Pedro Miguel Ansó Esarte
Mucho antes de que se hablara de la actual crisis, gran parte de la humanidad había entrado ya en crisis. En los dos últimos siglos han ido dándose, por primera vez en la Historia, una serie de cambios que irían transformando y condicionando la manera de ver el mundo y también la de vernos a nosotros mismos. Citemos alguno de ellos: la revolución que en el campo del pensamiento han significado las aportaciones de científicos y filósofos como Darwin, Marx, Nietzsche o Freud, entre otros; el imparable avance del conocimiento empírico y sus implicaciones tecnológicas que están provocando un cambio profundo de paradigma científico; el avance lento pero inexorable en la universalización de los Derechos Humanos; el triunfo romántico de la libertad y de la subjetividad (con sus consecuencias individuales y estatales); el progreso en el campo de la crítica textual y hermenéutica; la alfabetización en las nuevas redes de la información, etc. Todos estos factores, y otros que nos dejamos en el tintero para no aburrir, revisten a la crisis actual –que no es sólo económica- de un nuevo cariz ante el que no valen ya falsas consolaciones del tipo “si hubo crisis en otras épocas y se superaron, también ésta se superará”. Somos cada día más consciente de que el mundo está en nuestras manos, pero también de que sólo saldremos del túnel si hoy nos ponemos manos a la obra con todas nuestras capacidades intelectivas y emocionales.
Esta es una crisis global de la que ninguna institución puede librarse ni salir indemne. De ella participa la Iglesia católica y con datos bien preocupantes: el escaso número de bautizados que frecuentan semanalmente la Eucaristía; el masivo abandono de la práctica del sacramento de la penitencia; el alarmante descenso de las vocaciones para la vida consagrada; el abismo que se ha abierto entre las directrices de la jerarquía y la práctica no sólo de numerosos cristianos, sino incluso de bastantes sacerdotes; el alejamiento de amplios sectores de la juventud de la vida cristiana que ven en la Iglesia oficial una institución de estructural piramidal con actitudes poco acordes con la cultura actual y con un lenguaje que les resulta hermético…La solución a estos y otros problemas que afectan a la Iglesia no puede consistir en mirar con nostalgia hacia atrás, sino en encarar el futuro con esperanza, con una actitud abierta y dialogante. Sobra talante inquisitorial y falta espíritu evangélico. Asistimos a lo que algunos teólogos han llamado “un cisma silencioso”. Es urgente abrir nuevos caminos, reflexionar con seriedad, con espíritu autocrítico y dejarnos interpelar y cuestionar.
Uno de los hechos más llamativos que en incesante goteo se está produciendo es el descenso del número de sacerdotes y el aumento de su promedio de edad acercándose peligrosamente a la de la jubilación. Si no hay pronto una reorientación pastoral muchos van a ser los pueblos que se van a quedar sin celebración semanal, ni catequesis, ni grupos de reflexión cristiana.
Este panorama no hay que verlo de manera trágica, sino lúcida, ver en él un signo de los tiempos: vamos hacia una Iglesia menos clericalizada (Jesús no perteneció a la clase sacerdotal) y donde los laicos deberán asumir progresivamente responsabilidades para cumplir con su triple compromiso bautismal: sacerdotal, profético y real. Hay que recordar en este sentido que durante los primeros cuatrocientos años de cristianismo los seglares presidieron la eucaristía y que no había un sacramento de la “ordenación” tal como lo hoy lo concebimos, sino que cada comunidad encargaba a un miembro la tarea de animación y de celebración de la eucaristía Un ejemplo de cómo y hacia dónde podríamos caminar lo tenemos en la diócesis de San Sebastián en donde, antes de la llegada del obispo Munilla se crearon casi cien grupos de lectura creyente de la Biblia y se eirigieron canónicamente 14 unidades pastorales –presididas por un presbítero- en las que más de 120 laicos y religiosos, recibieron de la mano del entonces su obispo, monseñor Juan María Uriarte, encargos pastorales específicos.
Tendremos que hacernos a la idea de que los seglares (sean hombres o mujeres, casados o solteros) dinamicen las comunidades creyentes y presidan actos litúrgicos. Y me consta de primera mano que hay gente con la preparación suficiente como para llevar a cabo estas funciones. Hoy se están haciendo tímidos ensayos de celebraciones dominicales en ausencia de presbítero, pero hay que pensar seriamente la posibilidad no solamente de que realicen celebraciones de la Palabra, sino de que puedan presidir, en un futuro no muy lejano, las Eucaristías y estar al cargo de las parroquias. Quizás estos planteamiento no dejen de causar una cierta sorpresa en algunos sectores, pero podemos recordar aquí, por analogía, el relevo que, en Navarra y otras comunidades, se ha llevado a cabo en los últimos años en la enseñanza privada concertada de titularidad religiosa al ser asumidas las tareas de dirección por parte de los laicos. Y todo ello con absoluta normalidad, sin rupturas traumáticas ni necesidad de modificar los idearios de centro. ¿No puede ser posible algo similar con ese creciente número de parroquias que los sacerdotes no pueden ya atender?
Será preciso, naturalmente, un período de animación y de preparación, un tiempo de generosidad y confianza en los seglares, una actitud de apertura a la renovación de las viejas estructuras. No es bueno que los retos de nuestro tiempo y del futuro nos pillen con los brazos cruzados o inhibidos por el pesimismo o atenazados por nuestros prejuicios. Si de verdad creemos que es importante transmitir la fe apostólica heredada, es tarea urgente y prioritaria ponerse a trabajar de un modo esperanzado y activo. Y no creo incurrir en ninguna hipérbole si digo, ya para terminar, que la Iglesia del S. XXI o será de los laicos o no será.
Pedro Miguel Ansó Esarte