hay que señalar, además, que la esperanza de vida ha aumentado considerablemente (de 35 años, en 1950, a unos 60 en la actualidad); factor que también influye en el aumento de la población africana.

Llegado a este punto, cabe preguntarse: ¿Es el crecimiento demográfico la causa de la pobreza, o, más bien, es la pobreza la causa de la explosión demográfica? ¿Es la demografía la causa del subdesarrollo o más bien es al revés? El antiguo presidente de Nigeria, Goodluck Jonathan,  afirmaba en octubre de 2017: “Si no reducimos el tamaño de nuestras familias, nuestro país seguirá siendo pobre, porque nuestros recursos no podrán cubrir nuestras necesidades”. Emmanuel Macron , en una reunión del G20 señalaba que “cuando hay países que tienen hasta 7 hijos por mujer, por mucho que se decida gastar millones y millones…, esos países no se estabilizarán”; declaración que irritó a representantes africanos.

Una consecuencia especialmente relevante del rápido crecimiento de la población africana subsahariana, que a su vez contrasta con la de los países desarrollados e incluso con la de los llamados emergentes,  es que los habitantes de las sociedades africanas son aplastantemente jóvenes: Raros son los países cuya población de menores de 15 años no supere el 40%; a este dato hay que añadir que el 60% de los nuevos urbanitas que se aglomeran en las ciudades africanas de las que luego hablaremos, sobre todo en los suburbios, tienen menos de 30 años: una numerosísima masa juvenil, en gran parte frustrada.  que demanda formación, empleo y un lugar al sol.

Los jóvenes constituyen una mayoría en las sociedades africanas que, sin embargo, han dado tradicionalmente un valor añadido a la edad como depositaria de la sabiduría y del poder. Sin duda alguna, este contraste y hasta contradicción entre una mayoría de africanos jóvenes y unas sociedades gobernadas por mayores (gerontocracia) es la expresión de una de las profundas transformaciones que con gran celeridad se están produciendo en África subsahariana; transformaciones no exentas de tensiones y conflictos.

  1. CRECIMIENTO DEMOGRÁFICO, DESESTABILIZACIÓN /CONFLICTIVIDAD

 Muchos Estados subsaharianos están inmersos en procesos de transición democrática, de instalación de instituciones democráticas; procesos acompañados con frecuencia  de episodios de inestabilidad, tensiones y hasta de violencias. La sociedad civil, formada en gran parte por jóvenes urbanos, está dando muestras de un gran dinamismo y capacidad de movilización para denunciar privilegios de las elites y exigir nuevas políticas que atiendan al bien común. Bien es cierto que, dado el contexto autoritario y represor, estas organizaciones agrupan a minorías sensibilizadas que podríamos calificar de “heroicas”, pero que son la expresión de una confrontación de lo viejo que no se va y lo nuevo que no alcanza a abrirse camino; como telón de fondo, sin duda alguna, está el perfil demográfico de una población en la que el peso de los jóvenes es excepcional. El devenir democrático de África, la consolidación y estabilidad democráticas (y sus contrarios: fragilidad e inestabilidad) dependen de la respuesta que se dé a las necesidades de futuro de los jóvenes.

A nadie atento a la situación de determinadas zonas, especialmente “calientes” (Sahel, Nigeria, Sudán-sur, este de la RDCongo, por ejemplo)  de África subsahariana debe extrañarle que gran cantidad de jóvenes en precarias condiciones de vida y  sin perspectivas de futuro opte por adherirse o enrolarse en grupos armados. El riesgo de un aumento de la conflictividad, incluso de la violencia, es evidente. Todo ello acarrearía desplazamientos de poblaciones, masas de refugiados a los que atender, una cadena de problemas añadidos.

  • DIVIDENDO DEMOGRÁFICO

A la vista del actual y futuro crecimiento demográfico señalado anteriormente, los más optimistas  se atreven a augurar que África subsahariana podría beneficiarse del llamado dividendo demográfico; esto es, que puede producirse una rápida aceleración de su crecimiento económico: resultado de la existencia en una sociedad de un número  de jóvenes en edad laboral, activos,  muy superior al número de niños y personas mayores, inactivos. El informe de la fundación ONE se hace eco y apunta a esta posibilidad y baza de progreso, y pone en boca de Akinwumi Adesina, del Banco africano de desarrollo, que “para explotar este potencial, hay que concebir y poner en práctica un partenariado mundial más ambicioso, un nuevo Plan Marshall, llevado a cabo por África”.

