(Una reflexión sobre la política, el poder y la persona)
Por Pedro Miguel Ansó Esarte
Cuando nos ponemos a reflexionar sobre Filosofía política podemos mirar hacia el pasado (y aprender de la Historia, “vitae magistra”), hacia el presente (y ser pragmáticos y propositivos) y/o hacia el futuro (y ser imaginativos y utópicos). Pero la urgencia del momento histórico que nos toca vivir nos impone, en las líneas siguientes, una visión esencialmente instalada en el presente, en lo factible, sin que eso implique necesariamente una renuncia a tener en cuenta las experiencias vividas, ni abdicar de las grandes utopías.
Un Estado social
Hay una primera cuestión que me gustaría abordar y es la necesidad o no de mantener un Estado como forma de organización social. Este cuestionamiento no es tan ilusorio como algunos pudieran creer. Hay formas de organización social sin Estado: ahí están los zo’e de la selva amazónica brasileña o los nuer de los pantanosos prados del Alto Nilo en Sudán. Pero no parece razonable que, tras muchos siglos de organización estatal, la desaparición del Estado pueda tener cabida entre nuestras expectativas inmediatas, salvo que uno tenga vocación de pirómano o caiga en la demencia. Por otro lado podríamos pensar en la desaparición del Estado desde la perspectiva de la utopía política y reactivar los viejos ideales anarquistas. No voy a ocultar mis simpatías por todo lo que ello implica: desaparición de explotación del hombre por el hombre, ausencia de instituciones represivas, de una autoridad por encima del individuo…
El anarquismo, como el Reino de Dios de los cristianos, puede y debe estar como un horizonte de sentido, pero nunca será una realidad absoluta porque las utopías siempre estarán, por definición, unos pasos más adelante de las realizaciones históricas concretas. Es bello pensar en la bondad de la naturaleza humana, pero esto no es algo que está en el pasado ni en el presente, sino que queda como una llamada desde y para el futuro. Mientras hay que dar infinitos pequeños pasos intermedios. Creo, en consecuencia, en la necesidad de mantener un Estado como forma de organización social. Ahora bien, ¿qué tipo de Estado? Esta es, en mi opinión, la pregunta clave a la que deberemos responder. Hoy se habla mucho de nuestros Estados como “democracias neoliberales”. Yo creo que es una pésima definición. Nuestros Estados están lejos de ser democráticos puesto que ello significaría que somos los ciudadanos quienes directamente tomemos las decisiones, sin embargo la pobre realidad es que la participación ciudadana está hoy reducida a un voto cada cuatro años. Por otro lado, el funcionamiento político no responde a un nuevo liberalismo, sino a un liberalismo salvaje que ha llevado a los mercados y poderes financieros a ejercer un poder por encima de gobiernos e instituciones. El Estado liberal, nacido en el siglo XVIII como reacción a los privilegios feudales y a los abusos de las monarquías absolutas, defendió el Estado de Derecho y colocó, al menos en teoría, a la persona en el centro de la actuación política en un marco de libre actuación. Lo que está a nuestra vista no es la realización y perfeccionamiento de estos ideales ilustrados (que eso debería ser el neoliberalismo), sino una deformación grotesca y esperpéntica de él. Una nueva concepción del Estado implicaría la inversión de la perniciosa y peligrosa dinámica actual en la que éste se muestra fuerte con los débiles y débil con los fuertes. Como botón de muestra basta leer recientes noticias de banqueros implicados en irregularidades que han sido eximidos de responsabilidad judicial mientras que se ha castigado a padres que han intentado para sus hijos una escolarización al margen del sistema oficial. En la configuración actual de los Estados hay graves riesgos para las libertades individuales. Hecho que se acentúa con la disposición de sofisticadas tecnologías de control personal. Es por ello más urgente que nunca abogar por la defensa de las libertades individuales y por un Estado en que pueda tener cabida la crítica constructiva, la iniciativa creadora, la actitud abierta a la diversidad, la posibilidad de hacer realidad los viejos sueños emancipatorios de la humanidad; un Estado donde sean posibles nuevas formas de convivencia alternativas para hacer real lo que ayer parecía meramente utópico.
