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Desde Cuba nos llega esta crónica muy pegada a la realidad de un país que, aunque acostumbrado a inventar, está viviendo una de las peores crisis de su historia. Ahogado por la falta de suministros y por, como dice Sara Más, “problemas y pesares acumulados”, la isla caribeña, en el pasado símbolo de tantas cosas, es un país que, hoy por hoy, vive sin ver la luz.
Es 10 de julio de 2026 y Cuba se sumerge, nuevamente, en la oscuridad total. Esta es la novena caída del Sistema Electroenergético Nacional desde octubre de 2024. Solo que esta vez hay más problemas y pesares acumulados. Cuando se restablece el servicio, muchas personas no se enteran, apenas notan diferencia porque entran en apagón nuevamente. Ya no saben cuándo caen en uno u otro ciclo de oscuridad.
Hace ya tiempo que el déficit de generación eléctrica rige la vida de cubanas y cubanos, pero cada día es peor, con lapsos más cortos de alivio y electricidad generada por plantas de infraestructura crítica y desgastada, sin el mantenimiento adecuado ni el combustible idóneo para hacerlas funcionar.
Todo ha empeorado y se ha hecho más dramático desde inicios de este año: bajo las presiones y sanciones de Estados Unidos, no se ha recibido combustible desde el exterior.
Los apagones no traen solo oscuridad, desvelos y noches calurosas: falta el agua de forma crítica en los hogares, se echan a perder los alimentos, es imposible beber agua fría ni siempre refrescarse tomando un baño, hay que lavar y cocinar cuando se pueda, a cualquier hora que llegue la luz…
La gente expone su inconformidad como puede: toque de cazuelas en el apagón, desahogos digitales por Internet o en medio de la calle, donde la existencia y el desasosiego constantemente se comentan. Las redes sociales son termómetros de expresión donde dejan las trazas de sus días y reclaman mejoras que, con urgencia, sienten que tardan en llegar… Leer más (Sara Más Farias)
