Fernando Armendáriz Arbizu
La crisis llama a nuestra puerta y se nos coló hasta la cocina. Significa muchas cosas personal y colectivamente. Nos afecta de manera y gravedad diferentes. Sirve de excusa para imponer recortes y destruir derechos. Es un arma arrojadiza para la trifulca política y manto que oculta o justifica realidades dramáticas.
Debemos abordarla desde una perspectiva ética y moral, que priorice el respeto a los derechos humanos, como garantes de una vida digna para todas las personas, y mediante un ejercicio de la economía que la haga posible. Tanto en su descripción como en la forma de enfrentarnos con ella.
En un principio
La gran recesión económica se inició en agosto de 2007 originada por varios factores unidos. Conocemos cómo actuaron las hipotecas subprime o la burbuja inmobiliaria. Primero contaminaron el sistema financiero en EEUU y luego a nivel mundial. La consecuencia inmediata fue una crisis de liquidez y la quiebra de sólidas compañías financieras como Lehman Brothers o empresas míticas, caso de la General Motors, y gigantes de las telecomunicaciones, como WorldCom.
La crisis no deja de ser consecuencia de la ambición sin escrúpulos y de una codicia consentida, de consecuencias nefastas para quienes no la provocaron, pero fueron inducidos a ella. También contagió a personas de a pie, que obtuvieron fácilmente créditos para todo y podían invertir sus ahorros con promesas de alta rentabilidad. Antes que el derrumbe de la economía, los valores de mercado sustituyeron a la ética. Mercados imposibles de autocontrolarse y contrarios al bienestar general y al desarrollo equilibrado. La falta de confianza entre los bancos provocó que no se prestaran dinero, ni lo hicieran a nadie, incluidas las empresas y los ciudadanos, es decir, la economía real.
Los gobiernos acudieron a salvar la banca con grandes desembolsos y aprobaron inversiones para activar el consumo y obras públicas. Después han dado un giro de 180º grados y, para reducir el déficit público, recortan los presupuestos; aumentan los impuestos indirectos; vapulean las pensiones y ayudas sociales; congelan o reducen los aumentos salariales y aprueban reformas laborales que se llevan por delante logros conseguidos en muchos años de luchas obreras y sociales.
Ha crecido el paro (casi 5.5 millones en España). Muchas empresas cierran (desde el comienzo de la crisis 177.336). Disminuye el consumo y se ahogan las economías familiares. La pobreza aparece con rostros cercanos. Según un estudio realizado para Caritas por la Fundación Foessa, la pobreza ha llegado en España al 23,4% de la población, el puesto undécimo de la Europa de los 27.
La democracia también está en crisis
Ahora los gobiernos democráticos deben seguir las instrucciones de entidades y entendidos que nadie eligió. Centros financieros y bancos centrales dictan medidas para salir de la crisis que recaen siempre sobre las espaldas más frágiles. Quedan desprotegidos los sectores más vulnerables de la sociedad: parados, pensionistas, jóvenes, emigrantes…
El Estado como garante de derechos disminuye; pero aumentan los medios necesarios para controlar y reprimir las protestas que surgen. La seguridad equivale a control y no a la tranquilidad de disponer de los recursos vitales para una vida plena. La desconfianza, el escepticismo y la indiferencia – cuando no la desesperación – cuestionan el propio sistema. La democracia se queda en un acto formal, que nada sustancial puede cambiar. Las amenazas surgen por doquier: perder el puesto de trabajo o no conseguir jamás uno; perder nuestra vivienda hipotecada; no poder disfrutar de una jubilación…
Se encuentra un chivo expiatorio en las personas llegadas de fuera; pero la emigración no es el problema, sino un síntoma de una crisis permanente y profunda en los países de procedencia, que obliga a huir de la miseria. El racismo y la xenofobia crecen de forma alarmante en los llamados países desarrollados.
La crisis económica ha secuestrado la democracia y la ha transformado en una dictadura económica real, local y globalmente. La democracia pierde sentido cuando equivale a un conjunto de reglas del juego destinadas a un mero acto electoral cada cierto tiempo. No está en las instituciones, sino que adquiere legitimidad en la sociedad. No es un hecho cuantitativo sino de calidad: la capacidad de control social de lo que hace el poder; la posibilidad de participación, mediación, negociación, representación y coacción.
Sin estas atribuciones, la democracia se convierte sólo en gobernabilidad. En ella se acomodan más fácilmente el autoritarismo y dictaduras de distinto pelaje, que no admiten su control, ni la rendición de cuentas.
Por tanto, es imprescindible recuperar los valores democráticos con al menos tres elementos: democracia participativa como forma real del ejercicio político; libertad para ejercer plenamente los derechos consustanciales a las personas y un cambio social que contemple globalmente mejoras desde postulados éticos y morales.
