Los lí­mites de la solidaridad ¿Hay que poner lí­mites a los valores?

Joan Majó 
El Ciervo

Una de las causas más profundas de la crisis actual y de las que pueden presentarse en el futuro es la falta de conciencia de lo que supone la globalización, que se refleja en la incapacidad de introducir el concepto de límites en nuestros comportamientos. Estamos viviendo bajo el supuesto –tal vez no explícito, pero profundo– de que el progreso y el crecimiento son vectores positivos e indefinidos. Lo primero es verdad, lo segundo no. Y por ello, a partir de ciertos límites, deja de ser verdad lo primero, y se convierte en negativo. La experiencia más íntima en nuestro propio cuerpo nos lo recuerda: el crecimiento celular es imprescindible para la vida, pero a partir de un límite, el crecimiento desquilibrado es peligroso y se convierte en un cáncer. Incluso las cosas buenas deben desarrollarse en términos equilibrados.

El crecimiento sostenible
En una sociedad, equilibrio equivale a sostenibilidad. Un crecimiento puede etiquetarse de “sostenible” si asegura su continuidad a medio plazo en tres aspectos. Ser sostenible económicamente, es decir garantizar trabajo y rentas a todos los miembros de la sociedad, y para ello debe tener unos niveles de eficiencia que permitan competir. Ser sostenible socialmente, es decir, asegurar una distribución equitativa de riqueza e ingresos entre los ciudadanos. Y ser sostenible ecológicamente, es decir, hacer un uso de los recursos naturales que evite su agotamiento y no genere un volumen de residuos que no permita su reciclaje. Si alguno de estos aspectos falla, se producirá un empobrecimiento económico, una revolución social o una inestabilidad ecológica. En todo caso, no será sostenible.


He hecho esta introducción para poder decir que la solidaridad es uno de los valores que más faltan en la sociedad actual y deberíamos luchar para que crezca, pero eso no significa que no tenga límites en los tres casos planteados, pues su extensión irresponsable podría plantear desequilibrios peligrosos.
La solidaridad con los parados es un derecho fundamental. Tres límites posibles: que llegue a desincentivar la voluntad de encontrar trabajo, que se utilice para compaginar prestación con trabajo oculto y que se constate un rechazo a utilizar el período de desocupación para mejorar la formación personal y ocupacional.

Inmigrante: los mismos derechos
La solidaridad con los inmigrantes debe ser plena. Deben ser considerados personas con los mismos derechos – ni menos, ni tampoco más- que el resto de ciudadanos. Los límites: la práctica de una discriminación positiva excesiva que pudiera generar tensiones muy peligrosas para la convivencia o la eventualidad de tolerar la exigencia de los mismos derechos sin la aceptación de las mismas obligaciones. En la solidaridad internacional me cuesta mucho más establecer límites. Los actuales “fondos de cooperación” son tan reducidos, y esconden tantas veces intenciones comerciales por parte de los países desarrollados, que me da la impresión de que estamos todavía muy alejados de todo límite. Uno, difícil de especificar: la incapacidad de controlar el destino real de muchos de los fondos una vez en manos de los gobiernos receptores.