Una situación grave y preocupante Hoy, como consecuencia de la crisis ética y económica somos cada vez más los que vamos tomando conciencia de la necesidad de caminar hacia una nueva cultura. El también mal llamado “Estado del bienestar” (que sólo lo era para unos pocos y en el plano meramente económico) ha puesto de relieve la falsedad de la tesis sobre la que se sustentaba: que un mayor crecimiento económico produciría mayores cotas de igualdad y llevaría a la desaparición de la pobreza. Pero los informes FOESSA y los estudios de Cáritas nos alertan de que la pobreza invade una quinta parte de los hogares españoles y la exclusión social al 17% de la población; trescientas mil familias han sido desahuciadas de su vivienda; el paro ha alcanzado cifras espeluznante; los funcionarios han visto recortados sus sueldos, se ha precarizado el empleo, etc. Si miramos la globalidad del planeta nos encontramos con la espeluznante cifra de treinta y cinco mil personas que mueren de hambre cada día. ¿Qué cabe hacer ante esta situación? Pues creo que lo más importante que se puede hacer es tomar conciencia del poder que tenemos los ciudadanos para cambiar el estado social y político. Uno de los aspectos más sorprendentes de la actual situación es la actitud pasiva, como anestesiada, de los ciudadanos, instalados probablemente en la creencia equivocada de que quienes nos han llevado a esta situación nos sacarán milagrosamente de ella. Hay que denunciar este mito e ir convenciendo a los ciudadanos de que es preciso un cambio en nuestra actitud vital. La tarea más urgente que hoy tenemos como ciudadanos es salir de la modorra espiritual y rearmarnos moralmente. Podemos y debemos cambiar esta sociedad empezando con nuestro propio estilo de vida y hablando persona a persona, puerta a puerta, grupo a grupo, para que se extienda el convencimiento de que otro mundo es posible. ¿Qué dirección cabe tomar en el plano institucional? En mi opinión sólo desde la defensa de una Estado social, se puedan dar, hoy por hoy, los pasos necesarios para caminar hacia otro orden de cosas. Yo llamaría –con poca originalidad, es cierto- a este nuevo horizonte “Estado socioliberal-ecohumanista”. Un estado que camine hacia una democracia no representativa, sino real y directa (hoy la revolución informática lo puede hacer posible); un Estado que garantice la libertad individual y estimule la responsabilidad colectiva, un Estado en que todos los poderes –y cuando digo “todos” digo todos- se hallen sometidos a las leyes de un estado de Derecho transparente y que no permita ni el despilfarro ni la corrupción; un estado que ponga al hombre –a la persona- y a su dignidad en el centro de toda su actividad política; un estado en suma que garantice la supervivencia de la especie humana desde el respeto a la naturaleza. Y todo ello en el convencimiento de que sólo si recogemos los sueños emancipatorios de la razón ilustrada podremos tomar impulso y aliento histórico de futuro.
Un horizonte de esperanza Algo se está moviendo en la actualidad. Hay signos e indicios que nos puede poner sobre aviso de que algo importante puede estar en el horizonte cercano, si somos capaces de leer los signos de los tiempos, cambiar nuestras conciencias y unirnos a los demás. Voy a citar algunos elementos que a mi juicios nos puedan animar a transitar hacia una nueva cultura: la creciente sensibilidad ecológica; el descontento de los ciudadanos por el funcionamiento de los partidos políticos; la aparición de bancas alternativas a las clásicas, como Fiare o Triodos Bank, que quieren ser una banca transparente, sin paraísos fiscales, ni especulaciones financieras; la existencia de un periodismo con deseos de ejercer la auténtica libertad de expresión como “Público” o “The Guardian”; el aumento de las redes de comercio justo; foros de debate social como el “Think-Gaur” del PNV o el “Foro Gogoa” de Pamplona; la reciente cumbre de Cancún sobre el cambio climático donde se ha acordado crear un fondo para que los países más afectados puedan combatirlo y el compromiso de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero; la posibilidad de las redes sociales de Internet que puedan facilitar el movimiento rápido de la información y hacer que los ciudadanos nos movilicemos en un tiempo récord; el repunte de la recuperación de viejas aspiraciones como la emancipación de los pueblos y el derecho a decidir su futuro con independencia de los Estados que los oprimen y tiranizan; el crecimiento lento pero constante en la lucha por alcanzar mayores cotas de dignidad humana por parte de los pueblos del hemisferio sur; el reconocimiento formal y real de la igual de género; la mayor tolerancia y reconocimiento de los derechos de gays, lesbianas y transexuales; el protagonismo de comunidades cristianas de base con ganas de intervenir en el cambio si se crean las condiciones necesarias… En nuestro poder tenemos la capacidad de poder decir dos importantes palabras: SÍ y NO. Sí a un nuevo estilo de vida (más austero, más sencillo), no a la incultura del consumismo; sí al reparto del trabajo y de la riqueza, no a la explotación del hombre por el hombre; sí a mayor tiempo de ocio, no a las horas extraordinarias; sí a los amigos reales y fraternos, no a los amigos virtuales; sí a una nueva espiritualidad, no al fundamentalismo religioso; sí a una banca ética, no a una banca especuladora; sí a las cooperativas de trabajo, no a las grandes multinacionales; sí a la Europa de los ciudadanos, no a la Europa de los mercaderes; sí a la esperanza, no al desengaño; sí a la libertad creadora de personas y ciudadanos, no a las relaciones de poder que engendran servilismo y esclavitud; sí a la confianza en que nuestra fuerza está en la unión, no al individualismo. Para ello hace falta una revolución de las conciencias. Si ésta no se produjese, cualquier cambio político de calado no pasaría de ser mera quimera. Otro mundo es posible y nos tenemos que convencer mutuamente de ello. Gilles Lipovetsky lo ha dicho bellamente: “Los principios e ideales de justicia, igualdad, libertad no están muertos, sino heridos, y limitados por los poderes de la mundialización económica, pero no han muerto; están las brasas, abajo, debajo de la cenicza.
Pedro Miguel Ansó Esarte