UNA FELICITACIÓN MUY PARTICULAR

Texto de Pedro Miguel Ansó Esarte

No quiero que, cuando recibas esta felicitación adivines previamente su contenido: Feliz Navidad y próspero Año Nuevo. No, no quiero que ésta sea una felicitación más, una felicitación al uso. Me gustaría romper, aunque sea como inútil juego literario, los típicos tópicos de la época. Me gustaría poder decirte, por ejemplo:
Felicidades si, náufrago en algún rincón perdido del proceloso mar de la vida, tuviste el coraje de mirar hacia arriba y ver una estrella y nadar sin desmayo, incluso si la estrella no existía más que como mera proyección de tu deseo. Igual da: nadaste, confiaste en ti mismo, llegaste a puerto. Y hoy te puedo escribir a ti que sabes leerme entre líneas.
Felicidades si tuviste la sabiduría de comprender de cuán poco valor son las cosas terrenales tras las que andamos y corremos; si renunciaste a la vanidad del poeta, a la pedantería del profesor, al dogmatismo del obispo, a la desvergüenza del adulador, a la prepotencia del poderoso y a la paranoia del político.
Felicidades si tu corazón no llevó a tu lengua a descalificar a los demás; si no te alegraste de la desgracia ajena, ni jaleaste las  pequeñas miserias que se adhieren a nuestros actos; si no te afanaste por sacudir trapos sucios por la ventana de tu alma.
Felicidades si tuviste tanta compasión con las debilidades de los demás como con las tuyas propias y si, además, diste muestras de grandeza espiritual al reconocer sus virtudes, sus circunstancias, sus esfuerzos. Y, sobre todo, si no utilizaste a los demás como meros medios para tus fines.

Felicidades si supiste sustraerte a la todopoderosa influencia de los medios de comunicación al servicio del poder y buscaste distintas fuentes de información y preferiste el libro denso al programa mediocre de televisión; si entre todas las voces procuraste oír con esmero la de los sinvoz, la de los marginados, la de los que tienen que morir antes de tiempo. Y, sobre todo, si dejaste de creer bobaliconamente  en esa dicotomía infantil que nos divide a los humanos en angelicales criaturas y seres demoníacos.
Felicidades por haber sido intolerante con lo intolerable –las guerras, el hambre, la insalubridad, el analfabetismo- y crítico con los poderosos de este mundo (a pesar de la enseñanza que nos enseña a ser críticos con los que critican al poder). Y por haber hecho extensiva tu intolerancia al halago interesado, a la sonrisa hipócrita y a las medias verdades con las que algunos trepan por la euroescala del sistema métrico (“para nuestro bien”, ¡faltaría más!).

Felicidades si eres creyente, pero más aún, felicidades por no creer demasiado, por no creer en verdades absolutas, ni en dogmatismos, por no creerte dueño de la verdad o de la salvación; por saber ser tolerante, por respetar las diferencias, por creer que la verdad –lo dijo un filósofo- no es más que una hueste de metáforas, metonimias y antropomorfismos que el tiempo y el olvido han convertido en verdades canónicas y vinculantes.

Felicidades por no haber servido –lo dijo un poeta- para ser piedra de una lonja, ni piedra de un palacio, ni piedra de una iglesia, sino guijarro humilde, piedra pequeña y aventurera.
Felicidades porque aún me esperas a mí, que camino errabundo con mi cara de despistado buscando tu mirada en los espejos de los ascensores, en los ojos insomnes de los adoquines, en las marquesinas de los autobuses y en la fantasmal geometría oscura de los cuartos. Perdóname por buscarte tan torpemente, por ejercer de alondra mientras tu vuelas de noche de la palma de Minerva…pero…¡es tan parcial Fortuna!
Ah, y felicidades si poco o nada te has gastado en mi regalo, porque yo no necesito nada. Nada salvo tu afecto.

Pedro Miguel Ansó Esarte