Una población joven no conduce forzosamente a un dividendo demográfico. Para que el efecto de dicho dividendo fuera una realidad, deberían cumplirse una serie de condiciones como la existencia de una mano de obra bien formada, un mercado de trabajo para emplearla y transformaciones económicas, tecnológicas y políticas, que no aparecen en el inmediato futuro, con lo que el dividendo demográfico es algo ilusorio. En la última década – época de crisis en países desarrollados – el PIB de muchos países subsaharianos ha crecido considerablemente (del 5% al 9%), debido sobre todo, aunque no exclusivamente, a la exportación de materias primas (minerales y petróleo). Este crecimiento y dinamismo, más allá del desigual reparto – acaparamiento del mismo por parte de élites minoritarias – no se ha traducido en las indispensables inversiones generadoras de puestos de trabajo capaces de absorber el paro juvenil causado por un crecimiento demográfico desbocado. Se estima que cada año deberían crearse 22 millones de empleos (450 millones de puestos de trabajo en 20 años). Objetivo que parece inalcanzable. Por otra parte, la apelación frecuente a diseñar  “un nuevo Plan Marshall” para África (masivas inversiones extranjeras en infraestructuras, modernización de su agricultura, industrialización, etc.) resuena únicamente en discursos y palabras huecas. La realidad es muy simple: el rol asignado a África subsahariana en la economía global sigue siendo el de suministrar  materias primas agrícolas y minerales (riquezas y recursos naturales codiciados y a menudo saqueados y el de ser un mercado, cada vez más interesante, donde vender productos elaborados fuera.

  1. FLUJOS MIGRATORIOS

El acelerado crecimiento demográfico de África subsahariana está en el origen del rápido y caótico desarrollo de núcleos urbanos, capitales de región o del Estado (ciudades que ya albergan casi el 50% de los habitantes de África y que siguen creciendo, ya que la mayoría de sus habitantes son jóvenes – 9 de cada 10 “chabolistas” tiene  menos de 30 años – y en edad fértil ,  así como en el hecho de que muchos de africanos traten de instalarse en países vecinos más prósperos y que otros muchos, cada vez más numerosos,  se decidan a emprender la aventura y ponerse en camino hacia  otros  continentes y se dirijan sobre todo hacia Europa.

Los que huyen del mundo rural son los jóvenes y este éxodo no es consecuencia  de una modernización agraria que expulsaría mano de obra sobrante. África subsahariana posee ciertamente un elevado porcentaje de tierras fértiles arables, sin explotar, pero retener a los jóvenes en el mundo rural  exigiría unas políticas que no parece que se estén diseñando con determinación. Antes al contrario, la concesión por parte de las autoridades de muchos países de la propiedad o alquiler a largo plazo de millones de hectáreas a multinacionales agroalimentarias o a Estados extranjeros, está poniendo en grave riesgo la soberanía alimentaria de África; África subsahariana se ve obligada a importar alimentos. El cambio climático constituye también otro factor negativo para el mundo rural. La agricultura africana se ve obligada a adaptarse a una nueva situación (sequías, fenómenos metereológicos extremos inesperados) que producen más movimientos migratorios, ya que, como señala el Informe 2019 de Índice Global del Hambre, “la población rural carece de herramientas frente a los desastres naturales”.

La ciudad, regional o estatal o del país vecino, no es capaz de absorber a estos migrantes internos y ofrecerles puestos de trabajo en los sectores industrial o terciario todavía muy débiles. El puesto de trabajo que la ciudad ofrece es el de “arréglate como puedas”. La frustración de miles de jóvenes no hace sino multiplicarse, sin que se frene por ello sus ansias y sus aspiraciones de emanciparse y alcanzar una vida mejor. El Instituto GALLUP estimaba en 2016 que el 44% de los africanos de entre 15 y 25 años deseaba emigrar; dispuestos a arriesgarse y sabedores  de que el solo trayecto, casi siempre clandestino,  está  cargado de amenazas y dificultades; el mismo instituto señalaba  que el 32% de titulados universitarios optaban por la emigración  (en muchos casos no regresaban a su país al terminar sus estudios en el extranjero). Este último dato, de ser riguroso, es especialmente grave y sintomático (la fuga de cerebros), ya que los más formados no parecen creer que su futuro esté en África; lo que constituye una gran pérdida de lo que los especialistas designan, con término que me desagrada, capital humano.

