La Buena Nueva

Una película sobre la Iglesia, el evangelio y la  memoria de la guerra civil

Javier Pagola 

La directora y su película 

El próximo 14 de noviembre, viernes, se estrenará en cerca de cien salas diferentes la película “La Buena Nueva”, tercer largometraje de la directora Helena Taberna. Los anteriores fueron “Yoyes” (2000),  historia de una mujer activista de ETA que pretendía rehacer su vida y fue asesinada por sus compañeros, y “Extranjeras” (2003), relato de la experiencia de varias mujeres inmigrantes que viven en Madrid. Cine de calidad y compromiso, reconocido principalmente en festivales independientes de Iberoamérica y de nuestro país. 

Un considerable número de películas se ha ocupado de episodios y contextos relacionados con la guerra civil española. Ninguna hasta ahora, creo yo, había encarado de manera central la componente “religiosa” de ese conflicto. La directora, que tiene buenas razones para ello, elige su propia tierra navarra, para contar lo sucedido en Altzania -“donde esta el aliso” en lengua vasca- un lugar ahora cinematográfico y literario, que tiene su correspondencia con una sierra y un río situados al oeste, donde Navarra confina con Álava y Guipúzcoa. Un sacerdote joven y bien formado llega al pueblo y al poco estalla la guerra. Es un personaje de carne y hueso que se acerca a la gente y hace que su parroquia pase, de ser un espacio neutral, a ponerse del lado de los que sufren.

 

Una ficción muy verdadera 

Sucede algunas veces que las ficciones resultan muy verdaderas, y eso es lo que pasa con “La Buena Nueva”. Hay escenas de extrema violencia explícita, pero la vida florece en un escenario de muerte. Y lo que se cuenta es veraz y verosímil, porque no existen personajes maniqueos. La gran tarea de documentación, el excelente guión, la economía narrativa, el creciente dramatismo, los diálogos que resultan espontáneos por bien elaborados, el punto exacto en la expresión de los actores, el trabajo coral de un centenar y medio de extras, la cuidada reconstrucción de ambientes, la banda sonora con tomas en directo y música propia o bien traída, la fotografía de contraluces, los azules y grises dominantes, todo se pone al servicio de una voluntad: Traer a un debate de pura actualidad los hechos que la memoria ha rescatado.  

No hay arqueología, hay pura vida y verdad. Y eso va que ni pintado para plantear en toda su crudeza el horror de la guerra y el papel que jugó la mayor parte de la alta jerarquía eclesiástica bendiciendo una “cruzada” por cuyos excesos sus sucesores directos no han pedido perdón. Pero sirve más aún para hacer frente al desafío que un cristianismo evangélico y servidor de la humanidad tiene ahora mismo: hablar con hechos y palabras que resulten significativos para las mujeres y hombres de hoy si, como dice el protagonista, quiere “mantener la esperanza” de la gente.

 Mujeres, siempre las primeras 

Conocida la trayectoria feminista de la directora, y desde su posición muy critica y distante hacia la Iglesia realmente existente, no sorprende que haya intuido y descubierto que, exactamente igual que pasó al principio en Jerusalén, son las mujeres las que saben y aman, las primeras descubridoras y fieles seguidoras de La Buena Nueva. Hay magníficos retablos fotográficos de mujeres: un paseo en primeros planos de luces cálidas sobre negros y un final comunitario de mínimas candelas capaces de iluminar la oscuridad de la gran sima que se tragó a los muertos. Y, en ese escenario, resuena la gran utopía, lo nuclear del evangelio: la proclamación de que son verdaderamente dichosas las personas pobres y pacificadoras, las que no pueden tolerar la hipocresía, las que tienen entrañas de misericordia, las que lloran y sufren cada día por parir la justicia, las que cultivan una ética de la fragilidad y del cuidado. 

Memoria y denuncia profética 

Helena Taberna tenía una historia muy significativa que contar. Era el relato vivencial “No me avergoncé del evangelio”, escrito en el exilio y editado en Argentina en 1958 por un tío suyo, Marino Ayerra, que fue párroco de Altsasu/Alsasua, pueblo ferroviario, de mayoría y alcaldía socialista en los años de la guerra civil. La represión produjo 36 fusilamientos sin juicio y dejó 33 viudas en la localidad.  

El escritor navarro Manuel Iribarren, premio nacional de literatura, opinó que ese único libro de Ayerra fue “una pretendida justificación de su apostasía”. Marino Ayerra, sacerdote secularizado dado su desacuerdo con lo que luego se llamaría “nacionalcatolicismo”, narra hechos bien verificados o vividos por él mismo, denuncia el exterminio de la oposición fríamente planificado desde el poder y el terror que pesaba sobre la gente sencilla, y escribe textualmente: “La Iglesia debe abandonar de una vez y para siempre la frivolidad de sus coqueteos mundanos con los grandes y poderosos, y restituirse y reducirse, al fin, a su función sobrenatural y única de representante y continuadora humilde y desinteresada de Cristo”.  

El cristianismo, una experiencia mundana 

Ayerra, muchos años antes del Vaticano II y de la teología política centroeuropea o la teología de la liberación latinoamericana, trae al recuerdo a otros dos grandes cristianos contemporáneos suyos, víctimas de la guerra, que vivieron en radical fidelidad al evangelio y plantearon atinadamente el papel de la religión en sociedades secularizadas. Dietrich Bonhoeffer, “pastor de la iglesia confesante”, que se enfrentó al nazismo y lo tachó de idólatra, consideró a la guerra como un acto blasfemo y dijo que “la Iglesia sólo es Iglesia cuando existe para los demás”. Y Simone Weil, cuyo amor al evangelio le llevó a quedarse al margen de la Iglesia, y a su libre elección de vivir en pobreza y de compartir la penosa situación de la retaguardia. Y a escribir: “Un modo de purificación es rezar a Dios, no sólo en secreto, sino pensando que Dios no existe”. O su idea de perdón y reconciliación: “Imposible perdonar a quien nos ha hecho daño, si sentimos que ese daño nos ha rebajado. Mejor pensar que no nos ha rebajado, sino que ha elevado nuestro verdadero rango”