Crisis más allá
En la Cumbre del Milenio, celebrada en Nueva York el año 2000, los 189 Estados presentes recordaron los compromisos señalados en los años 90 para reducir la pobreza y el subdesarrollo. Se emplazaron a cumplir ocho objetivos, los Objetivos de Desarrollo del Milenio, antes de 15 años:
“No escatimaremos esfuerzos para liberar a nuestros semejantes, hombres, mujeres y niños de las condiciones abyectas y deshumanizadoras de la pobreza extrema”.
Los ocho objetivos se refieren a la reducción a la mitad de la pobreza extrema y el hambre; la consecución de la enseñanza primaria universal; la igualdad entre los géneros; la reducción de la mortalidad infantil y la mejora de la salud materna; el combate contra el SIDA y otras enfermedades graves y la sostenibilidad medioambiental. Asimismo, se contempla una asociación mundial para el desarrollo.
Cada objetivo contiene metas cuantificables, un total de 18, con 48 indicadores concretos. Todo un programa para salvar de la crisis endémica a países y poblaciones: el 80% de los habitantes del planeta, aunque siempre estuvieron desaparecidos. Doce años después y tres antes del plazo final pueden quedar en papel mojado.
“Nuestra crisis” también les perjudica. Los precios de los alimentos, del petróleo y de las materias primas y los efectos del cambio climático son elementos que han lastrado a los países en vías de desarrollo. Los países empobrecidos encontrarán más dificultades para conseguir créditos; sus importaciones serán más caras y sus exportaciones menos rentables. La reducción de los fondos destinados a la ayuda al desarrollo y las remesas de los emigrantes se reducen drásticamente.
El cambio climático influirá gravemente en su producción agrícola y ganadera y la población verá reducidos sus niveles de ingresos y encarecidos sus productos de consumo básico. El desarrollo a escala humana también está en crisis.
Derecho a la alimentación
La crisis alimentaria es el resultado de un modelo de desarrollo insostenible, que dificulta la supervivencia de la mitad de la población mundial. Alrededor de 3.000 millones de personas viven con dos dólares diarios, de los que destinan el 80% a la compra de alimentos. La subida de precios afecta a todos los alimentos básicos, en particular a los tres cultivos principales en la dieta de la población: trigo, maíz y arroz. Ya no existen alimentos baratos y es real el riesgo de extensión del hambre en el planeta.
UNICEF señala en sus informes que diariamente 26.000 niños y niñas menores de cinco años mueren el mundo por desnutrición. Leonardo Boff subraya que el principal factor de esta crisis de los alimentos está en la lógica del mercado. Hay suficientes alimentos, pero se especula con ellos para que mantengan un precio elevado en el mercado, dominado por unas pocas compañías multinacionales que manejan el complejo agroindustrial. Defender la soberanía alimentaria es luchar por la supervivencia.
Además, el cambio climático provoca en unos lugares sequías y en otros inundaciones, que afectan a cultivos y cosechas. Igualmente, se dedican grandes extensiones de terreno a la producción de agrocombustibles, destinados a alimentar los depósitos de los vehículos del Norte en detrimento de los estómagos del Sur.
Un punto de partida personal
Para enfrentarnos con esta crisis global tendremos que dotarnos de herramientas éticas y morales. Deberemos estar dispuestos a renunciar a un estilo de vida que lleva aparejado un consumo despilfarrador. Un crecimiento desaforado, además de imposible, es injusto porque se hace sobre las espaldas de las 3/4 partes del mundo y es insostenible ya que los recursos del planeta son limitados y cuyo equilibrio ecológico hemos alterado peligrosamente. Si generalizáramos el nivel de vida y consumo de Estados Unidos, harían falta cinco planetas.
Habrá que recordar quiénes provocaron la crisis y nos la ocultaron, aunque tampoco la quisimos ver, para no dejar en sus manos las soluciones. Tendremos que negarnos categóricamente a renunciar a derechos fundamentales en los que se sustenta nuestra dignidad humana. Pero también es necesario reconocer nuestras propias responsabilidades. Muchas veces nuestra coherencia personal no ha estado en consonancia con nuestro discurso. Creímos en los cantos de sirena que un sistema injusto y depredador nos lanzaba y colaboramos con él por acción u omisión.
No son pocos los autores que apuntan que la crisis es también una oportunidad. Podemos aprovecharlas para salir fortalecidos, no como productos de un mercado insensible que nos domina, sino como seres humanos libres e iguales en dignidad y derechos, con voluntad de lograr la felicidad con menos, si todas las personas podemos disfrutarla.