Es muy frecuente que informadores y comentaristas califiquen la dramática llegada de subsaharianos a Europa  como una invasión de desheredados que huyen de la miseria. Afirmaciones que convendría matizar: no llegan a las costas de Europa  los más pobres, huyen los que pueden; no huye quien quiere sino quien puede. Los muy pobres no tienen medios para emigrar ni posibilidad de pensar en ello, agobiados como están en la mera subsistencia; son los que de algún modo han superado el umbral de subsistencia  los que sueñan y se ponen en marcha para alcanzar el “paraíso” europeo o, al menos, penetrar en un mundo de oportunidades inexistentes en su país. Stephen Smith afirma con razón que para huir hay que disponer de  recursos económicos  y, además,  poseer cierta visión o perspectiva del mundo y plantearse así buscar otra vida en otro continente. En las sociedades africanas existe un número creciente  de personas que han salido de la pobreza extrema, algo así como una clase “emergente” con unos ingresos de 2 a 5 dólares diarios; una clase media (¿?) con acceso a las nuevas tecnologías de la comunicación, conectada con el resto del mundo. De ahí que una gran cantidad de dinámicos y esperanzados jóvenes puedan reunir, gracias a la ayuda de “la parentela”, medios económicos para emprender la huida y afrontar las dificultades del camino. Un factor decisivo para animar a estos aspirantes a una vida mejor constituye la existencia en  en la diáspora  de una comunidad de acogida: familiares  y/o  personas originarias de la misma región o país del nuevo migrante. Sean o no exagerados o certeros los cálculos del número de africanos subsaharianos que migrarán a Europa de aquí a 2050, es evidente que se producirá un enorme flujo migratorio de África a Europa; África, a pesar de su dinamismo y transformaciones, seguirá exportando a millones de personas.

  1. RESPUESTAS EUROPEAS

El sociólogo Zygmunt BAUMAN, en su obra “Extraños llamando a la puerta” (Paidos, 2016) se alarma ante la extensión  de  una especie pánico entre la gente de que la emigración es un mal que amenaza nuestro bienestar; aunque minoritarios, son frecuentes los discursos que presagian el desmoronamiento y la desaparición de nuestros valores y estilo de vida por la presión migratoria. Tan es así que, constata, niños ahogados, muros, concertinas, vallas, campos atestados, gobiernos que se pasan unos a otros la patata caliente, etc. son cada vez menos noticia y  se convierten en monótona rutina. “La opinión pública está llegando a  cansarse de la tragedia de los refugiados”.

 La presencia más o menos creciente de diferentes (por su lengua, hábitos sociales, religión, color), prosigue Bauman,  hace que se perciban como extraños y se inicie un proceso de exclusión, producto del miedo, del temor. Estos sentimientos, expresión de cierto rechazo, aumentan cuando los extraños disputan los puestos de trabajo, compiten en “mejores condiciones” en el mercado laboral  (con la connivencia de la clase empresarial). El rechazo es alimentado por el discurso que empieza por “se les ayuda demasiado”, “abusan de nuestros servicios”, “nos roban puestos de trabajo”, “primero, nosotros” “Francia para los franceses, Austria para los austríacos” etc…”. Discurso que termina en la diabolización y condena del extraño, en la xenofobia, en el racismo. Esto es, en la destrucción de los valores que pretendidamente se quieren defender: Los valores europeos que proclaman  la igualdad de los seres humanos, el respeto a la dignidad de las personas, los derechos humanos, la libertad, la igualdad, la solidaridad, los derechos sociales. Por otro lado, y desde una visión pragmática, cabe preguntarse: ¿no necesita la envejecida Europa brazos y cerebros africanos para la supervivencia de su sistema de pensiones y seguridad social?

El discurso xenófobo, cada vez más indisimulado y “sin complejos”, se va colando en muchos países europeos y España NO es una excepción. En septiembre de 2019, en una Convención de la derecha francesa, con la nieta de LE PEN al frente, volvió a utilizarse el espantajo de “Le grand remplacement”: Teoría según la cual existiría un complot por parte del Magreb y África negra para sustituir la población europea, destruir los valores europeos e imponer un cambio de civilización. Estaría en juego “nuestra vida como pueblo”; “hay razones para temer”, “hay que optar entre aceptar vivir en minoría en la tierra de nuestros ancestros o combatir por nuestra liberación”. El mestizaje, futuro inexorable de Europa, se convierte en estos planteamientos – que tristemente van ganando respetabilidad – en el enemigo de la raza blanca, en un racismo que afirma sin careta la superioridad de la raza blanca.

La Unión Europea ha diseñado políticas más de hostilidad  que de hospitalidad, llegando incluso a considerar delincuentes  a las personas u organizaciones humanitarias que denuncian una Europa “fortaleza” a la defensiva, con muros y barreras  pretendidamente infranqueables. Una Europa que no duda en apoyarse en regímenes africanos dispuestos a colaborar, a cambio de compensaciones económicas, en el trabajo sucio de contención y represión brutal de los emigrantes.

Discursos como los del catedrático de ciencias políticas en la universidad de París VIII, Sami Naïr, que reclama que Europa deje de considerar a África como un espacio del que extraer  beneficios para impulsar políticas de enriquecimiento compartido (codesarrollo), con inversiones en el continente africano y generosidad en la gestión de los flujos migratorios, pasan desapercibidos y/o ahogados en peligrosos debates  identitarios y excluyentes.

FUENTE: nº 201 (Abril) de la revista AFRICANA.

Ramón Arozarena